3 de septiembre de 2026

Un hombre


Un hombre

¡Cuán doradas ilusiones! Qué risueñas esperanzas! ¡Cuántos alegres proyectos germinaban en el corazón i bullían en la mente de Juan!

Su hogar, tranquilo como las tardes de primavera, se hallaba envuelto en esa atmósfera dulce i tibia que difunden la virtud i el trabajo.

Cierto que no había holgura; que don Raimundo, su anciano padre, no gozaba todavía de todas las comodidades que su solicitud filial habría deseado proporcionarle, i que se retardaba también, mui á pesar suyo, la hora dichosa en que debía conducir al altar á Magdalena, esa criatura humilde i tierna, que, huérfana al nacer, había sido recojida por su madre i encomendada á su amparo, al morir ésta años atrás; que había compartido con él los inocentes i alegres juegos de la niñez; que en la floración radiante de su mórbida pubescencia ostentaba tesoros invaluables de belleza, i que se miraba en los ojos de Juan, adivinando sus pensamientos i atendiendo á sus más insignificantes deseos para satisfacerlos.

Pero aquellas contrariedades deberían cesar en breve. La cosecha que esperaba recolectar, prometía ser una bendición del Cielo, una compensación á su trabajo rudo i constante. Las mieses comenzaban á amarillear i él se deleitaba contemplando su heredad cubierta completamente de cañas endebles, rendidas ya por el peso de las espigas, que el viento inclinaba dulcemente, rizándolas como la superficie de un lago i formando, al pasar entre ellas, ondas con reflejos atornasolados i con rumores de sedas.

Una vez cubiertas las pocas deudas que áun quedaban pendientes, por causa de los malos años, en que el granizo i las heladas arrasaron los sembríos, procuraría cambiar el mezquino menaje, restaurar la casuca, comprar una capa i dos trajes nuevos para su padre, adquirir esto i aquello........ ya verían ! I después..... ah! el corazón le daba un vuelco al pensar en la felicidad que le esperaba uniéndose á esa muchacha llena de bondad i de ternura.

El no creía merecerla. Verdad que tenía un corazón sano, que era trabajador i honrado; pero juzgaba aquella dicha tan grande, que siempre le asaltaba el temor de que algo imprevisto, algo doloroso la frustrara.

***
Hacía tres meses, más ó menos, que la dorada mies rebosaba en las trojes de la casa de Juan. La cosecha había sido copiosa; la era se había llenado en términos tales, que fueron menester tres yeguadas para consumar la trilla que duró cinco días consecutivos, con grande contentamiento de los peones i de los granujas, á quienes agazajara Magdalena con los cuidados más exquisitos.

Un buen día de aquéllos se presentó un tratante en granos i compró á Juan, sin regatear el precio, todo el fruto de su trabajo, dejando por él cuatro talegos repletos de relucientes monedas.

La alegría en la casa no tenía límites. No se explicaban la causa del fortunón que se les entraba por las puertas; pero cualquiera que fuese, por fin iban á realizarse todas las nobles aspiraciones, á adquirir forma todos los dulces ensueños. No más penas, no más estrechez: ya podían casi llamarse ricos. Sin embargo, ese lejítimo regocijo, como todas las dichas humanas, duró mui breve tiempo. Aquella misma tarde llegó de visita el señor Alcalde i comunicó a la familia de don Raimundo las graves noticias que se habían recibido de la ciudad.

Chile había declarado la guerra al Perú rompiéndose las hostilidades inmediatamente i derramándose, por la millonésima vez desde el origen del mundo, la sangre de los hombres, como si fuera indispensable riego para fecundar la tierra.

Canario! exclamó don Raimundo, en un arranque expontáneo é ingénuo, tan luego como el Alcalde terminó su relato que no sea yo muchacho para castigar á esos rotos!

Pero en el mismo instante se quedó como petrificado: una idea fatídica cruzó por su mente i se hizo cargo de su temeridad al ver que en los ojos de Juan brillaba una lumbre extraña, siniestra i dolorosa.

Magdalena a quien no se escapó el alcance de la exclamación del anciano, se puso densamente pálida; toda la sangre afluyó á su corazón, cuyos golpes retumbaban como martillazos en su cerebro.

No hai que exaltarse, don Raimundo - replicó el Alcalde, sosegadamente - Para eso están el ejército i la armada i las guardias nacionales. No digo yo que si llegaran á venir hasta aquí no fuese asunto de que todo hombre empuñase un fusil, un rejón i hasta un trillo para defender su suelo; pero de ahí à correr los azares de una campaña, hai mucho que andar.

- Sin embargo -se aventuró á decir Juan- si un hombre comprende su deber patriótico i no es un cobarde...

- Росо а росo, hijo mío -repuso el Alcalde, que le quería entrañablemente.- Las leyes lo tienen todo previsto, i aunque es cierto que un deber moral pesa sobre todos para defender la patria, la organización acordada por el poder público señala á cada uno su obligación legal.

Ya te dije yo, aquella vez que fuiste à inscribirte en los registros de la Guardia Nacional, que ni aun el servicio activo de esa institución te obliga, porque eres hijo único i tu padre tiene más de sesenta años.

- Pues es claro! - profirió don Raimundo, molesto más por el giro que había tomado el asunto, que por la observación de su hijo.

Por este arte continuó la conversación en torno de consideraciones generales, i terminó la visita con las felicitaciones del personero del pueblo por el brillante negocio llevado á cabo por Juan, ese mismo día, i al cual se le encontró entonces explicación elocuente.

***
Tan sólo para el Alcalde pasó desadvertido i sin importancia el grito inconsciente de don Raimundo. Este se reprochaba, íntimamente i con la mayor amargura, su impremeditación i ligereza, i Magdalena, que había sentido como un dardo en mitad del corazón, adivinaba en la mirada i en el semblante de Juan la tempestad que se levantaba en su alma.

Efectivamente, desde el momento aquél Juan fué presa de los tormentos de una lucha formidable entre su honor de ciudadano i las solicitaciones de sus más dulces i más profundos afectos; entre aquel deber moral, de que había hablado el Alcalde, que podía conducir al sacrificio, i los halagos de una felicidad acariciada tanto tiempo en lontananza i que se tocaba ya con las manos.

Consideraba de un lado que la lei misma le eximía de una obligación que él estimaba sagrada; pero de otra parte no se creía libre de ella como hombre i como peruano, desde que, por fortuna, quedaba asegurada la subsistencia de su padre i de su prometida.

I pasaron así muchos días. El rudo combate que se libraba constantemente en el cerebro de Juan le demacraba de una manera notable, i Magdalena, que leía en el rostro de aquél i que seguía, paso á paso, los progresos de esa lucha, presagiaba ya el derrumbamiento de todas sus ilusiones, la muerte de la única dicha con que había soñado, ella que no había sentido siquiera sobre su frente inmaculada el roce dulcísimo de los labios de una madre.

-¿Por qué estás tan triste i tan taciturno, Juan?-se aventuró á preguntarle una vez, anhelando oír de sus labios la confirmación de sus dolorosas sospechas.

-¿Por qué? - le replicó él, cogiéndole ambas manos i posando en sus ojos una mirada llena de infinita ternura- porque temo desgarrarte el corazón; porque lucho entre mi deber i mi amor, i no acierto á decidir si he de partir á defender mi patria como un hombre, ó si he de quedarme aquí como un cobarde!

- ¿I tu padre ? - murmuró Magdalena, casi sin alientos i arrasados los ojos en lágrimas.

-¿I tú? - sollozó Juan con un gemido apartándose violentamente i vendo á ocultar su dolor i á martirizarse el alma con la más cruel de las indecisiones.

***
Un suceso natural i sencillo, aunque grandioso por su significación, vino á decidir de la suerte de estas buenas gentes.

Llegó, una mañana, al pueblo, un destacamento de tropas á recojer á los ciudadanos inscritos en la Guardia Nacional que debían entrar al servicio activo, i, acompañado de la comisión respectiva, iba recorriendo las calles, al compás de marciales fanfarrias de cornétas i tambores, precediendo todo el cortejo un hermoso estandarte obsequiado al batallón por las señoras de la ciudad.

Las gentes todas del pueblo habían salido á presenciar el desfile. Cuando llegó frente a la casa de Juan, á cuya puerta se hallaba asomado, en compañía de don Raimundo i Magdalena, aquél no fué ya dueño de sí: la contemplación de ese espectáculo dió en tierra con todas sus vacilaciones, i separándose del grupo, se precipitó como un loco hacia la comitiva, abrazóse del estandarte como un náufrago de la tabla en que ha de salvarse, i con el semblante transfigurado, radiante i cubierto de lágrimas,

- Yo también - exclamó — yo también quiero defenderte, noble i gloriosa enseña de mi patria. Yo también estoi dispuesto á derramar mi sangre toda para mantener el fulgor de tu púrpura!

 I desprendiendo, frenético, la bandera, de los brazos que la sostenían, se dirijió con ella hacia los suyos:

- Bésela usted, padre - continuó - bésala, Magdalena, para que sea para mí doblemente sagrada! I sin darse cuenta de que su anciano padre, se había dejado caer en los brazos de algunos amigos, anonadado por el dolor, ni de que Magdalena con la faz lívida, como una muerta, yacía en tierra privada de sentido, ni de la profunda emoción que esta singular escena había producido en todos los espectadores, en cuyos ojos se divisaba el llanto, se dirijió resueltamente al centro de la tropa i sin volver la vista emprendió la marcha, interrumpida un momento, entre las aclamaciones i vítores de la multitud!

Inútiles fueron las reflexiones del señor Alcalde i de las personas más visibles, i los ruegos de su padre mismo, que fué à verle al cabildo, para disuadir á Juan de su inquebrantable empeño. 

Tenía, como todos, la seguridad de triunfar. El volvería lleno de gloria, después de la campaña, que sería breve, i entonces, sin nada que le avergonzase, viviría feliz al lado de Magdalena i bajo la egida de su padre. De otra suerte se consideraría manchado, deshonrado por todo el resto de su vida.

I se marchó....
Desde aquel día el duelo más hondo se aposentó en el antes tranquilo hogar de Juan.

Su posición i el relato de su actitud abnegada le valieron importantes consideraciones, á mérito de las cuales se le acordó la clase de subteniente, accediendo á sus súplicas para que se le encomendara el cargo de abanderado.

***
Una tarde obscura i fría, en que la violencia del viento no era bastante para arrastrar las nubes negras i tempestuosas que cubrían toda la comarca como un sudario de muerte, llevó el correo, como en muchas otras ocasiones, una carta para don Raimundo. Era de Juan i estaba, como todas, dirijida á su padre i á Magdalena. Decía así:

"No sé si cuando recibáis esta carta, alentará aún mi corazón. La batalla se dará dentro de pocos días, i á pesar de que nuestras fuerzas son mui inferiores a las del enemigo, estamos resueltos á vencer ó morir. Sabéis bien que vuestro cariño i el amor á la patria me sostienen. Si el triunfo no es nuestro, creed firmemente que caeré envuelto en los pliegues de mi bandera, de esa que santificaron vuestros labios, i en ese caso nuestra dicha en este mundo se habrá truncado para siempre. Comprendo la extensión de vuestro dolor por la inmensidad del que yo experimento, lejos de vosotros, en estas horas de angustia infinita. Si sentís mi muerte, como yo vuestra ausencia, lloradme, sí, lloradme como yo lloro el perderos i el no morir á vuestro lado.

Lloradme mucho, que así estoi seguro de que nos veremos allá arriba, porque Dios ha deparado el cielo para los que lloran i para los que padecen por la justicia. Adiós! Os besa con el alma i os bendice.
JUAN."

Cuando algunos días después se recibió en el pueblo, la noticia de la derrota de Tacna i de que el abanderado del Zepita, como la mayor parte de sus hombres, había caído gloriosamente, Magdalena, en cuyo corazón no se había secado ni un momento el manantial de las lágrimas, exclamó en el paroxismo del dolor:

-Maldita sea la guerra!
-Malditos los verdugos de mi hijo! Maldito sea Chile!- rugió el anciano don Raimundo cayendo desplomado.

Lima-1903

NERO.


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Revista ilustrada "Actualidades", Año I N° 28. Lima, 28 de julio de 1903.

Saludos
Jonatan Saona

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