lunes, 8 de enero de 2018

Parte de Jarpa

Parte Oficial de Manuel J. Jarpa

REJIMIENTO DE ARTILLERÍA NÚM. 2

Señor:
Lima, Enero 20 de 1881.

Cumplo con el deber de dar cuenta a V. S. de las dis­tintas operaciones ejecutadas por las tres baterías de mi mando en las jornadas del 13 i 15 del presente mes.

A las 2 P. M. del día 12 recibí, por conducto de V. S., órden del señor Jeneral en Jefe de a división de ponerme en marcha desde Lurín hácia Chorrillos. Cumpliendo con esta órden, seguí el camino de la división hasta las 4.30 A. M. del día 13, hora en que, marchando en línea para­lela con el Rejimiento Chillán hácia las posiciones que V.S. nos ordenó tomar, las granadas i aún el fuego de ri­fle del enemigo, que recién se rompía por ámbas partes, principió a alcanzarnos mui de cerca.


Al efecto, cinco minutos después una granada de grue­so calibre caía en la última mitad del Chillán, obligándo­la a abrirse; pero felizmente, la serenidad i acertadas dis­posiciones de los jefes de este cuerpo hicieron que en el acto se dispersara en guerrilla.

De esta manera, i como aun no alcanzaran a divisarse las posiciones enemigas, por principiar a amanecer, orde­né tomar las primeras alturas que tenía a la derecha.

En este momento solo contaba con una batería, la del capitán don Eduardo Sanfuentes, pues las otras dos, si­guiendo el camino de otros cuerpos i con motivo de la gruesa camanchaca venida al amanecer, siguieron un camino mas recto i pudieron afrontar al enemigo mas oportunamente i romper sus fuegos sobre las fortificaciones del centro.

Sin embargo, en el momento mismo que desplegaba la batería Sanfuentes sobre las primeras alturas, el Reji­miento Lautaro marchaba en guerrilla a tomarse por asal­to el último fuerte de la izquierda de la línea enemiga.

Después de dos tiros para medir la distancia, que era de 1,800 metros, ordené el fuego por baterías, órden que siguió cumpliendo la batería del capitán señor Jorje Von Koeller-Banner, que era una de las dos que se me habían separado en la noche i que llegaba a unírseme en ese mo­mento. Siete descargas por batería i el arrojo a toda prueba de los que asaltaban, fué bastante para que ántes de 20 minutos de un reñido combate los soldados del Lauta­ro treparan a las cimas de las posiciones enemigas, poniendo a sus defensores en la mas completa derrota.

Como en ese momento, por las posiciones que al Reji­miento Chillán, cuerpo con que yo avancé, se ordenó tomar, quedáramos enteramente separados i recibiera órden de V. S. i del señor Jeneral Jefe de la división para marchar en el acto hácia adelante, pedí al señor coronel La­gos, Jefe de la 3. División, que al acaso pasaba por ese punto, alguna tropa de infantería para que protejiera mis baterías, que en ese momento quedaban enteramente ais­ladas de todo otro cuerpo del ejército.

Tanto por la buena voluntad con que este Jefe, sin que yo perteneciera a su división, se prestó en el acto a satis­facer mi pedido mandando dos compañías del Rejimien­to Aconcagua que me acompañaron hasta el paso mas difícil de la batalla, cuanto en cumplimiento de mi deber, he creído de necesidad dejar constancia de este hecho.

Inmediatamente después, cumpliendo con las órdenes que aparte de sus ayudantes se sirvió V.S. impartirme personalmente, avancé con el material de las tres baterías (pues en ese momento se me habían reunido las del ca­pitán don Emilio Antonio Ferreira), cargado a lomo de mulas hasta rebasar nuestras guerrillas de infantería, pa­ra alcanzar a tomar posiciones sobre una altura desde donde podíamos dominar las fortificaciones que el Reji­miento Buin trataba de tomar, confiado solo en su bravu­ra i en el empuje de los suyos.

Aun cuando por haber hecho una travesía de seis cua­dras bajo un vivísimo fuego de fusilería i de cañón, tuve la desgracia de perder herido de bastante gravedad uno de mis capitanes, don Eduardo Sanfuentes, cúpome, sin embargo, la satisfacción de llegar oportunamente para apoyar con el fuego de mis tres baterías el asalto llevado a efecto por el Rejimiento Buin de una de las principales fortificaciones enemigas, la que, por estar en el centro de la línea, era eficazmente protejida por los fuegos de las fortificaciones laterales.

Tomada que fué esta primera línea al enemigo, V. S. me ordenó avanzar sobre Chorrillos, orden que cumplí en el acto, descendiendo sobre el valle de ese lado.

No habría avanzado 500 metros cuando el señor Jeneral Jefe de Estado Mayor me ordenó detenerme con el objeto de reorganizar la nueva línea que debía de atacar la segunda del enemigo.

En cumplimiento de esta órden i como estuviera a la orilla de una aguada, hice refrescar el ganado de las baterías, dándole agua i un largo rato de descanso; pero como no volviera a recibir nueva órden i V. S. hubiera seguido adelante con el Jeneral Jefe de la división, emprendí de nuevo la marcha.

Desgraciadamente, las minas de que estaba sembrado el camino que hacíamos eran tantas, que escapándose una a la vista de los infantes que me acompañaban, hizo es­plosión, no recordando por el momento el número de víc­timas que hubo en esa tropa, pero que el capitán Cam­pos, que la mandaba en jefe, consignará en su parte.

Este pequeño percance pasó desapercibido para el res­to de la jente, que continuó su marcha con imperturba­ble calma, hasta que un ayudante, en nombre de V. S., me ordenó acelerar el paso hácia el lugar en que con el señor Jeneral se encontraban.

Momentos después i sin otra novedad llegaba a ese punto, donde recibí orden de colocarme en batería i rom­per los fuegos sobre el fuerte del Morro de Chorrillos, a distancia de 3,000 metros i la Escuela de Cabos a 350.

Mas, como parte del Rejimiento Esmeralda se encontraba ya en el pueblo i la caballería avanzaba a vanguar­dia i en la misma dirección, V. S. me ordenó disparar solo al fuerte, por el fundado temor de herir a los nuestros tirando sobre el pueblo.

Esto sucedía, poco mas o ménos, a las 12 M.

Tres cuartos de hora habrían trascurrido de un vivo fuego de fusilería i de cañón, cuando la caballería, no pu­diendo avanzar, hubo de retroceder momentáneamente.

Alentado el enemigo con esta falsa retirada, salió de sus fortificaciones i avanzó resueltamente a asaltar las baterías, como en efecto, parapetados siempre detrás de murallas, llegó hasta una distancia de 50 metros.

En esta circunstancia, cruzado por ámbas partes i casi por retaguardia por los fuegos de una numerosa infante­ría que marchaba oculta, protejida poderosamente por la artillería del Morro i sin tener en ese momento, aparte de algunos dispersos, infantería que me protejiera, pues la que hasta ahí me acompañó, .sin que yo lo supiera, de­bió de ser destinada a otro punto, ordené la retirada. Mas, como el enemigo en ese instante estuviera a tan próxima distancia, aquélla no alcanzó a llevarse a efecto, pues no habiendo tiempo que perder, solo me quedó el recurso de ordenar la última defensa que la artillería tiene para estos casos; varios disparos a metralla i un sostenido fuego de carabina practicado en el mejor órden contuvo 10 minu­tos al enemigo en su atrevido avance. Felizmente, por las disposiciones de V. S., en el momento mas difícil apareció el Rejimiento 3° de línea con su comandante señor Gu­tiérrez a la cabeza, a la vista solo de cuyas tropas el enemigo huyó a sus primitivas posiciones, salvándose así las baterías con tan oportuno ausilio.

El fuego de cañón continuaba, sin embargo, aunque tardío, desde el morro.

A las 2.30 P. M. llegó un tren de Lima, el que, cerca ya de la estación, rompió también sus fuegos de cañón sobre nosotros, cruzándose de este modo con los del fuer­te, cuyos defensores tomaron nuevo aliento con tan ines­perado ausilio.

En esta situación me ordenó V S. mandar una sección de dos piezas hácia eso punto, comisión que encomendé al alférez don Guillermo Armstrong, a quien 10 minutos después ordené replegarse sobre las baterías, por no tener tropa de infantería que lo protejiera i estar solo a 100 metros del enemigo, por quien pudo fácilmente ser cor­tado.

Media hora mas tarde los fuegos del Morro habían sido completamente apagados por las baterías de mi mando, perfectamente secundadas por las de campaña, que desde retaguardia i a última hora dispararon sobre el mismo punto.

Momentos ántes, i cuando avancé a ordenar al alférez Armstrong se replegara con sus piezas, el señor Jeneral Jefe de la división dispuso que una de las baterías a mis órdenes, la del capitán von Koeller-Banner, avanzara hasta colocarse en la falda de la última fortificación enemiga, órden que fué en el acto cumplida, siendo la bate­ría acompañada por el mismo señor Jeneral i por su Jefe de Estado Mayor, i que en gran peligro estuvo de ser per­dida, a consecuencia de haber recibido los últimos mui 
certeros tiros del enemigo.

Eran las 4 P. M. i nuestra Infantería dominaba ya el Morro, cuando aun desde el tren se nos molestaba con los tiros de cañón. De órden de VS. dispuse entónces marcharan cuatro piezas al mando del alférez Armstrong i Benvan, con el objeto de ofender desde la línea férrea al tren artillado.

Esta vez fué el Rejimiento entero de Navales prote­jiendo las fuerzas; de modo que, no cabiéndome cuidado alguno por este lado, dispuse que la batería del capitán Ferreira marchara a tomar posesión del Morro i desde ahí protejiera con sus fuegos el ataque de las otras piezas sobre el tren. En seguida, i de órden del señor coronel Barbosa, tenia por objeto cortar la retirada al enemigo.

Miéntras tanto, los alféreces ya citados desempeñaban con toda exactitud la comisión que les confié, haciendo que el tren huyera precipitadamente a las primeras des­cargas por baterías que desde la línea le hicieron.

El mismo señor Armstrong, al darme cuenta de este re­sultado, me espuso que por estar fatigada la tropa que lo protejía, tuvo necesidad para avanzar hasta la línea de pedir 100 hombres al Buin, los que en el acto le fueron facilitados por su comandante Juan León García, i cuya tropa lo protejió hasta el último.

Esta fué, señor coronel, la última operación ejecutada por las baterías de mi mando en la batalla del 13.

Réstame solo ahora decir a V S. que, si al principio de la batalla tuve rl sentimiento de ver caer herido al capi­tán Sanfuentes, quien, miéntras me acompañó, observó una conducta que nada me dejó que desear, en cambio, momentos después pude convencerme de que su segundo, el teniente señor Artiga, a quien di el mando de la bate­ría, se portó de tal manera que no me dejó notar la pérdida sufrida.

Por otra parte, tengo la satisfacción de que, sin embargo de no haber estado por mas de cinco horas de comba­te a mas distancia de 300 metros del enemigo, solo he tenido un capitán, un sarjento, dos soldados i un corneta heridos, aparte de siete mulas que me fueron inutilizadas. Este satisfactorio resultado ha tenido por causa el hecho de haber estado la mayor parte del tiempo bajo las fuerzas de fusilería, cuyos proyectiles, en jeneral, no rebasaban por la proximidad del enemigo.

Las baterías fueron mandadas por los capitanes señores Eduardo Sanfuentes, Emilio A. Ferreira, Jorje von Koeller-Banner i teniente señor Luis Artiga, que entró a reemplazar al primero.

En cuanto a la conducta i punterías de los oficiales i tropa, no hai recomendación posible, pues todos se han portado a la altura de su deber, como V. S. i el señor Jeneral en Jefe de la división, abrigo la confianza, deben haberlo observado, desde que durante los momentos mas difíciles estuvieron siempre con ellos.

Antes de terminar, debo hacer presente a V S. que desde el principio de la acción vino a ponerse a mis órde­nes, en clase de ayudante, i de órden del señor Jeneral en Jefe de Estado Mayor, el capitán señor Julián Zilleruelo, quien me acompañó durante todo el tiempo.

Es cuanto, en cumplimiento de mi deber, tengo el honor de decir a VS. sobre los hechos ocurridos en la jornada de mi referencia.

Paso ahora a dar cuenta a VS. de las operaciones ejecutadas en la batalla que un día después, en las cerca­nías de Miraflores, tuvo lugar.

Después de empeñada la acción i permaneciendo la división acampada en Chorrillos esperando órden para marchar a la línea de batalla, el señor Jeneral Sotomayor me ordeno mandar una batería, con varios cuerpos de infantería, que dispuso se dirijieran hácia la derecha de nuestra línea con el objeto de detener al enemigo que pretendía flanquearnos por ese lado.

Mientras tanto, el que suscribe, con las otras dos baterías i el resto do la división, continuó en el mismo punto esperando donde se le destinara. Al efecto, momentos después, una órden del señor coronel Comandante Jeneral de Armas, me hacía salir a marcha forzada con el objeto de atacar al enemigo por el centro.

En ese mismo momento marchaban en esa dirección dos escuadrones de caballería, a quienes me uní en la marcha hasta llegar al punto en que se creyó convenien­te operar. Una vez allí, el señor Ministro de la Guerra, que marchaba con nosotros, poniéndose a la cabeza de la caballería, ordenó dar una carga, que debía protejer con los fuegos de las baterías. Inmediatamente de moverse la caballería sobre el enemigo, establecí varias piezas en batería i mandé romper el fuego sobre las de San Bartolomé, cuyos disparos con cañones de grueso calibre i grande alcance, no solo llegaban, sino que pasaban por mucho la línea en que me encontraba. Viendo que mis tiros eran cortos, sin embargo de disparar a toda alza, aun cuando alcanzaban al enemigo que huía, no así a las baterías del enemigo, i que, por el contrario, las punterías de éste por momento se hacían mas certeras, a estremo de caer dos granadas a ocho o diez metros mas adelante de mis baterías, que salvándolas de rebote no me hicieron baja alguna, pedí al señor Ministro 25 hombres de caballería con el objeto de avanzar hasta el alcance de los fuertes. Pero el señor Ministro, en atención a que la derrota se había pronunciado ya en toda la estension de la línea enemiga i ser la hora mui avanzada, me ordenó apagar el fuego i retirarme en el acto.

En cumplimiento do esta órden marché sobre Miraflores, en cuya plaza acampé la noche de la batalla.
El teniente Artiga,con la batería de sumando,protejió eficazmente el avance de nuestra infantería, en circuns­tancia que al pretender los enemigos flanquearnos por ese lado, lo rechazaron i pusieron en completa disper­sión.

No habiendo tenido baja alguna que lamentar en este segundo hecho de armas, cábeme la satisfacción de decir a VS., que tanto los oficiales como la tropa de mi man­do, se portaron de nuevo como en la jornada del 13.

Es cuanto, respecto a estas dos batallas, puedo decir a VS. sobre la parte que cupo a las baterías de la división.

Manuel J. Jarpa.

Al señor Coronel Jefe de la 1° Brigada de la 2. División.

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Saludos
Jonatan Saona

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