domingo, 3 de enero de 2021

Cecilio Cox Doray

Cecilio Cox Doray
"Don Cecilio Cox y Doray 

Nació el señor Cecilio Cox y Doray en Trujillo el 7 de marzo de 1837. Fueron sus padres don Guillermo Cox, caballero de nacionalidad inglesa y la señora Manuela Doray de origen español.

Este matrimonio tuvo ocho hijos cuatro varones los señores Cecilio, Guillermo, Enrique y Carlos Cox y cuatro mujeres, las señoritas Carmen, Laura, Manuela y Micaela todas las que contrajeron matrimonio con caballeros extranjeros a excepción de la se­ñorita Manuela que se casó con el señor Aurelio Denegri persona de vasta figuración social y política en el Perú. 

Los esposos Cox Doray sé preocuparon por dar a sus vástagos una esmerada educación y con tal objeto mandaron a los varones que ya estaban en edad de recibir nutrición intelectual al Colegio de Bruce Casttle, centro pedagógico de mundial fama, ubicado cerca de Londres. Don Cecilio: tenía nueve años en la época que se separó de sus padres y cuando cumplió 18 vino al Perú, trayendo pruebas convincentes de aprovechamiento y ejemplar conducta. En Inglaterra había estudiado el comercio y a su regresó ostentaba medallas, diplomas y libros que acreditaban sólido aprovechamiento en ese vasto centro de cultura, donde no triunfa la mediocridad ni la estolidez. Debió de cumplir muy rectamente su deber el señor Cox cuando la flemática severidad inglesa de los magísteres de Bruce Casttle le otorgaron premios, ahí donde el mérito recibe su galardón sólo cuando es auténtico.

Establecido ya en TrujilIo, y contando con una posesión espectable contrajo matrimonio con la digna y virtuosa dama señorita María Bueno, hija del distinguido caballero señor Bruno Bueno y de la se­ñora Ramona Ortiz de Zevallos relacionada con la flor y nata de Lima.

Este matrimonio tuvo siete hijos: el señor Guillermo Cox que hoy desempeña un honroso puesto en el alto comercio de Trujillo, el doctor Cecilio Cox abogado prestigioso, diputado batallador periodista de talento, Director y propietario de "La Reforma” primer diario del Norte de la república, caballero recomendable por su exquisita educación, ocupa hoy en la Sociedad un lugar edificante, gracias a sus personales cualidades; y las señoritas Luisa, Susana, Sofía, Manuela y Laura, todas sobresalientes, por sus virtudes y educación.

Fue el Sr. Cox y Doray un hombre que brilló por la rectitud de su carácter y la exactitud en todos sus actos, pues tan metódico era en su vida que para todas y cada una de sus ocupaciones tenía una distribución de tiempo que solo en casos excepcionales resultaba fallida.

Moderado, ecuánime, poseía la parsimonia y sobriedad que son las cualidades relevantes del carácter inglés; nunca tuvo ráfagas de histerismo, ni la có­lera violenta estragó su espíritu. Cuando se decidía a hacer una cosa empleaba los medios eficaces que aconseja la experiencia, la práctica y el buen sentido. Enemigo de la notoriedad crepitante, tenía aversión al exhibicionismo, al bombo que tanto gusta a las medianías de poco valor intrínseco, es por esto que no le gustaba mezclarse en los frangollos y cábalas de la política casera. Solo por exigencias de sus amigos que veían en él un factor de progreso aceptó que sus conciudadanos lo eligiesen alcalde municipal cargo que desempeñó antes de la guerra y en los difíciles días de la invasión. 

Después fue Senador en 1886 cuando Cáceres restableció la constitucionalidad del país, pero sólo asistió a una sola legislatura. Era refractario a la charlatanería parlamentaría y amaba mas sus establecimientos comerciales que el Congreso, ese aerópago integrado con sabios de guardarropa y. oradores de esquina donde por lo menos se escucha un 90 por ciento de increíbles estolideces. Su carácter serio no se compaginaba con las posturas dramáticas de nuestros políticos bizantinos.

Una época se dedicó a la agricultura trabajando en la hacienda Llángüeda con su amigo el señor don Juan N. Armas a quien guardaba mucho cariño.

Cuando en 1884 las fuerzas de Iglesias entraron a esta ciudad, cometiendo actos de canibalismo que abochornarían a un cafre, don Cecilio no pudo escaparse de los excesos y rapacidades que entonces estaban a la orden del día. Fue perseguido y encarcelado, teniendo que pagar 3,000 soles de cupo que por mandarinesco decreto le había impuesto el jefe de los bandoleros, sin reparar la calidad de hombre con quien trataba.

Fue el coronel Frías jefe de una horda de matones, perdonavidas y forajidos quien se prestó para escarnecer al patriota trujillano, a quien, debían muchas familias el honor de sus hijas y la salvación de las propiedades.

Murió pobre, pero dejando a sus hijos un nombre ilustre y a las postreras generaciones sublimes ejemplos de imitar. Su generosidad y su heroísmo que en un país agradecido ya habrían sido vulgarizados, han permanecido inéditos y olvidados.

Hace poco tiempo que el concejal señor Juan N. Armas pidió que el retrato fuera colocado en lugar preferente del salón de sesiones. No basta eso, es necesario que el nombre de don Cecilio Cox  y Doray en unión del de don Luis Albrecht sean inmortalizados en el bronce, en el mármol, en las calles, no solamente de Trujillo sino de toda la República, haciendo conocer sus hechos.

En las escuelas los maestros debían charlar sobre dramas heroicos; inyectando a sus alumnos el bálsamo de la gratitud, agua lustral que redime a los pueblos y los encauza por el derrotero de la emulación patriótica.

Si recordamos a Du Petit Thuars, a Raimondi, a Lord Cockrane, a Adolfo King ¿por qué olvidamos a Cecilio Cox y Luis Albrecht que llegaron hasta la cumbre, en virtud de su heroísmo, abnegación y desprendimiento? 

El monumento a esos dos prohombres es cosa que no admite ni somera discusión y el Concejo Municipal tome la palabra, ya que ésta institución tiene nexos muy directos especialmente con don Cecilio que salvó a la ciudad, cuando desempeñaba la alcaldía.

¡Inmortalicemos al patriota de corazón, al hombre de geniales rasgos de heroísmo, al prototipo de caballero sin tacha ni mancilla!"


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Alvarado Z. Elías. "Dos Héroes Olvidados" Trujillo, 1917.

Saludos
Jonatan Saona

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