Crepúsculo
Y en Udima, la vieja heredad, se mantuvo en silencio. Dedicado a las labores agrícolas y ganaderas. Rehaciendo el patrimonio afectado, con sus hijos y sus nietos. Los pastos de Udima volvieron a verdecer, los animales a pastar, los cercos a levantarse y todo comenzó a animarse como si nada hubiera ocurrido. Estaba presente el Patrón, y la peonada volvía a tener fe en quien sabía conducirlos con mano diestra. Los tiempos malos estaban pasando. "¡Taita Miguel! Vamos a Jaén, a traer ganado". ¡Adelante! La voz de mando sonaba fuerte, pujante y trasmitía el 'nuevo orden' que comenzaba a poner en movimiento las tareas detenidas por tanto tiempo.
La vida se va desenvolviendo apacible; dentro de la rutina que el campo ofrece, siempre hay un interés por la vida que sigue su curso normal. Los días van pasando, monótonos pero serenos. En Lima se vigila al General; está demasiado tranquilo en su retiro. ¿Dice algo? "Nada -así se expresa- Nada tiene hoy que ofrecer a su patria ni que recibir de ella". Esto tranquiliza a los llamados círculos oficiales. El General Iglesias está retirado, no desea nada de la actividad política. En otra oportunidad se sabe que no tiene rencor alguno; a sus amigos, a los que han permanecido personalmente adictos, los deja en completa libertad de acción. Cada cual seguirá el camino que se ha trazado, conforme su patriotismo y sus conveniencias.
¿Lo inspira su círculo político? No, pues jamás lo tuvo ni ha pretendido tenerlo.
En las noches de luna serrana piensa en los acontecimientos pasados y se detiene a meditar sobre el Perú. Por su patria escaló su calvario y quiso gobernar honradamente. ¿Por qué no obtuvo el apoyo unánime de sus compatriotas? La mirada se detiene un momento en la copa de los árboles y después se pierde en la infinita negrura de la noche. No lo sabe. Fue un sacrificio y hay tranquilidad en su conciencia.
Sin embargo, su presencia es molesta para el Gobierno Central. Se vería con agrado que saliera del territorio nacional. No es una insinuación, es casi una orden. Decide viajar a Europa; vendrá bien un contacto con el Viejo Mundo, además la salud ha estado quebrantada y podrían combinarse el placer con la salud. Se decide el viaje, con su esposa y los hijos. La tranquilidad llega a Lima.
España es el primer país de su itinerario. La alta sociedad española les abrirá sus salones y los rodeará de todas las atenciones que los madrileños saben obsequiar con largueza. Muchos meses van a pasarlos en la península Ibérica. Gratos recuerdos de su permanencia. Don Joaquín de Osma, padre de la esposa del célebre estadista Canovas del Castillo, le va a prodigar su generosa amistad y con el lo mejor de España. Después, la Ciudad Luz. Paris espléndido, los recibe con los brazos abiertos. Para todos y especialmente para el General Iglesias la vida es agradable y digna de vivirse. Los días pasan y los meses también; la vida sigue su curso, se desliza con toda tranquilidad. La Patria está lejos, siempre hay nostalgia; las cartas van y vienen, traen pedazos de ella, mientras Europa sigue ofreciendo sus encantos.
Unas sombras aparecen en esa tranquilidad; doña María de la Concepción enferma súbitamente. Un mal inesperado se presenta, es operada por el magnífico cirujano Pean, pero no hay una curación definitiva. Doña María de la Concepción, tiene un presentimiento y no desea quedarse en Europa, desea regresar a Cajamarca, a Udima, con los suyos. Se hace su voluntad.
Al pasar por Panamá, el General es notificado que no puede ingresar al Perú. Protesta. La orden es perentoria. La familia sigue. Llega a Pacasmayo y de allí sigue a Cajamarca: "Cuando después de dos años de voluntario destierro -sacrificio que me impuse en aras de la tranquilidad de mi patria y en prenda de la lealtad con que suscribí el pacta de 21 de diciembre de 1885- regresaba a mi hogar con el noble propósito de dedicarme a restablecer los quebrantados intereses de mis hijos, háseme notificado, en este puerto, la orden de no pisar playas peruanas dictada por el Gobierno de Lima y transmitida por un agente consular".
Añade en otro párrafo, "¿De qué modo he delinquido contra mi Patria, para que así se me cierren sus puertas? Le di mi sangre en los campos de batalla; salvé su honra con la mía; y hasta quiso la Providencia que pudiera ofrecerle como lenitivo a sus innúmeros desastres, un día de victoria. Para salvarla del caos interno y del extranjero ocupante y por un esfuerzo de corazón que sólo los hombres honrados comprenden, suscribí la paz con Chile y liberté su territorio devolviéndole sin mancha, aunque enlutado, el pabellón que la cubre".
Agrega en otro párrafo admirable: "Del territorio que liberté de la ocupación extranjera, y sobre el que hoy respiran libres dos millones de mis compatriotas, niégaseme un palmo para descanso de mi encanecida cabeza!"
Y acatando su destino termina su patética proclama, digna de un senador romano. "Me resigno, y me resigno sin rencores. ¡Que se me tome en cuenta este nuevo sacrificio y Dios plegue que el contribuya siquiera, a preparar al Perú menos luctuoso porvenir!"
De Panamá se dirigió a Costa Rica, donde estuvo con los Iglesias y los Espinach que se afincaron en esa República. Por ellos fue recibido con gran alegría. Era el pariente famoso del Perú. Allí pasó muchos meses y años hasta su retorno al suelo patrio.
El 8 de marzo de 1888 extinguióse la vida de doña María de la Concepción Posada de Iglesias la esposa fiel que compartió las tribulaciones de 1883 y de todo su gobierno. Sin el consuelo y la mirada tierna del esposo. En la Iglesia de San Francisco de Cajamarca reposan sus restos.
Después vino el regreso. La orden había sido levantada. Directamente se dirigió a Udima. Nada quería saber con los políticos y la política. Otros vientos soplaban. Se necesitaba su prestigio y su personalidad. Los eternos interesados revoloteaban a su lado. Permanece impasible. Nada desea. Nada quiere saber. Contra su voluntad lo eligen senador. No necesita hacer campaña. Su nombre electriza a los votantes. Lo quieren como su representante en la Cámara Alta. Pero ni ante el hecho consumado se inclina. Caso raro en la historia política, elegido senador, ni lo acepta ni se hace cargo de la senaduría. En Lima, cavilan extrañados. En verdad, el General no desea nada.
Los años van pasando, lentos unos, apresurados otros. La historia sigue tejiendo su largo manto. El Perú va pasando de mano en mano por nuevos gobernantes, los hechos se suceden. La historia cambia pero los acontecimientos signen los mismos. El General está retirado del todo. Se encuentra en la Capital. A Udima va en tiempos muy espaciados. En su retiro recibe a los pocos amigos con quienes desea conversar; casi siempre los temas son de actualidad, de lo que traerá el nuevo siglo, pero nada de política. A veces juega tresillo. Lo visita con gran asiduidad el adversario de ayer. Los dos Generales se miran, y contemplan y deciden, ya no los destinos de la nación, sino el destino de una partida. Ambos son muy buenos jugadores, la suerte es esquiva para uno y otro. No fue así en el destino de sus vidas.
Otras veces, se queda solo, en la vieja casona de la Calle Urrutia. Se detiene en sus recuerdos. Al atardecer cuando el sol va desapareciendo, la cabeza cae en un lento sueño. El Morro aparece, desfilan las sombras que se van haciendo cada vez más nítidas; Valle-Riestra, Mendizábal, Rabines, Billinghurst, Lavalle, Borgoño, el mismo Cáceres, Carlos de Piérola, el fiel ayudante Chacha López... de pronto un leve sobresalto y luego, ¿Si Suárez hubiera atacado?,... nuevamente un rato de sopor, y ahora, Alejandro, su hijo, ha muerto, destrozada la cabeza por una bala enemiga… ¡Al Ataque! Esa es la respuesta.
En otra oportunidad le preguntaron sobre el Tratado de Ancón. Nadie recuerda, señala el General a su interlocutor, cuando en las discusiones de los plenipotenciarios en relación con la cláusula tercera se suscitó la ocupación temporal del Departamento de Tacna y no de la provincia. El error provenía de que en Chile la denominación de departamento correspondía a nuestra provincia. Se me consultó y expresé: -"Antes de firmar un tratado en el cual cedamos más de lo acordado, prefiero cortarme la mano!".
Y qué hermoso recuerdo el de la desocupación de Lima. El General lo refiere a Cáceres. En el salón de Palacio, el Alcalde de Lima, don Rufino Torrico, lo recibe y saluda al Presidente Iglesias con estas lacónicas palabras:
-"Como Alcalde de Lima, tengo el honor de felicitar a Vuestra Excelencia por su feliz llegada y expresarle el agradecimiento de este pueblo por haber traído la paz y el bienestar".
El Presidente Iglesias le respondió: -"Traigo honor, paz y bandera. Ojalá no olvidemos nunca que para conservar bandera, honor y paz es preciso moralidad, trabajo y orden".
Los recuerdos se siguen agolpando, uno a uno. Ya son familiares, con ellos hay un diálogo que seguirá hasta la eternidad.
El 7 de noviembre de 1909 entrega su alma al Creador.
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Hooper López, René. "Miguel Iglesias" Biblioteca Hombres del Perú XXXII. Lima, 1966.
Saludos
Jonatan Saona

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