Muchos son los bocetos, perfiles y rasgos biográficos, y aún las biografías, más ó menos completas, del General Cáceres, que se han escrito después del 2 de Diciembre, fecha en que ese distinguido ciudadano llegó á ser la entidad política designada para la magistratura suprema de la Nación, puesto á que asciende por la espontánea y unánime voluntad de los pueblos.
Pero en todas ellas, más ó menos exactas, más ó menos apasionadas, sobra ó falta algo para el historiador severo que, con paso mesurado y firme, va en busca de datos basados en hechos comprobados para narrar la verdadera vida de la figura política que nos ocupa.
Este documento no se ha escrito todavía: acaso, y tenemos razones para suponerlo, lo será dentro de poco, por pluma bien competente, con detallado conocimiento de los hechos y en las proporciones que reclama la talla del personaje y la rectitud de la historia contemporánea.
Mientras tanto, para llenar nuestro objeto en este día, de todo lo que al respecto hemos revisado, nada nos ha parecido más aparente que el perfil biográfico á que damos preferencia, el cual, aparte de sus varios méritos de verdad y corrección, tiene dos muy especiales que lo ponen en relieve sobre los demás, y que son: el ser escrito en 1884, época la más llena de azares para el General Cáceres, cuando la desgracia parecía obstinarse en opacar sus glorias, y el olvido en envolverlo entre sus brumas; y el ser debido á la delicada pluma de una mujer.
Lo reproducimos, muy complacidos de encontrar en él la imparcialidad, la justicia y la precisión, al lado de la decorosa dignidad del escritor y del patriotismo más relevante.
("El Perú" editorial del 3 de Junio de 1886.)
I.
Entre las brumas de mi patria, asolada por la guerra de cinco años, se alzan sombras benditas á las que, escribiendo en Granada, llamaríamos los manes de los héroes que han subido al cielo, dejando, en el enlutecido horizonte, ráfagas de luz que han de brillar perdurablemente á la contemplación de las generaciones que vienen.
Y en el suelo poblado por los muertos, caídos en holocausto del deber, como José Gálvez, Manuel Pardo, Miguel Grau; los ínclitos Bolognesi, Espinar, Suarez, Rueda, Palacios, Heros, y ¡ah! tantos otros; se alzan unos pocos vivos recogiendo los cendales de la patria para reunirlos y formar nación.
Nuestros apuntes, que forman un lijero perfil biográfico, nada tienen que ver con la actualidad: hablamos de uno de los héroes peruanos, de un soldado infatigable que, cual Pelayo el simpático ó Gonzalo el conquistador de Granada, vive en el corazón de su patria.
II.
El 10 de Noviembre de 1836 se inscribió en el libro de partidas bautismales del Sagrario de Ayacucho el nombre de Andrés Avelino Cáceres.
Recibió las dotes del valor é inteligencia honrada de su padre, el señor don Domingo Cáceres, cuyos méritos reconocidos le alcanzaron una posición distinguida en Ayacucho, donde fué rico propietario. Creció modesto en el regazo maternal de la respetable señora Justa Dorregaray, frecuentando sólo las aulas de una escuela, primero, y de un colegio de Ayacucho, después, hasta la edad de 18 años, que fué cuando ingresó en el batallón «Ayacucho,» á la escuela militar del severo don Ramón Castilla, ese noble viejo en cuyo cerebro alcanzó vigor el nervio de la guerra. Para hacer la apologia de las dotes militares y la pundonorosidad del joven subteniente Cáceres, bastaría decir que el GRAN MARISCAL CASTILLA lo hizo su predilecto y le consagró el cariño de un padre, tanto por sus propios méritos, como por reconocimiento á Cáceres padre, que se arruinó por sostener á Castilla.
Si Napoleón I adquirió la convicción de que no se había fundido la bala destinada á cortar su existencia, en el joven Cáceres, tal vez, nació alguna idea parecida; y, por eso, sea en las clases más subalternas, de las que ascendió grado por grado, sea en la flor de los años, cuando más ha podido halagarle la existencia, y en la alta graduación de General, que con justicia ha alcanzado, siempre se le vió impasible en la pelea y firme en el puesto que le señalaban sus deberes.
Cuando la memorable jornada del General Castilla, el año de 1858, que, después del sitio de Arequipa, terminó por la toma de la ciudad, el joven Cáceres hizo lujo de valor, en la columna de preferencia formada por San Román, forzando una de las barricadas de San Pedro, hasta llegar á los altos de la torre de Santa Rosa, donde, el 7 de Junio, recibió un balazo en el carrillo, que lo arrojó al suelo, de donde fué recojido en calidad de muerto. Pero la Providencia reservó la vida de ese subteniente, acaso para hacerlo ejecutor de altos designios.
Triunfante la causa patrocinada por Castilla, éste mandó á Europa á Cáceres, para medicinarse; y, en efecto, consiguió la salud, quedándole sólo una lijera señal, puesta sobre su rostro por el dios de la guerra como distintivo del valor.
Marca gloriosa es ésa que Cáceres ostentará orgulloso, por cuanto no está sujeta al contrabando de las medallas que lucen muchos sobre el pecho que mil veces se agita sólo con el miedo.
Destinado en diferentes batallones, jamás rehusó Cáceres el puesto del honor y de la lealtad, porque ése era el suyo, lo cual le valió merecer los respetos de sus mismos jefes, ascendiendo progresivamente hasta que llegó á mandar un batallón; pues siendo segundo jefe sofocó solo, á puerta cerrada, un motín del «Zepita». Don Manuel Pardo lo hizo primer jefe, y fué al frente del «Zepita» cuando Cáceres comenzó á atraer hácia sí las miradas de sus compatriotas, por la firmeza de sus convicciones y su lealtad, siendo el sostén de los dos gobiernos de Pardo y Prado. Ese cuerpo ha sido el modelo de la moralidad y disciplina militares, al decir de personas competentes, y al tenor de varios documentos que tengo á la vista, procedentes de fuentes autorizadas. Cáceres llegó á ser el verdadero padre de esa familia organizada, en forma de batallón, para buscar la muerte en hora dada; siendo, á su vez, querido por la tropa, á la cual cuidaba con solícito esmero, compartiendo sus tareas con el 2o jefe, Juan B. Zubiaga, muerto en la gloriosa jornada de Tarapacá.
Mi país ha sido el teatro donde más ejercitara su sagacidad el Coronel Cáceres, porque ha rejido los destinos del Cuzco en época turbulenta y aciaga, consiguiendo sembrar la confianza recíproca que se necesita entre el mandatario y el pueblo para asegurar el reinado de la paz. Nunca gozó la prensa de mayor libertad en aquel vasto departamento, donde Cáceres es mirado como hijo predilecto, y donde no hay plegaria patriótica que se levante al cielo sin mezclar el nombre del guerrero tenaz.
En 1879 se temía una ruptura de relaciones con la República de Bolivia. Cáceres fué llamado del Cuzco para ocupar la plaza de Puno con el «Zepita.» Pero, si felices anduvimos en los arreglos con la aliada y hermana, no fué así con la República de Chile; y el 5 de Abril, rotas las hostilidades, partió «Zepita» á Iquique y de allí pasó á Tacna, donde fué la base de aquel brillante ejército que la mano del infortunio dejó perecer, aún antes de medir sus fuerzas con el enemigo.
Aquí es donde comienza la gloriosa campaña del modesto ayacuchano, cuyo valor no ha sido estéril para arrancar los laureles de la victoria y ceñir con ellos la frente de la patria.
Para quien haya estudiado la serie de reveses que ha sufrido el Perú, -dice un notable escritor contemporáneo,- desde Pisagua hasta Huamachuco, no puede menos que presentarse con aureola gloriosa ese militar cuyo valor sólo es comparable con su constancia; al cual encontramos siempre el mismo en Tarapacá, en el Alto de la Alianza, en San Juan, en Miraflores, en Pucará, en Marcavalle, en Acuchimay y, por fin, en Huamachuco. Tan prominente personalidad -continúa el escritor citado- no merece los denuestos de los tímidos ni la persecución de los culpables. Ante ella deben inclinarse agradecidos los que aman á la patria, admiran el valor, y aplauden la constancia.
III.
Después del desastre de San Francisco, donde el infortunio y otras causas que no me permitiré calificar, se dieron cita para sombrear los horizontes de la patria, vino una ráfaga de luz en la acción de Tarapacá, donde Cáceres luchó como león enfurecido; pues, á decir de un viejo soldado cuzqueño que le acompañaba como corneta de órdenes, ese hombre era el rayo mismo sembrando el pavor y la muerte con los valientes del «Zepita» y «2 de Mayo,» que formaban la división de que era Comandante General.
Tarapacá, una de nuestras pocas glorias campales, que, por fatalidad, quedó sin un resultado prácticamente provechoso, dió, sin embargo, á conocer el temple de los peruanos y reveló en Cáceres al caballero y al hombre de la caridad.
Cáceres morigeró la soldadesca encruelecida con la idea de la represalia contra el enemigo vencido y desconcertado, ejemplo que no fué imitado por el adversario, quien, poco tiempo después, asesinaba á ilustres heridos como el Coronel y el Comandante del batallón «Huáscar.»
Después del Campo de la Alianza, arena siniestra también para nuestro pabellón, el ínclito Cáceres tocó el suelo cuzqueño, donde llegó fugitivo, pobre y errante; pero llevando en la mente la esperanza de hallar la hora de las victorias. Allí fué recibido con los altos honores que se merecía, y halagado por el pueblo con manifestaciones públicas, como las que recibió el día 28 de Julio de 1880 en el general del colegio de Ciencias y Artes; y de estas manifestaciones recibió, igualmente y con entusiasmo unánime, en todos los pueblos que tocaba en su tránsito.
Poco tiempo después emprendió su viaje por tierra para Lima, donde llegó á hacerse cargo del tercer cuerpo del ejército, compuesto de tres divisiones; y allí peleó, disputando palmo á palmo la entrada á la capital en las infaustas jornadas de San Juan y Miraflores, en que hizo prodigios de valor, buscando la muerte y regando con su sangre aquellos campos estériles donde se le vió, como á la bruja de la fábula, duplicarse para recorrer la línea y encender el ardor bélico de los que sembraron con sus cadáveres el camino victorioso de Chile.
En Miraflores perdió sus once ayudantes, muertos ó heridos, de modo que, al finalizar la batalla, estaba herido y solo, luchando, aún así, con sin igual denuedo.
La herida que recibiera el Coronel Cáceres en Miraflores, como la que recibió también en Tarapacá, le obligó á permanecer en Lima algunos días para atender á su curación; pero, muy luego, desoyendo las súplicas de la esposa, y burlando la vigilancia de la policía chilena, como él mismo lo dice, salió para el departamento de Ayacucho, donde recibió el despacho, fechado el 25 de Abril de 1881, que le confería el cargo de Jefe Superior, Político y Militar del Centro.
Desde entonces, el Centro ha sido el campo de sus operaciones prodigiosas para el sostenimiento, casi providencial, de un ejército privado de todo recurso y falto de elementos de guerra que el egoísmo personal le negaba.
Veamos cómo se expresa el General Cáceres en su Memoria administrativa presentada al Congreso de Arequipa, refiriéndose á la fecha en que fué investido con el carácter de Jefe Superior del Centro.
«Desde entonces, dice, consagré incesante afán á la laboriosa tarea de organizar elementos de resistencia, para continuar la guerra hasta donde lo permitieran las fuerzas del país; porque me asistía la triste persuasión de que las condiciones de paz propuestas por el vencedor, después de la ocupación de Lima, jamás serían razonables y decorosas, como no lo fueron las que formuló, con el carácter de inalterables, en ocasiones menos propicias para Chile, al celebrarse las conferencias en Arica.
«La carencia absoluta de recursos; el decaimiento natural de los ánimos, por los inesperados desastres de San Juan y Miraflores; las espectativas poco lisonjeras de la guerra contra un adversario poderoso, árbitro exclusivo del mar, dueño de elementos incomparablemente superiores, y lo que es peor, de las principales fuentes de riqueza fiscal, eran dificultades bastantes para triunfar de una voluntad menos inquebrantable que la mía.»
Firme en sus convicciones, como lo admiramos; guiado por su amor á esta patria tan infortunada, Cáceres luchó contra toda clase de elementos encontrados para reorganizar el ejército defensor de nuestra integridad, y obtuvo, para el suelo donde nació, días de gloria, como el 5 de Febrero en Pucará, del cual dió cuenta en los siguientes términos: Las fuerzas enemigas compuestas de más de 2,000 plazas, que en cinco horas de recio combate no pudieron apagar los fuegos de las guerrillas que les salieron al encuentro, se desconcertaron con tan inesperada resistencia, prefiriendo replegarse á Pucará antes que aventurar una acción erizada de peligros, aunque para ello hubieran de renunciar, mal de su grado, á su propósito de cortar la retirada del ejército y aniquilarlo bajo el peso de sus poderosas armas.
«Las glorias de esa memorable jornada son glorias nacionales, que merecen figurar en los fastos de la guerra del Pacífico, al lado de las que se conquistaron en los campos de Tarapacá. Chile no podrá disputarlas sin estrellarse contra el testimonio irrecusable de los hechos consumados.
«La adversidad, que parecía no haber satisfecho aún su rencorosa saña contra los valerosos soldados que me seguían, nos deparó en la travesía de nueve leguas, de Acobamba á Julcamarca, una sorpresa harto desgraciada, desatando sobre nosotros tan furiosa tempestad de viento y agua, que el desfiladero por donde caminábamos, ya entrada la noche, rodeado de profundos barrancos, se convirtió en una cadena de precipicios, á causa de la lobreguez que sobrevino y de las grietas que una lluvia torrentosa abría en el suelo deleznable, habiéndose perdido en esa noche funesta, aparte de bestias de silla y carga y de numeroso armamento, 412 individuos de tropa que rodaron al abismo; de manera que, después de tan imprevista catástrofe, el ejército del Centro quedó reducido á la escasa cifra de, poco más ó menos, cuatrocientos hombres.»
Huamachuco fué, también, Calvario de los redentores peruanos. Sus escarpadas breñas están regadas con sangre ardiente y patriota; pero esa campaña, abierta en Marcavalle y coronada en Tarma, ofrece momentos de consolación para el espíritu, decaído por los desastres que siguieron, unos tras otros, el camino de la fatalidad.
El General Silva, el Coronel Leoncio Prado, el marino Germán Astete, el popular Manuel Tafur, el joven cuzqueño Belisario Cáceres, mil otros nombres que aquí podríamos escribir, son los que, caídos en la brecha, arma al brazo, pregonan la constancia del General Andrés Avelino Cáceres, á quien los chilenos bautizaron con el nombre de Brujo de los Andes, por su facilidad para rehacerse y volver á la lucha.
Un notable escritor boliviano ha dicho: «El General Cáceres no es un batallador automática, sino un militar patriota y reflexivo. Lo dió á conocer, con su abstención, en los primeros meses del gobierno inaugurado en la Magdalena, cuando temió que éste se sometiese incondicionalmente á la voluntad del vencedor; pero luego que adquirió el convencimiento de que aquel buscaba la paz en condiciones decorosas, le prestó su importante y honroso concurso.»
Tampoco es el General Cáceres el hombre ambicioso, en quien el deseo de figurar mata los mejores sentimientos de dignidad y de patriotismo; todo lo contrario: es modesto hasta la exageración, como el hombre de méritos bien adquiridos; y modesto permanece, á pesar de que su figura se yergue respetada, como la del atleta americano, luchando con perseverancia contra el principio de conquista, con el cual se ha profanado lo santo de la fraternidad del Continente. Por eso atrae sobre sí la cariñosa atención de los suyos y el aplauso de los extraños.
IV.
Nosotras, que ocupamos un modesto lugar entre los escritores nacionales, nos hemos permitido trazar este incorrecto perfil biográfico del General peruano, en quien se proyecta la escasa luz que resta en los antros de la patria abatida.
Es el tributo de nuestra gratitud como peruana.
Queremos terminar con la palabra, tanto más autorizada cuanto extraña, del escritor boliviano que hemos citado antes.
«Desgarrador es el cuadro á que queda reducido el Perú; y á medida que se hagan tangibles los inconvenientes, crecerá el prestigio de los hombres que lucharon por evitarlos. Entre estos figurará en primer término el General Cáceres, sin que nada ni nadie pueda eclipsar su brillo ni contener el torrente de la opinión.
«Lo vemos grande entre los escombros de su patria: todos lo admiran; y si Sucre, Lamar, Gamarra y tantos próceres de la campaña magma, volvieran á la vida, al contemplarlo, en los mismos campos de Ayacucho, sosteniendo con denuedo y con robusto brazo el bicolor peruano: -Soldado, le dirían, eres digno descendiente de nosotros.»
Guarden, pues, estas páginas el nombre del General Andrés Avelino Cáceres, que es el Miguel Grau de los Andes.
V.
Han pasado yá cinco años desde el 13 de Abril de 1884, fecha en que fueron trazados los párrafos anteriores. La historia del General Cáceres se ha aumentado con las páginas que le dan más explendoroso brillo, y el reloj de los acontecimientos ha fijado, con precisión matemática, la realización de los pronósticos que ellas contienen.
El General Cáceres ha luchado, sin descansar un segundo, para reconquistar la unidad y la autonomía de la nación.
Llevado de fatalidad en fatalidad, no por ello retrocedió en su demanda, acatando los designios providenciales que sometían á rudas pruebas su constancia y su rectitud, hasta haber conseguido cansar á la adversidad.
Derrotado el 27 de Agosto de 1884 en las calles de la ciudad de Pizarro, llegó á Arequipa, donde, con reacción de mágica presteza, volvió á organizar elementos con que sostener al país en su empresa de rechazar la oligarquía.
Su última y decidida campaña del Centro, es una sucesión no interrumpida de sacrificios y de actos heróicos, notándose en todos los procedimientos del General Cáceres, la influencia positiva del más puro y envidiable patriotismo.
Buscó la concordia, quiso evitar al país la efusión de mayores torrentes de sangre hermana, y ahorrarle mayor número de horas estériles en la marcha de su regeneración y progreso, despachando ya desde Arequipa, ya desde el Cuartel General del Centro comisiones y parlamentos, que, rechazados siempre con dañoso cálculo, fueron sólo, al fin, aceptados el 2 de Diciembre de 1885, después del sacrificio irreparable de preciosas existencias, dinero y tiempo.
La página de la historia que registre la relación de los acontecimientos del mes de Diciembre, y los posteriores en que ha sido el protagonista de la abnegación catoniana, será, sin duda, para el General Andrés Avelino Cáceres, la más llena de grandeza y de gloria.
Cuando pudo imponerse y ser el único, entregó en manos de la Junta de Gobierno las fuerzas y la espada con que defendía la libertad peruana, y descendió, en brazos del pueblo, de la Presidencia provisoria, elevándose á la mayor altura posible en la conciencia de sus conciudadanos, y haciendo que surgiera la concordia en la familia peruana, bajo la sombra de la Constitución, mediante la sagacidad del hombre en quien nada minó el orgullo del vencedor, porque antes estaba el patriotismo verdadero.
Solucionada la situación con la Junta de Gobierno presidida por el doctor don Antonio Arenas, el país es convocado á elecciones populares, y de las ánforas de la Nación sale espontáneamente el nombre del ínclito soldado defensor de las libertades patrias.
El sufragio libre ha venido á poner los cimientos para la reconstrucción del edificio de la ad
ministración interna, eligiéndolo su primer magistrado; é investido con las insignias del mando supremo, comenzó, á los cincuenta años de vida, la labor magna de dar paz, órden, bienestar y progreso á su patria.
El 3 de Junio de 1886 fué investido el General don Andrés A. Cáceres con la banda presidencial, y al llegar al primer puesto de la República, su labor tenía que ser la del panteonero del asolado cementerio. Tocábale reunir las osamentas esparcidas por do quiera, darles sepultura, igualar el terreno y comenzar la siembra de los pocos elementos de vida salvados en la vorágine de la guerra. Y aún así, le estaba reservado luchar con elementos encontrados, que se levantan del campo-santo político como los fuegos fátuos de los panteones, infundiendo timidez á éstos, desconfianza á los otros, delirios á unos cuantos.
Contemplando al obrero reconstructor casi solo en el campo, porque en la hora del festín se han hecho á un lado sus modestos consejeros de la hora triste para dar paso á la turba oportunista, logrera de las situaciones, el espíritu escudriñador de los sucesos históricos habría vacilado y temido; pero, ahí estaba la integridad moral del hombre y la honradez del ciudadano. Los mismos encarnizados enemigos del General Cáceres convienen en que, difícilmente habrá un peruano mejor intencionado ni que ostente una honradez á toda prueba como el luchador de Marcavalle, Concepción y todos los campos donde asomó el estandarte de la invasión.
No entra en mi ánimo escribir el JUICIO POLÍTICO de la administración del General Cáceres, que tocará yá á su término cuando estas líneas sean la luz pública; pero, con el propósito de afianzar la idea de la rectitud de miras y lo levantado de aspiraciones que nace del estudio moral seguido en el personaje que me ocupa, y de entre multitud de actos idénticos, señalaré su actitud en los días luctuosos del desmoronamiento del Congreso del 88, donde la minoría, en la que es preciso reconocer ante todo entereza y patriotismo, no supo iniciar su labor ni unificar su plan de defensa parlamentaria, conformándose con seguir la rutina retrógrada de los que prohíben la lectura de un libro por conceptuarlo malo, olvidando que el siglo es de discusión, de refutación y de luz; pues, como ha dicho el ilustre León XIII, ya es la época de oponer escritos á escritos, razón á razón. Entiendo que en el orden moral sucede todo lo contrario que en el órden físico, pues, si en éste, luz agregada á luz produce oscuridad; en aquel razón opuesta á razón, trae luz.
El General Cáceres, en el conflicto de las Cámaras parlamentarias, creado por la minoría del 88, ha dado una nueva prueba de su amor al país, de su buen sentido y de su ninguna aspiración bastarda. La dictadura era un hecho, y la dictadura la evitó el soldado de la ley inclinando la cabeza ante la vocinglera censura que, mas tarde, será trocada en la palabra justiciera.
Vendrá el tiempo á serenar la frente calenturienta en los mirages políticos, y el General Cáceres será juzgado con seriedad y enaltecido con razón.
La propaganda de la instrucción y el cimiento del trabajo honrado popularizado en el pueblo por medio de la Escuela Taller en distintos departamentos, constituyen un nuevo título glorioso para el General peruano, y su palabra franca expresada ante el Congreso de 1889 en su sencillo y elocuente Mensaje, es la acentuación práctica de su amor al país, y de su honorabilidad nunca desmentida.
En el claro cielo de verano siempre cruzan nubes que lo entoldan opacando el sol. Así, en la vida de triunfos del General Cáceres, no han faltado los nubarrones del dolor que han enlutado su corazón de hijo ejemplar primero, con la muerte de su adorada madre: su cariño de padre después, con la prematura desaparición de una idolatrada hija. Y aún en esas horas de supremo duelo, el hombre ha sabido sobreponerse al pesar, y con el corage del soldado volver al afán diario del servicio de esta patria que le cuenta como buen elemento de renacimiento, y como el más mimado de sus hijos.
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Matto de Turner, Clorinda. "Bocetos al lápiz de Americanos célebres" Tomo I. Lima, 1890.
Saludos
Jonatan Saona

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