(Histórico)
Es el momento mas encarnizado de la acción de Miraflores. Los proyectiles, realizando la frase del mensajero espartano, obscurecen el cielo, como las flechas persas, i luego hierven en el piso, rebotando locos por todas partes; el ronco estampido del cañón acota el traqueteo constante i desesperado de la fusilería; el ruido ensordecedor de la metralla ahoga los gritos de los heridos i las imprecaciones de los que combaten aún; i en medio de esta espantosa promiscuidad de sonidos, cantan los clarines su himno grandioso, enardeciendo con sus notas vibrantes el valor de los guerreros.
Una densa nube de humo i tierra, envuelve el imponente cuadro con su manto negro i hace noche de un día en que el sol brillaba con fulgores de esperanza, alzándose en lo más alto del firmamento, como una patena gigantesca, que las manos de Dios elevaran en acto de consagración al heroísmo.
De pronto, cesan las detonaciones: la lucha es cuerpo á cuerpo; se cruzan los aceros, i las bayonetas, sedientas de sangre, se hunden en los pechos valerosos. Los peruanos resisten el último ataque i mueren matando.
Entre esa legión de bravos está Toribio Macedo, soldado del "Guarnición de Marina"; sus ojos inyectados por la pólvora i la rabia, descubren los encendidos colores de un pabellón enemigo que flamea audaz en medio de las tropas chilenas; en su alma se agita el deseo febril de apoderarse de él i presa de codicia furente, se abre paso con ímpetu arrollador por entre esa masa compacta de combatientes i llega hasta el abanderado, le reta con fiereza i luego se confunden en un supremo abrazo de odio sublime.
Su adversario rodó al golpe certero de su bayoneta, pero él había recibido una herida mortal. La hazaña estaba consumada; en su rostro congestionado resplandecía una sonrisa de triunfo, i sus manos que
la agonía crispaba i entorpecía, estrujaron el glorioso trofeo, no atinando sino á ceñirlo á su cuerpo, á esconderlo entre su burda casaca, temeroso de que el enemigo vencedor lo arrancara á su cadáver. Después, un síncope le adormece mientras continúa la batalla; el héroe reposa como en un delicioso espasmo de venganza satisfecha.
Ha terminado el combate i junto con él la consagración de la gloria: desciende la hostia de fuego para caer en el cáliz inmenso del Océano. El sol se hunde en el mar. Hasta hace un momento, la tarde tenía mortecinos fulgores como esperanzas que agonizaban; pero ha llegado la tiniebla batiendo magestuosamente sus alas fúnebres i ha cubierto al Perú con su negro crespón de duelo. El campamento está sembrado de muertos i heridos i empieza el salvaje repase. Los caballos, como contaminados de la ferocidad de sus ginetes, galopan furiosos entre aquellos, destrozando cráneos i asestando inconscientemente golpes de gracia.
Toribio Macedo ha escapado á esta última matanza; su cuerpo exánime aún está escondido entre una pira de cadáveres i allí le encuentra la ambulancia, atraída por su respiración fatigosa; le recoje para llevarle al hospital militar, donde la ciencia le devuelve el conocimiento, pero la muerte la derrota en su lucha por salvar esa preciosa vida.
El bravo soldado al volver en sí se lleva rápidamente las manos al pecho, como una manifestación tangible de la idea que junto con su letargo se paralizara en su cerebro que tornaba á funcionar, i allí estaba su glorioso sudario. El gozo inundó su cara ensangrentada. Ya podía morir; pero ese trofeo que compró con su existencia, debía legarlo á su patria i llamó á su médico para obsequiarle el pabellón.
El héroe reposa; en sus labios pálidos i fríos juguetea una sonrisa de satisfacción por el deber cumplido.
Vuela ¡oh, héroe! á tu mansión de gloria, á ocupar tu sitial en la galería excelsa, que tu hazaña vivirá eternamente en el agradecido recuerdo de la posteridad!
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Revista ilustrada "Actualidades", Año II N° 74. Lima, 28 de julio de 1904.
Saludos
Jonatan Saona

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