16 de septiembre de 2026

El Engaño


El Engaño

Hacia el caer de la tarde llegué á mi pueblo.

Cuando pasé de largo por su única calle, orillada á trechos con cercas de pencas, no oía sino los ladridos de los perros i las exclamaciones de sorpresa de las mujeres que asomaban la cabeza por encima de las tapias ó por entre las puertas entreabiertas.

-¡Santo Padre! ¡Si es Fermín! ¡Fermín que vuelve de la guerra!

Yo saludaba con la mano i seguía andando. Las mujeres alzaban los brazos sorprendidas i los chiquillos desarrapados me rodeaban mirando con ojos asombrados mi pantalón rojo, mi chaqueta azul i mi alto i descolorido morrión de artillero.

-¡Si es Fermín, que vuelve! Adiós Fermín!

Volvia á ver las caras conocidas desde mi niñez. Allí estaba el herrero Basilio, en mangas de camisa, con su roja i crasa nariz i su revuelta barba de bandido; el maestro de escuela cetrino i flácido; el capataz Caracciolo con su faz redonda i mellada por la viruela: el sacristán Crisóstomo, ulceroso i báquico; el juez de paz, cuyos ojos parecían anegados en un eterno sopor alcohólico. En fin, todo el vecindario de mi villorrio, hombres, mujeres i niños, con su palurdo aspecto de labriegos i su pueril curiosidad de gente de campo, asomándose á las puertas i ventanas de las casas situadas á los dos lados del camino, que formaban la aldea de mi nacimiento, de donde yo había partido dos años antes, junto con nueve mozos, al compás de un tambor cuyos golpes hacían huir espantados á los cerdos i å las gallinas que se revolcaban en los baches del camino.

Ibamos á la guerra contra los chilenos; allá lejos; Dios sabe hacia qué comarcas. Me acompañaba como voluntario mi hermano menor Sebastián, á quien amaba con íntima ternura mi abuela Rosario, á cuyo lado habíamos crecido desde la muerte de mi madre.

La viejecita lloró mucho i nos acompañó hasta la salida de la aldea. Allí nos abrazó i sollozando, le puso un escapulario en el pecho i luego volviéndose hacia mi, me dijo estrechándome tambièn entre sus flacos brazos:

-Cuídamelo, Fermín. Que no le vaya á pasar una desgracia, porque entonces me moriría. La Virgen les ha de amparar, hijos míos!

Habían trascurrido dos años de esta separación, i ahora regresaba yo solo, dejándome á Sebastián muerto en los arenales de San Juan. Mi pobre hermanito cayó á mi lado como un gorrión. Yo le vi boquear i estirarse, mientras de su pecho, de alli junto al relicario, brotaba un chorro de sangre.

Vino la derrota. ¡Santo Padre! La derrota que es más horrible que el mismo combate, que hiela de espanto, que entorpece la acción i produce una agonia cruel en el espíritu. Yo escapé á horcajadas sobre un mulo de la artillería que trotaba libre à través de un protero, entre una desenfrenada confusión de hombres i de animales. Durante tres dias viajé por los arenales de la costa, al trote de mi caballería, pero en Huacho, cayó muerta de hambre, de sed i de fatiga, i yo segui mi jornada a pie, mendigando en los caminos, bebiendo en los riachuelos que hallaba á mi paso i durmiendo entre los matorrales. Este viaje duró veintiseis días, al cabo de los cuales llegué á mi aldea.

Había forjado toda una historia para explicar á la abuela, la ausencia de Sebastián. ¡Cuesta tan poco engañar á una viejecita crédula á fuerza de bondadosa!

Senti un ahogo de enternecimiento cuando al torcer del caminito sombreado de sauces llorones que yo había plantado hacía muchos años, ví á mi abuela que se adelantaba á recibirme, con los brazos abiertos i acelerando su vacilante marcha, seguida de Lindoro, el perro guardián del aprisco.

Se abrazó de mi, gimiendo de emoción, con tal intensidad que los sollozos i suspiros ensanchaban la osamenta de su pecho como un fuelle gastado.

¡Mi Sebastián!, balbuceaba. ¿Dónde está mi Sebastián?

Yo aparenté mucha tranquilidad para contar mi fábula i engañar á la pobre vieja. Sebastián quedaba allá lejos, en Chile, à donde se lo llevaron prisionero junto con otros muchos. No había cuidado: los prisioneros eran tratados á cuerpo de rei i buen hartazgo de carnes delicadas i de pasteles se es、 taría dando el mui granuja, después de las hambres y penurias de la campaña.

Contaba los detalles del combate de San Juan i Miraflores i la farsa de la prisión de Sebastián, con tal sinceridad i aplomo que no sólo la abuela sino todos los vecinos, que habían acudido á nuestra choza i que miraban asombrados mi llamativo uniforme, hacían votos por el pronto regreso del mozo.

Aquella noche vino mi abuela á mi lado i me dijo:

Oye: mañana le escribirás una carta á Sebastián, é irás en seguida al pueblo á despacharla por el correo. ¡Él me contestará; estoi segura de ello!

Desde ese día me impuse la obligación de escribir á Sebastián i de hacer viajes semanales al pueblo, aunque luego á la vuelta del camino rompía la carta, cuidando de arrojar los pedazos de papel al arroyo. Todas las mañanas me preguntaba la abuela:

Oye ¿Cuándo vendrá su respuesta? Porque si no me contesta, es seguro que le han matado!... Al pronunciar estas últimas palabras gimoteaba inclinando su cabeza calva i desmedrada por los años como la de un gorrión desplumado.

Entonces resolví escribir una carta de contestación. La hice en la trastienda del maestro de escuela, i me presenté en mi choza exclamando:

- ¡Madre! ¡madre! Aquí traigo una carta !... ¡Vamos á leerla!

La vieja vacilaba como una hoja; la emoción la ahogaba, i una intensa i tierna curiosidad de sa

ber lo que la diria Sebastián hacia barbotar exclamaciones guturales en su garganta.

De pie, bajo la radiante reverberación del sol, le leía á tropezones la carta apócrifa. En ella le decía que estaba prisionero en Santiago, "que es una ciudad mui grande, allá lejos, más lejos aun que las nubecitas blancas que manchan los horizontes de nuestra tierruca." "Estoi gordo aunque un poco triste por tu ausencia. Pero esto se acabara pronto."

Terminaba la carta con "recuerdos a todos i en especial á don Basilio, á Caracciolo i á de La Cruz."

El alborozo de la abuela no tuvo límites; corrió por toda la aldea contando su alegría i repitiendo la frase más importante, á su juicio, de la carta - "Está gordo, aunque un poco triste."

Desde ese día, de tiempo en tiempo me vi obligado, para sostener mi mentira, á escribir cartas de Sebastián á la abuela.

Pero esto no duró mucho tiempo, porque cierta mañana la abuela Rosario amaneció febriscente i trastornada, i aunque todas las curanderas de la aldea se esmeraron en atenderla, murió clamando por Sebastián i encargándonos que le diéramos su último adiós.

- ¿No es verdad que, en ciertos casos, con una sola mentira se puede hacer la felicidad de las gentes? - concluyó diciéndonos el labriego, que nos contó esta trivial i abnegada historia.

Aurelio Arnao.


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Revista ilustrada "Actualidades", Año I N° 35. Lima, 21 de setiembre de 1903.

Saludos
Jonatan Saona

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