" “Gloria Victis”
La muerte es el fin de todo: es la cancelación de cuentas con la vida pero aunque en la realidad positiva ello sea una verdad terrible, hay algo más fuerte que la muerte y es el amor, esa fuerza de atracción entre la energía humana y un ideal, ese lazo entre la voluntad y una aspiración, concepto ó pasión. La materia se disgrega, se trasforma, evoluciona, pero el poder de la voluntad tiene una supervivencia robusta é imponente, y á través del cataclismo y el desastre eterno de la vida, perduran sus efectos y se fundan esas misteriosas conexiones entre el pasado más remoto y el presente palpitante y el futuro más lejano.
Es así, por la obra del amor, del esfuerzo humano, que se hace la historia, que el pasado, el presente y el porvenir se consolidan en un bloc en el que todas sus partículas se adhieren por la obra del amor y de la pasión, por la obra de la energía y la voluntad: todo aquello que no significa el amor incontrastable á algo, desaparece, se disgrega, muere en el recuerdo, muere con la muerte eterna de la nada. Non omnis moriar: no se muere del todo; porque nuestras obras de amor y de voluntad, de inteligencia y de pasión, constituyen las simientes fecundas de la vida; son la supervivencia de nuestra vida á través de la muerte. Y de estas simientes acaso las que más eficaz acción ejercen en el porvenir de los pueblos, es la que deja en el alma nacional la muerte de los héroes, la muerte de los guerreros que en actos supremos de voluntad y energía, de amor en una palabra, de amor santo, de amor ardiente á la patria procuraron afirmar su nacionalidad y su raza, en medio de la muerte y de los horrores del odio implacable y de la espantosa destrucción. Todas las naciones salvajes ó civilizadas, todas las razas superiores ó inferiores, honran con afán delirante, con respeto religioso á estos queridos muertos que ¡oh sublime ironía de las cosas! afirmaban su raza muriendo.
Es la muerte de esos redentores la que de alguna manera ha regenerado nuestra individualidad y la que estimula nuestra confianza y nuestra fé en el porvenir.
La guerra desastrosa que sostuvo el Perú desde 1879 á 1883 ha sido fecunda en enseñanzas provechosas en buenos y nobles maestros de energía, en hermosos ejemplos de amor á la patria, y muchas lecciones de sacrificio y abnegación han recibido los que venidos después á la vida en las angustias y miserias consiguientes á la derrota creyeron que había que destruir el pasado por ser coeficiente de baldón y de vergüenza. Nó, no debemos avergonzarnos de nuestro pasado, ni debemos creernos mejores que los vencidos, porque éstos sabiendo morir como héroes, han probado que sabían amar como aman las razas fuertes y nobles. Hubo una época en que era viril, en que se juzgaba patriótico el levantar los puños indignados para enrostrar á nuestros padres las culpas de nuestros desastres; pero eso no era justo: los errores de educación, los vicios de organización, los defectos que nuestros antecesores tuvieron, son los mismos que tenemos aún, y si fué necesario que la desgracia nos orientara hacia otros ideales, el trascurso del tiempo y la mejor moralización que acompaña al dolor yá la desventura nos hace hoy volver los ojos con gratitud y afecto hacia esos queridos muertos que en la hora de la prueba dolorosa supieron ser héroes, es decir almas fuertes y apasionadas, personalidades intensas, espíritus superlativos, energías y voluntades esforzadas, fuertes, más fuertes que la muerte y el destino. Triunfar ó ser vencido son accidentes, usos de la guerra como decía con estoica resignación nuestro pobre Inca, son accidentes en los que estriba la suerte inmediata de los pueblos y de los que se derivan seguramente consecuencias importantes para el porvenir próximo. Pero ni la victoria ni el desastre determinan la individualidad de los hombres y de los pueblos, el vencedor hoy es mañana vencido; acaso la fuerza de las razas se observa con más seguridad averiguando no como matan sus hombres sino como mueren. Amar á la patria no es saber matar, es saber morir y quizá si en el mundo más glorificados son los grandes vencidos que los grandes vencedores.
El Perú ha hecho una hermosa acción de justicia y gratitud glorificando á sus vencidos de nuestra última guerra nacional, porque ellos justifican y hacen grata nuestra historia, porque ellos son los verdaderos moralizadores de nuestro presente y de nuestro porvenir, porque ellos con su ejemplo admirable de amor, de civismo y de valor son los más fuertes estímulos para que consideremos á la patria como el ideal más noble de nuestros esfuerzos. porque ellos son el símbolo y la expresión de las más excelsas virtudes de nuestra raza.
La cripta es de elegante y severo aspecto tanto exterior como interiormente. Es del más puro arte francés moderno, en que se han combinado armónicamente los diversos ordenes arquitectónicos. Adosados á los extremos de los diámetros hay unos templetes que constituyen por la parte interior tres nichos en los que se alzan los sarcófagos de Grau y de Bolognesi y un altar con el Crucificado. Sobre esos nichos álzanse unos ventanales de vitraux artísticos, coronando todo este conjunto una bóveda decorada por la pintura. Toda la construcción es de mármol y piedra tallados con un gusto severo y noble. En los muros, en los espacios, entre los nichos, se han adosado grandes láminas de bronce en que están grabados los nombres de los defensores de la patria que murieron en la guerra del 79. En el centro de la cripta se halla una claraboya circular orlada por una baranda de bronce, у que comunica la ventilación y la luz al piso inferior ó subterráneo de la cripta. En este y en el centro se alzan los sarcófagos de los generales Silva y Vargas Machuca, situados junto á la tumba de los combatientes en San Juan y Miraflores. En el muro cuadrangular de este sótano están las tumbas de los valientes que murieron en las memorables y desventuradas campañas de esa guerra nacional.
Pocas veces ha presenciado Lima una ceremonia más imponente que la que se efectuó el martes 8 en el Cementerio General, en la inauguración de la cripta que la nación ha hecho construir para guardar los restos de las víctimas de la guerra.
A ambos lados de la avenida que lleva de la entrada principal del cementerio á la cripta, se habían colocado las tribunas para las diversas comisiones, deudos de las víctimas, representantes, clero, la Filarmónica, cuerpo diplomático, presidente y ministros. La ciudad entera habría concurrido á esta hermosa y triste ceremonia de rememoración y afecto, pero las condiciones del lugar no permitían la aglomeración ordenada de la multitud. y sólo se permitió la entrada por tarjetas á unas doce ó quince mil personas. No obstante más de una vez la muchedumbre agrupada de una manera compacta en toda la vasta alameda que va de la ciudad al cementerio logró romper las filas de la policía y penetrar al local de la ceremonia. Se calcula en cincuenta mil las personas que había en el cementerio y sus contornos.
Desde la una del día comenzaron á llegar las sociedades, compañías de bomberos y colegios. Los restos de Grau y de Bolognesi estaban colocados en lujosos ataúdes en la capilla del cementerio. A las 3 p. m. llegó S. E. acompañado de sus ministros y casa militar, de los Generales Echenique, Canevaro y Suarez y de los Contralmirantes Carbajal, Villavicencio y Raygada, siendo recibidos por la comisión á quien se encargó la construcción de la cripta señores Zapata, Basadre y Montero y Tirado. Procedióse en seguida á conducir los restos de Bolognesi y Grau. Cargaron el ataúd del primero de los héroes seis alumnos de la Escuela Militar, y los del almirante Grau otros tantos alumnos de la Escuela Naval. Iban detrás de los venerandos restos el teniente coronel don José Bolognesi, sobrino del ilustre vencido de Arica, los señores Oscar, Rafael y Miguel Grau, hijos del mártir de Angamos, un grupo de los marineros sobrevivientes del «Huáscar», el presidente de la república y los ministros, los generales y contralmirantes citados, el Estado Mayor y jefes y oficiales del ejército y la marina.
Llevados los sagrados restos a la puerta de la cripta, el Arzobispo asistido por sus canónigos y capellanes bendijo la nueva morada de los héroes, y pronunció un discurso asociando la Iglesia á ese homenaje que la patria rendía á sus defensores.
La Filarmónica que ya había ejecutado magistralmente la 3a sinfonía de Beethoven cantó un magnífico coro elegíaco cuya música es obra del señor José María Valle Riestra, distinguido compositor peruano.
Terminado este número el Presidente de la república pronunció el siguiente discurso:
...Siguieron á las palabras de S. E. un coro de la Meditación religiosa de Berlioz. y el desfile de los batallones, colegios, universitarios é instituciones ante los restos de Bolognesi y Grau, acto que duró hasta las cuatro y media.
Verificado el desfile, el presidente acompañado de sus ministros y de muchas personas distinguidas ingresó á la capilla funeraria donde se levantan los sarcófagos destinados á Grau y á Bolognesi, cuyos atahudes conteniendo los restos de los ilustres héroes fueron conducidos en hombros por marinos y militares sobrevivientes de las gloriosas hecatombes de Angamos y Arica. Sobre los sarcófagos se veían hermosas y artísticas coronas enviadas por las Cámaras, los Concejos Provinciales de Lima y el Callao y los Clubs «Revolver» y «Lima». En los momentos de verificarse la colocación de los amados despojos en los lugares preferentes de la cripta que les destinó la gratitud nacional, la artillería hizo la salva de honor de 21 cañonazos, terminando con este acto la solemne ceremonia de que damos cuenta."
**********
"Variedades" Revista Semanal Ilustrada. Número extraordinario, Lima, 11 de setiembre de 1908.
Saludos
Jonatan Saona

No hay comentarios.:
Publicar un comentario