9 de julio de 2026

Aniversario del combate

Oficiales del Chacabuco
Aniversario del combate de La Concepción

Había terminado, oficialmente puede decirse, la homérica campaña del Pacífico; la mayor parte de nuestro Ejército había regresado al suelo patrio, otra parte ocupaba la ciudad de los virreyes y otra contenía en los campos y las sierras el crudo y constante ataque de las montoneras que organizara el caudillo peruano, general Cáceres, con hordas de indiadas, campesinos y un buen número de tropas regulares, que eran un grave obstáculo para la completa pacificación de los territorios con tanta sangre conquistados.

Ya hemos visto cómo en Sangra se portaron esas hordas ante un puñado de Buines que comandaba el bravo capitán Araneda.

Un año apenas había transcurrido de aquella incalificable jornada de heroísmo, cuando vuelve a reproducirse en el pueblecillo de la Concepción, con características enteramente análogas a las de Sangra.

Lynch había organizado una expedición fuerte de 3,000 hombres para batir hasta el exterminio las montoneras de Cáceres, y estas fuerzas fueron distribuidas a través de las sierras donde aquellas operaban, necesitándose para el desarrollo estratégico del plan de Lynch, fraccionarlas en muchos pequeños destacamentos, cómo las necesidades del ataque, lo imponían.

Una compañía del batallón Chacabuco que había organizado y llevada a través de muchas victorias, don Domingo de Toro Herrera, y comandada entonces por el teniente coronel don Marcial Pinto Agüero, hubo de destacar una compañía de 77 hombres al lugarejo La Concepción, al mando del capitán don Ignacio Carrera Pinto, llevando como oficiales, a los subtenientes Luis Cruz, Arturo Pérez Canto y Julio Montt.

Una división de las montoneras de Cáceres, al tener conocimiento de lo reducido del número de fuerzas que defendía La Concepción, recibió orden de exterminar semejante pu­ñado de odiados enemigos, y cerca de las tres de la tarde del día 9 de Julio de 1882, 300 soldados dirigiendo 1,500 indios se dejaron caer sobre el pueblo, rodeando totalmente la plazoleta y la iglesia en que se habían hecho fuertes los 77 hombres del Chacabuco.

Aquí, como en Sangra, el capitán Carrera Pinto, se yió sin esperanza alguna de apoyo ni de refuerzos que no tenía por donde le llegaran, y en el acto tomó su determinación, de “vivir con honor o morir con gloria".

Para demostrarlo clavó una bandera chilena en un alto poste al centro de la plaza y otra en la puerta del edificio que le servía de cuartel.

Preparada la resistencia, sin que por el ánimo de nadie cruzara ni una sombra de duda, respectó de la única actitud que cabía adoptar, el enemigo se lanzó al ataque general, siendo heroicamente repelido por los defensores de la plaza durante tres horas consecutivas; a las 6 de la tarde, las hordas atacantes invadían la plazoleta; ante la invasión, Carrera Pinto, recordando a O’Higgins en Rancagua, tomó la mitad de su gente y se lanzó contra el grueso de sus enemigos con tal ímpetu, que en el primer momento logró hacerlos retroceder, pero habiendo caído herido, mientras los suyos lo retiraban para atenderlo en su improvisado cuartel, los montoneros dieron una nueva carga, resistida como las anteriores; momentos más tarde, vendadas las heridas, trata Carrera Pintó de renovar su impetuoso ataque con una homérica carga á la bayoneta y vuelve a dispersar al enemigo. Entraba la noche. Una certera bala hiere mortalmente al bravo capitán, que expira exhortando a sus sobrevivientes a continuar la defensa sin rendirse.

La acción continuó toda la noche, los del Chacabuco eran invencibles. Al amanecer, las hordas atacantes avergonzados de su impotencia ante aquel puñado de héroes, recibe un nuevo refuerzo de indiada y ebrios de despecho, recurren a toda clase de medios para reducir al puñado de bravos que se defiende y al que acosan, logrando poner fuego a todo el reducto. A las 9 1/2  de la mañana del día 10, una inmensa hoguera, a la que parecía avivar el chivateo de las montoneras, consume entre sus lenguas de fuego el cuerpo de los héroes. 

Quedan sólo cuatro hombres con un niño al frente, el subteniente Cruz, de 17 años de edad, forma éste estrecho grupo con sus soldados y envolviéndolos con los pliegues de la bandera, dispone todavía el disparo de sus cartuchos contra el enemigo, que aterrado un momento ante aquel cuadro de sublimidad, detiene su zaña y les ofrece admirado la vida, más desdeñan soberbios tal ofrecimiento.

Sólo la vieja Esparta ha podido dar al mundo semejante ejemplo de heroicidad y patriotismo.


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La Nación. Año I. N° 177. Santiago de Chile, Lunes 9 de julio de  1917.

Saludos
Jonatan Saona

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