9 de julio de 2026

Combate de Concepción

Vista panorámica de Concepción, siglo XIX.

Combate de Concepción*
* Artículo inserto en "Homenaje a Concepción". Concepción, 1968.

El 9 de julio los patriotas prosiguieron su marcha siguiendo un camino para llegar a Lastay, caserío situado a tres kilómetros de Concepción, en cuya pampa se celebró el Consejo de Guerra con la participación de los comandantes Andrés Freyre, Francisco Carvajal, Ambrosio Salazar y otros. En este acto se resolvió la suerte de la guarnición chilena de Concepción, con la opinión decidida de Salazar Márquez para atacar al enemigo inmediatamente y por sorpresa. Eran las 2 ó 3 de la tarde, aproximadamente.

El ejército marchó rumbo a la ciudad, tomando dirección Oeste. Caminando a la vanguardia, Gastó y Salazar trazaron el plan de combate ya que este último conocía la topografía del terreno.

Encontrándose sobre la colina Matinchara, que domina la ciudad por el Este, se procedió en la forma siguiente: la columna Cazadores de Comas se emplazó en las faldas del cerro Leonío para llamar la atención del enemigo; y las de Gastó entraron a la ciudad siguiendo el camino de Matinchara, sin que sospecharan los enemigos.

Grupos de ciudadanos y jóvenes valerosos de Concepción acudieron formando guerrillas a prestar su concurso, tomando las armas, que sólo poseían algunos; y otros, los instrumentos que creyeron útiles en el momento. Entre ellos figuraban el capitán Mariano Villasante, el teniente Antonio Cama Portugal, el subteniente Juan Nicanor Castillo, que había actuado en San Juan y Miraflores, Santos Alzamora, Arcadio Minaya, el Dr. Santiago Manrique Tello, Ismael Carpio, Santos Moreno, Adolfo Coca, Félix Tueros, Manuel Alcántara, Rufino Meza, Emilio Salazar, Cayetano Bendezú, Daniel Peña, Felipe Muñoz y muchos otros.

Los comasinos rompieron fuego desde sus posiciones. Los chilenos que se encontraban en su cuartel y algunos en la población, como el capitán Carrera Pinto, al oír las detonaciones procedentes del cerro se desplegaron en guerrilla en el ángulo SE de la plaza principal. Desde este lugar sostenían el tiroteo con los del cerro, cuando las fuerzas de Gastó desembocaron en la plaza por los jirones llamados hoy Grau y 9 de Julio, así como otros guerrilleros por el ángulo S O. y rompieron fuego por la retaguardia del enemigo. Entonces los araucanos se vieron obligados a trabar combate en la plaza. Los atacantes, a las órdenes de Gastó, seguidos de numerosos grupos de montoneros que levantaban enhiesto nuestro hermoso bicolor lanzando al aire vivas a la patria, avanzaban disparando sus proyectiles. Los comasinos del cerro se acercaban también gritando ¡Adelante! ¡A la carga! La lucha se hace muy seria. Los enemigos intentan abrirse paso hacia el Sur, acaso para correr hacia Huancayo, pero los guerrilleros concepcioninos y apatinos han cerrado ya la plaza bloqueando el paso y obligándolos a retroceder precipitadamente hacia el centro de la plaza. Creyendo encontrarse en difícil situación, seguramente, a las fuerzas atacantes muy superior a las suyas, optaron por replegarse en su cuartel, cerraron sus puertas y principiaron a defenderse lanzando sus proyectiles por las ventanas del local y los forados que prepararon en el momento.

En una lucha librada en el campo libre de la plaza tal vez hubieran llevado la mejor parte, dada la situación ventajosa en que se encontraban, poseedores de armamento moderno y de precisión, con abundantes municiones, con técnica superada y con mejor resistencia física de los soldados.

El ataque se hizo difícil: peruano que se acercaba a las puertas era recibido con una lluvia de balas. En esta acción sucumbió buen número de atacantes, entre ellos el capitán José Manuel Mercado y Cipriano Camacachi. El comandante Avelino Ponce que se acercó precipitadamente a una de las ventanas, cayó mortalmente herido. El comandante Carvajal resultó también herido al principio del combate, habiendo sido reemplazado por el sargento mayor Luis Lazo.

Grupos de guerrilleros acudían al teatro de la lucha, procedentes de pueblos vecinos, en diferentes horas de la noche. De Orcotuna llegaron encabezados por don Martín Arroyo y don Teodosio López; don Melchor Gonzales dirigía a los venidos de San Jerónimo de Tunán.

La lucha se hace cada vez más sangrienta y confusa. Los atacantes abren forados en las paredes que circundan el edificio, intentan penetrar por dichas aberturas, pero son repelidos por balas enemigas. En momento de desesperación, gritan: ¡Rindanse, chilenos! a lo que contestan del interior: ¡Espérense, cholos, que ya no tardan en llegar nuestros refuerzos! Abrigaban la esperanza de que pronto iban a llegar los de Huancayo ante el mensaje que habían enviado por intermedio de dos soldados que tuvieron que salir en comisión especial al iniciarse el asalto. Los enviados no llegaron a su destino, porque un grupo de guerrilleros había interceptado el camino anteladamente por precaución.

Llega el momento en que el enemigo abre la puerta y levanta una tela blanca simulando rendición; penetra un grupo de atacantes pero es recibido por una lluvia de balas, sufriendo muchas bajas.

Ante tan difícil situación se optó por incendiar el cuartel. Para el efecto se vertieron grandes cantidades de kerosene por diferentes partes del edificio, afrontando peligrosas dificultades. Como no pudieron resistir las consecuencias del fuego, los sitiados perforaron una pared y se trasladaron a otro patio contiguo al templo, dejando sus muertos. Ante este hecho, un grupo de concepcioninos escaló la torre del lado Norte de la iglesia. Desde allí se hizo más sangriento el combate. El capitán Carrera Pinto cayó alcanzado por una bala peruana.

En estas circunstancias, en horas de la madrugada, el coronel Gastó retiró sus tropas, pues se les había agotado sus balas y sufrían hambre. Fueron a descansar en las inmediaciones de Quichuay.

Así continuó la lucha hasta las 8 ó 9 de la mañana del día 10, hora en que los pocos chilenos sobrevivientes levantaron bandera blanca que significaba que se habían rendido; pero los guerrilleros pensaban que lo hacían otra vez para engañarlos, por lo que pidieron que se quitasen la polaca, las botas y los pantalones, donde pudiera haber alguna arma escondida. Así lo hicieron. Entonces fueron llevados hacia la plaza, inclusive el subteniente Luis Cruz, donde fueron muertos por los llegados a última hora.

En estos instantes regresaba a la ciudad el coronel Gastó con su ejército.

Los heridos fueron trasladados al hospital de sangre que se había instalado en el convento de Ocopa.

Horas más tarde llegó el ejército chileno de Huancayo. Ante el espectáculo horripilante que ofrecía el teatro de la lucha con la desaparición total de la guarnición selecta que se había acantonado en Concepción, y el cuartel reducido a cenizas, el coronel Estanislao Del Canto ordenó, en represalia del hecho, la destrucción de la ciudad, la misma que fue entregada al saqueo de la mayor parte de las viviendas, al incendio de los principales edificios, inclusive la Iglesia Matriz y al fusilamiento, sin conmiseración ni respeto, de ancianos, niños e inválidos.

Los cadáveres quedaron tendidos en los ámbitos de la población y sus alrededores: nadie se salvó entre los que no alcanzaron a refugiarse en el Convento de Ocopa o en las alturas. El flagelo sin precedente duró hasta la mañana del once de julio, día en que el enemigo siguió viaje dejando la ciudad convertida en un cuadro pavoroso.

Después del combate del 9 de julio se organizó en esta ciudad el Batallón No 7 con los sobrevivientes que quedaban y otros adherentes de los pueblos vecinos, fuerte de 350 hombres, a las órdenes de don Demetrio Arauco, siendo segundo jefe don Ambrosio Salazar. Este cuerpo de ejército marchó hacia el Norte en persecución de los chilenos, habiendo participado en la batalla de San Juan Cruz, finalizando su acción en el epílogo de Huamachuco.

Vista panorámica de Concepción, cuya plaza principal fue escenario de cruenta lucha el 9 y 10 de julio de 1882.


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Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú. "La Resistencia de la Breña II: La Contraofensiva de 1882 (23 Feb. 1882-05 May. 1883)". Lima, 1982.

Saludos
Jonatan Saona

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