miércoles, 18 de abril de 2018

Parte de A. Moreno

“Comandancia de la Columna Ayacucho.
Sobre las cenizas de lo que fue Pisagua.
Abril 19 de 1879.
Al Sr. Coronel J. de E. M. de la 1ª División.

S. C.

Sírvase US. poner en conocimiento del Sr. Coronel Comandante General de la división, que a las 9 h. a.m. del día de ayer se presentaron en la bahía de este puerto, los vapores de guerra de la escuadra chilena Blanco Encalada y O’Higgins, y sobre su máquina, desprendieron sus embarcaciones, completamente llenas de fuerza armada y se dirigieron al sur del puerto, precisamente donde se encontraba la columna “Ayacucho”, y sin notificación ni tregua alguna, intentaron desembarcar por la caleta o varadero donde están fondeadas la mayor parte de las lanchas destinadas al servicio de la Compañía Inglesa de Vapores.

Casi convencido y a juzgar por la pequeña distancia a que se encontraba el enemigo de tierra, de que su objeto era desembarcar, fue indispensable emplear las armas que el Supremo Gobierno había entregado a la columna “Ayacucho”, para defender la dignidad nacional y la honra del ejército, siendo estos los mismos términos empleados por el Sr. Coronel Comandante General de la división, en sus instrucciones fecha 31 del mes próximo pasado.

Continúo haciendo una ligera y compendiada relación del horroroso espectáculo que hemos presenciado, el que no puede menos que avergonzar a la especie humana.

Los desgraciados chilenos, señor Coronel, sin haber tenido el valor suficiente para llenar el objeto que se propusieron, que parece fue desembarcar o llevarse las lanchas del puerto, se retiraron a los primeros tiros de unos cuantos nacionales de este lugar, a las órdenes del muy distinguido peruano D. Gaspar Ureta; de veinte soldados de Gendarmes, a las órdenes del valiente Comisario de Policía, Sargento mayor D. Benigno I. Maldonado, y de la Columna “Ayacucho”.

Cuando las lanchas enemigas se dirigían rápidamente al varadero mencionado, los buques de guerra casi cubrían la atmósfera con el humo de sus proyectiles de metralla y granadas, todas dirigidas sobre la columna “Ayacucho”, que en ese momento se encontraba a cuerpo descubierto, ocasionando varios heridos en la tropa, inclusive un oficial.

Una de las bombas incendiarias, tal vez, por la inseguridad de la dirección cayó en la casa de la Agencia de Vapores y de propiedad del muy valiente y patriota D. Manuel I. Zavala, el cual, sin más objeto que tomar parte en el combate, se replegó a la columna y aunque veía incendiarse su casa, prefirió entusiasmar a la fuerza con vivas al Perú y a la columna, a ocuparse en salvar algo de su propiedad.

Después de una hora de paralización del bombardeo y de haber embarcado tropa en nueve lanchas, emprendieron un nuevo ataque, rompiendo sus fuegos de fusilería, cañones de las lanchas y de los buques: haciendo la dirección de estos últimos sobre la población, y estableciéndose un incendio general.

Las lanchas enemigas avanzaron hasta que se encontraron cerca de cinco buques mercantes, que están anclados en esta bahía, y tomándolos como parapetos no avanzó una sola embarcación, sin embargo de que en el norte de este puerto, donde dirigían su ataque y sus disparos, no había más fuerza repelente que los veinte gendarmes y los muy pocos nacionales armados con veintidós rifles de los enfermos de la columna “Ayacucho”.

Convencido, tal vez, el jefe superior de que su flotilla de desembarque no abandonaba sus parapetos, les hizo tocar retirada y cogieron sus lanchas y su tropa abandonando el puerto a las 2 h. 30 m. p.m. muy lentamente con rumbo al sur.

No puede menos que creerse que el almirante Williams Rebolledo, que se encontraba a bordo del Blanco Encalada, se retirase avergonzado de haber cometido el horrendo crimen de incendiar una población indefensa, matando tres mujeres, una criatura y un asiático, herido seis soldados de la columna “Ayacucho”, el Capitán graduado D. Eusebio Coronado, un italiano, un boliviano, una mujer de la misma nacionalidad y una criatura; y lo que es más horroroso, abrasados por las llamas, dos mujeres y un niño recién nacido, hijo del administrador de esta aduana, Sr. Loayza.

Me es muy satisfactorio hacer saber a la nación por medio de este parte, que en el Sr. D. Nicanor Gonzáles tiene un hijo que nos honra, pues lo he visto al lado de la fuerza que repelía al enemigo en los puntos de mayor riesgo, sin ocuparse en guardar su vida e intereses, sino en compartir con el soldado la gloria de defender a su patria.

El Sr. Coronel Capitán del puerto, sin fuerza armada de qué disponer, recorría nuestras posiciones del sur al norte, proporcionando así una fácil comunicación para hacer efectivas nuestras combinaciones. Además, se ocupaba, en diferentes ocasiones, en salvar algunas propiedades en llamas, empleando en ello al pueblo que se encontraba desarmado, pero le fue imposible conseguirlo.

Me abstengo, señor Coronel, de recomendar la conducta observada por los señores jefes, oficiales y tropa de la columna “Ayacucho”, porque garantizo que conocido el resultado del hecho de armas que ligeramente he relacionado, quedarán muy complacidos si el Supremo Gobierno de la nación y el Sr. Coronel Comandante General de la división aprueban nuestro procedimiento.

Dios guarde a US.
(Fdo) Agustín Moreno

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Saludos
Jonatan Saona

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