lunes, 30 de abril de 2018

Juan H. Mulgrew

"Un Héroe Ignorado
(Publicado en la revista "Mundial", en Lima, 20 de noviembre de 1925)

Lo conocí de manera casual. Es un viejecito, blanco, menudo, delgado. Nada en su persona incita, a primera vista, la atención. Viste modesto gabán obscuro y sombrero del mismo color, y su cuerpo, algo encorvado por los años, se apoya en un bastón. Alguien me había dicho que era un antiguo marino: un sobreviviente de la guerra del 79. Y resolví entrevistarlo.

Se llama Juan H. Mulgrew y Figueroa. Tiene 64 años de edad. Es huanuqueño. Tan modesto en su indumentaria, lo es, también, como todo hombre de mérito, espiritualmente. Rubores de niño arrebolan sus enjutas mejillas cuando se alude a su participación en la guerra. No obstante, cuando se agudizan sus recuerdos, la apacible y bonachona mirada de sus ojos grises irradia fulgores intensos, y su voz, suave y delgada, adquiere sonoridades de clarín bélico.


Acuciado por mi curiosidad, Mulgrew evoca sus remembranzas. Su memoria es magnífica. Su frase, sencilla y pintoresca, da a cada suceso singular relieve. Yo le escucho con interés nunca decaído...

Movido por vocación irresistible. Mulgrew ingresó, muy joven, en la Escuela Naval. Estalla la tragedia blanca que durante cuatro largos años ensangrentó el suelo de la Patria, y marcha, en el monitor “Manco Cápac”, como guardiamarina, al puerto de Arica. Comanda el viejo barco el capitán de navío, don Camilo N. Carrillo. Entre los compañeros de Mulgrew figuran los guardiamarinas Carlos Leguía y Salcedo, Luis U. Arce y Folch, Carlos Barandiarán, Francisco Escurra y Carlos F. Alcorta. Todos ellos, plenos de juventud y entusiasmo, entonces, y desaparecidos, hoy, a excepción del capitán de navío, don Luis Arce y Folch.

Año de 1880; 16 de marzo. La noche es obscura. Una niebla, húmeda y espesa, envuelve las costas peruanas. Arica bloqueada por buena parte de la escuadra chilena, duerme en apariencia, porque, en realidad, vela, incansable. La bahía está tranquila: apenas se oye el leve rumor de las olas. Una mole obscura destaca su silueta sobre el fondo plúmbeo del cielo, es el monitor peruano “Manco Cápac" que al mando del capitán de navío, don José Sánchez Lagomarsino, vigila la bahía. A lo lejos, hacía el morro de Sama, como enormes y hambrientos canes que acechan sus presa, las naves chilenas voltejean . . .

Una pequeña embarcación, destacada del monitor, ronda la bahía. Es la lancha “Sorata". La tripulan nueve personas. Su jefe es el guardiamarina Mulgrew.

De pronto, perciben, muy cerca, chapoteo de remos en el agua. Luego, una diminuta sombra que se desliza por el móvil lomo del océano.

—¡Alto ahí!; quién vive?—interroga Mulgrew.
—¡Patriotas!—responden.

Momentos después Mulgrew y sus compañeros saben, con sorpresa, que está en presencia de un bote peruano. Lo tripulan el teniente Rodríguez y el guardiamarina Chávez.

—La corbeta “Unión" está aquí—le dicen, lacónicamente.

Y, en efecto, a los pocos minutos, avistan al heroico barquichuelo, movido por titanes, animado por el milenario espíritu de la raza, a media milla al sur del islote "Alacrán".

¿Qué había ocurrido? ¿Por qué la corbeta “Unión", débil gozquecillo entre fuertes jabalíes, se había aventurado a penetrar en la bahía?

La causa lo saben todos los peruanos, lo sabe la América entera. El puñado de patriotas, encargado de la defensa del Morro legendario, carecía de víveres, de municiones, de vestuario. Había suma urgencia de socorrerlos. La ruta terrestre era larga y difícil; quedaba sólo la ruta marina obstruida por el enemigo. Y la “Unión" se decidió por la última...

Guiada por el guardiamarina Mulgrew, que conoce la bahía, palmo a palmo, la audaz corbeta avanza. Fondea entre la aduana de Arica y el “Manco Cápac", y descarga, con la rapidez que las circunstancias imponen, la remesa salvadora.

Y, entretanto, los sabuesos enemigos, confiados en su poder, guardan la bahía...

Mañana del 17 de marzo. Han huido las nieblas nocturnas. Los peruanos observan cambio de señales y movimiento inusitado en la escuadra enemiga. Es que los chilenos acaban de darse cuenta de la presencia de la atrevida corbeta. Y abren terrible bombardeo.

El “Manco Cápac" y la “Unión" devuelven, bala por bala, bomba por bomba, manteniendo a las naves chilenas a prudente distancia.....

Son las 11 y 15 minutos. Se amortigua el bombardeo. Cesa por fin. A la 1 de la tarde, se reanuda con furia intensa. El ronco estruendo de la metralla estremece, desde sus cimientos, al Morro, mudo testigo de la escena...

Hace más de cuatro horas que dura el combate. Cuando, en forma imprevista, ante la espectación del enemigo y de los buques neutrales, surtos en la bahía, la corbeta “Unión" avanza, a toda velocidad, hacia la escuadra bloqueadora. Por lo leve y ágil de su marcha, semeja una gaviota que se deslizara, rozando, apenas, la superficie de las ondas marinas. Con el pabellón bicolor al tope, disparando cañonazos retadores, la intrépida nave avanza... Las naves chilenas intentan darle caza. Inútil empeño. La audacia y la velocidad de la corbeta se imponen. Un gran corazón la anima. El corazón del capitán de fragata don Manuel Villavicencio...

Un ¡hurra! formidable, lanzado por los tripulantes de los cinco buques extranjeros, que presencian la escena, subraya la grande, la homérica, la inmortal hazaña!

Instantes después, la “Unión" desaparece en la lejanía. Y las nieblas de la tarde interponen, entre ella y sus perseguidores, su tupido, su libertador cortinaje...

Meses más tarde, el 7 de junio de 1880, Mulgrew asiste al asalto y toma de Arica. Prisionero. junto con el resto de la heroica guarnición, es conducido a Chile. Y, después de más de un año de cautiverio, recobra su libertad en 1881.

Tal el viejecito, blanco, menudo, delgado, que conocí hace pocos días, y cuyos matizados y sugerentes recuerdos he tratado de esbozar, sin conseguirlo.

Vayan estas breves lineas, expresivas de mi simpatía, a turbar la modesta quietud del alférez de marina, don Juan H. Mulgrew y Figueroa.

J. Héctor del PINO."

********************
Agregar que el teniente 2° Juan Mulgrew falleció en Lima el 22 de junio de 1927.

Texto e imagen, publicado en la revista  semanal ilustrada "Mundial", Lima, 20 de noviembre de 1925

Saludos
Jonatan Saona

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