28 de agosto de 2026

Carta de Cáceres

Andrés Avelino Cáceres
Carta de Andrés Cáceres a militar argentino, 1902.

En El Tiempo de Buenos Aires, número 3397, fecha 5 de Junio del presente año, se ha publicado una carta del señor General de división del Ejército del Perú, don Andrés Avelino Cáceres, la que, según se nos dice, no era conocida por muchos de sus más íntimos amigos y compañeros de armas.

Aunque de carácter particular, dicha carta es un valioso documento histórico, en el que se describen en lacónicas y modestas frases, los acontecimientos en los que el veterano General tomó parte activa y conquistó merecido prestigio.

Por otra parte, en ella destacase claramente el carácter del guerrero, que mientras que sostenía cruda lucha, en la que no por cierto con frecuencia esgrimiéronse desleales armas, tuvo la hidalguía de reconocer los méritos de quien entonces era rudo adversario suyo.

Señor D. Juan M. Espora.

Mi distinguido amigo:
Lima, Septiembre 24 de 1902.
Buenos Aires.

Atareado desde mi llegada á esta capital en recibir y corresponder las manifestaciones afectuosas de mis compatriotas y amigos, he tenido que diferir por algunos días la extensa respuesta que corresponde á su apreciable de 30 de Junio.

Quédole muy agradecido por el benévolo recuerdo que ha querido usted conservar de nuestras entrevistas en París y por el mérito que me atribuye como militar y como mandatario.

Atendiendo á la afectuosa indicación que me hace usted al respecto, paso á referirle mis peripecias en el último período de la guerra con Chile, satisfecho de encontrar esta ocasión para hacer justicia al mérito de los pueblos del interior de esta república que me acompañaron con abnegación inquebrantable, y á los jefes, oficiales y tropa del infatigable Ejército del Centro, sirviendo de algún modo á la noble tarea que usted ha emprendido al escribir un libro de la guerra de montaña en el Perú, y de que hablamos extensamente en Europa.

Puedo relevarme de escribir á usted sobre la primera parte de la guerra con Chile, que terminó en Enero de 1881 con los desastres de San Juan y Miraflores, porque usted la conoce bien, en virtud de la honrosa posición que en ella tuvo, así como sobre la continuación del gobierno del señor Piérola en el interior, que se prolongó un año más, es decir, hasta principios de 1882.

Al ocupar los chilenos esta capital, yo quedé en ella curándome de la herida que había recibido en la batalla de Miraflores; pero tan luego que me hallé convaleciente emprendí viaje al interior, adonde fuí investido con el cargo de Jefe superior del Centro y ocupé con las escasas fuerzas que se pudieron reunir la quebrada de Matucana.

Situé mi cuartel general en la Chosica, á 10 leguas de Lima, lo que me permitía hacer excursiones rápidas sobre los enemigos y facilitar la salida de dicha ciudad de algunos jefes y oficiales y hasta de pequeñas partidas de armas.

Al retirarse el señor Piérola del país, en diciembre de 1881, había dejado orden á las tropas que conservaba en Ayacucho para que se pusieran á mi disposición. Coincidiendo este hecho con la defección de dos batallones de los que formaban mis fuerzas en la Chosica, y viendo así debilitadas éstas para seguir conteniendo á la expedición que se preparaba á invadir los departamentos del Centro, me dirigí varias veces á los jefes de aquéllas ordenándoles viniesen á reforzar las mías para sostener las posiciones que ocupaba.

Las excusas dadas por dichos jefes acabaron por hacerme perder toda confianza en ellos y aun por infundirme sospechas de su lealtad, y en este concepto dispuse mi retirada al interior, aunque nos hallábamos en Febrero, es decir en plena época de lluvias.

El enemigo destacó inmediatamente de Lima una fuerte división de las tres armas, al mando del Coronel don Estanislao Canto, la que fué ocupando el valle de Jauja á medida que yo lo dejaba en mi retirada.

Durante esta marcha llegué el 4 de Febrero al pueblo de Pucará, tres leguas más adelante de Huancayo y puede decirse en el primer tramo de la cadena de cerros que cierra dicho valle y delimita los territorios de los departamentos de Junín y Huancavelica.

El enemigo llegó á Huancayo en la misma noche y después de algunas horas de descanso, avanzó sobre mi campamento, hasta situar sus cañones á distancia de menos de mil metros, preparando así una sorpresa para la mañana siguiente.

En efecto, al amanecer de dicho día, anunció su presencia allí, rompiendo sobre nosotros un nutrido fuego de artillería y fusilería.

Debo remarcar á la consideración de usted, el elevado espíritu de moral, valor y disciplina de que dió ejemplo en esa ocasión el Ejército de mi mando, obedeciendo con serenidad, rara en casos semejantes, las disposiciones que inmediatamente impartí. Coloqué una columna de 200 hombres de Infantería, parapetada en lugar dominante sobre el camino real para contener al enemigo; hice desfilar el grueso de las fuerzas y cubrí su retaguardia con mi Escolta y ayudantes, conteniendo y haciendo retroceder varias veces á las partidas que intentaban cerrarnos el paso. Mediante estas disposiciones, tuve la satisfacción de hacer una retirada al frente del enemigo sin pérdida ninguna.

Seguí desde allí mi viaje sin interrupción, haciendo la dilatada y escabrosa travesía del departamento de Huancavelica en medio de tempestades y lluvias torrenciales y por un territorio exhausto de todo recurso. Lo que sufrió en ese viaje la tropa y particularmente en la noche en que llegué al pueblo de Julcamarca, puede calcularse por el crecido número de bajas que ocurrieron por deserciones y enfermos.

A partir de allí apenas me quedaron 400 soldados expeditos, con los cuales avancé las doce leguas que distan desde Julcamarca hasta Ayacucho, presentándome al fin sobre esa ciudad en la mañana del 22 de Febrero.

Las tropas comandadas por el Coronel Panizo me esperaban en actitud hostil en la altiplanicie de Acuchimay en número de 1500 hombres. A mi aproximación se rompieron los fuegos y mis cansadas tropas, á pesar de la superioridad numérica del enemigo, desplegaron su valor acreditado, hasta desalojarlo de sus mejores posiciones.

No podíamos sin embargo, contar con el éxito definitivo, porque el Coronel Panizo tenía intactos sus batallones de reserva al frente de los cuales é y los demás jefes presenciaban los sucesos.

Una fe sincera en la justicia de mi causa y en el patriotismo de los peruanos que formaban ese ejército rebelde, me inspiró una resolución extrema. Me lancé seguido de mis ayudantes y escolta sobre su mismo centro, hasta llegar al habla con sus Jefes, á quienes intimé rendición, desarmé y tomé prisioneros.

Me dirigí á la tropa, la proclamé y le dí voces de mando que sin vacilación alguna obedecieron en medio de entusiastas vivas. 

Así terminó esa lucha y pocas horas después tuve la satisfacción de entrar á Ayacucho victorioso, al frente de las mismas tropas que habían salido á batirme.

Tres meses de trabajo para reorganizar y aumentar mi pequeño ejército me pusieron en aptitud de volver sobre el enemigo que ocupaba todo el valle de Jauja, hasta las alturas de Pucará y Marcavalle.

Hice llamamiento á los pueblos que me habían confiado su defensa y éstos acudieron á millares armados de lanzas que habían improvisado con sus herramientas de trabajo.

Recorrí de nuevo el escabroso camino de Huancavelica y me presenté en las alturas de Ccallaccasa, resuelto á lanzar de esa parte del suelo patrio á las huestes chilenas que lo hollaban.

Nuestras tropas regulares eran muy inferiores en número y en armamento á las grandes masas de guerrillas; no podían luchar sino cuerpo á cuerpo. Sin embargo, el patriotismo nos exaltaba y no vacilamos en lanzarnos á la lucha.

El plan que adopté fué el siguiente: Destaqué por las alturas de la derecha una columna al mando del Coronel don Juan Gastó, con orden de caer en día dado sobre el pueblo de Concepción, cuatro leguas más allá de Huancayo, en el camino que conduce á Lima y batir á la guarnición chilena existente en ese lugar, y envié por los de la izquierda á otra columna que debía seguir su marcha hasta la Oroya, bajar allí de sorpresa sobre la guarnición que había dejado el enemigo custodiando el puente, y cortarle este único paso de su retirada á Lima. Dispuesto así lo conveniente para destruir al enemigo, emprendí sobre él en la mañana del 10 de Junio, cayendo sobre sus destacamentos de Marcavelle y Pucará, á los que batí y arroyé, lanzándome sobre Huancayo que los chilenos abandonaron en el acto, dejando en mi poder buenas pruebas de la precipitación de su marcha.

Entre tanto, la columna que había enviado sobre Concepción, cumplía su deber batiendo hasta destruir totalmente á la fuerza que allí existía. El Coronel Canto al informarse al paso de la derrota de los suyos, se indemnizó de ella lanzando sus tropas al saqueo, incendio y asesinato en esa indefensa población.

El ejército chileno siguió su retirada hostilizado de cerca por mis guerrillas. Su destrucción completa en la Oroya, al haber encontrado el puente destruido habría sido inevitable; pero desgraciadamente la fuerza enviada con ese objeto, no había podido cumplir su cometido, y el enemigo hayó este paso en su fuga, y después de utilizar el puente lo quemó, para detener la persecución de mis tropas.

Recuperé de este modo todo el territorio del Centro que por algún tiempo quedó libre de la invasión.

El jefe de la ocupación chilena en Lima, en vista de ese desastre, resolvió sin duda hacer un esfuerzo para destruir la falanje patriota de mi mando, pues destacó un fuerte cuerpo de ejército, al mando del Coronel Arriagada que subió á la sierra del Centro y emprendió sobre mí una tenaz persecución.

Resolví entonces tomar la ruta del Norte, tanto porque allí debía encontrar algún refuerzo de tropas, cuanto porque en los escabrosos caminos que debía recorrer, encontraría manera de aniquilar al enemigo y en su oportunidad, de combatirlo.

Pude obligarlo a seguir mi itinerario, colocándome á tan corta distancia de él, que los campamentos que yo dejaba en la mañana, los ocupaba el Coronel Arriagada en la noche.

Conseguido en gran parte el objeto de esta medida, con las pérdidas y sufrimientos que tuvo el ejército enemigo en esa travesía, me ví precisado á deshacerme de él, porque venía á mi encuentro por el Norte otra fuerte división chilena al mando del Coronel Gorostiaga, y subía de la costa otra fuerza al mando del Comandante don Herminio González, con el propósito de tomarme en el centro de los tres.

Resolví, pues, salir á la persecución del Coronel Arriagada para lo que me fué bastante adoptar un plan estratégico que hizo creer á este jefe, que yo retrocedía sobre Aguamiro. y mientras él se dirigió en marcha forzada sobre este punto, al Sur del territorio que ocupábamos, yo pude seguir tranquilo al Norte.

Fué tan oportuna esta medida que dos días después en las cercanías del pueblo de Mollepata, me avisté con los enemigos con quienes debía entrar en combate á la mañana siguiente.

Mi tropa, bastante fatigada en 150 leguas de viaje que llevábamos, estaba, sin embargo expedita para la lucha; pero llegado el momento, resultó que el enemigo había desaparecido retrocediendo al Norte.

Comprendí que este movimiento tenía por objeto esperar la aproximación é incorporación de la fuerza del Comandante González, y en el momento dispuse que marchase una fuerza suficiente al mando del Coronel don Isaac Recabarren, para cortar el paso de aquélla en el punto de Tres Ríos.

Aunque estaba calculado que dicha fuerza llegaría á ese punto á las doce del día, en cuyo caso habría dado caza al enemigo, no llegó sino á las seis de la tarde, lo que permitió á éstos pasar tranquilos cinco horas antes.

Con este refuerzo el Coronel Gorostiaga reunió más de 2500 hombres, es decir, el doble de los míos.

No desfalleció por esto nuestro ánimo. Seguimos sobre él hasta ocupar la ciudad de Huamachuco, que abandonó precipitadamente, dejando en nuestro poder hasta su caballada y rancho, y subió á tomar posiciones sobre el cerro Sazón, uno de los que bordea el llano de Huamachuco, parapetándose en los muros que allí existen de una población incáica.

Un consejo de guerra que reuní inmediatamente, acordó unánime, como en el legendario Morro de Arica, "combatir hasta quemar el último cartucho", siendo la situación en que estábamos tan estrecha como la que se presentó á los heróicos defensores del Morro.

Salimos, pues, á colocarnos frente al enemigo en el cerro de Santa Bárbara, aunque éste no tiene ni las ruinas ni el monte que favorece al de Sazón.

En los días 8 y 9 de Julio, el enemigo se limitó á hacer unos cuantos tiros de cañón, que daban a conocer que no tenía intención de entrar en lucha.

Nosotros resolvimos provocarlo, y en efecto, al amanecer del día 10, lancé mi primera guerrilla á cuyo encuentro destacó otra el enemigo.

Esta tuvo que retroceder al empuje de la nuestra. Fueron bajando de uno y otro lado fuerzas más numerosas, y el combate se hizo general.

Nadie faltó á su deber en ese día memorable: jefes, oficiales y tropa se batieron denodadamente y con ellos muchos distinguidos ciudadanos que habían venido de Lima á ofrecerme su patriótico concurso. Nuestras escasas y fatigadas fuerzas, vencieron en buena lid al orgulloso enemigo; lo arrojaron del llano y subieron al cerro que éste ocupaba, hasta sus mismos atrincheramientos en los muros incáicos, batiéndose cuerpo á cuerpo.

Víctimas de su heróico comportamiento, quedaron sobre el campo de batalla, el general Silva, los coroneles Tafur, Luna, Astete y Aragonés, herido y victimado después, el coronel Leoncio Prado y otros jefes.

La victoria resplandecía ya sobre las armas del Perú, cuando una desgraciada circunstancia cambia la faz de la lucha.

Nuestro armamento reunido en pequeñísimas raciones, no era de un solo sistema ni tampoco las municiones; había sido preciso calibrar éstas por medio de un procedimiento defectuoso; pero el único posible para nuestra carencia absoluta de recursos, y esas municiones en rifles de otro sistema, produjeron al fin el entorpecimiento que los inutilizó, dejándolos obstruidos por los casquillos.

Esta circunstancia se produjo fatalmente en la mitad, cuando menos, de nuestro armamento y en el instante más preciso para lanzar al enemigo de su última posición y ponerlo en derrota, sin que tuviéramos siquiera una sola bayoneta para atacarlo de más cerca.

Nuestros soldados en estos momentos de coraje y de impotencia tiraban sus rifles inutilizados y eran perseguidos y fusilados por los mismos á quienes acababan de hacer retroceder.

El desastre fué entonces inevitable y el enemigo lanzó sus partidas sobre nuestros heridos y cansados, á quienes victimaron sin piedad.

Así terminó la histórica batalla de Huamachuco en la que si el éxito fué de los invasores, la gloria pertenece por entero á las armas del Perú.

Dura fué sin duda, la marcha que me ví obligado á hacer por caminos extraviados, atravesando un territorio de más de 160 leguas ocupado por los enemigos y cruzado por sus partidas.

Mi acompañamiento se componía de siete personas que se aventuraron al compartir las penalidades y peligros que debía presentársenos.

Una mañana divisamos á corta distancia un grupo de ocho soldados enemigos armados de sus rifles. Avanzamos sobre éllos, les interrogué el objeto de su viaje y me contestaron que iban á preparar rancho para su ejército que venía detrás. Comprendí que no decían verdad y les increpé su conducta, obteniendo que me declarasen que eran desertores y que anhelaban volver á su país cansados de la vida de campaña. Los desarmé hice guardar los rifles en una estancia vecina y continué mi marcha.

Se encontraba en el Cerro de Pasco el cuerpo de ejército del coronel Arriagada, y con este motivo todos los caminos inmediatos estaban vigilados y resguardados. El tránsito por allí tenía que ser, pues, de noche. En una de éstas salvamos un encuentro con una fuerza de caballería enemiga mediante la obscuridad de la noche; pasó ésta á tan corta distancia, que oíamos las voces de los soldados.

Otro encuentro se nos presentó casi inevitable en Ondores, pueblo situado á orillas de Reyes, que ocupaban fuerzas enemigas; la única vía posible era un estrecho espacio que media entre las últimas casas del pueblo y las orillas de dicho lago. Dispuestos á abrirnos paso con las escasas armas que llevábamos, nos lanzamos á la travesía, que hicimos felizmente sin ser sentidos.

Llegamos á Tarma adonde no habían arribado aún los enemigos, pero se les esperaba por momentos.

Seguí mi viaje después de dos horas de descanso, acompañado, además, por ocho soldados de caballería peruanos que encontré allí.

Después de dos horas de subida se hizo necesario detenernos porque la densa obscuridad de la noche hacía difícil ese camino que es todo de subida, cuando de pronto fuímos sorprendidos por disparos de rifles cruzados entre la escolta y una fuerza enemiga que venía en nuestra persecución.

Después de algunos momentos de lucha y comprendiendo que nuestros asaltantes esperaban la aproximación de refuerzos, resolvimos avanzar batiéndonos en retirada. A esta disposición debimos el llegar á Jauja al amanecer del día siguiente.

Encontré que los únicos elementos bélicos que quedaban eran 100 rifles en manos de igual número de soldados con muy escasas municiones.

El enemigo no me dió tiempo para rehacer allí mis tropas; destacó de Lima un grueso cuerpo de ejército al mando del coronel don Martiniano Urriola, el que ocupó sucesivamente los departamentos de Junín, Huancavelica y Ayacucho.

Mis fuerzas pasaron el Pampas y se situaron en el departamento de Apurimac. Parecía ya agotado todo recurso y todo elemento de lucha; pero apelé al patriotismo de los pueblos y éstos no tardaron en acudir á mi campamento á ofrecerme cuando menos su entusiasta y valeroso concurso.

Tres meses me bastaron para emprender nuevas operaciones sobre el enemigo. A mi aproximación á Ayacucho, el coronel Urriola desocupó esa ciudad y se puso en retirada. Los valientes indígenas de Huanta le salieron al encuentro á la entrada de ese pueblo y los de Tayacaja en el vado de Chaipará, causándoles numerosas bajas, batiéndolo con algunas ventajas en Tarmatambo y hostilizándolo en toda la travesía.

El coronel Urriola debió llevar á su país el convencimiento de que era imposible hollar impunemente el suelo peruano defendido por el patriotismo de sus hijos.

A partir de entonces la guerra tomó un carácter distinto y del que creo conveniente no ocuparme en estos momentos de paz y de concordia, y lo que es más, en homenaje á mi noble adversario general don Miguel Iglesias, cuyo concepto pudo ser equivocado, pero cuyo patriotismo resplandece al recuerdo de la gloriosa jornada del Morro Solar y de los laureles conquistados en la batalla de San Pablo.

No he podido evitar que esta carta tome las debidas proporciones que lleva. Sírvase Ud. excusarlo con su acostumbrada benevolencia, aceptando una vez más mi sincero parabien por la obra que emprende y mis afectuosos saludos

Suyo affo. amigo y S.S.
ANDRES A. CACERES


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"Boletín del Ministerio de Guerra y Marina". Año II, N° 13. Lima,  1° Julio de 1905.

Saludos
Jonatan Saona

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