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Acción de Sangrar (versión chilena)
26 de Junio de 1881
Precursor del sacrificio de la Concepción, el hecho de Sángrar (palabra vulgarizada como Sangra), es uno de esos extraordinarios episodios guerreros que llegan a los límites de lo fantástico, tanto por su desarrollo, cuanto por la enorme desproporción del número de sus contendores.
Era en las sierras de los cordones que rodean las quebradas del Rímac, por las cuales expedicionaban las fuerzas del coronel Letelier, contra las famosas montoneras del general Cáceres, montoneras que amagaban por sus flancos, por esa fecha, a la división Letelier.
A fin de resguardar sus fuerzas y quedar más tranquilo para el desarrollo del plan de sus operaciones, Letelier destacó un destacamento hacia Casapalca, al mando del comandante don Virginio Méndez, contándose en ese destacamento una compañía del aguerrido Regimiento Buin, al mando del capitán del mismo cuerpo, don José Luis Araneda; eran 70 hombres y fueron enviados al lugarejo Cuevas, en la aldea de Canta, a unas 8 leguas de Casapalca, donde quedaba el comandante Méndez.
Se sabía que por esas gargantas existía una fuerte montonera, compuesta de un batallón de línea, una numerosa indiada y un buen número de guerrilleros, comandados por el coronel don Manuel de la E. Vento, hombre rico, valiente y popularísimo de aquellos lugares, en los cuales estaba ubicada su hacienda Sángrar, sobre el camino real de Lima a Junín.
El caserío de esta hacienda ofrecía una buena posición militar, por la configuración del terreno y la distribución de sus vetustas construcciones: una capilla, una bodega con corralón y dos ranchos deshabitados.
El 19 de Junio, el capitán Araneda, con su compañía y escasos medios de subsistencia, acampaba en ese lugar, después de tomar las medidas militares que su situación exigía, y estableciendo los centinelas que le permitieran guardar el contacto necesario con el comandante Méndez.
A mitad del camino, en el caserío de Cuevas, dejó al sargento Germán Blanco, con 15 hombres, y cuando había terminado de tomar todas sus disposiciones, tuvo noticias que por las cercanías se movía un fuerte número de fuerzas pierolistas, lo que le obligó a prepararse para un posible ataque.
Tenía ciega confianza en sus Buines y en los subtenientes que le acompañaban, señores Ismael Guzmán, Eulogio Saavedra y José Dolores Ríos. El total de sus fuerzas, contando los quince del sargento Blanco, era de 66 hombres, más dos chiquillos, el corneta Ávila y otro que él había redimido en Lima de la esclavitud.
El día 26 de Junio, habían empezado a escasear los víveres y mandó al sargento Zacarías Bisiremijer, con 4 hombres, a buscar algo por los alrededores. A las pocas horas, llegó al campamento la mula en que había salido el sargento, sudorosa y sin jinete. Araneda, se dió cuenta en el acto de lo que había podido ocurrir, y montando la misma mula ascendió a una pequeña prominencia, desde la cual vió las fuerzas que venían desplegándose para atacarlo: calculó su número en unos 600 hombres; más tarde, los documentos oficiales comprobaron que eran más de 2,500.
Araneda, con la serenidad estoica del patriotismo que impone la ley de morir matando, volvió en el acto ante su gente y rápidamente se preparó para la defensa; no le quedaban más que 43 hombres, y de éstos destacó 12, que fueran a tomar posición en la capilla, al mando del subteniente Guzmán, y con los 31 restantes y los dos chiquillos, tomó posiciones en los corralones de la abandonada bodega, aprestándose al desigual combate.
A la 1 del mismo día 26, rompieron sus fuegos los atacantes, desplegándose en un círculo cerrado, para aniquilar al puñado de Buines.
El número del enemigo, por sí solo hacía efecto, pero nadie desmayó y la lucha se trabó horrorosa, encarnizada, con tal tesón y denuedo, que dos horas después 25 de los Buines se debatían en los estertores de la muerte, con las manos crispadas en sus rifles, que seguían disparando, mientras les era dado a los hombres hacer movimiento con sus brazos.
A las 4 de la tarde logró llegar el sargento Blanco con sus 15 hombres, pero antes de que pudiera bajar hasta su jefe, había sido envuelto por la oleada enemiga y dejaba casi toda su gente en el campo.
Araneda, entretanto, seguía batiéndose como un tigre acorralado; no veía llegarle refuerzo de ninguna parte y sus hombres iban paulatinamente disminuyéndole; ya eran sólo 12 que se debatían en los charcos de su propia sangre, pero nadie pensaba en ceder ni en rendirse.
Arrastrándose como podían, fueron abandonando sus primeras posiciones, hasta parapetarse en los ranchos, desde donde continuaron su incansable fuego contra el enemigo, el que por momentos veía coronar su triunfo y tan seguro estaba de esto, que varios soldados corrieron a repicar las campanas de la vecina capilla, mientras su jefe, el coronel Vento, en una ligera tregua, gritaba al capitán Araneda que se rindiera, que ya había cumplido su deber y ofreciéndole toda clase de garantías por su capitulación. Por toda respuesta, el capitán Araneda ordenó al corneta que tocara cala-cuerda y a degüello.
Se renovó más terriblemente el ataque, los montoneros prendieron fuego a los techos de los ranchos, pero ni el número, ni las balas, ni el incendio, abatían la indomable resistencia de aquellos homéricos soldados.
Y llegaba la noche, llevaban ya 6 horas de cruenta lucha, los atacados estaban reducidos a 7, pero no se rendían ni tampoco se divisaba auxilio por ningún lado; los rifles caldeados chirriaban en sus manos, ríos de sangre corrían de sus heridas, pero nadie pensaba en darse por vencido y las horas seguían transcurriendo: llevaban 12 de combate, y sólo a las 2 de la mañana, los atacantes, cansados, humillados y temerosos de que con las primeras luces del alba aparecieran refuerzos chilenos, abandonaron el asedio. Esa retirada, era el verdadero triunfo de aquellos titánicos Buines, que sostenían una fantástica resistencia de 7 por 700.
Sólo a las 7 de la mañana, apareció el comandante Méndez, para recoger 17 heridos y enterrar a los muertos, con todo el homenaje de la severa ordenanza militar.
Dudamos que durante la campaña del 79, fuera del sacrificio de la Concepción, pueda registrarse otra página de más heróica resistencia ni de más sublime heroísmo.
Los peruanos, orgullosos de su éxito, obtuvieron de la Asamblea de Ayacucho, moción, Pastor Tudela y Vento, de 10 de Agosto de 1881, premios extraordinarios para los combatientes de Sángrar, y el honor de ascender a ciudad, la villa de Canta, para perpetuar la memoria de esa hazaña.
Y el Leonidas chileno de esa acción, regresaba a su patria con los mismos galones de capitán, con los que conquistara aquella inmarcesible gloria; y esos galones los había conquistado en el campo de batalla de Pisagua.
36 años van transcurridos de esa epopeya, y hoy aún las hermanas de ese héroe no logran que el Congreso les acuerde una pasable pensión con que pasar modestamente el tiempo que les queda para reunirse con su glorioso hermano.
Aún subsiste el famoso pago de Chile.
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"La Nación". Año I. N° 164. Santiago de Chile, martes 26 de Junio de 1917.
Saludos
Jonatan Saona

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