"Moderno Auto de Fe
I.
Lima, la Sultana del Pacífico, viste de luto.
El cóndor chileno le ha clavado en el seno sus garras, hiriéndola de muerte. Sus hermosas hijas, cual las palomas que ven cernirse sobre sus nidos al hambriento gavilán, moran escondidas en lo más profundo de sus casas, con el corazón acongojado é implorando á Dios por la ventura patria.
Sus hijos llevan el rostro vestido de honda tristeza, y en sus ojos el brillo de la desesperación.....
Silencio tétrico reina en la bella ciudad, llamada, con razón, la Perla del Perú.
Este silencio sólo es interrumpido por la fogosa carrera de un caballo ó las notas guerreras de un clarín; y á estos ruidos una maldición brota de la boca de los hombres y una lágrima de los ojos de las mujeres: ellos les recuerdan la esclavitud en que viven.....
Esclavitud forzada, que con tanto brío combatieron los buenos peruanos desde Punta Arenas hasta Miraflores, é impuesta sólo por la vanidad y cobardía de algunos.
¡Maldición sobre ellos!....
II.
No todo se ha perdido.
Aun existe en el corazón de la República un puñado de bravos que á la sombra del pabellón nacional luchan sin tregua contra el invasor.
Hambres, miserias, fríos, insomnios, combaten á ese reducido ejército, creado por el amor patrio; pero nada le arredra, y con su coraje llega á imponerse al enemigo hasta obligarlo á enviar á su encuentro sus tropas más aguerridas....
Cerca de cinco mil enemigos se dirigen al interior á sofocar el grito de ¡Libertad! que han lanzado esos valientes.
Por donde marchan, cual otros Atilas, van llevando el incendio, la desesperación, la muerte.
III.
Tendido sobre el río Oroya, uniendo sus dos orillas, está el puente de «La Mejorada», en la provincia de Huancayo.
En la orilla derecha, y partiendo del puente, se extienden los diferentes caminos que conducen á los pueblos de Chupaca, Chongos, Sisicaya y otros, cuyos sencillos habitantes están, en esos momentos, alarmados por saber que los chilenos avanzan hacia ellos.
Su amor patrio y el conocimiento de los desastres que va causando el enemigo por donde camina, han despertado en sus pechos el valor tradicional de la raza incásica, obligándolos á cambiar la lampa y la quena, por el rifle, la honda y el rejón.
Formados en numerosas partidas de guerrilleros esperan ansiosos el momento de escarmentar al osado chileno; y día y noche velan la orilla del río, única parte por la que pueden ser atacados y que en esos momentos corre impetuoso haciendo difícil vadearlo.
Han cortado el puente para impedir el paso por él.....
Y aguardan decididos la hora fatal de la lucha.
A distancia de una legua del cortado puente, y en el camino izquierdo que dirige á Chupaca, se halla la quinta de Huamanca-Chico, propiedad de la Sra. Andrea Arauco, que la habita en compañía de una antigua y amorosa criada.
Acompaña también á la Sra. Andrea en esos momentos D. Teodoro Peñaloza, hijo suyo, de profesión abogado y uno de los bravos combatientes en los campos de San Juan y Miraflores, donde peleó como tercer jefe del batallón Concepción y que, sabedor de la invasión del Centro por el enemigo y de los excesos que cometía, ha marchado en busca de su señora madre para llevarla á la ciudad de Ica, punto en el que reside desde la toma de Lima.....
La marcha de madre é hijo está ya acordada y pronto se ha de efectuar. La criada, compañera inseparable de la señora, debe acompañarlos..... ¡Cuán pronto verán trocados todos sus planes por la desgracia más espantosa!....
IV.
Son las diez de la mañana del... de abril de 1882 y la lucha ha principiado.
Dos mil chilenos, de las tres armas, en la orilla izquierda del río Oroya combaten con los mal armados guerrilleros que en la otra orilla les disputan el paso.
El fuego del enemigo es incesante y certero. Su artillería, colocada en el pequeño cerro que sirve de estribo al cortado puente de «La Mejorada», diezma las filas peruanas sin hacerlas desmayar.....
Y el combate sigue más fiero cada momento. Son las dos de la tarde y los chilenos no han avanzado un paso de sus posiciones.
Cuantos de ellos intentan vadear el río tienen que retroceder ó morir al fuego de los guerrilleros.....
Pero las municiones se les van acabando á éstos, y el enemigo, que lo nota, hace avanzar nuevamente su caballería, desplegada en grupos y protegida por la artillería, que redobla sus tiros.
Los peruanos hacen un supremo esfuerzo, y, combatiendo á pecho descubierto, quieren impedir el acceso á los chilenos; pero los caballos ganan camino y pronto llegan á la orilla tan valerosamente defendida.
Desde este momento no existe unión en las guerrillas: forzadas á batirse en retirada por la superioridad del invasor, se sostienen aún bravamente por algún tiempo; pero más y más enemigos siguen llegando y es preciso abandonarles el campo......
Pronto todo concluye..... son las cuatro de la tarde.
Diez horas de lucha habían sido necesarias para que el chileno cosechara tan vergonzoso triunfo.....
Ebrios de furor por tan larga resistencia se dirigen á los distintos pueblos en busca de más víctimas.
Por el camino izquierdo que conduce á Chupaca, y en el que se halla la quinta de Huamanca-Chico, van también como doscientos hombres buscando sobre qué descargar su ira.
¡Infeliz quinta! ¡Infelices sus moradores si no huyen de la cólera chilena!....
V.
Los chilenos han penetrado en Huamanca-Chico y dado principio á su obra destructora.
Nada se opone á su cólera.....
Toda puerta es rota, todo mueble saqueado y destrozado.....
En una pieza interior, y esperando por momentos ser victimados, se encuentran la Sra. Andrea Arauco, su hijo D. Teodoro Peñaloza y la antigua criada de la señora, cuyo viaje no ha tenido aún efecto.
Las dos mujeres, arrodilladas, rezan temblorosas.
Peñaloza, pálido, escucha el infernal ruido que hacen los enemigos. No tardan en aparecer á la puerta varios de éstos. A la vista de seres humanos, dan un grito de feroz alegría.
Como lobos sobre la res muerta, así se arrojan sobre los tres desgraciados, que no intentan resistir, y arrastrándolos los llevan al patio de la quinta, donde son presentados al jefe que comanda la fuerza.
Éste ordena á los soldados que azoten á Peñaloza delante de las dos pobres mujeres, y tan inhumana orden fuera cumplida, si la Sra. Andrea, ante el peligro que corre su hijo, no se arrojara suplicante á los piés del oficial, demandando perdón y ofreciendo en cambio ingentes valores que ocultos tiene en la quinta.
A la perspectiva de este ofrecimiento, el oficial hace suspender el infame castigo, y, lleno de avaricia, sigue á la señora, que le lleva á una de las piezas interiores, y allí le entrega todo el dinero y alhajas que posee. De gran valor es lo que recibe el chileno, pues la señora, una de las más acaudaladas propietarias del lugar, apenas si gastaba la décima parte de sus rentas.
Saciada la avaricia del oficial, vuelven á despertarse en él los instintos de ferocidad y ordena á la señora que le siga.
Ésta, creyendo que le va a entregar á su hijo, marcha esperanzada tras él.
Al llegar al patio donde Peñaloza y la criada están resguardados por los soldados, el oficial, dirigiéndose á éstos, les manda encender una fogata. Varios parten en distintas direcciones, volviendo al poco rato cargados con trozos de puertas y muebles que amontonan pegándoles fuego.....
Los prisioneros, aterrorizados, los miran hacer.....
Densas espirales de humo brotan de entre la madera hacinada, y á poco rato una llama voraz se levanta.....
Todos la miran en silencio: los mismos chilenos callan.....
Sólo el oficial sonríe mefistofélicamente.....
Cuando ya la madera, encendida toda, forma una inmensa hoguera, el oficial ordena á sus secuaces arrojen á ella los tres prisioneros. Un grito indefinible de horror sale de las bocas de las aterradas víctimas; aun algunos de los mismos asesinos palidecen.....
El cuadro, de triste que era, alcanza el mayor límite de lo trágico.....
Las dos mujeres, al escuchar tan espantosa sentencia, caen desmayadas.
Peñaloza, por uno de esos actos de gran desesperación, quiere arrojarse sobre el oficial y estrangularlo entre sus manos; pero los soldados que le rodean le contienen hasta dejarle casi inerte.....
Y el horrendo mandato..... se cumple.....
Los tres infelices son arrastrados y echados al fuego.
....
Poco después, tres cuerpos carbonizados acaba de consumir el terrible elemento, en silencio, sin que nadie presencie su obra.
El enemigo ha abandonado ya la quinta, llevándose todo aquello que su rapacidad encontrara digno de poseer."
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Rivas, Ernesto A. "Episodios Nacionales de la Guerra del Pacífico 1879-1883". Lima, 1903.
Saludos
Jonatan Saona

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