21 de abril de 2026

Peñaloza por Mantilla

Dibujo del libro
Muerte de Teodoro Peñaloza escrito por Víctor Mantilla

"Corazón de fiera

En los alrededores de Huancayo, dominando sembríos y jardines, se elevaba la quinta de la rica propietaria.

Llenos de vacas lecheras estaban los establos, repletos de ovejas los rediles, colmados de cosechas los graneros.

La casa misma ofrecía un aspecto de extraordinaria comodidad y elegancia. A lo largo de sus sólidas paredes, pendientes de las azoteas, se descolgaban tupidas enredaderas de flores de color vivo, anaranjado, rojo y violeta, que se enlazaban sobre las ventanas, formándoles vistoso y perfumado marco.

Constaba de un solo piso. Tenía en su fachada principal un corredor circular, cuyo techo sostenían elegantes columnas de madera labrada. Seis ú ocho escalones conducían á él.

Las habitaciones interiores se abrían sobre un gran patio, en uno de cuyos ángulos una espaciosa pajarera encerraba los más variados ejemplares de la tribu musical de los bosques.

En el corredor mencionado recibía la propietaria, los domingos, á sus pobres y á los labradores envejecidos en el surco, inhábiles para el trabajo, y á todos atendía con limosnas de sus graneros ó de su bolsa.

Veámosla en uno de esos días. Se acerca un indio, ya anciano, apoyado en un largo bastón.

- Buenos días, mamitay. 
- Buenos días, Pedro. ¿Cómo están por tu casa? 

-Mal, mamitay. El zorro se ha llevado dos gallinas. 
-Yo te haré dar otras.

Y al mismo tiempo que pronuncia estas palabras, se dirige á un criado y le ordena entregar las aves.

Se adelanta una india joven.
-Buen día, mamay.
-¿Cómo estás, Pachica?

-Yo bien, mamay; pero mi madre está enferma. Hace dos días que no se levanta, su cuerpo quema como una brasa.
-Eso es la fiebre, Pachica. ¿Por qué no has venido antes? El médico irá á verla hoy mismo.

Y volviéndose á uno de la servidumbre, le ordenó partir en busca del médico, que vivía á una legua de distancia.

Avanza un matrimonio de indios valetudinarios.
-¿Cómo te va, Maya? ¿Cómo estás de salud, Joaquín?

La india contesta:
-Mal, muy mal, mamay. Hemos tenido que pagar diez soles que debíamos, y nos falta para la semana que viene. Nuestro hijo está ausente; no podemos nosotros llevar el novillo á la feria.

-Bueno. Yo te adelantaré dinero, y cuando vendas tu novillo me lo devolverás.
-Muchas gracias, mamay. Dios te bendecirá.

Desfilaron después algunos pordioseros, que recibieron una moneda, una medida de maíz ó un puñado de coca.

La propietaria se quedó sola con su administrador, que la puso al corriente de los negocios de la semana última y acordó con ella lo que debía hacerse en la entrante.

En los días ordinarios se ocupaba del arreglo de su casa; cosía ó bordaba con sus criadas, recibía visitas de sus vecinos ó las devolvía.

Tranquila y dulce, casi patriarcal había sido, desde años atrás, la vida en la quinta. Lo mismo fué cuando el esposo vivía, mientras el hijo se educaba en Lima, é igual continuaba al presente en ausencia del último, que prestaba sus servicios en el ejército.

Era la época terrible de la guerra. En la quinta no se tenía noticia de las batallas de San Juan y Miraflores.

Una tarde la señora recibió de su hijo una carta en la cual le daba cuenta de los desastres aquellos, que ponían al Perú á merced del enemigo; y como él y todos lo presumían, era seguro que la invasión se llevaría á los departamentos centrales, en cuyo caso era menester prepararse para abandonarlos en busca de un asilo inviolable: ese no podía ser otro que la misma capital de la república, donde las numerosas colonias extranjeras y el cuerpo diplomático imponían respeto á los vencedores, impidiéndoles entregarse á las violencias y depredaciones que con toda evidencia habrían de realizarse en las distantes y desarmadas comarcas de nuestro territorio.

Nada decía el hijo de su herida recibida en San Juan; pero sí anunciaba su viaje para una época relativamente próxima. No pudo, sin embargo, llevarlo á cabo sino mucho tiempo después, cuando ya en las sierras de Junín resonaban con ecos marciales las cornetas, y las tropas peruanas combatían hoy en un punto y mañana diez leguas más lejos, conducidas por jefes animosos que no daban á los invasores un solo día de completo descanso, una sola noche libre, por entero, de alarmas.

La llegada del hijo á la quinta de Huamanca-chico fué saludada con demostraciones de excepcional regocijo. Se entregó un buey á los colonos, un tambor de coca, pan y chicha y aguardiente en abundancia. Esto fué durante el día. Por la noche hubo baile al son de arpas y violines.

Hasta veinte indias jóvenes, con la vistosa llicllia en la cabeza, signo de la soltería, el azul anaco á la altura de la pantorrilla y la chaqueta de pana roja ó negra, cubierta de lentejuelas, giraban en círculo al compás de la música, en un sentido y en otro, enlazando sus manos á las de otros tantos mozos, sus galanes preferidos. Se alejaba la rueda, regresaba; taconeaban las parejas, balanceando el cuerpo y balbuceando canciones más bien melancólicas que alegres.

El movimiento vertiginoso de aquella rueda parecía no tener término; se prolongaba horas y horas, hasta que los danzantes, rendidos, se desplomaban de golpe sobre el suelo. Descansaban y volvían al mismo ejercicio monótono, acompañado de una melodía, que era la repetición de una misma frase musical hasta lo infinito.

En torno de los músicos se agrupaban los padres de aquéllos, y se entretenían libando, sin parsimoniosa cortesía, los colmados vasos de la chacta embriagadora.

Antorchas resinosas colocadas en pequeños postes y faroles de parafina pendientes de los árboles, iluminaban á medias el espacio de la fiesta.

A una señal del patrón cesó la música, se apagaron las luces, y cada cual de los concurrentes buscó el pesado sueño bajo el techo de su vivienda.

Nadie que no hubiera sido un profeta, habría podido predecir que esa misma quinta sería, días después, teatro de una escena abominable de sangre y llamas, bastante á constituir por sí sola un capítulo de eterna acusación contra el ejército de Chile.

***

Era Abril de 1882. Algunas compañías de línea y unos trescientos guerrilleros indígenas, defendían el puente colgante de la «Mejorada», sobre el río Oroya.

A lo largo de la ribera que los peruanos ocupaban, se extendían las magníficas haciendas, se elevaban las quintas de recreo donde, á juicio de los invasores, debía existir riquísimo botín.

Dos mil son los chilenos. El combate ha durado algunas horas. Las aguas del río corren ensangrentadas á sesenta metros debajo del puente. Los defensores de éste han desaparecido casi totalmente, barridos por la fusilería chilena, destrozados por las granadas de los cañones.

Como el fuego de los peruanos ha cesado, el paso parece expedito, y una compañía chilena atraviesa hasta la mitad el puente disputado, que cimbra bajo el peso de los soldados y oscila de derecha á izquierda como una hamaca, como un péndulo de extraña forma.

Mientras avanzan los enemigos, los últimos de los defensores abandonan el rifle, empuñan cortantes hachas y golpean con ellas sobre los cables de alambre enroscados á los estribos de piedra. El estruendo de la artillería y el clamor mismo del río, que azota furioso las paredes de su cauce, cortado á pico en ese punto, impiden escuchar el repique apresurado de las hachas.

Los cables ceden, revientan; el puente, con su carga de soldados, se inclina por un extremo sobre las aguas, y los soldados ruedan al abismo, lanzando un grito de horror, poderoso como un trueno. Tampoco hay tiempo para un segundo clamoreo: ya están en el agua, ya se hunden en ella, ya reaparecen para ser arrojados por las olas sobre los graníticos muros, que á su vez los devuelven á la corriente torrentosa con los cráneos abiertos y los cuerpos destrozados.

Por desgracia esto no es el triunfo. Los chilenos descubren por fin el vado que inútilmente buscaban durante las diez horas del combate; la caballería lo atraviesa con los infantes á la grupa.

Una vez en la codiciada ribera, los dos mil hombres se reparten, emprendiendo distintos caminos, de conformidad con los datos que poseen los jefes acerca de la comarca y sus riquezas.

***

A la caída de la tarde doscientos hombres, al mando de un capitán, se precipitan como un torrente en los dominios de Huamanca-chico, penetran en las pobres moradas de los indios, sacan de ellas á los ancianos, las mujeres y los niños, empeñándose en una matanza tanto más cobarde, cuanto que á la punta de las bayonetas y al filo de los sables, las víctimas sólo pueden oponer su pecho desnudo y sus débiles cuellos.

Llegan á la casa-quinta. Como sus puertas estuvieran cerradas, el capitán ordena echarlas abajo, lo cual se lleva á efecto inmediatamente.

Los soldados se orientan pronto hacia el lugar donde queda la despensa; allí hay de todo en abundancia: alimento y bebidas.

Comienza en ese sitio una pequeña orgía que termina en el salón. Los espejos sirven de blanco á las balas; los cortinajes, desgarrados, se arrojan al suelo; los muebles, acarreados al patio, pronto sé convierten en astillas bajo la furia destructora de los rotos: ¡se les hace responsables, sin duda, del corte del puente!

Con calma algunos, apresurados otros, vociferando todos, van recorriendo habitación por habitación, y en ellas no queda mueble que no sufra prolijo examen: ropa de vestir, ropa blanca, todo se saca de su lugar y se esparce sobre las alfombras. Algún soldado se desnuda, cambia sus prendas interiores por las que tiene á la mano, limpias y frescas, y se encaja de nuevo el uniforme.

Por fin, en una habitación encuentran á la señora, á su hijo y á Pachica, la joven india á quien anteriormente nos hemos referido. Aparece el capitán y habla:
-¡Hola! Yo creí que no había nadie en esta casa. Vamos á ver lo que hacemos con Vds.

-Lo que hace todo hombre de honor con sus prisioneros--interrumpió el joven:- tratarlos como á personas y no como á cosas.

Conocía demasiado á los chilenos para hablarles de otra manera, y presumía su suerte, dada la alevosía sanguinaria de que hacían lujo en la victoria
-¿Leccioncillas á mí? -repuso el capitán. No he venido desde Santiago para recibirlas en este lugar.

Volviéndose á los soldados, añadió:
-Aten á los tres, y al patio con ellos.

En tanto que los soldados ejecutaban la orden, el capitán se instalaba cómodamente en un sillón, en el corredor del patio, y encendía un habano.

Llegaron los prisioneros.

-A ver -dijo el capitán para comenzar, quítenme esa india de delante. Pachica imploró con sus dulces ojos, rogó con su suavísima voz, pero en vano; fué violentamente separada de sus patrones.

-Ahora-continuó-tiendan á ese hombre y azótenlo.
-¡Canalla!-exclamó el joven:-tuviera las manos libres, y sentirías qué bien caían sobre tu cara de perro.

Una bofetada de uno de los soldados le cortó la palabra, bañándole en sangre el rostro; el atroz golpe le había hecho saltar un ojo.

-¡Bien! dijo el capitán, como aprobando la cobarde acción, y prosiguió:
-Tiéndanlo de una vez.

El joven fué puesto boca abajo. Sobre su espalda comenzaron á llover los latigazos, al mismo tiempo que el capitán vaciaba de un trago media botella de cognac.

-¡Capitán!-exclamó la señora:-que no continúe el castigo. Yo le daré todo el oro y los brillantes que hay en la casa; eso importa una fortuna.

-Convenido, amiga. Vamos á ver eso... Ni un latigazo más... que nadie se mueva de aquí.

El capitán y la señora se alejaron, regresando ambos al cabo de cortos instantes.

Ella venía horriblemente pálida y presa de una emoción tan violenta, que le hacía temblar todos los músculos del semblante: al pasar por una de las habitaciones había visto á Pachica á medio vestir, tendida boca arriba, con el vientre atravesado por una bayoneta que, rifle y todo permanecía clavada sobre la víctima. El arma, al traspasar el cuerpo, había alcanzado la madera del piso, y se afirmaba en ella.

Aquél traía debajo del brazo un cofrecillo de acero, que contenía oro y piedras preciosas.

Se habría creído que allí terminaría todo; pero no fué así.

El capitán ocupó de nuevo el sillón. La madre y el hijo, siempre maniatados, se hallaban de pie á su izquierda, á pocos pasos de distancia.

-Supongo que podremos irnos, señor capitán -interrogó la señora.
-No, todavía no, contestó él: -va á cerrar la noche, y no sería propio que yo los dejara partir con frío; voy á convidarles á un ponche caliente.

Sus ojos se animaron con un fuego sombrío y una sonrisa diabólica cruzó por sus labios.

-Traigan leña -dijo con fuerte voz.

Las víctimas temblaron, presintiendo algo horroroso.

Unos veinte soldados partieron á desempeñar la comisión. Mientras regresaban, el capitán miraba á sus prisioneros, sonreía, fumaba y bebía.

El rudo aspecto del capitán despertó en la memoria del joven el recuerdo de un suelto de crónica, leído años atrás en un periódico de Santiago. Decía, poco más ó menos, así:

«Crimen. - Ayer, en altas horas de la noche, fué asaltado por una cuadrilla de bandoleros el conocido fundo Las Vacas, que apenas dista una legua de esta capital. En la casa del fundo sólo se encontraba, á la sazón, la servidumbre, compuesta de ocho personas, entre hombres y mujeres. El degüello fué general. Una de las víctimas, la mujer Camila, que conservó la vida por algunas horas, á pesar de las dieciséis heridas que le habían inferido los malhechores, pudo, antes de exhalar el último suspiro, dar á la policía las señas, algo imperfectas por cierto, del jefe de la partida: un hombre como de treinta y cinco años, de regular estatura, cargado de espaldas; moreno de color, barba negra espesa, ojos negros también; tartamudea al hablar....

Tales señas, que el joven conservaba en la memoria, correspondían en un todo al capitán en cuya presencia se hallaba; y no dejó de pensar que, quizás, el individuo ese había ascendido desde soldado raso á su alta clase, porque del oficial caballero no tenía la más leve traza.

Depositaron los soldados su primer contingente de leña en el centro del gran patio.
-¡Más leña!

Se trajeron todas las mesas que había en la casa, todas las silletas que se pudo encontrar.
-¡Más todavía! Las puertas, las ventanas...

Los soldados arrancaron las hojas de las puertas y ventanas.

-¡Más! ¡Más!
El piano y los muebles del salón fueron agregados á la enorme pila. 

-¡Más, niños, más! 
-Ya no hay, mi capitán-observó un soldado:
-Sí hay. Desprendan las alfombras, traigan los colchones, busquen todo lo que sea combustible.

En tanto que dictaba sus órdenes, los ojos del capitán relampagueaban, se volvían fosforescentes como los de un gato en la sombra, y miraba á sus víctimas, relamiéndose los labios, como lo habría hecho un tigre ante su presa.

La madre y el hijo, ante semejantes preparativos, sufrían anticipadamente todas las angustias de la muerte. Ella temblaba, gruesas gotas de sudor se desprendían de su frente; giraba en torno los ojos, sin detenerlos en ningún objeto; pretendió rezar, pero sus labios no podían articular palabra, lo hacía mentalmente; por último clavó sus pupilas en el cielo: creía y esperaba.

En cuanto á él, inclinando la cabeza sobre el pecho, aguardaba con ánimo viril el suplicio.

-¡Prendan fuego!

Los soldados arrojaron sobre aquel hacinamiento de cosas, trapos impregnados en parafina y les aplicaron la llama de un fósforo.

Comenzó el incendio.

-Esa va á ser la cama de Vds. por esta noche -dijo el capitán, volviéndose á los prisioneros.

La mujer logró balbucear:
-Dios te perdone.
-¡Maldito seas!-gritó el hombre. -Tú debes ser aquel bandido que asaltó el fundo de Las Vacas.

-¿Yo?-exclamó el capitán, palideciendo.- ¿Quién te lo ha dicho?

Y se acercó al prisionero, desenvainando el sable.

-Tú mismo, salvaje.
-Toma, por mentiroso -articuló el militar, atravesándole el cuello con su acero.

La mujer lanzó un grito terrible; el herido vaciló, cayó, vertiendo á torrentes su generosa sangre; pero antes de tocar el suelo, escupió en pleno rostro á su verdugo.

-¡A la hoguera con ellos!-rugió éste fuera de sí.

Los soldados permanecieron inmóviles.

-¿No me habéis oído? A las llamas con ellos.

Era ya la noche. El fuego había tomado proporciones; grandes llamas envueltas en humo iluminaban un buen espacio de cielo.

-A las llamas, digo -continuaba el capitán.

La orden fué cumplida. Los soldados, como asustados ó pesarosos de haber obedecido, abandonaron el patio.

El capitán quedó solo. Sentóse una vez más en su sillón, y desde allí contemplaba, sonriendo, el espantoso martirio de los dos infelices.

Las llamas, agitadas por el viento, se inclinaban á un lado y á otro, como penachos de flamígeras palmeras, ó ascendían rectas, arremolinadas, rugiendo. estirándose, aguzándose, como para taladrar el cielo. Se envolvían sobre las víctimas, como serpientes, y las carbonizaban en su ardiente abrazo.

Pasado un cuarto de hora, cuando el capitán juzgó que ya el espectáculo había durado lo suficiente, se levantó, tambaleándose, de su asiento.

Llamó á sus soldados. Ninguno acudió.

Buscó la salida; no podía encontrarla.

Le pareció que la hoguera se adelantaba hacia él y que las víctimas, erguidas entre las llamas, extendían sus brazos como en actitud de atraerlo; gritó desesperado, pidiendo auxilio.

La hoguera continuaba avanzando, sentía ya su calor en el rostro y una voz que lo llamaba:
-Aquí, con nosotros, este es tu sitio.

-¡No! ¡no!-respondió él. -¡Perdón! ¡Agua! ¡Agua!

Acudieron los soldados, recogieron al capitán, que se hallaba tendido en el suelo, y se lo llevaron.

Pero antes de partir, para que la obra fuese completa, prendieron fuego á la casa por sus cuatro costados.

Horas después, desde una eminencia, la tropa en marcha veía las inmensas trombas de humo y llamas que ascendían, formando en el cielo una gran mancha roja.

El capitán, ya repuesto de su momentánea alucinación, repetía:
-¡Qué bonito arde eso, niños! Mañana daremos una vuelta por allá, para ver si los cabritos se han asado bien.

***

Así desapareció la quinta de Huamanca-chico, con su propietario don Teodoro Peñaloza, tercer jefe del batallón Concepción."


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Mantilla, Víctor. "Nuestros Héroes. Episodios de la Guerra del Pacífico". Lima, 1902.

Saludos
Jonatan Saona

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