"La Hoguera
HUAMANCA-CHICO era una casa quinta que se alzaba en las cercanías de Huancayo, de propiedad de D. Teodoro Peñaloza, joven y valeroso mancebo que tenía un puesto en el ejército que defendió á Lima en los memorables campos de San Juan y Miraflores.
La quinta se hallaba situada en el camino que conducía á la aldea de Chupaca y era lujo y orgullo de toda la comarca, no tanto por lo elegante y moderno de la construcción, cuanto porque en ella se respiraba aire de virtud. La Sra. Andrea Arauco de Peñaloza, madre del bizarro tercer jefe del batallón Concepción, era amada por los indios, á quienes trataba de muy distinta manera que los demás hacendados.
Aún cuando tratado este asunto por cuantos han escrito respecto de la guerra del Pacífico, es de tal importancia y de tan dramático interés, que no hemos resistido á la tentación de dedicarle unas páginas en este libro.
No sólo el cristianismo tiene mártires dignos de los altares: también los tiene el patriotismo, que es la más grande y más pura de las religiones. La señora Arauco y su hijo fueron de esos seres escogidos por el destino para redimir con su muerte las culpas de todo un pueblo.
En abril de 1882 partió de Lima la expedición chilena fuerte de 2000 hombres, que Lynch envió con las instrucciones que habrán leído nuestros favorecedores en otros episodios de esta serie.
A las 10 de la mañana del 8 de aquel mes en que la primavera comienza á regar sus flores, las tropas chilenas llegaron á las orillas del Oroya. El puente llamado de la Mejorada había sido cortado por los peruanos dos días antes, y unos pocos guerrilleros mal armados se disponían á disputar el paso al enemigo. Este colocó sus baterías en una elevación de las muchas que tiene el terreno en aquel sitio y comenzó á proteger con sus fuegos el paso de las tropas.
Los peruanos ocultos tras de los árboles y de los accidentes del suelo, contestaron al cañón con el rifle y hasta con las escopetas de que la mayor parte estaban armados.
El combate, aunque desigual en sumo grado, se sostuvo así hasta las cuatro de la tarde. Diezmados los peruanos tuvieron, al cabo, que retirarse y ceder el campo á los vencedores de Tacna, de San Juan y de Miraflores.
La lúgubre derrota llevó lejos de aquellos sitios, quemados por la metralla, al puñado de sobrevivientes de aquella lucha desigual y tenaz, que costó más de cien hombres muertos ó heridos á los invasores. Estos vadearon el río y se extendieron como una inundación por los caminos bordados de quintas, haciendas y pueblecillos ocultos como nidos de palomas entre los matorrales y los oteros.
Ebrios de cólera y respirando venganza, saquearon y mataron á cuantos seres hallaron en su marcha, sin que los detuvieran ni los sollozos, de los viejos, ni las plegarias de las vírgenes, ni los gritos de los niños. Como en la noche de Walpürgis de Goethe, precedían á los demonios de la guerra, las llamas siniestras del incendio y los alaridos de las víctimas. Los habitantes huían aterrorizados, abandonando sus cabañas, sus animales de labranza y hasta los pobres objetos más necesarios para la vida. Algunos son alcanzados en su fuga por los jinetes, y los sables brillantes se empañan con la sangre y se amollan en los cráneos de aquellos infelices. Allí cae una madre que intenta proteger con su cuerpo semidesnudo al hijo de sus entrañas; acá el indio anciano y medio paralítico, que no puede huir; más lejos el tierno infante que quizá no apresuró su carrera porque no supo darse cuenta del peligro. Los toros, los caballos, las vacas, los perros y las ovejas huyen á la desbandada por los campos, asustados por el ruido de las descargas ó arrojados de corrales y potreros por el fuego destructor.
La hacienda de Huamanca-Chico está desierta: donde antes reinaban la animación y la vida, el trabajo y la alegría, reina ahora un silencio espantoso... Allá, en una de las habitaciones interiores de la quinta, D.a Andrea Arauco, su hijo, el mayor D. Teodoro Peñaloza, y una sirvienta de pocos años, esperan que el enemigo, al creer abandonada la casa, no se detendrá en ella. Peñaloza había llegado pocos días antes, con el objeto de llevarse á su madre, antes de que la guerra pasara devastando la comarca. Un día más y la anciana y el joven se habrían salvado.
D.a Andrea arrodillada y con las manos juntas eleva sus plegarias al cielo indiferente rogando por su hijo. ¿En qué puede pensar una madre en el momento del peligro, como no sea en el ser que le hace grata la existencia y que le recuerda las primeras emociones del amor y los dulces sufrimientos de las horas en que esperaba anhelante su nacimiento? Por su parte el hijo amante y respetuoso, con el corazón desgarrado de dolor, sólo piensa en la manera de salvar á su madre y forja mil planes insensatos, que desecha luego, para evitar que caiga en poder de los chilenos.
La criada, con la indiferencia propia de su raza, ni reza ni teme: espera la muerte resignada, porque la vida no ha sido nunca ni amable ni grata para ella.
Lanzando gritos de triunfo, ebrios de sangre y de licores espirituosos, algunos de los vencedores de la Mejorada, llegan á la quinta, mandados por un comandante de moreno rostro, barba abundante y ronca voz.
Los indios viejos que no han podido huir son sacrificados en sus chozas, esparcidas alrededor de la quinta, como centinelas. Criaturas, de ocho y diez años, violadas por aquellos infames, expiran en medio de dolores horribles, provocando la risa brutal de los verdugos....
Allí está la hermosa quinta, donde no se oye ruido alguno.
-¡Muchachos! -grita el comandante, en esa casa debe haber mucho botín... ¡Al asalto!
Las puertas son derribadas á culatazos: trescientos soldados se precipitan en el patio y atacan en seguida las ventanas y puertas interiores, que ceden también.
Los ricos muebles son descerrajados, las colgaduras desgarradas, los espejos destrozados. El elegante piano ha quedado abierto en el salón y parece enseñar sus dientes de marfil, en risa sarcástica y terrible, á esa horda de bandidos sin Dios ni ley. El comandante coge una butaca y da con ella un golpe de muerte á la caja charolada, en cuyas entrañas duerme el genio de la harmonía. El piano lanza un gemido, cuyo eco doloroso va á perderse en las habitaciones desiertas y por la brecha abierta por la butaca deja escapar las cuerdas y los paños que las envuelven. Los asaltantes se ríen á carcajadas. Los cuadros son descolgados de las paredes y arrojados al patio...
La Sra. de Peñaloza y su hijo escuchan aterrorizados aquel ruido infernal. Las lágrimas corren por el arrugado rostro de la madre, y en las cejas fruncidas del hijo se lee la terrible resolución de defender cara la vida de la noble anciana.
Los soldados chilenos pasan varias veces por frente á la habitación donde se encuentran los interesantes personajes de esta historia en grupo silencioso y sublime. Derrepente el comandante se fija en esa puerta y la señala á sus soldados, quienes la derriban en el instante.
-¡Hola! -grita el oficial: -aquí están los pájaros.
La india al ver á los soldados pretende huir aterrorizada. Uno de ellos la atraviesa con su bayoneta y la desdichada va á caer, arrojando un caño de sangre por la herida, á las plantas de la Sra. de Peñaloza, como el perro que busca para morir el amparo del amo que le crió y cuidó cuando vivía.
El grito de horror de D. Andrea es causa de burla para esos hombres. Peñaloza da un paso adelante, como para cubrir á su madre con su cuerpo.
-¿Quién eres tú?-pregunta el feroz comandante al joven. -Soy el dueño de esta casa.
-¿Cómo te llamas?
-Teodoro Peñaloza.
-Vas á entregarme todo el dinero que guardas.
-Yo no guardo ni un céntimo.
Decía verdad. Buen hijo, jamás había querido manejar las entradas de la quinta: su madre se encargaba de llevar las cuentas y guardar el dinero.
-Pues entonces que lo azoten para que cante, dijo tranquilamente el jefe chileno.
Varios soldados arrastraron al patio al joven peruano, quien al salir dirigió una mirada de supremo adiós, muda y elocuente, á su desventurada madre.
La Sra. de Peñaloza se arrojó á los piés del oficial chileno.
-Por su madre, dijo, entre sollozos que le cortaban la palabra;- por su esposa, por sus hijos, revoque Vd. esa orden fatal... Yo le daré mis joyas, mi dinero, cuanto poseo; pero salve Vd. á mi hijo!....
-¿Cuánto tiene Vd.?
-¡No sé! Pasa de tres mil soles en plata, y las prendas podrán costar doce ó quince mil....
El comandante hizo una seña y un soldado salió como á cumplirla.
La desdichada madre entró en las habitaciones interiores y volvió á salir con un cofrecillo y tres ó cuatro sacos llenos de dinero, que arrojó sobre la mesa y produjeron un sonido argentino. La boca de uno de los sacos se abrió con el golpe y rodaron hasta las plantas de los chilenos relucientes monedas de oro y plata.
Abrió el oficial el cofre y quedó deslumbrado. Perlas, rubíes y diamantes engastados artísticamente en oro lanzaban allí reflejos que maravillaron á esos salvajes del sur, acostumbrados á las áridas piedras de sus frías regiones, y para quienes una joya era algo completamente desconocido. El comandante llenó sus bolsillos y entregó lo demás á los soldados.
-Dejen para los que están abajo, dijo.
En seguida volviéndose á la señora Andrea, que le miraba ansiosamente con los grandes ojos llenos de lágrimas:
-Venga Vd. conmigo, agregó.
Bajaron; en el patio estaba Peñaloza con las manos atadas á la espalda. Un indio anciano de más de noventa años y una tierna indiecilla de cuatro abriles, nieta suya, abandonados en la huída por los espantados habitantes de Huamanca-Chico, se hallaban á su lado.
La criatura lloraba de hambre. El indio miraba tristemente en torno suyo.
El oficial chileno los miró de un modo siniestro.
-Enciéndanme una hoguera, ordenó,-y tráiganme una silla.
Los soldados se apresuraron á cumplir lo mandado. Los muebles y las puertas y ventanas de la casa sirvieron para formar una pira. La madera charolada y pintada crugió al sentir la débil llama en sus entrañas y pronto formó una inmensa hoguera, de la que se desprendió un humo perfumado y denso, que fué á perderse en el espacio, haciendo más negras las sombras del crepúsculo vespertino, y formando caprichosas figuras á impulso del viento.
-Ahora van ustedes á dormir abrigados, -exclamó el miserable, que así deshonraba las presillas de jefe de un ejército regular.
--¿Qué quiere Vd. decir? -murmuró D.a Andrea.
-Que voy á quemarlos á ustedes, -contestó el comandante con horrorosa sonrisa y encendiendo un cigarro.
Al oir semejantes palabras la Sra. de Peñaloza cayó desvanecida. D. Teodoro, su hijo, se lanzó contra el oficial, rompiendo los lazos que lo ataban y echándole mano al cuello lo habría extrangulado, á no recibir dos ó tres bayonetazos que le hicieron rodar exánime. Una vez libre de las garras del león el tigre rugió de ira y desenvainando su sable atravesó el pecho del caído caballero.
Hizo luego que ataran á la madre con el hijo y ordenó que los dos cuerpos fueran arrojados á la hoguera. Hubo un instante de vacilación entre aquellos hombres, digámoslo en desagravio de la humanidad. Pero la disciplina, unida á la ferocidad innata en el araucano, vencieron á los escrúpulos, y la noble castellana de Huamanca-Chico y su valiente hijo fueron echados á las llamas.
El indio anciano extendió las manos en actitud de muda y desesperada súplica. Entonces se fijaron en él los ojos del felino con forma humana.
-A ese también, -dijo, -y á esa muchacha que llora. ¡Que se vayan al infierno con sus patrones!
Un sargento quiso hacer algunas observaciones; pero el comandante le dió de planazos y el hombre inclinando la cabeza se retiró á un ángulo del patio. El jefe chileno cogió en sus brazos á la indiecita y la arrojó al fuego. El viejo con los cabellos erizados, lívido y temblando lanzó un grito salvaje y se precipitó entre las llamas, que hicieron presa en su poncho y le mordieron las carnes, achicharrándoselas en un segundo.
La lengua de fuego alcanzó pronto á las paredes de la casa y la abrazó como un amante á la bella desposada en la hora de sus bodas. La noche avanzaba rápidamente. El humo cubría en una inmensa extensión el firmamento, que parecía un manto rojo, adornado con negro terciopelo.
Los soldados chilenos se agruparon al són del clarín que los llamaba. Mudos y silenciosos bajo la mirada siniestra del jefe apenas si se atrevían á alzar los ojos. Cuando las líneas estuvieron simétricamente formadas, el cobarde incendiario montó á caballo y dió la orden de partida.
Aún salían débiles lamentos de en medio del fuego y un insoportable hedor de carne quemada llegaba hasta los hombres que se alejaban.
Las llamas desgarraban, hendían, retorcían las maderas de la casa, invadiéndola por las ventanas sin puertas y por los huecos de las puertas arrancadas por las manos de aquellos foragidos.
Parecía que de aquel antro de fuego y humo salían gritos y maldiciones, que perseguían en su viaje en medio de las sombras á los viles autores de aquel atentado sin nombre.
Desde que la civilización dictó leyes humanizando la guerra, jamás ejército alguno se hizo reo de más espantoso delito. Si la quinta hubiera sido incendiada y perecieran en ella sus dueños, el crimen no habría tenido las proporciones y el odioso carácter que revistió.
Mantilla ha dramatizado la acción de los sucesos en el capítulo que escribió refiriéndolos; Rivas apenas ha esbozado los hechos. Nosotros hemos procurado reconstruir la escena, añadiendo al sacrificio de la Sra. Arauco de Peñaloza y de su hijo, las trágicas muertes de la criada de la familia, del indio anciano y de su nieta, referidas en la Historia de la guerra del Pacifico de Marckham, aunque sin los detalles dados por nosotros, que hemos interrogado sobre ese drama, á muchos de los que lo oyeron referir en los primeros días.
El nombre del matador es ignorado por todos. Los escritores chilenos debieran de descubrirlo y lanzarlo á la condenación del mundo, para arrancar de la frente de todo su ejército, el sambenito de ignominia que colocará en ella la historia justiciera."
**********
González, Nicolás Augusto. "Nuestros Héroes. Episodios de la Guerra del Pacífico". Tercera Serie. Lima, 1903.
Saludos
Jonatan Saona

No hay comentarios.:
Publicar un comentario