I.
Muchas y muy diversas apreciaciones se han hecho respecto al carácter e inteligencia del habitante de nuestra sierra, tan mal comprendido hasta ahora y tan despreciado en todo momento.
Sin embargo, el serrano o indio, como generalmente le llamamos, es un ser que reúne las mejores cualidades para formar de él, con el auxilio de la ilustración, un poderoso factor de progreso para el Perú.
La docilidad del indio ha sido interpretada por los espíritus ligeros -que son los más en nuestro país- como hábito de servilismo. Su mutismo, proveniente de la abstracción en que vive su cerebro ante la naturaleza, que se le presenta en sus más gigantes formas en las inmensas alturas de la sierra, ha sido tomada como ingénita brutalidad; su resistencia hercúlea para el trabajo, como una complexión de bestia.
Ni durante la dominación española, ni en los setenta y seis años que cuenta la República, han visto los hombres que se han enseñoreado en el Perú, otra cosa que un paria, al que podían tratar de la peor manera, en el sufrido y silencioso indio.
¡Cuán grave error y de cuán funestas consecuencias, que hoy lamentamos, se ha cometido con ese inicuo proceder!
Si nuestro indio es hasta el presente casi un ser irracional con figura humana, culpa es de los que, pudiendo haber alumbrado su inteligencia con la luz del saber, han preferido conservarlo en la ignorancia para poder lucrar con su estupidez.
Desde el que, por la audacia o el engaño, ha escalado el más alto puesto de la administración pública, hasta el más insignificante empleado oficial, han tenido siempre en el indio un ente con el que han especulado como con un esclavo, y al que han escarnecido y hecho víctima de sus pasiones y caprichos cuando lo han creído necesario.
Ignorante el indio, dócil por carácter, sufrido por costumbre, ha dejado que le hagan juguete de sus ambiciones los mercaderes de su dicha.
Pero no es el indio tal como se nos enseña y lo creemos: dadle instrucción y veréis desarrollarse en su cerebro original inteligencia; heridle en sus íntimas afecciones, y se revelará altivo y vengador como un Calcuchima, ó un Túpac-Amaru; imponedle un yugo superior a su paciencia y luchará hasta quebrantarlo o morir en la demanda..
Ojalá no esté lejana la época en que, apreciado el indio en lo que verdaderamente vale, se le transforme, por medio del estudio y el aprecio sincero de las cualidades que le adornan, en ciudadano útil para el progreso de la nación.
II
El indio peruano como soldado es, si se nos permite la frase, un tipo especial entre los miembros de la milicia de la tierra.
Amante de la libertad salvaje de las punas, es natural enemigo de la esclavitud del cuartel; pero una vez alistado en las filas de ejército, su docilidad lo cambia en un soldado pasivo y obediente hasta la exageración.
Si lo rudo de su inteligencia le hace difícil instruirse prontamente de sus deberes militares, cuando los ha comprendido es el más fiel observador de ellos.
En campaña, su sobriedad llega a los límites de lo increíble: puede resistir el hambre y la sed por varios días, sin desmayar, alimentándose solamente con la coca, hierba que hace sus delicias. Para las marchas es infatigable y salva sin gran esfuerzo jornadas que por el número de leguas que suman espantarían a un militar europeo.
En los campos de batalla, fiel a la consigna, lucha con serenidad imperturbable y muere sin retroceder un paso del sitio donde el superior le ha colocado a cumplir su deber.
Casi sin voluntad propia y obediente siempre, no es cruel con su contrario, sino cuando tiene que vengar alguna ofensa que, podemos decir, le ha dañado particularmente. Entonces se despiertan en el indio instintos de tigre y llega su ferocidad hasta el salvajismo.
Orgulloso ante el enemigo que odia, ni se rinde a él ni implora perdón al ser victimado, y muere altivo y gallardo, causando admiración por la sangre fría con que mira acercarse el fin de su existencia.
III.
Para que pueda apreciarse hasta qué punto había despertado el odio en los indios la invasión de la sierra por los chilenos, y sobre todo los crímenes horrorosos que cometían éstos en los pacíficos indígenas, copiaremos algunos párrafos de un artículo publicado por un jefe militar, constante actor en la Campaña del Centro. Dice, hablando del asalto dado en Pucará al batallón chileno Santiago (*):
"Alcanzados los dispersos por los ágiles guerrilleros que se lanzaban sobre ellos como perros de presa, fueron todos pasados a cuchillo, sin que fuera posible salvar a alguno. Conducían los soldados a un sargento primero recomendado por el comandante en jefe para que lo trataran bien, cuando descolgándose de súbito por una quebrada transversa, como trescientos guerrilleros que habían marchado con el coronel Tafur (don Manuel), se lanzan sobre el mísero sargento, lo arrebatan a sus custodios, que no pasaban de ocho o diez, y lo acribillan a lanzazos, córtandole en el acto la cabeza. Llega el coronel Secada y reta duramente al indio que lo llevaba, diciéndole que "estaba deshonrando al ejército asesinando cobardemente a los prisioneros de guerra, que son sagrados, lo cual era estúpido e infame".- El indio le contestó en su idioma que "sin duda el coronel no había sufrido nada de parte de los chilenos cuando tan compasivo se mostraba para con ellos".- "Yo he perdido en mis intereses más que usted", replicó el coronel; a lo cual volvió el indio a decirle: "Todo eso se recupera, señor; pero usted no habrá visto deshonrados en su presencia, por estos bandidos, a su esposa y a sus hijos ¿por qué, pues, habremos de perdonarlos? Ellos, por otra parte, ¿acaso nos dan cuartel?"- Esto no admitía réplica. El indio continuó su marcha llevando asida en ambas manos la cabeza de aquel infeliz, que manaba todavía abundante sangre y a quien decía en su estropajoso castellano:-"¡Habla, chileno! ¡habla! ¿quieres mujeres? ¿quieres matar? ¿quieres robar?.Después de haberse cansado de increpar a su inanimada presa, la estrelló contra una piedra del camino.Así, pues, no fue posible obtener, a pesar de los esfuerzos que se hicieron por los jefes y oficiales, y aun de las amenazas empleadas, que se diera cuartel a ninguno de los vencidos adversarios. Los tres kilómetros que medían desde el sitio en que principió el combate hasta Pucará, estaban sembrados de cadáveres desnudos ya y con más de cincuenta lanzadas cada uno. Sólo hay comparable con la ferocidad del indio, y lo implacable que es en su venganza, el instinto sanguinario del chileno".
Y este cuadro, que nos presenta un testigo de tales horrores, es copia fiel de otros muchos que llevaron a cabo los indígenas peruanos en represalia de iguales y mayores abominaciones efectuadas por el invasor.
Sed de sangre, hambre de lo terrible habían despertado los chilenos en nuestros humildes compatriotas de la sierra.
IV.
Hasta el momento de la invasión de la sierra por el ejército chileno a órdenes del coronel Canto, Lindo se había dedicado exclusivamente al trabajo de su pequeña chacra, siendo ajeno a las operaciones militares de las tropas peruanas que en el Centro seguían defendiendo la honra del pabellón bicolor.
Lindo era un indio que gozaba de fama de valeroso entre sus compañeros, que le respetaban por su carácter enérgico y altivo.
Cuando las tropas del entonces coronel Cáceres, acosadas por la división chilena, se retiraban por la ruta de Huancayo hacia Izcuchaca, punto tenido por formidable para resistir un ataque, Lindo, enfurecido por los daños que en el camino venía cometiendo el invasor, reunió un pequeño número de compañeros y se decidió, en unión de ellos, a tomar parte activa en la guerra contra Chile.
En la tarde del 4 de febrero de 1882, el ejército peruano acampó en el distrito de Pucará, distante tres leguas de Huancayo. A esas mismas horas penetraba en Huancayo el enemigo.
Al amanecer del día 5, las avanzadas peruanas avisaron que los chilenos se acercaban a Pucará.
La situación de nuestro ejército era angustiosa en tal momento. En la creencia de que el perseguidor estaría distante, se había descargado el parque; la caballada pastaba en los potreros, y los soldados, rendidos de la larga caminata, esperaban hambrientos el rancho que se cocinaba en grandes pailas.
Sólo el esfuerzo y sacrificio de unos pocos podía librar a nuestro ejército, y así lo comprendió el coronel Cáceres, ordenando la retirada, protegida por dos compañías del batallón Zepita No 2 y otra del Tarapacá No 1, que hicieron frente al audaz chileno.
Este puñado de valientes del ejército de línea estaba secundado en su patriótica faena por algunas guerrillas de entusiastas indios.
No haremos el relato de cómo cumplieron su deber esos hombres; bastará recordar que la retirada del ejército peruano de Pucará es un hecho de armas que escritores imparciales han comparado con los más grandes que cuenta la historia del mundo.
Con los doscientos hombres que escasamente contaban las tres compañías del Zepita y Tarapacá, se formaron siete líneas de combate y se resistió, durante cinco horas, a dos mil hombres que formaban en las filas contrarias.
...
Una de las guerrillas que con más empeño se opuso a los chilenos en Pucará, estaba a las órdenes de Lindo que, con el valor fiero del indígena, ni se fijaba en el peligro ni escondía el rostro a la muerte, luchando como bravo y como bueno.
Cegado por el odio con que combatía, arrastró a sus compañeros al extremo de luchar cuerpo a cuerpo con el enemigo, y tan imprudente coraje fue causa del valiente sacrificio de todos. Los chilenos, en triple número de fuerza, los rodearon, y uno a uno fueron cayendo esos guapos y patriotas indios, sin pedir perdón y dando muerte a buen número de sus contrarios.
¡Lucha de leones contra superior manada de tigres!
De todos aquellos héroes, sólo Lindo, que había sido el que combatiera mejor, quedó con vida y prisionero.
V.
Decepcionado y lleno de admiración ante el valor de ese puñado de peruanos, el enemigo había regresado a Huancayo, mientras el ejército nuestro caminaba hacia Izcuchaca.
Lindo, prisionero, esperaba tranquilo y altivo la muerte que sabía le habían de dar.
El chileno, con crueldad inicua, jamás respetó el valor.
El fallo terrible y caprichoso del jefe expedicionario no se hizo esperar.
Lindo fue condenado a ser fusilado públicamente en la plaza de Huamanmarca.
Pero antes de ser ejecutado se le dio tormento para que revelase el número de fuerza con que contaba el ejército peruano y la dirección que había de llevar en su retirada.
La energía del indio no fue doblegaba con tan infame trato, y sufrió, sin clamar gracia ni mostrar debilidad, los dolores del tormento.
Llegó la hora de la ejecución.
Lindo, rodeado de enemigos, marchó impasible al suplicio.
En el vía crucis de su desdicha hay un episodio que muestra el temple de su alma de acero y el orgullo con que caminaba a recibir la muerte.
Al pasar bajo de un balcón, en el que se encontraba el coronel chileno Canto, éste, obedeciendo a esa ley de cortesía ante todo condenado a muerte, que impone el saludarlo descubriéndose, se quitó la gorra.
Lindo, a quien el odio que tenía para el enemigo no le permitía aceptar ni aun ese saludo a su desgracia, se paró ante Canto y le gritó:
- ¿Con qué derecho se permite un jefe chileno saludar a un patriota peruano?
Y magnífico en su indignación, siguió su camino.
Cuando llegó a la plaza de Huamanmarca, ésta se hallaba ocupada por todo el ejército chileno.
Se llevó a Lindo al punto donde debía efectuarse el sacrificio, y se le quiso sentar sobre el banquillo de muerte; pero el esforzado indio contestó a sus verdugos:
- ¡Un peruano muere siempre de pie! ¡Lindo no puede morir de otra manera!
Y, espléndido ante la muerte, se cruzó de brazos frente a los rifles que pronto le habían de herir, diciendo a sus matadores:
- ¡Pronto, mátenme! ¡Felizmente aún quedan muchos como yo en el Perú!
Tronó la terrible descarga, y el valiente guerrillero fue a juntar su espíritu con los de aquellos que le habían precedido en el sacrificio de su vida por la patria.
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(*) Este fragmento citado debe referirse al segundo combate de Pucará (9 de julio) donde participa el batallón Santiago, y no al primero (5 de febrero)
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Rivas, Ernesto A. "Episodios Nacionales de la Guerra del Pacífico 1879-1883". Lima, 1903.
Saludos
Jonatan Saona

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