15 de febrero de 2026

El Amor y la Patria

Eva Canel
El Amor y la Patria

Transcurría el mes de Agosto de 1880. Encontrábame en Lima, en la perla del Pacífico, fundada por Pizarro y conservada por Dios para encanto de propios y de extraños.

La guerra, con sus desastrosas consecuencias, aterraba á todos los habitantes de la metrópoli peruana y conmovía hasta las entrañas de la tierra del uno al otro confín del suelo americano.

Los odios de raza, conservados por peruanos y chilenos como legado sangriento de los conquistadores, estallaron con furia al primer toque del clarín guerrero que anunciaba al Perú los aprestos bélicos de Chile.

Se habían sucedido los combates; se habían llevado á cabo cien y cien actos de valor legendario; habían perecido mil y mil valientes hijos del Sol y de Lautaro, у la saña y el rencor seguían su camino fatal sembrando el luto y la desolación en los hogares de tres naciones.

La escuadra chilena, que desde largo tiempo bloqueaba el Callao y todos los puertecitos de recreo cercanos á Lima, entretenía sus ocios algunas veces, haciendo ejercicio de fuego y arrojando granadas sobre los tranquilos y bellísimos ranchos (1) que en la época estival servían de morada á las hermosas y aristocráticas limeñas.

A la sazón estaban abandonados los edificios, y sólo algunas familias, que por motivos de salud se retiraban al campo ó á las orillas del mar, se atrevían á vivir en parajes tan expuestos, por la facilidad que ofrecían para el desembarco de tropas.

En aquellos semipalacios, en los cuales antes habían resonado carcajadas juveniles, compases de música arrebatadora y frases de pasión meridional, se alojaban soldados que, vigilantes, con el arma al brazo, se preparaban á defender la patria querida.

En circunstancias tan críticas, me ordenaron los médicos que, con urgencia, sacase de la ciudad á mi tierno hijo para curarle una pertinaz bronquitis.

Elegí el Barranco, pueblo situado á doce minutos de Lima en la línea de Chorrillos, que, además de tener segura playa, goza los privilegios de una sorprendente campiña.

Me trasladé á un rancho aislado, edificado sobre un promontorio, desde el cual, con el auxilio de un anteojo marino, dominaba la costa y podía apreciar los movimientos de la escuadra de operaciones fondeada frente al Callao en el cabezo de la isla de San Lorenzo.

Sentada sobre un elevado morro, contemplaba muchas veces la extensión de agua que se ofrecía á mis ojos: pensaba en un más allá que se llamaba España; quería descubrir tras aquel horizonte sensible, que á mi me parecía término feliz de irrealizables aspiraciones, mi aldea de Asturias, mis queridas montañas, las azules aguas del Cantábrico, y recordaba con pena la infancia casi pastoril que como un sueño vagaba por mi mente, confundida con los seres idolatrados que aguardaban el regreso de la viajera incansable.

¡Pero no! Aquellos puertos eran el Callao, la Punta, Chorrillos, Miraflores, y la Magdalena; no se parecían á Luarca, ni á Vega de Navia, ni á Tapia, ni á Ortigueira, ni á los que pugnaba por retener entre mis recuerdos de la niñez. Hoy, que he perdido aquellos de vista; hoy que, con lágrimas que del corazón suben á los ojos, declaro haber perdido también la esperanza de volver á contemplarlos, me son tan queridos, como en aquel tiempo lo eran estos.

Pasaba muchas horas del día saltando de roca en roca como las gaviotas, y no pocas veces tuve que alejarme espantada por la proximidad del crucero chileno "Pilcomayo", que sin cesar paseaba frente a la entrada del Barranco, dirigiendo á tierra los catalejos, ávida la tripulación de descubrir cualquier movimiento que pudiera distraer sus ocios.

La bata blanca era la menos á propósito para ocultarme, y más de una vez creí ser víctima de algún aviso que como distracción, y sin otro fin que el de darme un susto, pudieran enviarme los galantes marinos por boca de un elocuente Krup.

Cambié de rumbo por este motivo, y dirigí mis pasos hacia la playa.

La bajada al baño, deliciosamente sombreada por preciosas grutas que ofrecen al bañista descanso plácido, convidaba entonces por su soledad y frescura á la meditación, al estudio y á evocar recuerdos.

Werther, mi compañero inseparable durante muchos años, era el único libro digno de ser leído en tan edénico sitio.

Una mañana bajé más temprano que de costumbre: algunos oficiales de los batallones acuartelados en el pueblo departían acaloradamente sobre la cuestión palpitante, sobre la guerra; me contrariaba un tanto no completamente estar sola: las voces que sentía cercanas interrumpían el éxtasis que producía en mi alma el ruido de las olas al chocar contra los perforados peñascos de la playa.

Penetré en una gruta decidida á sentarme. Dentro había una mujer joven y dulcemente bella, sosteniendo sobre sus rodillas un querubín juguetón que apenas contaría tres años.

El pequeñuelo charlaba sin cesar, con la encantadora media lengua que hace las delicias de las madres felices, y tortura, oprimiéndolo y angustiándolo el corazón de las que desgraciadas son.

La joven al verme se puso de pie para replegarse en el banco, y me saludó con una inclinación de cabeza irreprochable por su elegancia y por su distinción.

No me atreví á retirarme, á pesar de no lograr mi objeto de estar sola, y me sentí desde luego inclinada á pasar algunos minutos al lado de aquellos dos seres, que á primera vista me parecieron poema viviente de amargas desventuras.

—Emilio, siéntate: no seas travieso —dijo la joven.
—Pero, mamá —replicó el niño, ¡si estoy mirando si regresa la "Pilcomayo" para ver á papá!
—¡Jesús, criatura!— se apresuró á decir la madre ruborizándose.—¿Quién te ha dicho que tu padre está en la "Pilcomayo"? Los niños no hablan de lo que no entienden.

—Por lo que oigo —dije— es usted esposa de un chileno?
—Sí, señora —contestó poniéndose encarnada.

Después de algunas preguntas y respuestas, mediante las cuales me dijo que me conocía de vista y respetaba mi nombre, se estableció entre nosotras la suficiente confianza para que me refiriese su historia.

—Yo soy limeña dijo, pero mi Luis es chileno.
Cuando estalló la maldita guerra, que tantas lágrimas me ha costado, estábamos próximos á realizar nuestro matrimonio para legitimar este hijo de nuestro amor.

En un momento de arrebato producido por el carácter de mi padre y por la incomprensible oposición que nos hacía, huí con Luis, porque este me aseguraba que sería el medio mejor para obligarle á dar su consentimiento.

Ni la posición difícil que á los ojos de la sociedad me había creado, ni el nacimiento de este angelito, influyeron en el tenaz autor de mis días para conseguir que me perdonase y autorizase con su presencia mi matrimonio.

Luis sufría por mi terquedad en no querer unirme á él sin la bendición paterna, y yo, creyendo vencer el carácter de mi padre, hice mil tentativas, pero inútiles todas.

En estas circunstancias vino la guerra. Decir á usted cuánto he sufrido, sería imposible: ¡mentira parece que yo, débil por naturaleza, haya podido soportar golpes tan rudos como los que la suerte me ha descargado!

Llegó el momento de la expulsión de los chilenos y la explicación necesaria entre nosotros: antes no habíamos tocado la cuestión de nacionalidad, ni habíamos hablado una palabra respecto de la guerra: ambos á dos sufríamos en silencio: nos afectaba hondamente y nos hería por igual.

—Mariana—me dijo Luis,— ¿has leído el decreto de expulsión?
—¡Sí! —le contesté llorando .
—¿Y qué debo hacer? ¿cómo cumplir la ley sin abandonarte?
—Haz lo que el corazón te dicte, lo que él te aconseje.
—No, Mariana mía: siguiendo los impulsos de mi corazón, no te abandonaría; pero ¿qué digo? ¡Abandonarte! Eso es imposible; yo no puedo vivir sin tí y sin mi hijo. Dime, alma mía —prosiguió con exaltación,— me adoras como antes?
—Si, Luis, más todavía, si más cabe.
—Pues no me juzgues egoísta, Mariana; te juro que entre mi amor y tú, no hay ni sombra de tan innoble pasión; pero..., Mariana de mi alma, vámonos —prosiguió arrebatadamente.
—¿Adónde?—pregunté aterrada, porque vislumbraba la idea de Luis.
—A... mi país, á Chile, á Santiago.
—Nunca, Luis—repliqué haciendo un esfuerzo supremo: eres el padre de mi hijo, eres mi amor y mi
vida, eres mi esposo ante Dios y su Santísima Madre; pero perteneces á la nación que hoy es implacable enemiga de la mía, y no puedo sacrificar al tuyo el amor de mi patria, de la patria de mis padres y de mi hijo.

Posponiendo tu amor, que es mío, que me pertenece, que está encarnado en mi ser, que es esencia de mi vida y anima de mi pecho, me sacrifico yo sola, torturo mi corazón, pero no hiero las fibras del patriotismo de mi padre, de mi familia, y de la sociedad, ni violento asimismo las naturales afecciones que me inspira esta tierra querida.

Mariana sollozaba, y necesitó algunos minutos para continuar. Cuando se repuso un poco siguió la relación de su última entrevista con el padre de su hijo, y añadió:
—Pues bien, Mariana mía —replicó Luis, —realicemos nuestro matrimonio antes de mi marcha: yo voy al campo de batalla: he sido militar, y no puedo regresar á Chile sin volver á ceñirme la espada; pidámosle nuevamente á tu padre su consentimiento, exponiéndole nuestra crítica situación; y si se obstina en negarlo, déjate de escrúpulos pueriles. Si el infortunio me tiene reservado un hueco entre el montón de cadáveres que se hacinan después de las batallas, quiero que legalmente llevéis mi nombre, y que mi fortuna os pertenezca por derecho propio. ¡Cómo vestirías luto por tu Luis, Mariana mía, si nuestro matrimonio no tuviese el sello de legitimidad que necesita para que el mundo te respete como viuda mía!:

—Parte tranquilo —respondí— llevo el luto en el corazón, y aun cuando pasen años y más años, tu recuerdo
no podrá borrarse de él si sucumbes en esta desgraciada contienda. Pero si antes he tenido esos escrúpulos que tú llamas pueriles para unirme á tí sin la bendición de mi padre, ¿cómo quieres que hoy me atreva á dar un paso que todos recriminarían y me recriminaría yo propia? Vas á pelear contra el Perú; es tu deber, pero ese deber nos hace enemigos aparentemente: si te portas como caballero, si eres valiente para tu patria y generoso para la mía, siempre ocuparás el mismo lugar en mi corazón; pero si te olvidas de que soy peruana y que tu hijo es peruano también, y te ensañas contra el vencido ó contra el indefenso, no te acuerdes más de Mariana, porque habrá muerto para ti. Cumple, pues, las leyes que te imponen el deber y la civilización.

Y se fué, señora, se fué —prosiguió derramando amargas lágrimas.

Me dejó cuanto poseía aquí; lo suficiente para vivir cuatro años sin recurrir á las personas de mi familia.  No sé de él, porque no quiero recibir cartas del campo enemigo, cartas que, por sencillas que fuesen, harían suponer algo que á mi carácter repugna. Sé qué está en campaña, pero no sé dónde ni cómo: recorro con angustiosa precipitación los nombres de las víctimas de cada batalla, y gracias al cielo todavía no he tropezado con el suyo.

Desde que se ha marchado —continuó sollozando— vivo en este pueblo; mi padre no quiere verme; y como es patriota exaltado, dice cuando le hablan de su nieto que no puede ser bueno, porque es hijo de un chileno.

Procuré consolar á Mariana cuanto me fué posible, y me puse á jugar con Emilio, que, llorando también, se abrazaba á su madre prodigándola caricias conmovedoras.

Desde aquel día pasé muchas horas al lado de la que por sus desgracias consideraba digna de ser mi amiga.

Su tristeza y su quebrantada salud me espantaban por la orfandad en que pudiera quedar aquel inocente,
que sin su voluntad había venido al mundo, obedeciendo á la inapelable sentencia dictada por la naturaleza sobre todas las leyes humanas.

Mariana estaba tan débil, que algunos días la era imposible abandonar el lecho. Cuando esto pasaba le hacía yo compañía todos los momentos que no dedicaba á mi enfermito, y procuraba alegrarla con proyectos llenos de agradables escenas que debían realizarse cuando terminase la guerra y ella pudiera unirse para siempre á su Luis del alma.

Una noche que había evocado los días risueños de su infancia, y había recordado á su madre muerta, cuando apenas ella tenía doce años, quise distraerla de sus pensamientos proponiéndola jugar unas manitas de chaquete. Acerqué á su cama una mesita china y me dispuse á dejar que me ganase, porque ésta era una de las nimiedades que le hacían sonreír.

Me parece verla todavía: de entre los encajes de la sábana salían sus manos pequeñitas, blancas como la nieve y tan esmeradamente cuidadas, que convidaban á estampar en ellas un millón de apasionados besos. El pelo castaño y ligeramente ensortijado caía sobre una almohadita cuadrada, cubierta de finísima malla, por entre cuyo tejido brillaba el raso azul pálido que aprisionaba el mullido mirahuano.

El niño dormía tranquilamente al lado de su madre, y yo me disponía á terminar el último juego para tomar el té en compañía de Mariana, cuando la sirviente de mano (2) entró precipitadamente.

—Niñas—dijo asustada,—acaba de llegar Maluco y asegura que esta noche van á intentar los chilenos un desembarco.
—¡Jesús, Luis de mi alma! —gritó Mariana, incorporándose repentinamente.
—Pero ¿qué es esto, amiga mía? —le dije. —¿Da usted crédito á lo que cuenta Maluco? Y aun cuando fuese cierto que el enemigo intentase un desembarco, ¿qué tiene que ver Luis con esa intentona?

No hay duda —contestó:—si alguien pretende desembarcar en estas circunstancias, es él: por algún conducto sabe que estoy aquí, y desea verme. ¡Oh! por algo no puedo apartar la vista de esa corbeta que nos bloquea.
—Pero ¿cree usted que está en la "Picomayo"?
—No creo nada; pero muchas veces me lo dicen con tal insistencia los latidos de mi corazón, que lo juraría.

Cuando se aproxima y la gente huye despavorida, yo siento un placer inexplicable; me creo acompañada por Luis, y el poder de la imaginación me hace verle apoyado en la borda del buque con la cara sobre las manos, y pienso que discurre la manera de verme sin faltar á mi patria ni hacer traición á la suya.

—No sueñe usted, Mariana: vuelva usted á la realidad, y estése tranquila en cama. Sírvenos el té —dije á la muchacha—, y á Maluco que pase, para que nos cuente esas patrañas.

Maluco era un indio pescador borracho y cobardón, pero muy querido de todo el pueblo por su honradez y sus inocentes mentiras.

Se llamaba Manuel, y el mote que había llegado á eclipsar nombre de pila provenía, de que cuando se ponía en estado de dar traspiés, decía que no estaba borracho, sino maluco.

—Entra —dije al indio que asomaba su desgreñada cabeza por medio del portiére. —¿Quién te ha contado esos embustes para quitarte de dormir esta noche?
—Nadie, niña, yo los he visto: al oscurecer se acercó bastante esa infame traidora de Pilcomayo (3), y al oscurecer también vieron mis propios ojos que desprendían una lancha por el costado de babor. Esta lancha no la han botado más que para hacer algún reconocimiento: como los chilenos conocen nuestro terreno más que su propia casa, no les costará trabajo saltar en cualquier parte para enterarse de lo que pasa en el Barranco. Yo he dado cuenta al coronel, y estamos listos por si acaso.

Apenas había dicho la última palabra, cuando sentimos una descarga de rifle que nos dejó heladas y nos hizo comprender que Maluco tenía razón en lo que había sospechado.

Mariana saltó de la cama y Maluco se puso á temblar como un azogado.
—¡Luis, Luis de mi alma! —decía la primera,— vas á morir, y es por mí, por mí, el corazón me lo anuncia: no hay remedio, le van á matar: yo quiero verle, quiero llegar hasta donde se baten: ¡por Dios, déjeme usted salir!

La exaltación de la enferma era terrible: la hice mil reflexiones que resultaban inútiles, hasta que, recurriendo al obstáculo único, le dije:
—Pues bien, salga usted; corra como una loca; mañana dirá todo el mundo que estaba usted en correspondencia con los chilenos, y la llamarán á usted espía.

—¡Qué horror! —replicó cubriéndose la cara con las manos. Sí; tiene usted razón: aun cuando fuese Luis, yo debo quedarme.

Se acostó de nuevo y procuré tranquilizarla; envié al indio á mi rancho encargándole que volviese con noticias de lo ocurrido, y apenas habían transcurrido cinco minutos sentimos pasos precipitados por delante de la reja del dormitorio. Mariana saltó nuevamente del lecho, y despavorida gritó:
—¡Es Luis, son sus pasos, viene perseguido!

Salí precipitadamente, y dí vuelta á la llave para poder contener á mi amiga: llamaban en aquel momento á la puerta, y entonces también de mí se apoderó el terror por lo que pudiera acontecer si realmente era Luis el que llamaba.

Las dos sirvientas temblaban de miedo sin atreverse á abrir: lo hice yo resueltamente.
Un apuesto joven, cuyo rostro me pareció conocido, se presentó á mis ojos.

—Señora dijo con precipitación, soy chileno, me persiguen, moriré sin alcanzar la gloria del soldado, y me matarán ignominiosamente para el Perú.

—Pase usted —contesté sin vacilar. Cerré la puerta rápidamente, porque se oían pasos no muy lejanos, y pregunté al fugitivo:
—¿Se llama usted Luis Vergara?
—Servidor: me conoce usted?

Por toda contestación le dije:
—Venga usted: estamos en casa de Mariana.
Imposible me seria describir el efecto que estas palabras produjeron en el arrogante chileno: se abalanzó
sobre la puerta, que yo acababa de franquear, y recogió en sus brazos el cuerpo casi desfallecido de su amada.

La hicimos acostarse y oculté al recién llegado, porque otra vez llamaban á la puerta: rogué á las criadas
que no fuesen débiles en caso de ser interrogadas, y di orden de abrir.

Con bastante serenidad salí á recibir un á capitán que con algunos soldados acababa de traspasar el dintel, y le pregunté que buscaba.

—Siento molestar á usted —dijo el capitán,— pero algunos chilenos han desembarcado; dos han caído heridos y están en poder nuestro; la lancha que los trajo á tierra ha huído, y uno que quizás no pudo alcanzarla seguramente ha tomado esta dirección: tal vez se ha refugiado en este rancho ó en el jardín.

—No se si en el jardín habrá alguien, pero dentro del rancho no hay ningún hombre: la dueña está enferma en cama, y yo, que la he hecho compañía toda la noche no he ofrecido hospitalidad á nadie.

—Las señoras son ustedes compasivas, y nada tendría de particular; pero como se trata de un prisionero de guerra, que en todos los casos había de ser respetado, yo rogaría á usted que no le ocultase.

—Señor capitán, hágame usted el favor de pasar al dormitorio de la dueña de este rancho, y verá cómo nos disponíamos á tomar el té en el momento que usted ha llamado.

Diciendo esto guié al oficial y ¡ya vé usted! —continué hay sólo dos servicios; no nos supondrá usted tan poco galantes que no hubiéramos ofrecido una tacita al enemigo que huye.

Después de explicar á Mariana lo que ocurría, insté al capitán para que nos acompañase unos segundos: la enferma estaba pálida, desencajada, y desde luego se la podría tomar por una mujer á quien restasen pocos días de vida.

El capitán aceptó la invitación: yo di orden para que también los soldados fuesen obsequiados con unas copitas de pisco (4).

Ligeramente sorbí el té, pretextando la intranquilidad que tendrían en mi casa, y el capitán se ofreció á escoltarme, ofrecimiento que acepté con íntimo placer para alejarle de aquellos sitios.

Nos despedimos de la enferma haciéndola yo mil recomendaciones naturales en esos casos, y me encaminé al rancho que habitaba, charlando con el capitán como sı hubiéramos sido antiguos conocidos.

Al siguiente día fuí á ver á Mariana como de costumbre. Luis Vergara estaba á su lado con su hijito sentado sobre las rodillas, insistiendo, á pesar de las súplicas de uno y de otro, que debía regresar aquella misma noche á la "Pilcomayo". En sitio convenido de antemano esperaría una lanchita de vapor, por si en el caso de ser sorprendidos tenían que ocultarse; y de no presentarse los que no habían regresado á bordo la noche anterior, los contarían prisioneros ó muertos.

Con efecto, á las once de la noche se apartó Luis de los brazos de Mariana, y ésta quedó exánime en los míos.

—¡Santa Rosa bendita, acompáñale! —decía postrada de hinojos ante una imagen de la Virgen limeña. 

Yo, que intentaba infundir ánimos en la joven, no los tenía sin embargo: temblaba como si tuviese la certeza de una próxima desgracia.

—¿Llegará bien, amiga mía? —me preguntaba.
—¿Qué duda cabe? Hoy no habrá tanta vigilancia, porque se supone que los chilenos no han de intentar bajar á tierra dos noches seguidas.

Pero como si la Providencia hubiera querido cortarme las palabras de consuelo para que la esperanza no
diese lugar á más terrible conmoción, una descarga más cercana que la de la noche anterior, seguida de algunos disparos sueltos, nos aterrorizó y puso á mi compañera loca de dolor. 

—Le han matado! —gritaba —¡Quiero verle. ¡Hijo, hijo de mi alma, tu padre ha sido víctima de nuestro amor! ¡Corran ustedes por Dios, corramos todos!

Y sin que pudiéramos detenerla salió como una furia, rasgando su bata por entre jaras y retamales; mesándose los cabellos con desesperación.

La seguíamos sin poder alcanzarla.

Maluco reconoció la voz de la niña: salió del escondite en donde se había agazapado al sentir los tiros, y
con valor inconcebible en un ser tan cobarde, se lanzó tras ella á escape, guiándola con sus palabras para que no se despeñase.

Mariana no se daba cuenta de nada: seguía corriendo y gritando como si un espíritu invisible la llevara de la mano al sitio en donde habían de tener fin todas sus ilusiones y todas sus esperanzas.

De pronto oímos un grito más agudo, más penetrante, más horrible: Maluco se detuvo espantado, y yo hice mayor esfuerzo por acelerar mi carrera: presentía que el drama había tenido un desenlace trágico.

Cuando jadeante llegué á la hondonada que formaban dos enormes peñas, presencié el cuadro más desgarrador que criatura humana puede haber presenciado.

Mariana se revolcaba en un charco de sangre, abrazada al cadáver del que había sido amor de su vida; y
á la luz de aquella luna americana, que parece alumbrar el suelo de los Incas como ninguna otra región del globo, se veía su linda bata de finísimo nansuk hecha jirones y empapada en la sangre que salía por las muchas heridas que al infortunado Luis produjeran la muerte.

El pelotón de soldados que había disparado, era mandado por el oficial de la noche anterior.
—Capitán —le dije,— ¿qué ha hecho usted?
—Señora —contestó emocionado,— cumplir con mi deber: he mandado hacer fuego sobre un hombre que huía desoyendo nuestras voces de ¡alto! Mis soldados le han muerto —prosiguió—, pero ustedes le sentenciaron anoche creyendo salvarle.


1887.
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(1) Así se llaman en el Perú las residencias de verano por fastuosas que sean.
(2) Doncella.
(3) Esta corbeta peruana fué apresada por los chilenos al comenzar la guerra, y prestó á éstos muy buenos servicios.
(4) Exquisito aguardiente fabricado con uva del pueblo de Pisco. En España no tenemos idea siquiera de los aguardientes peruanos.


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Canel, Eva. "De América. Viajes, tradiciones y novelitas cortas". Madrid, 1899.

Saludos
Jonatan Saona

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