domingo, 8 de marzo de 2020

Manuel Miota

Manuel Miota
Teniente Coronel Manuel Miota.
(Texto tomado de "El Perú Ilustrado" Lima, 25 de octubre de 1890)

—Este bravo joven que recibió esmerada educación en la Escuela Militar de donde salió para servir á la Escolta del General Pezet, Presidente de la República, es uno de tantos mártires que la guerra con Chile legó á la patria en cuyas aras supo morir como un verdadero veterano.

Apenas iniciada la campaña, Miota fue nombrado Sub-prefecto de Cañete, provincia importante por tener la guarda de Cerro Azul, y que á la sazón se hallaba tristemente dividida por los odios y rencores de provincia. Pero, el carácter altamente conciliador de Miota logró unificar los ánimos bajo la influencia del deber nacional invocado en los momentos en que la Patria corría peligro. Recordó á los hijos de Cañete que todos eran peruanos y que el Perú necesitaba de su unión como signo de la fuerza.

Poco tiempo había trascurrido de esta labor cuando se presentó en Cerro Azul la escuadra chilena con propósito de desembarcar gente en el Puerto, pero todo el pueblo se levantó en masa con el sub-prefecto al frente, resuelto á morir todo él. Los enemigos al ver tanta gente aglomerada en tierra creyeron que el puerto estuviese artillado, pues, solo así concebían tanto arrojo en los habitantes, y resolvieron cambiar de rumbo yendo á desembarcar en una caleta de pescadores completamente indefensa é inhabitada.

Cañete cumplió con su deber, y el Gobierno llamó al valeroso Sub-prefecto para darle otra colocación en la capital de cuya defensa se preocupaba. Fué pues nombrado 2.° Jefe del Escuadrón de caballería que se reorganizaba en Ayacucho, lugar al que marchó Miota, logrando conducir á Lima una fuerza con la cual entró á la batalla de San Juan de la que salió ileso no obstante del arrojo con que se precipitó á las primeras cargas, perdiendo toda su gente. En Miraflores se afilió al Estado Mayor, y peleó con denuedo sin igual yendo sólo á defender el último reducto donde permanecían nuestras fuerzas. Allí cayó Miota como el árbol secular de las montañas sacrificado por el hacha destructora.

En este cuadro de la última etapa de Miota existe todo un poema de dolor y de abnegación de que es capaz la mujer peruana. Don Manuel Miota, casado con la distinguida señora Serafina González, había dejado á ésta con un tierno niño en brazos cuando salió á la guerra, y al despedirse llevó el presentimiento de su muerte, porque claramente manifestó á su esposa la imposibilidad de nuestra victoria y el imperioso deber de defender la Patria con sangre, aún cuando esa sangre fuese estéril, Cumplió su palabra, y se llenó su pronóstico.

Después de la entrada del Ejército chileno á la ciudad de los Virreyes, bien que pasando por un campo sembrado de cadáveres, la esposa de Miota no reconoció límites para su dolor, imaginando que tal vez el amado de su alma, el padre de su tierno hijo, estuviese herido; y, sin reparar en ningún peligro, fué personalmente al desolado campamento en busca del amado, despertando con su dolor y heroísmo el respeto de los mismos enemigos.

La amazónica peregrinación de esa abnegada y santa mujer iguala á una viacrucis de agonía en medio de un camino sembrado de cadáveres, porque heridos no se encontraban.

Al fin, después de largas investigaciones, consiguió hallar al esposo, con el noble corazón atravesado por una lanza y seis balazos de rifle en el cuerpo, uno de ellos en la sien derecha.

Esta escena de dolor supremo de amor y de abnegación sin nombre, no es posible describirla con la tosca pluma del periodista; pero tampoco podemos dejar de marcarla en estas páginas que tal vez servirán algún día para dar luz á la severa Historia.

La gloriosa muerte de Manuel Miota tuvo la apoteosis del sublime amor de esposa y madre.

Honremos la memoria de uno y de otra.

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Texto e imagen publicados en el semanario "El Perú Ilustrado" núm. 181, Lima, 25 de octubre de 1890.

Saludos
Jonatan Saona

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