martes, 10 de abril de 2018

Memorias de O'Connor


Memorias de Francisco Burdett O'Connor

Francisco  O'Connor, militar irlandés que acompañó al Ejército Libertador, escribió sus Memorias tituladas "Independencia Americana: Recuerdos de Francisco Burdett O'Connor, Coronel del Ejército Libertador de Colombia y General de División del Perú y Bolivia" las cuales fueron publicadas en 1895 por su nieto F. O'Connor D'arlach.

En ellas, entre otros hechos, narra su comisión de buscar un lugar adecuado para el puerto de Bolivia y todo lo ocurrido durante su exploración a la costa.

O'Connor que murió en 1871, pudo ver las pretensiones chilenas sobre el territorio que él había explorado y hace el siguiente comentario: "si yo hubiese podido penetrar en lo futuro, hubiese habilitado los dos puertos, el de Paposo y el de Atacama... De este modo se hubiesen evitado las posteriores pretensiones infundadas de Chile, y su usurpación de la provincia más rica de Bolivia."

Transcribimos entonces los párrafos concernientes a su misión en Atacama:

"Pasé todo el mes de Octubre en Tarija con la Legión Peruana. Llegó el correo del 4 de Noviembre, y me trajo dos notas oficiales del general Sucre; ...
La otra nota empezaba en estos términos: «Al señor coronel jefe de Estado Mayor General, Francisco Burdet O'Connor. —Señor: Su Excelencia el Libertador ha tenido á bien conferir á Usía una comisión de suma importancia, la cual, verificada con buen suceso, le granjeará no sólo la honra, sino la gratitud de todos pueblos del Alto Perú», y seguía diciéndome que esta nueva República carecía de un puerto de mar; que me dirigiese á la costa de Atacama, levantase un mapa de Loa, Cobija, Mejillones y Paposo, y habilitase para el comercio el que encontrase mejor. 

Pocos días después, en cumplimiento de esta orden, salí de Tarija y me dirigí á la villa de Tupiza, llevando de ayudante al cadete Matilde Rojas, tarijeño, y un sirviente mío, colombiano. 

Después de pocos días de permanencia en Tupiza salí de allí por la rinconada de Salta y por la quebrada de Calahoyo, que divide la República Argentina de la costa de Atacama, y llegué á las minas de oro de Santa Rosa. Aquí encontré á una señora Valdivieso, que hacía trabajar en esas minas. Me dio por vaqueano un peón suyo, llamado Fermín Torres, que hablaba castellano, hombre racional de quien tendré que hablar posteriormente. Este me acompañó hasta Toconao, el primer pueblo de la 
costa de Atacama, pasando por la cordillera, debajo del elevado cerro de Licancaur. 

De Toconao, en cuyo pueblo me dejó Fermín Torres, pasé al pueblo de Atacama, capital de la provincia, distante diez leguas de Toconao, camino muy llano. 

En Atacama encontré de guarnición al capitán Casanova, con la compañía de cazadores del batallón segundo del ejército del Perú, cuyo cuerpo dejé de guarnición en Potosí cuando marché para el Sur. 

Pasé dos días en Atacama, buscando burros fletados para llevar algarroba y cebada en grano para mis mulas hasta la costa. Dejé á mi cadete y mis petacas con mil pesos en ellas, con el capitán Casanova, y emprendí mi marcha de reconocimiento en dirección á Calama, con mi asistente y los arrieros de las cargas de forraje. 

Pasé por Calama, Chacance y Culupo, y llegué á Cobija sin novedad. Mucha falta de agua, pero esto me molestaba muy poco, porque no he conocido lo que es sed, y esto me sirvió mucho en las marchas de travesía, sin agua en la Costa Firme de Colombia. 

En Cobija no encontré más que un hombre, cochabambino, llamado Maldonado. Este me dijo que habían muerto de viruelas todos sus changos, pescadores de lobos, que no había más viviente en el puerto que él y su hermano, que había traído todos los santos de la Iglesia, que se hallaba abajo en la playa, á su casa, para que no se apestasen, y dormí esa noche en su casa con todos ellos. 

Al día siguiente llegó al puerto el bergantín de guerra Chimborazo con el jefe de la escuadra colombiana en el Pacífico á bordo, de orden del Libertador, para llevarme en él con el objeto de reconocer todos los puertos que tenía anotados en mi nota de instrucciones. 

La primera noche que pasé á bordo del Chimborazo fué la del 9 de Diciembre, primer aniversario de la victoria de Ayacucho, y el comodoro que mandaba el bergantín Chimborazo era el capitán Carlos Wright, del batallón Rifles, de Bombona, primero de la guardia. Había servido con su batallón en la batalla de Ayacucho, y sabiendo el Libertador que había sido guardia marina en el servicio inglés, que equivale á cadete en el ejército, le nombró comodoro de la escuadra colombiana en el Pacífico, y esto por necesidad, tan escasos eran los hombres aptos de quienes el general Bolívar tuvo que valerse para el servicio. 

Al día siguiente emprendimos el reconocimiento de todos los puertos mencionados en mis instrucciones y hallamos que el de Cobija tenía el mejor fondo para ancla y el puerto más cómodo también, aunque escaso de agua, pero de poder aumentar la cantidad. 

Me separé del comodoro en el puerto de Loa, que no es más que una rada, y con el agua del río Loa, tan salada que no se puede beber. El puerto de Mejillones es hermoso, pero carece de agua. El de Paposo tiene río con pescado que le entra, pero el tránsito desde Paposo por tierra á Atacama no tiene una gota de agua, ni pasto, y por estas razones inverificable. 

Empero, si yo hubiese podido penetrar en lo futuro, hubiese habilitado los dos puertos, el de Paposo y el de Atacama; el primero con almacenes para el desembarco de mercancías, y el segundo para punto de partida hasta Potosí, disponiendo que los fardos y demás cargas se transportasen del un punto al otro en lanchas, arrimándolas á la costa sin peligro alguno. De este modo se hubiesen evitado las posteriores pretensiones infundadas de Chile, y su usurpación de la provincia más rica de Bolivia. 

Había encargado al corregidor Maldonado llevar mis mulas por tierra hasta la boca del río Loa, con mi asistente, y cuando me separé del comodoro seguí mí camino río arriba hasta el puerto de Quillagua, adonde llegué la misma tarde. El comodoro se dirigió al puerto de Arica á tomar á su bordo al Libertador de regreso de Chuquisaca y llevarlo á Lima. 

Demoré algunos días en Quillagua. Este pueblo tiene una calle larga que corre de naciente á poniente, y se decía que esta calle era la línea divisoria entre el Alto y Bajo Perú; pero que habiéndose dado parte al rey que la guarnición que se mantenía en Arica, y que se relevaba mensualmente, se enfermaba de una terciana muy mortífera, se dio una real orden para que se retirase esa guarnición y que no se relevase más. 

Este puerto de Arica era en el que se embarcaban para España todas las encomiendas procedentes del Alto Perú. El primer cargamento que se embarcó en Arica, después de la retirada de la guarnición, fué apresado por los filibusteros, y esta ocurrencia motivó otra real orden, disponiendo la separación del Alto y Bajo Perú, la incorporación del Alto-Perú á la Capitanía General de Buenos Aires, y que en adelante todas las encomiendas para España se remitiesen por tierra y se embarcasen en el puerto de Buenos Aires. 

La línea divisoria entonces se determinó desde el abra de Santa Rosa, por el Norte, el morro de Zama en la costa, y desde dicho morro hacia el Sur hasta el Hueso parado, que se halla á pocas leguas de Copiapó y por el interior hacia el Sur, hasta el río de la Quiaca. 

Al poniente del pueblo de Quillagua, en la costa, hay un puerto que tiene por nombre Mamiño, entre Cobija y Loa. Lo reconocí con el comodoro. Tiene agua buena, contenida en el hueco de una peña en la costa. El puerto no sirve, ni hay tampoco terreno inmediato sobre que formar una población. 

Desde Quillagua despaché á mi asistente á Atacama á traerme los animales y petacas, y mi cadete que había dejado allí, y entretanto me ocupé de reconocer todas las inmediaciones del pueblo y de dirigir al general Sucre mi primer parte del resultado de mi comisión hasta aquí. 

No sé si recibió el pliego; pero lo cierto es que no tomó providencia alguna sobre los datos que le di relativos á la demarcación entre el Bajo y el Alto-Perú. Lo que puedo asegurar con confianza es que si yo hubiese acompañado al comodoro hasta Arica, si me hubiese visto allí con el Libertador, que pasaba á Lima, y si le hubiese hecho sabedor de los datos que había tomado de los ancianos en Quillagua, el Libertador, á su llegada á Lima, hubiera arreglado todos los linderos entre el Alto y Bajo Perú por un decreto, el cual hubiera aumentado el territorio de Bolivia, con todo el collado del Cuzco, desde el abra de Santa Rosa, y por la costa desde el río de Tambo, entre Torata y Arequipa; y como se reconocía al Libertador por presidente de ambas Repúblicas, jamás hubiera habido oposición la más pequeña á su decreto. 

Es de advertir que hasta el presente año de 1869, en que estoy escribiendo estos Recuerdos, todo el collado del Cuzco, desde Santa Rosa, pertenece al obispado de La Paz, en lo eclesiástico. 

Llegó á Quillagua mi asistente con mi cadete, petacas y animales, y con una carta del capitán Casanova, en la que me decía que en Atacama se había celebrado el primer aniversario de la victoria de Ayacucho con un banquete y un baile

De Quillagua emprendí mi marcha por la tarde para Manin en dirección á Huatacondo, adonde me dijeron en Quillagua que había fragua y buen herrero, pues mis animales estaban desapeados... Después de caminar una noche entera, llegué á Manin por la tarde del siguiente día. Este lugar había sido un potrero de alfalfares, pero dejado por la falta de agua. Sin embargo, se halló algunos brotes de pasto, y como supe que en Huatacondo no había forraje ni pasto de ninguna clase, dejé los animales en Manin, y me dirigí á Huatacondo, un miserable lugar. 

Me alojé en una casa que me proporcionó el cura. La primera mañana entró éste á saludarme. Me dijo que si no había almorzado; le dije que sí, que no almorzaba más que un jarro de té con galleta. —"Señor, me dijo el cura, hace más de una hora que le mandé esa canasta de peras para su almuerzo, y veo que no las ha tocado; yo me he comido dos canastas esta mañana para mi almuerzo, pues aquí no tenemos otra cosa para mantenernos." Más tarde vi llegar un cargamento de diferentes cosas, desde Pica, y salir los habitantes del pueblecito á cambiar con peras las cosas que se habían traído. 

El herrero me trajo las herraduras, y con ellas me dirigí á Manin, adonde había dejado todas las mulas con mi cadete Matilde Rojas y un indio que me servía de guía. Me puse yo mismo á herrar las mulas, por primera vez en mi vida que había emprendido semejante oficio, y me fué muy bien. Tenía todas las herramientas necesarias. 

De Manin me dirigí á Chiuchiu, punto de partida en la costa para emprender mi marcha en dirección á Potosí, fijándome en los puntos mejores para hacer construir casas de posta, corrales y potreros. 

Pasé por el cerro de San Pedro á la mano derecha, y el cerro Cebollazo á la izquierda, los dos de la Cordillera de los Andes, á Polapo, de aquí á Viscachillas, hasta San Cristóbal. De aquí al campo de Avilcha, con mucha piedra imán en todo el campo, y llegué á Potosí, por el cerro de Mauquí y Cebadillas, tardando en todas las pascanas para dar el debido cumplimiento á mi comisión. 

Llegué á la Prefectura de Potosí, en donde encontré a doctor don Casimiro Olañeta desempeñando la Prefectura. Este me entregó una nota del general Sucre en la que me decía que me quedase en esa ciudad de prefecto y comandante general... Me impuse de la nota y me la metí en el bolsillo; «y ¿qué dice usted, coronel»?, me preguntó. —«Que sigo mi camino á Chuquisaca, le dije, á dar cuenta de mi comisión»; y me despedí. 

Llegué á Chuquisaca sin novedad. Me presenté al general Sucre. Quedó éste mirándome sin decir palabra, y en un momento me preguntó qué hacía allí. —«Vengo, señor, le dije, á dar cuenta de mi comisión.» «¿No ha recibido usted una nota mía en Potosí?» —«Sí, mi general.» —«¿Y por qué no se quedó allí? —«Porque yo jamás me he comprometido con el Libertador ni con usted á mandar pueblos ni paisanos.» Denme los soldados para mandar, responderé de ellos; pero nada de paisanos.» Se sonrió, y procedimos á ocuparnos de mi ardua comisión. 
Le entregué mi diario, el mapa que había formado de la costa de Atacama y el apunte de todos los datos y declaraciones que había tomado relativas á las demarcaciones del Alto-Perú... 

El general mandó á un edecán que me buscase alojamiento y me despedí para descansar. 

Al día siguiente el general me mandó llamar. Me dijo que había examinado con atención mi mapa, mi itinerario y mis datos tomados en el curso de mi comisión, y que estaba muy contento. Me dijo que iba á nombrarme jefe de Ingenieros de la República. 

Le dije que yo no era ingeniero, que había sido parte de la educación general que había recibido en los colegios militares de mi país, pero que sabía muy poco más de la teoría. Además, le hice presente que no había cuerpo de Ingenieros en la República, y que él no ignoraba que se necesita mucho dinero para comprar los instrumentos necesarios y establecer una oficina del ramo. Nada me contestó...." 

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Saludos
Jonatan Saona

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