sábado, 27 de mayo de 2017

Parte de Murguía

Parte Oficial de Ildefonso Murguía sobre la batalla del Alto de la Alianza

Comandancia General de la extinguida División Reserva de la Ala Derecha del Alto de la Alianza

Oruro, Agosto 13 de 1880

Señor Ministro:
Herido durante la acción de armas del 26 de Mayo último, hasta el punto de serme material y absolutamente imposible continuar más acá de Tacna, mi retirada con los restos del ejército nacional, ni con los del amigo y aliado el de la noble herma na la República del Perú, creí, fundadamente, que mi segundo en el mando de la división reserva del costado derecho del Alto de la Alianza, el coronel don Balvino D. Medina, pasara a quien correspondía o en su defecto a ese Ministerio el parte oficial de las operaciones militares de la división que yo y él respectiva y ordenadamente comandábamos; pero desde el 26 de Mayo aludido hasta el 7 de Julio, es decir, después de un mes y medio del combate, es cuando, como aparece en el registro oficial de la República número 43 y su fecha, 3 de los corrientes, recién se ve aquel parte importante por muchos conceptos que no se escapan a la elevada penetración de V. S. y en el cual, sin embargo, he notado con profundo sentimiento por la honra de las armas nacionales, muchos vacíos trascendentales, inexactitudes y deficiencias que como Comandante General de la referida división y como tal, subordinado del esclarecido señor General Presidente y Director Supremo del memorado combate, no puedo pasar en silencio, menos que nunca hoy que el honroso programa de guerra de Bolivia y el Perú exige que sus soldados y defensores hablen la verdad toda entera, tanto en las infaustas horas de los reveses como en las espléndidas de la victoria; creería pues de fraudar la alta confianza del señor General Presidente de mi patria y de la digna aliada si no hiciera constar el brillante papel que a los jefes, oficiales y soldados de mi invicta división les cupo en suerte desempeñar en aquel desgraciado combate, si bien de glorioso sacrificio para aquellos que como tan buenos hijos de la patria, no supieron abandonar el campo sino diezmados, después de arrollar al triple número de enemigos con enseñas que aún conservan algunos y cediendo ante innumerables huestes y muy superiores en elementos bélicos y trabajo en aquel memorable día.


Cumplo, pues, con un sagrado deber de militar y de subordinado. Confío ampliamente que el Supremo Gobierno recibirá con agrado el presente parte de las verdaderas evoluciones de mi división y de algunos incidentes que son del decoro del ejército al cual tengo el honor de pertenecer, poner en conocimiento de usted y a su vez del noble General Presidente.

Después de una frustrada operación militar sobre el enemigo, realizada en la noche del 25 de Mayo
próximo pasado, regresa mos a nuestro campamento del Alto de la Alianza con alguna fatiga; pero sin desaliento, antes con entusiasmo y en ordenada formación, a las 41 ½ A. M.

Observadas estricta y rigurosamente las prevenciones de campaña y frente al enemigo conforme a los
deberes militares, la división se puso en descanso.

Rayaba la aurora del 26 de Mayo y muy pronto, a las 7 A. M., se dejó oír en todas nuestras filas el toque de generala y a continuación el estampido de la artillería enemiga que hacía fuego desde una distancia inmensa. Aquel marcial toque y esas deto naciones que anunciaban la deseada hora del esperado combate, fueron saludados con inexplicable entusiasmo y conmovedores cuanto repetidos vivas a la Alianza y al ejército: la división marchó en esa majestuosa actitud al punto que de antemano se le designara por el supremo Director de la Guerra.

La artillería enemiga continuaba haciendo disparos y la acción se empeñaba, con las primeras guerrillas de la línea más avanzada, cuando recibí una orden (8 ½ A. M.) del Estado Mayor General del ejército peruano para que mi división ganara terre no por el flanco izquierdo hasta la altura del centro del ejército, a vanguardia de las ambulancias peruanas, a retaguardia de los Nacionales de Sama y derecha del batallón Cazadores del Cuzco número 5, que a órdenes del pundonoroso e intrépido coronel don Víctor Fajardo, formaba la reserva del centro: el ordenado movimiento se efectuó con paso muy acelerado y en tal disposición de ánimo, que hace honor a los cuerpos que lo verificaban; llegados al expresado punto, hizo alto la división en masas des plegadas, permaneciendo así por más de media hora.

Mientras tanto, el combate arreciaba: parecía un torrente desencadenado o la atronadora explosión de una furiosa tempestad, tal era lo nutrido del fuego de la artillería y los repetidos disparos de la del enemigo, formando solemne concierto con los de las fusilerías de ambos combatientes en el frente de nuestra línea de vanguardia.

Ante aquella imponente situación, los batallones Alianza, 1.° de Bolivia y Aroma 4.° de mi división, acrecía en entusiasmo; ni las descargas incesantes que escuchaban serenos, ni las bombas enemigas que cruzaban sobre nosotros para ir a estallar o a enterrarse con estrepito a retaguardia, nada lograba amenguar la decisión y consoladora disciplina de esos dignos soldados de la Alianza; los vítores saludaban las bombas que pasaban, y el anhelo de precipitarse sobre el relativamente lejano enemigo, se veía ostensiblemente retratado en tan nobles y empolvados sem blantes. La obediencia proverbial y su inalterable disciplina mantenían, sin embargo, firmes a esos valientes en el lugar ordenado por el Estado Mayor General de que dependían.

No permanecimos en aquel punto sino hasta que una nueva orden superior me mandó llevar la división a su primitivo puesto que era a retaguardia del escuadrón Murillo y la batería de los Krupp: allí el señor coronel Velarde, jefe del Estado Mayor General del ejército peruano, bajo cuyas inmediatas órdenes estaba por pertenecer al ala derecha comandada por el señor General don Lizardo Montero, me ordenó desplegar en batalla mi fuerza, mandato que se cumplió en el acto. Pasarían ocho minutos de verificado este movimiento cuando vino una nueva orden, para que mi división marchara al costado izquierdo por hallarse sumamente comprometido ese punto; así se hizo, marchando con singular bizarría por el flanco izquierdo y atravesando toda la línea al trote, como estaba mandado, nuestros soldados veían por fin llegado el momento de medirse cuerpo a cuerpo con el invasor y mostraban, en su resuelta actitud, la seguridad de escarmenarlo con el poder de su brazo.

Continuaba en el compás indicado y recibí nuevamente tres órdenes superiores consecutivas para que
avanzara en batalla, lo que se obedeció inmediatamente haciéndolo con paso de vencedores rompiendo los fuegos en el acto. Fue en ese instante decisivo cuando el coronel don Agustín López, edecán del supremo Director de la Guerra, se me incorporó con la misma orden de avance: permaneciendo a mi lado hasta que, como lo diré después, cayó muriendo como valiente.

La orden de avance se cumplió pasando sobre cadáveres cuya vista inflamaba el ardor patriótico de nuestros soldados: el combate se rehízo allí con tal ímpetu y bravura, que a los 17 minu tos de mortífero fuego, quedó en ese punto restablecida la línea; los batallones enemigos Esmeralda, Santiago y Navales que habían avanzado hasta muy cerca del campamento ocupado antes por la división del ala izquierda nuestra y formada del Sucre núm. 2, Tarija núm. 7 y Viedma núm. 5; aquellos batallones enemigos, digo, tuvieron que cedernos el terreno, huyendo en vergonzosa fuga y puestos en completa derrota por los bravos del 1° de Bolivia: el compacto y nutrido fuego que éstos recibían no logró atemorizarlos, ni fue parte alguna para que, con homé rico esfuerzo, arrebataran al enemigo sus piezas de cañón, con las cuales no hacía mucho, hostilizaban a nuestros compañeros pretendiendo flanquearlos por completo.

Las piezas tomadas y aun calientes eran: dos Krupp de calibre mayor, tres de menor y una ametralladora desmontada y caída; todas ellas con sus respectivas municiones, rifles abandonados por el pánico del contrario, tres banderolas que ostentaba el sub-teniente Manuel T. Córdoba (argentino), un sargento y un soldado, cuyos nombres se me escapan en este momento de la memoria, pero los tres bravos mencionados pertenecientes a la dotación del 1°.

Aquello, señor Ministro, era un espectáculo grandioso y ejemplar: sobre los trofeos conquistados y creyendo mis soldados asegurada la victoria, me presentaban en alto los rifles del invasor, llegando hasta ofrecerme un Winchester el sargento Florentino Salazar.

Sobre la marcha hube, sin embargo, de ordenar, que arrojasen esas armas e hiciesen uso de las propias, para perseguir al enemigo y aprovechar con éxito de la ventaja alcanzada. Las piezas, pues, fueron dejadas a retaguardia y avanzamos con prontitud, más de doce cuadras aún, diezmando y dispersando al enemigo, a tal punto que mi oficialidad y tropa veían aquella despavorida fuga y ostensible desorganización de los tres cuerpos referidos y su brigada de artillería, como un signo innegable del definitivo triunfo de las armas de la alianza.

Avanzábamos y avanzamos difundiendo cada vez mayor temor en las destrozadas filas enemigas, pasando sobre cadáveres y rifles abandonados; pero presentó se muy luego la numerosa caballería enemiga que con veloz carrera y por escuadrones se nos venía a la carga, pretendiendo flaquear nuestro costado izquierdo, para envolvernos y arredrarnos.

Vi entonces ocasión de realizar mis previsiones de instrucción: los brillantes cuadros de infantería que para algunos quedaban proscritos de la táctica moderna por la precisión de las armas de estos últimos tiempos, nos sirvieron allí para mostrar una vez más al enemigo la destreza y pujanza de nuestros soldados: ante aquella carga de caballería y midiendo tanto el número de la fuerza enemiga, como el terreno sobre que operaba, ordené calculando el tiempo preciso, formar cuadrilongos para esperarla: la tradicional pericia y serenidad de mis subordinados nada dejó que desear en tan supremos momentos, los cuadrilongos fueron formados en número de seis del modo siguiente: al centro, tres por los intrépidos y bravos comandantes de compañía, sargento mayor, con retención de mando, don José María Yáñez; capitanes don Gumersindo Bustillo y don Juan S. González; a mi izquierda uno, por el valiente tercer jefe del batallón l°, teniente coronel don Zenón Ramírez que a ciento cincuenta metros a retaguardia había perdido su caballo; y por fin, dos últimos cuadrilongos a mi derecha, por el malogrado, sereno y heroico teniente coronel don Felipe Ravelo, segundo jefe del mismo batallón, del cual eran también los oficiales ya referidos.

La rapidez de ejecución en estos movimientos correspondía a la velocidad de avance del enemigo; una inmensa nube de polvo y el estruendo de sus armas acompañaban a sus ligeros corceles; esa carga hubiera tal vez impuesto a pechos menos viriles y a menos serenas frentes que las de los leones que la esperaban con la seguridad de rechazarlas.

En el impetuoso avance de sus caballos vino el enemigo hasta quince metros de nosotros: armada la bayoneta, una descarga que parecía hecha por un solo hombre, la recibió, y después otra y otra uniformes y tremendas; la cobarde caballería volteó caras en menos tiempo del que basta para decirlo.

El instante debía aprovecharse para envolverla y ordené dispersión en guerrilla: la orden fue obedecida con pasmosa celeridad; los bravos del 1.° se lanzaron en persecución del agresor, que huía y huía acosado por un fuego tenaz en aquellas sinuosidades arenosas y sembradas de estos humanos y cabalgaduras.

Estruendosos vivas a la Alianza, al Perú y Bolivia acompañaban a ese glorioso incidente del combate;
jefes, oficiales y tropa felicitaban a su jefe y aclamaban al Supremo Director de la Guerra; la palma del triunfo parecía pertenecernos por la centésima vez.

Fue en esa impetuosa carga de nuestra guerrilla donde fueron heridos los denodados sargento mayor don Juan Reyes, teniente don Nicolás Cuellar, muerto después villanamente por el enemigo a nuestra vista; por último, los subtenientes N. Castillo y Antonio Sucre.

Pero aquella ilusión del patriotismo y del valor no debía durar por mucho tiempo: apercibido el grueso de las reservas ene migas del destrozo de los suyos, envió un refuerzo considerable, a cuyo amparo se rehacían los antes dispersos batallones, brigadas de artillería y caballería.

Mis soldados no perdían, sin embargo, terreno; sino que por el contrario obligaban aún a retroceder a los vencidos aún no puestos cerca de su reserva que avanzaba, en un movimiento envolvente y acelerado.

Seguro estaba entonces, como ahora mismo lo estoy, de que con un auxilio competente en aquellos críticos instantes, ni las ya escarmentadas tropas chilenas, ni los nuevos regimientos que le vinieron de refresco y rápidamente, nos hubieran arrebatado la victoria final. Desgraciadamente, el anhelado auxilio no nos vino; el enemigo, ya inmensamente superior en número, elementos y descanso, amenazaba envolver a nuestra diminuta tropa; nuestros flancos estaban a poco tomados y ocupado el frente, de manera que aquella avalancha humana formaba un semicírculo, semejante a un herraje de fuego a nuestro alrededor.

Fue, pues, indispensable abandonar los lauros conquistados y ordenó fuego en retirada (serían las 3.30 P. M).

La retirada, después de un trabajo incesante de ocho horas de movimientos y de fuego, era en aquellos terrenos cuajados de eminencias arenosas, tan difícil como penosa; mas con gente hábil y arrojada como la que me restaba de la División; no dudé ni por un momento en verificarla, rompiendo casi las filas ene‐ migas y cuando éstas, por el norte, tenían dominadas las eminencias del valle y ciudad de Tacna. Solo me quedaba, pues, una corta extensión franca por el centro, inclinada al Sur de la población y con acceso por un desfiladero, que era necesario franquear antes que el enemigo coronase completamente las cimas. Así lo pretendí y fue allí donde cayó muerto con su cabalgadura el intrépido coronel don Agustín López, comunicando, en calidad de mi voluntario ayudante, las órdenes que se le impartían; digno hijo de la patria, cumplió espléndidamente su deber, aún más allá de lo que se lo exigían sus atribuciones de edecán del supremo Director de la Guerra. Allí fue también donde cayó herido el bravo teniente coronel don Felipe Ravelo, quedando en el campo.

Trascurrirían dos minutos de este doloroso suceso cuan do una bala enemiga me atravesó la parte inferior de la pierna izquierda, dando instantáneamente ente muerte a mi caballo.

Las bajas de mi diminuta fuerza continuaban, merced al inmenso número de proyectiles, ya que heridos sus primeros jefes la retirada se hizo necesariamente más lenta de lo que hubiese convenido: la ruda faena del día contribuía no poco a tal lentitud.

Bien, es cierto que, apoyado en mi espada, anduve cerca de dos cuadras, y que el comandante Cornelio Durán de Castro se negó a facilitarme su caballo o a llevarme consigo, no estando él herido, aunque durante la refriega estuvo siempre en su pues to de honor.

Conviene a mi deber y a mi conciencia, como al decoro de la graduación que tengo en el ejército; conviene, digo señor Ministro, hacer constar aquí y de la manera más solemne, un hecho de significación, no tanto por mi persona, que nada significa an te los grandes intereses nacionales, sino porque él demuestra los íntimos lazos de unión entre los hijos verdaderamente dignos de la Alianza. Sirviéndome de apoyo mi espada, mi retirada y con ella la salvación tal vez de mis diezmados soldados, hubiera fracasado, a no ser por el noble desprendimiento y desusada corte sía de un soldado del bravo escuadrón de caballería comandado por el prestigioso coronel peruano don Gregorio Albarracín, que combatía protegiendo no poco mi retirada por el lado Sur de aquellas eminencias. El soldado aludido, y cuyo nombre desgraciadamente ignoro, fue solicitado por dos sargentos del batallón Alianza 1.° de Bolivia, para entregarme su caballo; sabiendo mi nombre y la clase y condición que tenía en el ejército boliviano, bajóse del animal y puesto ya de pié, llevando la mano a su chacó me dijo: monte usted, mi coronel.

Así lo hice, conmovido ante tan no acostumbrada abnegación en el campo de los reveses. Ayudóme el mismo soldado, el teniente don José Zeballos y los sargentos Manuel Flores y Andrés Salas del repetido Alianza, y pude encontrarme nuevamente a caballo, y más que todo, en disposición de activar la retirada para salvar los restos de la invicta división que se me confiara.

Llega los a las faldas de los cerros que caen al Sur de Tacna, continuamos haciendo fuego en retirara, protegiéndonos muy en breve en las chacarillas pertenecientes al doctor don Felipe Osorio y contiguas. La caballería enemiga, que había descendido ya al llano, no se atrevió a internarse allí, donde hubiera sido des trozada por los bravos de los cuadrilongos, desde las eras y arbolarías que la imposibilitaban iban para atacarnos con éxito.

Una vez cerca a los suburbios de la población y viendo inútil comprometer esta a los dispersos de la artillería chilena, que empezaba a hacer fuego ya de las laderas del panteón de Tacna ordené cesar el fuego. Poco después se me incorporó el teniente coronel Olegario Parra, segundo jefe del Aroma; interrogado por mí acerca del lugar en que había combatido, me contestó: que lo había hecho en mi costado izquierdo con una parte de los dignos del expresado batallón Aroma. Incorporándoseme también en el trayecto el teniente coronel don Zenón Ramírez; comandante, don Cornelio Durán de Castro y sargento mayor don José María Yáñez, con muchos de los que faltaban del escaso número del Alianza.

Allí les ordené que reorganizaran la tropa y la condujera al Alto de Lima, para ponerse a disposición del supremo Director de la Guerra; pues mi herida, sangraba abundantemente y sentía debilitarse mis fuerzas hasta imposibilitarme, para seguir con los restos del ejército. Cumplidos así mis deberes en tan azarosas y apremiantes circunstancias, asiléme, casi exánime, en casa del comerciante italiano y mi digno amigo don Augusto Vignolo, a cuyos cuidados y la exquisita solicitud de su distinguida familia, he debido mi restablecimiento hasta encontrarme expedito para regresar a mi patria y tener ocasión de dar cuenta y rectificar, como lo llevo indicado en el principio de este parte, lo relativo al brillante papel a que destinara el supremo Director de la Guerra y su dependiente el E. M. del E P., mi División.

En el curso de mi exposición militar he tenido el honor de mencionar a los señores jefes, oficiales y tropa que se han distinguido durante el combate, y séame permitido, al terminar, informar a U. S. M., de que en los momentos de la reyerta, todos, sin excepción, han rivalizado en valor, disciplina e intrepidez, allí, sobre el campo del honor y llenos de ejemplar entusiasmo y homérica bravura, jamás han desmentido el proverbial renombre del soldado boliviano los del 1.° de Bolivia y sus dignos compañeros, dejan colocado en su augusto puesto el lustre de las armas, que se les confiara para la defensa de la santa causa de la Alianza: ya que no siempre, S.M., el éxito final de una batalla puede empañar el brillo de esas armas, cuando el valor es supeditado por el número y los elementos. El Gobierno, la Nación y la historia harán, lo espero, cumplida justicia a los leones de los cuadros del Alto de la Alianza.

No habiéndome visto con ninguno de los subordinados a quienes ordené la reorganización de la tropa, ni con jefe alguno de los del ejército aliado ni del enemigo en Tacna, ni pudiendo por estas razones sino dar, como es de mi deber, exacta cuenta de todos los muertos, heridos y faltos de la División que fue a mi cargo, en el Alto de la Alanza, remitiré oportunamente y con los seguros informes posibles, la relación respectiva; sirviéndose V.S., mientras tanto, poner el presente parte en el supremo conocimiento del esclarecido señor Presidente.

Dios guarde a V. S., S. M.
ILDEFONSO MURGUÍA

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Saludos
Jonatan Saona

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