25 de septiembre de 2023

Arturo Pérez C.

Arturo Pérez Canto
Subteniente Arturo Pérez Canto

Santiago fue la ciudad natal de este bravo oficial del Chacabuco. Vino al mundo el 26 de noviembre de 1864, cuando sus padres celebraban el cumpleaños de doña Delfina del Campo, su madre. Descendiente de un oficial que combatió en Maipo y luego en la Campaña Libertadora del Perú, a las órdenes de Lord Cochrane, el niño creció escuchando relatos de los hechos acaecidos en los albores de la Patria y nutrió su espíritu de sentimiento nacional, 

Radicados sus padres en Valparaíso, Arturo Pérez hizo sus estudios en el puerto, siendo un aventajado alumno de Liceo. La Guerra del Pacífico lo sorprendió cuando cursaba sus últimos años de colegio y sus cortos años no le permitieron enrolarse en el Ejército como sus hermanos mayores, entre los cuales estaba el cirujano militar Alberto Pérez Canto. Muchas veces manifestó a su padre, don Rudecindo Pérez, el deseo de alistarse en uno de los Regimientos que partían a la guerra y, como no contaba más que con dieciseis años, la respuesta de sus progenitores era negativa. No se desanimó por ello y un buen día, luego de haber oído los relatos de las campañas de Tacna y Arica, con la toma del morro y saber que se preparaba una expedición a Lima, resolvió fugarse de su casa y esconderse de “pavo” en las bodegas del Matías Cousiño, que zarpaba rumbo a Arica con pertrechos para los soldados de esa guarnición.

Grande fue la sorpresa que tuvieron los tripulantes de la nave al descubrirlo en alta mar y como argumentara ser hermano del médico del Chacabuco, cirujano Alberto Pérez Canto, fue remitido a ese Regimiento, a disposición del hermano mayor. Vencida la resistencia de su hermano, Arturo Pérez Canto, con sólo dieciséis años, se convirtió en un combatiente del Chacabuco.

Desde el primer momento, el muchacho demostró sobradas condiciones de soldado arrojado y valiente, de manera que pronto obtuvo los galones de oficial,

En una ocasión, en que el 2o Comandante del Chacabuco, Teniente Coronel Belisario Zañartu, tratando de impedir que “este niño Pérez” como lo llamaba, fuese a servir “de carne de cañón” en la Batalla de Chorrillos que se avecinaba, le ordenó permanecer a cargo del equipaje del cuerpo y el oficial herido en su amor propio le contestó en forma dura y casi irrespetuosa: “mi comandante, cuando vine a ocupar un lugar en las filas del Ejército, fue para estar siempre al lado de mi cuerpo, tomando parte en las acciones en que se hallara, pues considero que sería indigno y ridículo que un oficial, mientras sus compañeros están en medio de la batalla, él con toda sangre fría, permanezca inerte cuidando que alguno no se robe la manta u otra prenda de soldado" relata Vicuña Mackenna y continúa diciendo que, Zañartu llamó severamente la atención al joven por su destemplada respuesta y lo hizo retirarse, indicándole que pronto conocería su nueva decisión. Pérez Canto obedeció y se alejó. Cuando se hubo retirado, Zañartu comentó con emoción: "Si Chile me diera un Regimiento de niños como éste, tendría bastante para batir el Ejército peruano. En fin, he hecho cuanto me era posible para evitarle una muerte casi segura: él lo quiere, mi conciencia está tranquila”.

Pérez Canto, designado como uno de los Ayudantes del Comandante del Chacabuco, Coronel Toro Herrera, entró al fuego en la mañana del 13 de enero de 1881 y se portó con la dignidad que deseaba. Vio a su jefe herido en la batalla y fue uno de los que prestó ayuda cuando el bravo comandante volvió a montar y luego, muerto su caballo y malogrado otro, debió abandonar el campo restañando la sangre de su grave herida. El mando debió tomarlo el Comandante Belisario Zañartu y Arturo Pérez Canto continuó a las órdenes de este jefe, hasta verlo caer herido por una bala que atravesó el muslo. Zañartu se hizo vendar y continuó con su unidad hasta que un segundo proyectil le dio en el estómago, haciéndolo caer definitivamente. El Chacabuco atacaba hacia el Monte de San Juan y el Subteniente Pérez Canto, con los ojos llenos de lágrimas, acomodó en el suelo al cuerpo de Zañartu, colocando una señal para los camilleros y luego de saludarlo militarmente, siguió tras el Mayor Julio Quintavalla, que había tomado el mando luego de la baja de sus comandantes. Su comportamiento fue reconocido y su nombre citado en el parte de combate del Regimiento, fue el premio de su varonil comportamiento ante el enemigo. Su nombre sonó con orgullo entre los valientes de aquella jornada y posteriormente, en la de Miraflores.

Pero la ocupación de Lima no logró la anhelada victoria. Aún quedaba lo más duro de la guerra que iba a recrudecer en las serranías de las montañas peruanas, dirigida por el General Andrés Avelino Cáceres, quien logró agrupar a su alrededor, una notable cantidad de soldados regulares, irregulares, montoneros e indios y con ellos abrió sus operaciones contra las fuerzas chilenas de ocupación.

Contra él organizó una expedición el jefe de ocupación chilena en el Perú, Almirante Patricio Lynch, Tal expedición debía terminar con las fuerzas de Cáceres en el Valle del río Mantaro. El mando recayó en el Coronel Estanislao del Canto, luego que el Coronel Gana debió regresar a Lima. La columna de 2.300 hombres, compuesta por tres batallones de infantería, un regimiento de caballería y servicios, ocupó el valle desde La Oroya hasta Marcavalle. Cáceres ideó un plan para terminar con ella, encerrándola y aniquilándola. Para esto dispuso sus fuerzas e inició una acción hacia el puente de Izcacucha-Marcavalle, mientras otras fuerzas, ai mando del Coronel Juan Gastó debían amagar sus espaldas, apoderándose del pueblo de Concepción, en el centro del valle.

En Concepción, el Batallón Chacabuco mantenía una compañía, la que además de cubrir las espaldas de la División que operaba en dirección Marcavalle-Pucará, cumplía con misiones de seguridad de la línea de avance y recibía los enfermos que se evacuaban desde el frente, ya que las pésimas condiciones sanitarias de la región habían afectado a muchos soldados de las tropas chilenas.

El 9 de junio de 1882, guarnecía este pueblo la 4a. Compañía del Batallón, bajo el mando del Capitán Ignacio Carrera Pinto. Arturo Pérez Canto y Luis Cruz Martínez eran los oficiales subalternos de la unidad, encontrándose además allí, enfermo de tifus el Subteniente Julio Montt Salamanca, perteneciente a la 5a. Compañía.

La villa de Concepción era una aldea de unos 4.000 habitantes. El domingo 9 de julio de 1882, “la población permanecía tranquila, más bien triste; aunque domingo, concurrió poca gente a misa. Las principales familias salieron temprano en peregrinación a Ocopa, a seis kilómetros de distancia, al N.E., sabedoras, naturalmente de la llegada del Coronel Gastó”. 

Nada hacía presagiar lo que iba a suceder, Pero a la una de la tarde cuando ya se había servido el rancho de la tropa y los oficiales se dirigían al comedor, la voz de un centinela llenó todos los ámbitos del pueblo: “¡El enemigo... mi Capitán..!". De inmediato, los oficiales corrieron hacia el patio para verificar la noticia. Era una realidad: el enemigo surgía de todas partes en una superioridad numérica impresionante. Tropas regulares coronaban las altura del León, mientras guerrilleros e indios se dirigían a cerrar las salidas del norte y sur de la villa. 

La situación no podía ser más desfavorable. Eran sólo setenta y siete chilenos y debían hacer frente a varios millares de enemigos. Ninguno dejó de notar lo difícil del trance, pero sus ánimos no desfallecieron, ni tampoco el de sus subalternos a cuyo mando se colocaron, Luego de una breve pausa, causada por un mensaje de Gastó solicitando la rendición, se inició el combate de fuego. Indios y guerrilleros avanzaron por todos lados, esperando ocupar el cuartel, valiéndose de su superioridad numérica. Una tras otra se sucedieron las descargas y el adversario fue acumulando cadáveres que frenaron su ímpetu. Pero las balas peruanas iban también haciendo mella en la guarnición chilena. Uno a uno iban cayendo, sin que por los demás desfallecieran en su enérgica defensa. La tarde tocó a su término. Las llamas de los incendios provocados por los asaltantes hacían sofocante el ambiente, por el calor y el humo y así llegó la noche. Varias veces trataron de acercarse los asaltantes y siempre fueron repelidos, hasta que, deseando barrer a los más cercanos, el Capitán Carrera Pinto salió y cargó sobre ellos a la bayoneta, pero al regresar fue herido de muerte, Sucedió en el mando, el Subteniente Julio Montt Salamanca, que se había levantado de su lecho para concurrir a la defensa. Caido Montt, el Subteniente Arturo Pérez Canto le sucedió en el mando y continuó la heroica resistencia. Había salido el sol y eran cerca de las ocho de la mañana del día 10 de julio. Su intento de alejar a algunos asaltantes que se acercaban a la puerta del cuartel terminó con su vida, Una bala lo derrumbó junto a sus soldados.

Poco antes su madre, doña Delfina le había escrito que “sentiría sobremanera el que le ocurriera una desgracia y que su pérdida le ocasionaría un eterno desconsuelo”. A ello había contestado el joven oficial que “si tal cosa llegaba a sucederle, haría que su muerte fuera acompañada de fúlgidos destellos de gloria, que más bien que sentimiento, le llevara, junto con el ósculo de eterna despedida, un justo sentimiento de orgullo y la satisfacción de haber engendrado un hijo que había sabido morir por la Patria”, Arturo Pérez Canto, el muchacho que no cumplía aún los dieciocho años había caído por su bandera envuelta en los reflejos de ¡a gloria que iluminó la escena riel Combate de Concepción.

Su cuerpo quedó durmiendo entre las cenizas de la iglesia del pueblo que cubrió los restos de los setenta y siete héroes, pero su corazón regresó para recibir el homenaje justo de sus compatriotas. En un ánfora, está depositado en la Catedral de Santiago, junto a los de sus compañeros de gloria.


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Estado Mayor General del Ejército "Galería de hombres de armas de Chile" Tomo II. Santiago.

Saludos
Jonatan Saona

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