Otra figura curiosa, atrayente, que descolló con tonalidades propias en esta acción, fué la de Frai José María Madariaga, padre franciscano que ejercía su santo ministerio en el ejército, en calidad de capellán; i que, en Antofagasta, había llamado sobre sí la atención por su clarísima intelijencia i caridad sin límites.
En los campos de instrucción i de los hospitales militares, Frai José María, se había dado a conocer como sacerdote ilustrado; i sobre todo, había demostrado una caridad evanjélica, una constancia digna de elojios, para curar a nuestros soldados, consolarlos i confortarlos.
De palabra fácil, de purísimas costumbres, llano en su trato, vivía con nuestros hombres de guerra i hacia con ellos vida de campamento.
El padre Madariaga, cuando se acercaron los grandes días de la campaña de Tarapacá, era un sacerdote conocido, popular; i por de contado que se embarcó como todos i partió a Pisagua.
Durante la travesía, nuestro capellán, pasó su tiempo, como la jeneralidad, deseando vivamente llegar al término de la jornada, para pisar tierra peruana, batirse i vencer o morir, a los enemigos de su patria.
Al fin, llegó el ansiado 2 de Noviembre; a la hora convenida se inició el desembarco i desde que él principió, todo el mundo, pudo ver al padre Madariaga, en medio del fuego, de pié en la proa de una de las lanchas con un Cristo en la mano derecha, desafiar al peligro i con arengas adecuadas a la tremenda i difícil situación en que se encontraba, alentar a la tropa para que altivamente cumpliese con su deber.
¡Era hermoso, ver a aquel jóven franciscano, desafiar impávido la muerte; i en medio de aquel diluvio de proyectiles absolver a los moribundos, i sobre todo, con frases de fuego, llenas de ardoroso patriotismo, enardecer a nuestros infantes i lanzarlos contentos a morir por Chile, por su relijión i por su fé!
«No hai que aflojar un punto, hijitos, les decía a los soldados, que al que muere por su patria, Nuestra Madre del Cármen i San Francisco, les abren de par en par las puertas del cielo!
Ego te absolvo, le gritaba a los moribundos, i con su Cristo los bendecía, les perdonaba sus culpas!
I el combate continuaba incesante, tremendo, i el capellán Madariaga impertérrito, parado en la proa de su bote, continuaba en su santa i patriótica misión; i no abandonó su puesto para saltar a tierra sino cuando ya no hubo mas tropas que desembarcar,.
Sólo entonces, Frai José María, tomó la playa, para seguir a los nuestros en el asalto, para recojer a los heridos, asistir a los moribundos, auxiliarlos, ayudarlos a bien morir; i enterrar a los que, como buenos, cayeron en aquella primera jornada de gloria i de victoria!
Por desgracia la vida de aquel patriota i piadoso sacerdote, se estinguió a causa de una cruel dolencia contraída en aquella malsana rejión.
El ejército lloró a su caritativo capellán; Chile entero se asoció a la honda pera que causó su fallecimiento, que la popularidad i nombre de bravo, honrado i bueno, que adquirió este fraile, méritos sobrados fueron para que su muerte fuese sentida por todo el mundo.
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Molinare, Nicanor. "Asalto i toma de Pisagua. 2 de noviembre de 1879". Santiago de Chile, 1912.
Saludos
Jonatan Saona

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