jueves, 14 de junio de 2018

Ricardo Serrano

DON RICARDO SERRANO 
Sarjento Mayor del 3.° de Línea 

Ricardo Serrano era el antepenúltimo de siete hermanos nacidos todos en Melipilla, todos soldados o marinos. 

IV.
Venido al mundo en época de estrechez para los suyos, hacia el año de 1855, trájolo su hermano mayor, notable injeniero, a educarse en Santiago, haciéndole frecuentar, cuando era mui niño todavía, el colejio de Olano en el barrio de la Maestranza i el de Harbin, en el antiguo Alto 
del Puerto. 

Pero desde temprano también, el futuro héroe de Ate no mostró sino mediocre afición a los estudios en libros. Apenas si hojeaba aquellos que tenían láminas guerreras o pájinas de batallas. 

V. 
Llevólo en consecuencia su buen hermano primojénito a Curicó, donde cultivaría el silencioso pero enérjico niño un pequeño  fundo en un  paraje vecino al pueblo llamado Los Guindos. Con este motivo i cuando Ricardo no había cumplido aún 20 años, incorporóse en calidad de subteniente en el batallón cívico de aquel pueblo, del cual era a la sazón comandante el mismo impertérrito jefe, bajo cuyo mando deberían  rendir la vida cinco años más tarde, i junto con él, bajo el  mismo glorioso comando, "los tres capitanes del 3." Se habrá comprendido que hacemos en esto alusión al valentísimo coronel don José Antonio Gutiérrez.

I a propósito de ese alistamiento póstumo, recuérdase todavía una característica anécdota de la índole atrevida de aquel valerosísimo mancebo, porque no habiendo comprendido una voz de mando del mayor Gutiérrez en la parada de la plaza de armas de Curicó, dejó de plantón su compañía; i cuando un comedido ayudante vino a sacarlo del lance ofreciéndole reemplazarlo en el mando, mostróle el bisoño aprendiz su puesto al intruso con la punta de su espada. 

El subteniente Serrano no había nacido para labrador como San Isidro, i de esta suerte en la primera oportunidad enrolóse en el ejército de línea donde el dios "Empeño" procuróle por el mes de agosto de 1875, cuando  aún no había cumplido veinte años, una subtenencia en el cuerpo bajo cuya bandera un lustro más tarde debía gloriosamente morir. 

VI. 
Era el subteniente Serrano pequeño de estatura; mas animaba su pecho el alma henchida de los heroísmos humanos, i aunque sus camaradas de cuartel llamáronle siempre "el chico Serrano", apodo que su bravura tornó en dicho popular en el ejército, hizo tan ajigantada carrera, que al concluir el segundo año de la guerra era ya sarjento mayor de ejército, ascendido en el campo de batalla. Hoi mismo, si el plomo enemigo no hubiese despedazado su enérjica estructura, comandaría con buen derecho uno de nuestros mejores batallones antes de haber vivido treinta años. 

VII. 
Promovido, en efecto, a teniente  durante la marcha del ejército desde Pacocha a Tacna, donde su cuerpo, puesto en la reserva, fue sólo testigo de la jornada, cúpole en suerte de rifa entrar a la bayoneta al asalto de Arica, i allí fue gravemente herido en una rodilla. 

Trasportado en una Camilla a Valparaíso, los cuidados i la  suntuosidad de una anjélica señora, que lo curó en su propia casa, salváronle de una cruel amputación; i, en consecuencia, en los últimos meses de 1880 pudo volver a incorporarse en su rejimiento, llevando en sus hombros las presillas de capitán del 3° de línea, pago de la sangre por él derramada en buena lid. 

Sus despachos de capitán tienen la fecha de octubre 22 de 1880. 

VIII. 
Eran esos los días en que el ejército entonaba alegres cantares, i al son de bulliciosas músicas encaminánbase, rebosando de alegría, en cuarenta trasportes, rumbo de Lima. De suerte que apenas desembarcado en Curayaco (diciembre 22 de 1880), el capitán Serrano iba a combatir en el Manzano el 27 de ese mismo mes, i en Ate el 9 de enero de 1881. 

Conocida de todos fue la denodada e impertérrita manera cómo el capitán de la 4.a compañía del primer batallón del rejimiento  3.° de línea atacó las posiciones peruanas de Ate, ejecutando bajo el mando del bizarro coronel  Barbosa (hoi intendente civil, cuando debería ser sólo jeneral de línea) una maniobra militar de felicísimo alcance, porque perturbó totalmente el escaso criterio estratéjico del dictador del Perú i de sus consejeros. 

Fue el capitán Serrano destinado a dominar los empinados cerros medanosos que cierran el estrecho  valle de Ate por el lado del oriente, sirviendo de blando espolón i  recuesto a los Andes; i el alentado  cuanto ájil mozo ejecutó aquella dificultosa ascensión con tanto brío i ardimiento de su persona, que sus soldados iban rezagándose por el cansancio en las laderas i tirándose desesperados i  de bruces en la arena. Fue en ese momento crítico cuando el impaciente coronel Gutiérrez, juzgando que los bultos blancos que caían i rodaban a la distancia eran cadáveres, exclamó: 
-"Ya el chico me perdió la compañía!"... 

IX. 
Pero  no era así, sin embargo, sinó todo lo contrario. El capitán Serrano habíase encumbrado sólo para tener bajo sus pies, entre los Andes i las nubes, un pedestal digno de su denuedo; i apenas llegó a la cima, desalojó a bayonetazos a los peruanos, tres veces más numerosos que su corta hueste, mientras que otro capitán, tan valeroso como él, si bien mucho más juvenil, arrollábalos en la llanura hasta sobre sus propias trincheras, a las puertas de Lima, a su salida por el oriente. 

Llamábase el último Alberto Riquelme Lazo, que en  aquel encuentro precursor era sólo teniente del 3."

Casi juntos fueron en consecuencia ambos ascendidos con el glorioso  titulo de haber alcanzado sus grados, como Córdoba en Ayacucho, en el campo de batalla. 

El capitán Serrano fue nombrado sarjento mayor; i el 12 de enero, es decir, en la víspera de Chorrillos, donde, engarzados, se puede decir, por el brazo con el capitán Riquelme, uno i otro, que tantas analojías mostraron  en su corta carrera, debían sucumbir. Los dos denodados mozos habían subido a la cima sólo para que mejor contemplaran el ejército i su patria lo grandioso de su común sacrificio. 

X. 
Cuando las silenciosas  columnas  del  campamento de Lurín se deslizaban como la silueta de pardos fantasmas por  la solitaria llanura velada por luna nebulosa, que en aquella noche vistióse de luto sólo para dar mayor brillo al sol de la victoria que tras su carro seguía, reconociólo su hermano Rodolfo, ayudante de campo del coronel Lagos, i le felicitó por su ascenso de aquella mañana. El juvenil sarjento mayor del 3.° dióle por toda  respuesta una melancólica sonrisa, i apretándole cariñosamente la mano díjole, a manera de adiós, estas solas palabras: -¡Mañana es la grande! 

XI. 
I tal aconteció, porque nombrado el 3.°  de línea, por su fama para combatir, en la reserva, precipitóse en la segunda faz de la batalla como un torrente de acero sobre el pueblo de Chorrillos, que los peruanos defendían con desesperación desde las azoteas, desde las paredes del cementerio, desde el Salto del Fraile, desde el empinado Morro Solar, erizado a esas horas todavía de cañones i ametralladoras i dominando desde sus áridos farellones todo el sangriento i desgarrador paisaje que se interpone entre los médanos i la risueña Lima. 

El capitán Serrano, que no había nacido para detenerse delante de los obstáculos sinó para atropellarlos con su pecho i con su espada, se encontró delante de un muro, en el camino del 
cementerio, que por de pronto le ofreció algún atajo por el lado del poniente. 

No había allí ningún cobarde, pero los menos ardorosos le aconsejaban detenerse hasta embestir con todo el grueso de la tropa. No dió oídos el temerario mayor, ufano de su continuo trato con la victoria, a aquel aviso, i saltando briosamente la  accesible barda que lo separaba del enemigo oculto, i acompañado apenas de un puñado de secuaces, como su hermano Ignacio al saltar sobre el Huáscar en Iquique, rodeáronlo inmediatamente dos cuerpos peruanos que se retiraban de la altura al pueblo, i alli, junto a unos árboles, cayó aquel intrepidísimo chileno derribado por dos balas, una de las cuales habíale traspasado la mano de la espada i la otra la sien derecha. 

Mas, no obstante aquel doble golpe mortal, el arrogantísimo mozo no había sucumbido del todo, porque un viejo sarjento se había adelantado como para sostenerlo, i en esa forma, apoyados ambos en el tronco de un árbol, les hallaron muertos. 

¡Gloriosísima actitud de dos  bravos que el bronce habría perpetuado en la antigüedad! 

XII. 
La perdida del mayor Serrano vistió de duelo todos los corazones, porque siendo tan joven mostrábase con las dotes de un gran soldado a los 26 años de su edad. Era vijilante, laborioso, sumamente desprendido de sus haberes con los soldados, bravo como pocos, talvez como nadie, excelente camarada, "buen muchacho", en toda la palabra, como el capitán Ibañez del 4.°, pero inflexible disciplinario. Fue por esto un tanto duro en ocasiones, lo que motivó que en el cuartel de Antofagasta un soldado de su compañía, airado por un castigo, disparábale a boca de jarro su rifle,  rozándole el hombro, atentado por el cual el hechor fué en el acto fusilado. 

Poco más tarde, al verificarse a media noche la infelicísima expedición i desembarco en Islai i Mollendo (marzo 9 de 1880), en  que todo trocóse en incendio, botín i orjías, el entonces teniente Serrano intentó traer a la obediencia la tropa  desbandada, en cuyo propósito acometió con la espada a un grupo de ocho o diez amotinados que rehusaban darse a la razón. I en semejante lance un cabo de Navales asestóle tan feroz puñalada que si no hubiese sido la  ajilidad del agredido le habría dejado en el sitio.

El afilado corvo alcanzó a rebanarle sólo parte del carrillo, de los labios i de la lengua. 

XIII.  
Corría como opinión común en los campamentos que el mayor Serrano no era amado de su tropa sino temido i aun detestado.
I eso talvez no se hallaba demasiado lejos de ser la verdad bajo la lona, en el ocio o junto al tibio fogón de los descansos.

Mas, apenas tocaba tropa el corneta de la compañía guerrillera del 3.° i los soldados comenzaban a alinearse i percibían la enérjica apostura de su inmediato jefe, se aprontaban sólo a seguirle resueltos i sumisos cual a un adalid antiguo. 

I fué así, como para dar un desmentido a los banales rumores de las filas, que uno de los viejos sarjentos de su compañía adelantóse para cubrirle con su cuerpo, cayendo ambos, como 
Larrochejacquelin i el granadero vendeano, en la misma heroica fosa. 

Todos los héroes, los que la historia cita como memorables, hasta los que han vivido en las selvas todavía sin nombre del Nuevo Mundo, se asemejan; i por ello la admiración que inspiran tiene siempre la misma profunda  intensidad.

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Texto e imagen tomado del "Álbum de la gloria de Chile", Tomo II, por Benjamín Vicuña Mackenna.

Saludos
Jonatan Saona

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