viernes, 2 de octubre de 2015

Albarracín

"Albarracín
por Víctor Mantilla

Habitaba en una de las huertas de los alrededores de Tacna, la familia Albarracín, cuyos varones se habían dedicado siempre a la milicia.

El más distinguido de ellos fue el coronel don Gregorio, que por la época de la guerra con Chile frisaba ya en los sesenta pero su constitución de atleta le permitía ejecutar, aún en aquella edad, ejercicios propios de una menos avanzada. Así, era un magnífico jinete, nadie como él saltaba sobre el lomo de un caballo no domado, nadie como él reducía al bruto a la obediencia en menor tiempo. Los ejemplares adiestrados que él solía presentar, satisfacían las exigencias del más intransigente aficionado. Casi podría decirse tenía un secreto para hacer que un potro cualquiera resultase de gran raza bajo su diestra...

No bajaba su estatura de los siete pies. Usaba muy crecida la barba, a pie imponía, a caballo deslumbraba. Para los chiquillos era un ser fantástico. Se contaba de él proezas reveladoras de un ser inaudito, realizadas en los lejanos tiempos de las campañas de Castilla.

Repetíase que una vez atacó él sólo, lanza en ristre, a un grupo de infantes que defendían la entrada de una calle. Al verlo avanzar, tendida la lanza, uno del grupo se separó algunos pasos de sus compañeros, apoyó en tierra la rodilla y dirigió su rifle sobre el jinete esperando el choque. Cuando ya mediaban pocos metros entre uno y otro, se escuchó la voz de Albarracín, sonora como un clarín de combate:
-.Apunta bien, maldito, que de otro modo te lleva Judas.

Sonó el tiro; jinete y caballo quedaron ilesos, pero no así el infante que apareció pasado de parte a parle por la lanza y levantado en alto, como si se hubiera tratado de un hatillo de plumas.

Decíase, también, que en altas horas de la noche, montaba alguno de sus potros favoritos y se lanzaba a la carrera al través de los sembríos, salvando tapias y vallados, y que regresaba de sus nocturnas excursiones esgrimiendo una espada de fuego; vivía aún y ya pertenecía a la leyenda...

Cuando en el día de la patria, al mediar la tarde, descendía por la alameda de la ciudad, llena a la sazón de paseantes, todas las miradas se fijaban en su noble semblante animado por el brillo extraordinario de unos ojos que siempre miraban a su frente, inmóviles y fijos, como si la inclinación y el pestañeo no se hubieran hecho para ellos, Vestía entonces su uniforme de parada y, jinete en el más brioso de sus corceles, atravesaba por entre la multitud que se abría en dos alas para dar paso al centauro. Los rayos oblicuos del sol descendente reflejaban en el oro de su casaca, en la pulida vaina de su sable, en el metal de los arreos del caballo; parecía envuelto en luz y se le veía dejarse al trote, desapareciendo a la distancia como una visión.

En cierta revolución el prefecto de Tacna sospechó que Albarracín conspiraba contra el orden público, y en pleno día destacó de sus cuarteles quince gendarmes montados, con la orden de encontrarlo y hacerlo prisionero.
Llegaron a su casa y le mostraron la orden de entregarse.

Albarracín no manifestó ni sorpresa ni disgusto y con toda calma ensilló delante de los gendarmes, montó, y desenvainando el sable se arrojó a toda brida sobre el grupo agresor, que le vió avanzar semejante a una avalancha y hubo de dispersarse para evitar la acometida. Comenzó entonces la persecución en los estrechos callejones cercados de granados, que separan unas de otras las propiedades rurales de la ciudad del Caplina. Le cerraban esta y aquella salida, pero en vano; volaba sobre los cercos, aparecía cien metros mas allá. Tres horas de fatigosas carreras fueron insuficientes para capturar a ese fugitivo que, cuando hacía frente a sus perseguidores, los ponía a su vez en fuga. De tal manera imponían su persona y el largo sable, desnudo en su diestra de titán.

Al regresar los gendarmes a su cuartel, dieron parte de que Albarracín había tomado el camino a Bolivia ... ¡y Albarracín, en el  mismo instante, desensillaba su caballo a la puerta de su casa!
_______

Declarada la guerra con Chile en abril de 1879, Albarracín escogió de entre sus paisanos cincuenta mocetones de probado valor y formó con ellos el pequeño escuadrón llamado a hacerse célebre en la campaña.

Diez mil hombres del ejército de Chile sentaron la planta en el departamento peruano de Tarapacá, único objetivo de la guerra por la incalculable riqueza que representaba el salitre encerrado en su suelo. Allí debían realizarse las primeras escenas del gran drama de la guerra.

El ejército aliado, acampado en el mismo territorio, aguardaba el refuerzo de Daza y sus Colorados para caer sobre el enemigo.

La noticia de la aproximación de aquel general y sus tres mil veteranos, llevó la desazón y la alarma a las filas de las divisiones chilenas. La fama de valor que acompañaba a dicho jefe, no era menor que la que precedía la marcha de sus soldados, famosos desde los tiempos de Melgarejo. Se narraba de ellos que en una ocasión recibieron de este último la orden de dar un paso atrás, cuando se hallaban formados en la ceja de un barranco y que obedecieron, despeñándose gran número.

Parece, sin embargo, que la inquietud y el temor no alcanzaban los jefes chilenos, que al encontrarse se sonreían como los sacerdotes de Eleusis conocedores del secreto de los oráculos ...
... ¡Daza no combatiría!

Por desgracia, así fue, Al llegar a Camarones, contramarchó sobre Tacna, de donde había partido. Su retirada fue un desastre: nuestra esperanza en la victoria había perdido un ala.

Albarracín vio alejarse, desde una eminencia, aquel cuerpo de ejército. Tuvo tentaciones de lanzarse contra el general que huía sin combatir, pero su deber era otro. Inclinó la cabeza sobre el pecho, sus ojos se humedecieron con el único llanto que podría asaltarlos, el de la rabia, y con voz ronca dio la orden:
- ¡Adelante!

Salió de un desierto para entrar en otro.

Las divisiones chilenas esperaban de un momento a otro, ver asomar en la llanura los batallones de Daza, y sabedores por sus espías de la aproximación de una fuerza, destacaron numerosas avanzadas de caballería para cerciorarse de la verdad de las cosas.

Del campamento de Dolores partieron quinientos jinetes (los Cazadores) y del de Pisagua otros tantos. Ambos destacamentos hicieron alto, después de una jornada, siendo la distancia que los separaba no mayor de cinco kilómetros.

Albarracín, seguido de su pequeño regimiento, avanzó con el denuedo que le era propio, a la vista de los escuadrones enemigos. Comprendió que se hallaba entre dos fuegos y resuelto a vender cara su vida, se adelantaba.

Entonces, al decir del historiador chileno Vicuña Makenna, se realizó en la ardorosa mañana del desierto el más extraño espejismo. La pequeña fuerza de Albarracín creció a los ojos de los enemigos hasta tomar las proporciones de un ejército. Tanto del lado de Dolores como del lado de Jazpampa, se veía un combate formal, la artillería disparaba, los Cazadores cargaban ... ¡era Albarracín que pasaba al galope, entre las dos líneas contrarias, levantando una inmensa polvareda!

De esa manera se presentó al ejercito chileno el que más tarde debía llevar a sus filas el terror de su nombre, el que debía ser, con sus cincuenta dragones, la pesadilla de veinte mil hombres.

Antes del desastre de San Francisco y después de la victoria de Tarapacá, los flancos del ejército chileno se veían a la continua amenazados por Albarracín y su tropa.

La nube de polvo que se levantaba de repente en el desierto y que avanzaba hacia las filas en marcha, que llegaba hasta ellas y descargaba metralla, era Albarracín. ¿Estaba la retaguardia amenazada? Era Albarracín. ¿Era durante la noche asaltado el campamento? Albarracín pasaba...

Cuando ya nada había que hacer en el desierto, él fue el último que lo abandonó, seguido de sus compañeros, cuyo número no aumentaba ni disminuía; eran siempre los cincuenta bravos.

En Tacna les dio reposo, y volvió a montar por la época en que Baquedano desembarcaba sus tropas para guiarlas en busca de los aliados.

El primer choque de las avanzadas chilenas fue con Albarracín. Un escuadrón de cazadores apeló a la fuga ante el empuje del legendario guerrero y sus cincuenta dragones. Atacando parecía un monte que se derrumbaba.

Durante la batalla del Alto de la Alianza, se le veía tan pronto en el ala derecha como en la izquierda, y el grito de ¡Albarracín! ¡Albarracín! en que prorrumpía su tropa infatigable, los corazones vacilantes se animaban y por las filas enemigas se extendía una corriente de pavor.

Se le vio coger por el brazo a un enemigo, hacer un molinete con el cuerpo del soldado y arrojarlo como un trapo lejos de sí...
_________

Las tropas chilenas, que no tenían cuarteles suficientes en Tacna, se posesionaron de los pueblos vecinos de Pocollay, Calana, y Pachía, distantes de la ciudad, una, dos y tres leguas respectivamente.

Un día -nada anunciaba la proximidad del enemigo: los caminos. sombreados de grandes árboles, parecían solitarios- se escuchó a eso de las dos de la tarde el grito de ¡Albarracín! ¡Albarracín! repetido por cincuenta voces, en la plaza de Pachía, donde un batallón chileno hacía ejercicio.

Presentáronse de improviso entre los soldados sorprendidos, los dragones de aquél, y sin dar tiempo a los atacados para reponerse de su sorpresa acuchillaron a buen número de ellos retirándose, como habían llegado, sin que el ojo más experto pudiera seguirlos en su galope.

Posteriormente las mismas audaces e incontenibles apariciones se realizaron en Calana y Pocollay, y alguna de ellas en las puertas mismas de la ciudad de Tacna, en cuyo circuito bullían regimientos y escuadrones de infantes y jinetes enemigos.

Era inútil perseguir a los centauros, que parecían dotados del don de la ubicuidad y del privilegio de hacerse invisibles, cual si el anillo de Grujes les hubiera sido común.

Cansado al fin de cercenar cabezas enemigas, Albarracín se retiró de los alrededores de Tacna, se fijó por un tiempo en Tarata, pasó enseguida a Arequipa después a Lima, donde debían librarse las batallas decisivas de la guerra.

Después de las derrotas, agobiado el cuerpo más por la tristeza que por los años, seguido apenas de tres o cuatro de sus valientes, entre ellos su hijo Rufino, regresó Albarracín a lo que había sido el teatro de sus hazañas, al departamento de Tacna. Allí sólo había quedado una guarnición respetable para mantener la conquista, y Albarracín concibió el propósito, temerario, es cierto, pero digno de su espíritu indomable, de recuperar el departamento perdido. Habría sido su deseo llegar a la cabeza de un regimiento, pero los recursos escaseaban y hubo de contentarse con atraer a sus banderas, no la división necesaria para la magna empresa, sino apenas una escolta, susceptible eso sí, de crecimiento.

Con el sigilo indispensable entró en Tarata. Comprometió allí a más de cien hombres y con esa base se preparaba a caer sobre el enemigo, como en mejores tiempos. Se preparaba ... pero fue denunciado y apenas tuvo tiempo para montar y huir con media docena de sus fieles.

Fue alcanzado por un piquete de veinticinco hombres en una quebrada sin salida. Resuelto a morir, hizo frente a sus perseguidores que habían desmontado, él hizo lo mismo. Empeñado el tiroteo continuó hasta que las municiones se agotaron de uno y otro lado. A la media hora de combate, de los atacados solo quedaban Albarracín y su hijo.

Es la hora triste de la puesta del sol entre los montes. A la espalda y a la derecha del héroe se elevaban grandes cerros que sólo el águila habría podido salvar. En torno de él, yacían sus compañeros, revolcándose en sangre; su propio hijo doblaba la rodilla a su lado, no para pedir misericordia, sino para besar con su postrer suspiro el suelo bendito de la patria. Albarracín, junio a los cuerpos de sus bravos, se alzaba erguido como un pino añoso. El sol, al reflejarse en su persona, no hallaba en sus ropas, ni en su rostro ni en sus manos un sitio en que no hubiera sangre. Estaba allí como un espectro rojo, vencido ya, pero infundiendo miedo a sus vencedores, que no se atrevían a poner la mano sobre él: todavía conservaba en su diestra la espada, y aquella espada en esa diestra era el rayo.

Avanzaron contra él. Entonces se le vio recogerse, saltar y derribar a los más próximos, era él quien atacaba ahora y eran ellos quienes retrocedían ante su figura medio fantástica en aquellos momentos, y ante su espada cuya punta parecía multiplicarse. Su voz poderosa acompañaba los golpes de su acero; con la primera aturdía, era como el rugido del león en la selva; con el segundo paralizaba los brazos contrarios. Y no se cuidaba de defenderse, sino de herir. Su alta estatura dominaba a los enemigos como el roble a los arbustos. Ya sólo quedaban diez... un esfuerzo más... diez golpes más y el campo habría quedado para él. Giró en torno la vista... ya no veía... levantó la espada para el último molinete... y su brazo cayó a lo largo de su cuerpo; adelantó su pie... vaciló... cayó, y, muerto, fue mutilado sin piedad.

Albarracín se hizo un pedestal con sus hechos. ¿Dónde está ¡oh peruanos! la estatua que debéis al héroe? Él la espera como Espinar la suya."

****************
Fragmentos del texto publicado por Víctor Mantilla en "Nuestros Héroes", 1902

Saludos
Jonatan Saona

2 comentarios :

Anónimo dijo...

lA GUERRA TRAE HISTORIAS QUE PUEDEN SER VERDAD Y OTRAS LEYENDAS ES MUY PROBABLE QUE LO CONTADO POR ESTA FUENTE SEA CIERTA LA PREGUNTA ES QUE ESPERAN LAS AUTORIDADES DEL SECTOR CORRESPONDIENTE HACER RESALTAR LA PROEZA DE ESTE HEROE OLVIDADO QUE HUBIERA PARECIDO SER LA REENCARNACION DE LEONIDAS SIN EMBARGO MENCIONAMOS EN NUESTRAS FUENTES HISTORICAS A PERSONAS QUE MAS DAÑO LE HICIERON AL PERU LEASE NICOLAS DE PIEROLA, MIGUEL IGLESIAS ETC. EL CORONEL ALBARRACIN DEBE DESCANSAR EN LA CRIPTA DE LOS HEROES!!!!

Jorge Berrocal Vega dijo...

Alabarracín y su Hijo Rufino, ya descansan en la cripta de los héroes desde 1908, el distrito que se formo en la campiña donde el creció lleva su nombre, sin embargo estoy seguro que el reconocimiento que recibe en Tacna se debe extender en todo el Perú, para hacer algo de justicia con este gran héroe olvidado de la patria

Publicar un comentario

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...