jueves, 21 de mayo de 2015

Relato de Cornelio Guzmán

Carta del ex-cirujano de la Esmeralda, relatando el combate de Iquique

«Llo-lleo, Febrero 8 de 1923.
Señor doctor Senén Palacios.

Mi muy estimado colega y amigo:
En su cariñosa carta del 3 del corriente Ud. insiste en que debo suministrarle algunos datos sobre el servicio médico de la Esmeralda en el combate de Iquique y sobre la vida que hiciera la tripulación prisionera. Le remito estos mal redactados apuntes por si pudieran ofrecerle algún interés:

21 de mayo de 1879.
Una hora antes del combate toda la tripulación estaba en sus puestos y lista para romper el fuego. No se trataba de considerar la desigualdad de la contienda y la posibilidad del triunfo; se pensaba solamente en que los azares de la guerra colocaba a un grupo de chilenos en la situación más brillante y difícil que es posible imaginar: dos blindados poderosos y veloces al frente de dos pequeños barcos de madera que enarbolaban la bandera tricolor. 
Primer torneo en que la desigualdad de las armas sólo se podría equilibrar con el temple de los corazones. Toda la tradición gloriosa de la Marina chilena debía dar en esta ocasión sus frutos.

La sección de sanidad estaba instalada en la cámara de Guardias Marinas y la formaba el siguiente personal: el contador señor Óscar Goñi, el ayudante de cirujano señor Germán Segura, el despensero, el maestro de víveres, el practicante y boticario Castilla y cuatro enfermeros. A éstos se agregó el ingeniero civil don Juan Agustín Cabrera, que en comisión del Gobierno se encontraba a bordo en calidad de pasajero, mientras pudiera regresar al Sur. Este caballero preguntó al comandante Prat en que podría servir, quien le contestó: «Vaya Ud. a agregarse a la ambulancia». El señor Cabrera, que más tarde fue mi muy apreciado amigo, encontró que carecía de condiciones para servir a los heridos, y por otra parte, el sitio en que estábamos nos obligaba a permanecer en la más completa ignorancia de todo lo que pasaba en cubierta. Solicitó entonces permiso para ir a hablar con el Comandante. Esta vez se le ordenó que tomara un rifle. Más tarde el contador fue llamado para atender a la destrucción de la correspondencia y de toda la documentación. De este modo mi personal quedó reducido en dos valores menos.

Se siente un cañonazo a distancia. En nuestro barco hay silencio sepulcral. El comandante Prat en el puente de mando, alza su voz para hablar a la tripulación, que estaba al pie de sus cañones. Yo desde mi puesto divisaba al Comandante, que pálido y vestido de media parada, pronuncio con voz firme y clara su inolvidable arenga. Al escuchar a este hombre, todo mi cuerpo se conmovió, y me pareció oír una sentencia de gloria y de muerte. Inmediatamente, el corneta dio la orden de romper el fuego, primero a estribor y después a babor. Ya este cañoneo terrible no irá disminuyendo sino hasta que los cañones se vayan inutilizando por su propio uso y también por los destrozos que el enemigo cause en el buque.

Los primeros heridos que nos llegan lo han sido por metrallas lanzadas por el enemigo desde tierra. Todos son gravísimos, pues los cascos de granadas les han penetrado en el cráneo, en el tórax, o en los miembros.

Más tarde van llegando los heridos por los cañones de a 300 del Huáscar. En este caso las mutilaciones son enormes y no hay vendaje posible; y hay tantos que no tenemos camas suficientes. Las horas van avanzando, y ya nos llegan heridos a rifle, pues la distancia que separa las naves ha disminuido, y los destrozos son cada vez más considerables. En medio de mi confusión sobreviene un accidente. Una granada de los grandes cañones del Huáscar ha penetrado en la cámara de oficiales y producido un incendio cuyo humo invade mi recinto y nos envuelve en una atmósfera irrespirable, molesta y penosa para los heridos. Afortunadamente la brigada de incendio trabajó con tanto orden y eficacia que muy pronto el foco del fuego fue extinguido. Luego se produce el primer ataque al espolón, conmoviendo nuestras naves y haciéndola crujir hasta los últimos remaches. Yo, que era novicio a bordo, no supe explicarme que cataclismo se había producido.

Un rumor corre por el entrepuente, rumor que se confirma: «El comandante Prat ha muerto»... «El teniente Uribe ocupa su puesto».

Este primer espolonazo ha sido dado en la vecindad del puente de mando; el espolón, penetrando en el costado del buque, ha quedado incrustado por algunos momentos, y en esta situación inesperada, Prat, llevado por esa fuerza irresistible que enciende el alma de los héroes grita: «¡Al abordaje!», y salta el primero sobre la cubierta del buque enemigo, llevando en alto su espada de combate.

Más, su voz es apagada por el estruendo de los cañones y no pudo ser oído en la confusión del combate. Sólo el sargento Aldea y otro marinero, cuyo nombre ha quedado ignorado, acompañan al Comandante a pisar la cubierta del Huáscar.

El cañoneo y el fuego de rifle no se interrumpe. En cubierta hay muchos heridos graves que no es posible transportar por falta de gente. Oigo decir que en cubierta se están organizando dos brigadas de abordaje; una, la de proa, al mando del teniente Serrano, la de popa al mando del teniente Sánchez. El oficial de entrepuente, Fernández Vial, hoy contralmirante, me da a entender que el buque se irá pronto a pique, y que esté listo.

En este momento el personal de las máquinas principia a abandonar sus puestos, porque el buque se está inundando. El primer ingeniero ha muerto en cubierta al ir a comunicar al Comandante el estado de su sección. El segundo ingeniero, señor Manterola, se me acerca y después de haberme mirado fijamente, me dice: «Doctorcito, yo quiero mucho a los médicos, una hermana mía es casada con el doctor Zorrilla; no se separe de mí porque el buque se va a hundir y yo soy gran nadador».

Se produjo el segundo espolonazo, pareciéndome que el buque se abría y se despedazaba. Subí a cubierta y vi que el centinela que defendía la escotilla estaba muerto; miré al Huáscar, que estaría a unos 50 metros de distancia, y vi un grupo de marineros chilenos en el castillo de proa con sus armas en las manos; vi al teniente Serrano cuando con su espada levantada avanzaba hacia la torre enemiga.

Casi inmediatamente después de abandonar la cámara de Guardias Marinas estalló una granada, matando a todos los heridos, personal de ingenieros, mecánicos y fogoneros que habían llegado a la ambulancia. A mi generoso protector señor Manterola no lo vi más. El único que sobrevivió de los que estaban conmigo fue mi ayudante Segura.

Avanzando sobre cubierta traté de orientarme, pues los cañones desmontados, los mamparos destruidos, la arboladura despedazada, la gran cantidad de cadáveres horriblemente mutilados, la sangre mezclada al agua de las tinas de combate, que corría y se movía en cada vaivén del buque, todo aquel horrible cuadro que presentaba el aspecto de un matadero, hacía difícil la marcha. Por fin llegué al castillo de popa. Ahí estaba el comandante Uribe, que con revólver hacía fuego a una persona que se asomaba detrás de la torre del Huáscar, único ser viviente que se divisaba en el blindado peruano.

Toda la «Guardia de la bandera» ha muerto. El guardia marina Vicente Zegers, mi querido amigo, está al pie de la bandera de combate, sólo y como un defensor heroico de nuestro pabellón. Aún dispara nuestra nave uno que otro cañonazo. El Huáscar se ha alejado un poco, pero continúa haciendo fuego con sus grandes cañones. De repente observamos que el enemigo se dirige a toda fuerza de máquina hacia nosotros, como un toro furioso que embiste y al llegar dispara simultáneamente los cañones de su torre produciendo un formidable y último choque. Me pareció que mi buque se partía por mitad, y una ola inmensa nos cubrió y sumergió. No puedo decir hasta qué profundidad hemos llegado. Yo, que soy gran nadador, nadé con el intento de llegar a la superficie y de salir de la obscuridad en que me encontraba; luego vi una luz y una claridad. Miro a mi alrededor y veo que varias cabezas emergían casi al mismo tiempo, y también aparecían flotando una gran cantidad de tablones rotos, coyes y tinas de combate; sirviéndonos todo esto de ayuda para no sumergirnos nuevamente. Los sobrevivientes formábamos un círculo que permitía vernos las caras y reconocernos. Nos contamos, somos 37; en la mañana éramos 210.

El Huáscar queda como a 100 metros de distancia, y la ciudad de Iquique, bastante lejos. En esta crítica situación permanecimos largo rato, tal vez media hora. Sin embargo, nunca dudamos que el buque enemigo nos socorriera. Efectivamente, se nos explicó después que la tardanza en socorrernos fue debida a la compostura de los botes, destrozados por nuestros proyectiles.

Conducidos al Huáscar, y mientras desfilábamos los oficiales a la cámara del comandante Grau, vimos tendido sobre cubierta el cadáver de Prat. El guardia marina Zegers, que va junto a mí, le descubre el rostro, cubierto con un faldón de su levita, y yo puedo ver una profunda herida por arma de fuego en la parte más alta de su hermosa frente.

Una vez encerrados en la cámara del Comandante, se nos proveyó de un saco y de un pantalón de marinero, pues estábamos casi desnudos. Se nos dijo que el comandante Grau vendría a vernos. Efectivamente, a poco rato llega un marino de cierta corpulencia, no muy grande, ancho de espalda, de rostro tostado por la vida de mar, patillas a la española, donde aparecen algunas canas. Ciñe espada, pero su aspecto es el de un capitán de buque mercante. Nos saluda con ademán cordial, nos felicita por nuestra conducta, y recordó que a alguno de nosotros había conocido en otra época en el Callao. Notando que estábamos sin zapatos, ordenó se nos proveyera.

Hemos quedado solos; el Huáscar se pone en marcha a toda fuerza con rumbo al Sur. En estos instantes nos llamaron la atención unos quejidos y lamentos. Alguno de los nuestros creyó reconocer en ellos la voz de Serrano.

Como continuaran los quejidos, nuestro jefe, el teniente Uribe, se apresuró a solicitar la audiencia de algún oficial a fin de disipar nuestras sospechas y temores. Vino uno de ellos y dijo que efectivamente había un oficial chileno gravemente herido; y después de algunas consultas con sus superiores se accedió a lo solicitado, es decir, que el médico chileno fuera atender a su compatriota.
Acompañado de mi ayudante Segura, fuimos conducidos a la cámara de oficiales, donde se me hizo esperar. Luego llegó un oficial y me preguntó si yo era el médico; y como viera que yo tenía el traje de marinero, penetró a su camarote y volvió con un vestón de brin blanco con insignias de oficial, de su uso personal. Me dice que mientras él vuelva vea a los heridos que hay en la cámara.

Tendido en la mesa de oficiales y cubierto con una sábana, está el cadáver del teniente Velarde, oficial de señales del Huáscar, herido mortalmente por una bala que le rompió la arteria femoral en la región del triángulo de Escarpa. En los camarotes de los oficiales, encontré dos marineros negros, heridos, al parecer gravemente, y que ya estaban vendados.

Mientras tanto el tiempo pasaba y yo no podía ver a Serrano. Me dirigí inútilmente a los centinelas de los pasillos, más éstos nada sabían y les estaba prohibido hablar. Después de una larga media hora de espera, un marinero nos conduce nuevamente al recinto donde están nuestros compañeros, a quienes referí todo lo ocurrido.

Para nosotros fue inexplicable esta cruel conducta, esta negativa injustificada a proporcionar un consuelo a un herido, que aunque fuera enemigo, ya tal vez sería un moribundo.

Pasando los años, ha corrido la voz, de origen peruano, que Serrano, mortalmente herido, concentró sus últimas fuerzas y prendió fuego al camarote que lo encerraba. Ésta sería entonces la única explicación para negarle la atención médica que al principio, sin dificultad, se había concedido.

Durante este tiempo, el Huáscar, que marchaba a toda fuerza de máquina con rumbo al Sur, se detuvo algún rato. Esta detención correspondía a los momentos en que los buques enemigos se comunicaban en el sitio en que el blindado Independencia había encontrado su tumba: Punta Gruesa.

La pericia y resistencia desesperada con que el comandante Condell sostuvo ese desigual combate, le dio el hermoso triunfo, y coronó con todo éxito la jornada del 21 de mayo.

El Huáscar continuó su ruta al Sur, persiguiendo con tenacidad y furia a la Covadonga, que victoriosa de la Independencia buscaba las aguas de Chile. La persecución parece abandonada, pues el Huáscar toma rumbo al Norte. Nosotros no sabemos dónde estamos e ignoramos lo ocurrido en Punta Gruesa.
El barco se detiene; Grau llega nuevamente a nuestro recinto no tan cordial como antes: la imagen de la Independencia varada lo tiene anonadado. Nos dice que se ve obligado a dejarnos en Iquique, donde no estaremos muy bien, pues tiene que expedicionar al Sur: «Alístense para bajar a los botes». Nosotros estamos listos, ya que no poseemos más que nuestros cuerpos.

Estando en los botes, el teniente Uribe mira a su alrededor en la bahía, y no divisando a la Independencia, pregunta por ella. Un oficial dice: «Luego llegará».

En el trayecto hacia el muelle de Iquique anocheció; desembarcamos en medio de un gran gentío que ocupaba todo el largo del muelle. Como los prisioneros llevábamos uniforme de marineros peruanos, el público no se dio cuenta de lo que ocurría. Sin embargo, casi al término de nuestro trayecto hay un altercado, un tumulto: creyéndolo chileno, han atacado de hecho al oficial peruano que nos acompañaba; creo que fue el teniente Díaz Canseco, quien murió más tarde en la toma del Huáscar. Nosotros instintivamente nos agrupamos y apuramos el paso hasta llegar al edificio de la Aduana, donde estaba el Estado Mayor. Desde ahí hemos oído grandes voces y gritos de la muchedumbre, que sólo en ese instante se imponía que chilenos prisioneros pisaban suelo peruano. Los gritos de: «¡Mueran los chilenos!», resonaron varias veces.

Se nos ha conducido a un grande y elegante salón; llegan algunos jefes, nos saludan y se retiran. Estando yo en un extremo del salón, se me acerca un caballero que tiene aspecto de extranjero, me conversa con nerviosidad de las impresiones del día, me dice que toda la ciudad ha presenciado el combate y que él no puede todavía borrar de su vista el espectáculo de la destrucción a cañonazos de un barco que poco a poco lo ven desmantelarse, perforarse sus costados y desaparecer por último de la superficie del mar: «Nosotros hemos creído, nos dice, que nadie ha podido salvar de semejante catástrofe, y por esta razón no hemos enviado embarcaciones a socorrerlos». Observando que yo no tenía camisa se despidió y al poco rato volvió entregándome un pequeño paquete: era una camisa.

Muy avanzada la noche fuimos conducidos entre dos filas de soldados, a un galpón de zinc que servía de cuartel a la compañía de bomberos «Austriaca». Estamos incomunicados y rodeados de guardias. Nuestras camas son simples jergones; nos acostamos vestidos.

La jornada ha terminado, sólo los oficiales estamos juntos; la marinería prisionera no la volveremos a ver más.

Ahora vamos a experimentar las amarguras y tristezas de los prisioneros de guerra. La Patria la divisamos muy lejos, y nadie podrá saber el fin de nuestra prisión. La suerte de la Covadonga la creíamos igual a la nuestra, y como no había prisioneros, supusimos muertos a todos sus tripulantes.

El día 22 de mayo continuaron las visitas y saludos de los jefes del ejército; entre éstos llega uno de los jefes del batallón peruano Zepita, que dice: «Yo saludo a ustedes, que han sabido defender a su patria, mientras tanto ese infame Moore nos pierde la Independencia». Con semejante noticia quedamos trastornados. Muy pronto sabemos más detalles: la Independencia varada y la Covadonga, aunque averiada, sigue viaje al Sur.

Comprendemos inmediatamente el valor y la importancia de nuestro inmortal 21 de mayo: la mitad de la Escuadra peruana está destruida. Desde este momento quedamos felices y tranquilos; nada nos importa la buena o mala suerte que nos depare el destino.

Sabemos que el sargento Aldea, que había recibido 12 balazos y a quien se le había amputado un brazo en el hospital de la ciudad, había muerto al amanecer del día 22; que el teniente Serrano había muerto el mismo día 21 de mayo a las 3 de la tarde a consecuencia de una herida en el abdomen. Los cadáveres de Prat, de Aldea y de Serrano, fueron recogidos por el Presidente de la Sociedad de Beneficencia Española, señor Eduardo Llanos, quien les dio humilde sepultura en el cementerio de la ciudad.

El día 23 de mayo al amanecer, unos discretos y misteriosos golpecitos en el zinc de uno de los costados de nuestra prisión, nos llama la atención. Por un pequeño espacio abierto se nos introdujo, con mucho sigilo, unos cuantos panes y un tarro de leche condensada. Más tarde supimos que la mano generosa que nos llevaba este primer alimento, ya que nada habíamos comido, era una señora chilena.

Después de medio día llegó a visitarnos el coronel Velarde, jefe del Estado Mayor. En la conversación pudo imponerse que nosotros no recibíamos alimento desde nuestra llegada. Inmediatamente salió, y pocos instantes después se nos servía comida preparada en el Club Social de la ciudad.

A fines del mes de mayo, el general Prado, Presidente del Perú, que visitaba sus tropas, vino a vernos. Penetró a caballo en nuestro galpón, diciendo que por tener reumatismo en un pie no podía desmontarse. Reconoció al guardia marina Wilson, a quien había conocido en Chile. Tal vez como resultado de esta visita, fuimos trasladados algunos días después a una pieza del mismo edificio a donde llegamos la noche del 21.

En los primeros días de junio, el Cónsul inglés en Iquique nos entregó dinero que nuestro gobierno nos enviaba. Con alguna dificultad principiamos a compranos ropa.

Siempre estamos incomunicados y encerrados en una sola pieza. El teniente Uribe ha conseguido algunas novelas inglesas que nos lee en alta voz y con tanta facilidad como si estuvieran en castellano. Éste es nuestro único pasatiempo.

En el transcurso de este mes hemos recibido correspondencia de Chile. Los primeros periódicos chilenos que pudimos leer fueron remitidos ocultamente por el almacén español La Joven América. Era tanta la emoción que nos dominaba, que nadie pudo leerlos en alta voz, pues los sollozos apagaban las palabras.

Hemos recibido la primera visita del jefe del ejército peruano, señor general Buendía. Hombre culto y agradable que trataba de ayudarnos en lo que podía. Nos refirió que en la campaña del año 38 había servido como capitán del regimiento chilenos «Carampangue», a las órdenes del general Bulnes. Entre otras atenciones, recuerdo que nos mandaba por las noches agua resacada de su uso personal, pues la que nosotros bebíamos y la que bebía todo el pueblo, era salobre: La Escuadra Chilena, que bloqueaba el puerto, impedía funcionar la resacadora. También nos visitaba el coronel Velarde, Jefe del Estado Mayor. Este distinguido jefe, viendo una noche que no teníamos ropa de cama, nos mandó frazadas, compradas con su peculio particular.

Entre penalidades y tristezas se va pasando el tiempo. A fines de este mes de junio se recibió una carta y una orden del Presidente Prado para que el guardia marina Wilson fuera trasladado a Arequipa. El joven oficial rehusó la generosa oferta declarando que quería compartir la suerte de sus compañeros y no separarse de ellos.

En la noche del 10 de julio se sintió un fuerte cañoneo en la bahía, y algunos disparos cayeron en la población. Como a las dos de la mañana llegó a nuestra pieza el general Buendía, un tanto agitado. Nos dice que con motivo del cañoneo el pueblo se ha amotinado y pedido nuestras cabezas. Ha sido necesario reforzar la guardia. Nos dice: «La situación de Uds. no es segura he telegrafiado al presidente Prado para que los aleje de esta plaza. No estoy tranquilo pensando que bajo mi mando fuera a atacarse a los prisioneros de guerra. También les declaro que la canalla que me rodea me impide ser generoso con Uds. Me llaman el general chileno, porque vengo a visitarlos».

A fines del mes en curso supimos la llegada del Presidente de Bolivia a Iquique. Habíamos oído toques de diana y marchas militares que resonaban en el campamento peruano. Era el general Daza que revistaba las tropas, compuestas, según decían, de 15.000 hombres.

Se nos anunció que el general vendría a visitarnos; y muy pronto vimos llegar a un militar de aspecto ordinario, cubierto de bordados, de pantalón blanco y botas, grande de cuerpo, colorín, pecoso y rostro manchado, al parecer, por la viruela.

Venía acompañado de numeroso séquito, entre los cuales se encontraba un joven oficial que había sido compañero de Wilson en un colegio en Valparaíso. Daza nos saludó, nos miró con atención y nos preguntó si estábamos bien de salud y cómo se nos trataba; agregando: «Si Uds. hubieran estado en Bolivia, yo los habría tratado muy bien». Al retirarse el General con todo su Estado Mayor, el oficial amigo de Wilson quedó el último, y volviéndose hacía nosotros, dijo sonriendo: «¡No le crean al General, si él los pilla los habría guillotinado!».

Habiendo suspendido el bloqueo del puerto la Escuadra Chilena, se notó gran movimiento en la ciudad; y una noche fuimos despertados de improviso, recibiendo orden de levantarnos y salir de nuestra pieza. Como dormíamos medio vestidos no tardamos en estar listos y ponernos en marcha entre dos filas de soldados, que nos condujeron al muelle y de ahí al transporte de guerra peruano Chalaco. Fuimos recibidos con toda amabilidad por el comandante Reygada, quien nos condujo al elegante salón del vapor y nos dijo: «Aquí estamos entre camaradas, están Uds. en su casa». Después de tres meses era la primera noche que dormíamos entre sábanas.

Y comenzó para nosotros una larga peregrinación. Pasando por el Callao y Lima, trasmontamos la cordillera con un frío glacial y a 5.000 metros de altura y llegamos a Tarma, en plena sierra, pequeña ciudad destinada a servirnos de prisión.

Ahí encontramos al señor coronel don Manuel Bulnes con todos sus oficiales del Regimiento de Carabineros de Yungay, prisioneros del Rimac. A mediados de diciembre se nos da la gran noticia de que ha terminado nuestro largo y triste cautiverio, que hemos sido canjeados por prisioneros del Huáscar, y un tren directo nos conduce al Callao donde nos embarcamos en el vapor Bolívar, que nos condujo a Chile.

Después de tantos años y cuando ya se está en la ancianidad, qué grato es poder decir: Algo he padecido por la Patria...

Cornelio Guzmán
Cirujano 1.º de la Esmeralda en el 21 de mayo de 1879».
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Imagen, fotografía de Cornelio Guzmán, publicada en la revista ZigZag en 1905

Saludos
Jonatan Saona

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