jueves, 21 de mayo de 2015

Relato de Cabrera

El Combate Naval de Iquique por uno de los tripulantes de la Esmeralda
Detalles completos y desconocidos
escrito por Juan Agustín Cabrera
( algunos párrafos del libro)

He oído referir de mil maneras diversas los sucesos que se desarrollaron el 21 de mayo en la rada de Iquique i, los de que posteriormente he sido testigo como prisionero de la “Esmeralda” en esa inolvidable jornada.
He visto asimismo que muchos ignoran en su mayor parte los detalles de esos acontecimientos. Como sobre hechos de tanta importancia no es posible que haya ninguna duda, ni que se dejen propagar erróneas aseveraciones, me he creido obligado a emprender la publicación de una exacta relación de cuanto me conste sobre la gloriosa “Esmeralda”.
De este modo satisfago también las exijencias de varios amigos que me han pedido consigne en algunas hojas mis recuerdos del combate del “21 de Mayo” i de nuestro cautiverio....

Amaneció el 21 de mayo para los tripulantes de ambas naves, como todos los días de aquella pesada i aburrida vida de bloqueo. El aspecto del cielo no ofrecía nada de notable i que pudiera augurar alguna coincidencia con los sucesos de que mas tarde fueron testigos mudos aquella playa i aquel puerto, donde ahora flamea victoriosa la insignia nacional...

A las siete i cuarto próximamente, estaba yo en pié e instantes después subía a la toldilla. “Humo al norte”, fué lo primero que oí. Algunos creían que era la escuadra chilena que volvía. El día anterior el capitán Prat habia dicho a Wilson: “la escuadra volverá pronto victoriosa”. Pero esas primeras ilusiones fueron disipándose cuando se vio que eran dos humos solamente, i por último cuando se reconocieron los buques enemigos.

El comandante Prat mandó a Fernández que hiciera señales a la “Covadonga” preguntándole: “¿Almorzó la gente?”. Contestada afirmativamente esta pregunta, hizo tocar a jenerala i en pocos minutos todos estaban en sus puestos.

Solo yo quedaba sin colocación, me dirijí al comandante i le pedí que me designara algún puesto. Me dió entonces a elegir entre ir a la ambulancia o quedarme a su lado. Esto último acepté: me sentía mejor al aire libre...

Serian como las ocho A.M. cuando la “Covadonga” hizo un disparo con pólvora, que indicaba que buques enemigos se acercaban. Ya de la “Esmeralda” se habían podido reconocer tan inesperados huéspedes i en ambos buques debían latir al mismo impulso todos los corazones.

En cuanto se tuvo la evidencia de que los buques avistados eran enemigos, me dirijí al capitán Prat, i le hablé sobre arreglar un torpedo. En el acto ordenó a Serrano preparar un bote, a Fernandez un tarro de capacidad para mas de setenta libras de polvera, que lleno de ésta, serviría de torpedo, i a mi la pila, alambres i demás útiles para hacerlo estallar. Volvió Serrano como diez minutos después diciendo que era imposible el arreglo del bote por no haberse alcanzado a hacer algunas piezas que el dia antes se había ordenado trabajar con el mismo objeto. Abandonóse entonces la idea de poder defenderse i ofender a un enemigo inmensamente más poderoso que nosotros con este elemento destructor...

La “Covadonga” había hecho rumbo hacia nosotros, i la “Esmeralda” se mantenía sobre la máquina teniendo ya su proa al sur después de haber reconocido al enemigo. Pocos momentos mas tarde pasaba al costado nuestro, i Condell, decía al capitán Prat que el “Huáscar” e “Independencia” eran los buques reconocidos. Este contestó que ya lo sabia i agregó: MANTENERSE A POCO FONDO; USAR PROYECTILES DE ACERO. El comandante Condell con voz fuerte i clara terminó aquel dialogo de titanes con la desde entónces celebre i estereotipada frase “ALL RIGHT”...

La “Covadonga” seguía navegando, i al pasar cerca de nuestra proa, el “Huáscar” rompía sus fuegos, yendo a estallar el primer proyectil entre ambos buques i alcanzando el torbellino de agua que levantó al salpicar la cubierta de nuestras naves.

Eran las 8:40, el combate estaba pues empeñado. El cruento sacrificio iba a comenzar; el primero de los mártires que debía inmolarse, estaba de pié en su puesto de honor...

Así lo comprendió el capitán Prat, i así lo dijo a su tripulación, que escuchó con calma i resuelta la siguiente arenga que le dirijió desde la toldilla de su nave inmediatamente después que el primer proyectil peruano estalló cerca de nuestra proa:
“Muchachos: la contienda es desigual; pero ánimo i valor, hasta el presente ningún buque chileno no ha arriado jamás su bandera. Espero pues, que no sea esta la ocasión de hacerlo. Por mi parte os aseguro que mientras viva tal cosa no sucederá, i después que yo falte quedan mis oficiales, que sabrán cumplir con su deber. ¡¡VIVA CHILE!!

Estas últimas palabras las pronunció sacándose la gorra, i el entusiasmo que produjeron fué indescriptible. La tripulación entera tiraba al aire sus gorras haciendo resonar con la repetición de ese grandioso ¡¡Viva Chile!! Aquella bahía triste i silenciosa poco há.

Como he dicho, el primer proyectil había sido lanzado por el enemigo i era preciso contestar aquel reto. Como la tripulación estaba casi loca vivando a Chile, fué necesario que los oficiales enérjicamente los hiciesen guardar silencio, i que ocuparan tranquilos sus puestos respectivos. Muchos habían quedado con la cabeza descubierta pues sus gorras habían caído al mar al tirarlas al aire.

Un toque se sintió i en seguida el estampido de varios cañones; la voz de “rompa el fuego” había sido dada por el comandante. La “Independencia” por su parte había empezado el combate con un vivo cañoneo que dirijia alternativamente a nuestros buques.

La “Covadonga” había tomado al sur e iba doblando la isla i tan cerca de ella, que a veces creíamos se iba a varar. El “Huáscar” hizo entónces señales a la “Independencia” la siguiera, enfrentándose él  a la “Esmeralda”.

En estos momentos fué cuando Velarde, oficial que hizo las señales a la “Independencia”, recibió varias heridas por balas de nuestros rifleros, i quedó tendido en cubierta hasta que terminó el combate, porque nadie se atrevió a salir de las cuatro i media pulgadas del blindaje...

El “Huáscar” había concretado sus fuegos solo a la “Esmeralda” sin conseguir hacerle otro daño que cortarle un cabo. Pero al fin le dió un balazo en la cámara de oficiales, haciendo en los camarotes algunos estragos i produciendo un incendio. Serian como las diez i media de la mañana...

Miéntras tanto, la “Esmeralda” había llegado a colocarse como a 4 brazas de fondo cerca del muelle del ferrocarril. En esta posición, los proyectiles del “Huáscar” podían causar averías en la población; pero diminuyó sus disparos. 

Como estábamos tan cerca de tierra, algunos cañones colocados próximos al hospital i la tropa apostada en los fosos de la playa, rompieron contra nosotros un nutrido i certero fuego.

Mui pronto se vió correr la sangre jenerosa de muchos tripulantes; pero, lejos de desmayar, mayor era el entusiasmo....

El primer proyectil que nos dieron de tierra, al pegar en el cabillero junto al último cañón de estribor, levantó una nube de astillas que cubrió a todos los de esa pieza i casi cegó al cabo que en ese momento apuntaba. Este empezó a manotadas para sacarse las astillas de la cara i espesa barba que tenia, i volviéndose hácia la popa le dijo al capitán Prat: “No es nada, señor”; i continuó apuntando.

La “Esmeralda” se alejaba, sin embargo, hácia el norte; pero contestando tanto los fuegos del “Huáscar” como los de tierra...

Serían mas de las 11 próximamente cuando el “Huáscar” dirijió su proa hácia la “Esmeralda”. El capitán Prat, al notar esto, sacó del bolsillo de su levita los papeles de importancia que desde el principio del combate habia hecho traer de su cámara, i partiéndoles en vario pedazos los arrojó al mar...

El momento supremo llega i el capitán Prat gobierna a babor, mandando dar toda fuerza a la máquina que en esos momentos funcionaba con dos calderos; el otro se había inutilizado al moverse de su fondeadero. El monitor nos daba el primer espolonazo por el costado de babor.

A pesar de haberlo evitado en lo posible, el choque fué terrible; el buque crujió espantosamente; parecía que no habia quedado un solo madero en su lugar.
Los rifleros redoblaron su empeño i la batería toda de ese costado lanzaba impotente sus proyectiles de acero sobre el monitor. Estos no hacían otra cosa que lijeros rasguños en su coraza de hierro.

Con la velocidad que traía el “Huáscar” dejó por algunos instantes su proa como embutida en el costado de la “Esmeralda”, que medio tumbada, era empujada por el monitor.
El comandante Prat observó que los buques continuaban juntos.

Fué entónces cuando tomó la resolución de abordar al enemigo. Dió una mirada hácia atrás como para ordenar al corneta tocara al abordaje, i no viéndolo, se afirma en la baranda i con toda la fuerza de sus pulmones grita a la tripulación: “AL ABORDAJE MUCHACHOS”. El estruendo de los cañones impide que oiga la tripulación, lo que furiosa cargaba piezas i disparaba sobre el enemigo. Prat comprendió esto i redoblando sus esfuerzos gritó dos veces mas: “AL ABORDAJE MUCHACHOS”. Todo es inútil porque nadie le oye.

Los buques continuaban juntos. Entónces tiene la idea de dar el ejemplo: tal vez podían verlo mejor que oírlo. Se le vé pues con gran ajilidad pasar entre los cabos i járcia i poner el pié sin vacilar sobre la proa del “Huáscar”. El sargento Aldea le seguía.

El monitor se retira i frustra con esto las esperanzas de todos, que lo habrian seguido.
Una vez en la cubierta enemiga, Prat desenvaina su espada i con paso marcial avanza hácia la torre de combate: Aldea era su sombra.  Se le vé todavía mira hácia su derecha tal vez para alentar a los que suponian le siguiesen, i cae en seguida por una bala que lo debió matar instantáneamente al penetrarle en medio de su frente venerada.

Aldea caía tambien cubierto por más de diez balazos que no fueron bastantes para arrancar de aquel cuerpo su alma jenerosa.

Séame permitido ántes de continuar decir algo mas sobre este bravo entre los bravos.

El combate habia empezado, i Aldea, que estaba a la cabeza de la tropa que hacia la guardia de bandera, me dice: “QUE LE PARECE, SEÑOR, COMO NOS HAN DEJADO SOLOS? AQUÍ TENEMOS TODOS QUE MORIR; PERO QUE HACERLE; SOMOS CHILENOS I SI SE NOS LLEGA LO HORA…” Volvió en seguida su vista hácia el palo de mesana, i viendo al corneta, muchacho de diez años a lo mas, que estaba sentado como ocultándose con el palo de las balas enemigas, se va donde él, le da un puntapié i le dice: “COBARDE, ANDA A PARARTE AL LADO DE TU COMANDANTE”.

El pobre muchacho al primer espolonazo se bajó a la cubierta i se puso junto al mismo palo. Ahí una bala le dejó solo el tronco de su cuerpo. Por esto fué que el comandante no lo vió al querer ordenarle tocase al abordaje...

Volvamos al combate.
En pocos instantes la muerte de Prat era conocida de casi todos. Uribe, su segundo, que estaba en proa, corrió a ocupar su puesto: Serrano, Riquelme, Fernandez, Zegers, Sanchez, Wilson, i Hurtado, corren a agruparse al lado de nuevo comandante. Pocas palabras se cambian entre ellos, porque el mismo sentimiento les domina.

Uribe termina aquella corta entrevista, que solo debía tener por objeto comunicarse todos que su ilustre jefe había muerto, diciéndoles: “NOS MANTENDREMOS COMO ESTAMOS”. Llamó en seguida al injeniero Hyatt i le dijo: “TENGA LISTAS LAS VÁLVULAS”. – “ESTÁN LISTAS”– , contestó este.

En esos momentos solemnes Serrano decía: “NO NOS QUEDA OTRA SALVACION QUE EL ABORDAJE”. I corría a proa a apuntar i preparar su jente.

Riquelme con su espada desenvainada repetía anegado en lagrimas: “NUESTRO COMANDANTE HA MUERTO I ES NECESARIO VENGARLO”. I lloraba i gritaba incitando a todos a la venganza. Aquello electrizaba, infundía valor. A todo el que se encontraba a su paso repetía las mismas palabras, que parecían salir de lo más íntimo del alma.

Todos esperaban un segundo espolonazo i se preparaban para el sacrificio. Resueltos a morir, los oficiales se hacian reciprocamente las intimas confidencias de la despedida hasta la eternidad... Las despedidas i las confidencias eran cortas pero conmovedoras, terminando algunas con un efusivo abrazo, para correr enseguida cada cual a su puesto. 

La hora de la segunda prueba se acercaba ya: Uribe, el nuevo comandante, sereno e impasible, estaba ya en el mismo lugar que poco ha ocupaba el inmortal Prat!
El “Huáscar” embiste por segunda vez con su espolón, la maquina de la “Esmeralda” apenas funcionaba, i a lo mas andaria de una i media a dos millas. Uribe manda dar toda fuerza a la máquina i gobierna para evitar el choque perpendicularmente.

Por fin el “Huáscar” llega i su espolón penetra en proa por el costado de estribor. Fué aquel como el primero, un terrible choque. Serrano, que como un león esperaba en el castillo, salta el primero espada i revólver en mano, a la cubierta del “Huáscar”; lo seguirían como catorce hombres. A los pocos pasos una bala le atravesó el estomago; pero él medio hincado i apoyado en su espada gritaba a su gente: “MUCHACHOS, DE ESTA NO LIBRO PERO NO HAI QUE RENDIRSE”. Su gente continúa avanzando i uno a uno van cayendo. Solo dos quedaron con vida pero heridos...

La cubierta de la “Esmeralda” estaba sembrada de cadáveres i restos mutilados. Los artilleros del “Huáscar”, lo mismo que sus rifleros, habían hecho numerosas víctimas en los dos espolonazos que le había dado. El agua derramada de las tinas de combate mezclada con la sangre de los muertos la inundaba tambien por completo. A pesar de tanta destruccion i de los cuadros tan sangrientos que por
do quiera se presentaban a la vista, el entusiasmo no disminuía; por el contrario se convertía en frenesí...

En tanto la “Esmeralda” se iba hundiendo poco a poco por su parte de proa. El “Huáscar” que se había mantenido a alguna distancia desde el segundo espolonazo, se acercaba nuevamente para embestir con su ariete...

El “Huáscar”, casi con toda la fuerza de su máquina, embiste, choca por fin contra su heroica antagonista, que completamente inmóvil, recibe junto al palo mayor por el costado de estribor, un estrepitoso i último espolonazo. La “Esmeralda” se mantiene sin embargo sobre las aguas algunos instantes más.

El enemigo se retira unos pocos metros; descarga su artillería que hace nuevas i numerosas victimas entre los tripulantes de nuestra nave.

Riquelme, después del segundo espolonazo, se había colocado en el último cañón de estribor junto a la toldilla i hacía él mismo de cabo de cañón.

Cuando el “Huáscar”, esta última vez, se preparaba a disparar sobre nuestra agonizante corbeta, un disparo del cañón en que estaba Riquelme agotó talvez el último cartucho que quedaba, pero inmediatamente los disparos del enemigo llevaron a esa parte la desolación i la muerte. Solo se oyó el ¡ai! de los heridos i se vió un hacinamiento de maderos, de heridos i de cadáveres. Riquelme debía estar entre esos sangrientos despejos, herido o muerto, porque despues nadie le vió ya...

El último momento llega. Todos ya habían recibido orden de prepararse para luchar con las olas, nuevo enemigo que se les iba a presentar.

Los oficiales se reunían en la popa i se preparaban rápidamente para esa lucha, cuando el buque se hundió de improviso arrastrando a muchos hasta el fondo del mar. Enredándose ya en las jarcias ya en las brazas i en otros objetos, supremos esfuerzos les costó para salir a la superficie de las aguas. Uno o dos sin embargo se arrojaron al agua en el momento de hundirse el buque, pero bastante trabajo les costó salir por el remolino que se había formado. 

En el momento mismo en que la nave se hundía en las aguas, la tripulación entera lanzó un viva Chile. Las aguas se ajitaron al recibir en su seno tan sagrados despojos i las últimas vibraciones de la voz de esos valientes se acallaron ahogadas por las ondas tumultuosas...

Los pocos que habíamos quedado con vida flotábamos sobre las aguas i nadábamos en dirección a tierra, de la que distabamos 1,700 metros próximamente.

Muchos no sabían nadar, pero felizmente consiguieron tomarse de algún objeto de los muchos que el buque no habia arrastrado consigo. Entónces pudimos reconocernos i contarnos porque eramos mui pocos; no alcanzabamos a cincuenta.

La tripulación de capitán a paje constaba de doscientos hombres i habian perecidos mas de tres cuartas partes.
Cuando recién estábamos en el agua los rifleros peruanos nos hicieron algunos disparos.
El “Huáscar” con su proa al norte se mantenía sobre la máquina a alguna distancia. 

Instintivamente miramos hacia atrás cuando nadábamos a tierra i vimos que la cubierta del “Huáscar” estaba llena de jente i que nos hacían señales con pañuelos para que nadásemos hácia ellos. Nosotros sin embargo nos mantuvimos asidos de coyes i maderos que flotaban, esperando nos fuesen a tomar. Los botes estaban todos averiados por nuestras balas, de manera que por arreglarlos se demoraron algun tiempo en ir a salvarnos.

Permanecimos en el agua como media hora mas o ménos. Cuando subimos a los botes ya algunos estaban fatigados i habrian resistido poco mas.

Un guardia marina peruano, cuyo nombre se me escapa, en el momento de pasar a Zegers la mano para subirlo al bote, le dijo en ese tono que les es peculiar: “Recibid la hospitalidad generosa que el vencedor da al vencido”. Con toda prontitud le fue contestada tan estrafalaria ocurrencia, i a no haber sostenido a Zegers la prudencia, aquello habría tenido un fin desagradable...

Una vez que todos estuvimos embarcados, los botes hicieron rumbo al “Huáscar”, i pocos momentos mas tardes estábamos en su cubierta donde permanecimos miéntras concluian de subir todos los compañeros.
La mayor parte estábamos completamente desnudos. Los que no habian podido desembarazarse de su ropa ántes de sumerjirse, lo hicieron despues para tener mas libertad al nadar. Sin embargo, muchos marineros se pusieron dos trajes para no perder su ropa. 

Una vez que todos estuvimos reunidos, nos hicieron bajar a la cámara de Grau. Aquella entrada fué por demás conmovedora. Los primeros compañeros que llegaron, recibieron con los brazos abiertos i lagrimas en los ojos a los que íbamos entrando enseguida. El ardor de la pelea iba dejando paso a la tranquilidad, i entonces el recuerdo de seres tan queridos para todos, cubrió de luto por completo el corazon de los que habíamos sido testigo del valor i heróico sacrificio.... A esas lágrimas consagradas a la memoria de los héroes se mezclaron i sucedieron los abrazos i felicitaciones de la oficialidad peruana. Todos unánimemente elojiaron i encomiaron en sentidas i bien coordinadas palabras, la heroica conducta de Prat, Serrano i demás que los acompañaron; así como la tenaz resistencia de los que tenian ahí presentes.

Lo primero que hicimos fué preguntar por Serrano, i por Riquelme cuya suerte en esos momentos no conocíamos. Creiamos al principio que pudiera estar con los demás de la tripulación; pero después de ir a buscarlo un oficial peruano, nos convencimos que lo habíamos perdido...

Varias veces solicitamos que se nos dejase ver a Serrano, que según nos dijo estaba vivo aun; pero se nos negó tan justo deseo. El doctor Guzman, que en su carácter quiso tener la satisfacción de asistirlo en sus últimos momentos, obtuvo la misma negativa; i en vez de haberlo complacido lo llevaron para que fuese a ver al teniente Velarde i a un marinero que estaban heridos.

Serrano vivió todavía tres horas, que según el doctor Távara consagró el recuerdo de su simpática i querida esposa i al de toda su familia. No permitió por nada que le diesen ningún narcótico, porque él quería estar hasta su último suspiro en el pleno uso de sus facultades.

Algunos de los oficiales peruanos se habían conocido en mejores tiempos con otro de sus prisioneros. La conversación se redujo entonces a recordar las buenas horas que habían pasado, i a preguntar por varios oficiales chilenos que se encontraban en nuestra escuadra.

Al rato de haber entrado a la cámara, nos hicieron servir un poco de cerveza i de coñac con unas cuantas galletas. Esto nos vino perfectamente porque entramos un poco en calor. El baño que nos habíamos dado i el estado de desnudez en que estábamos hacia algun tiempo, nos tenia dando diente con diente.

Charlábamos amigablemente con la oficialidad peruana cuando llegó el contra-almirante Grau i parándose en la puerta de su cámara hizo un seco i frio saludo a los que estábamos en ella. Preguntó en seguida por el comandante de la “Esmeralda” pero sus oficiales le dijeron que ahí solo estaba Uribe, su segundo, a quien le presentaron.

No recuerdo las palabras que pronunció esa vez, i sí tengo mui presente que todos se dirigieron a encomiar la valiente i resuelta conducta de los tripulantes de la “Esmeralda”. Terminó aquella visita diciéndonos algo en que parecía trataba de consolar nuestra triste condición de náufragos i prisioneros.

No sé a punto fijo cuánto tiempo después de estar a bordo de la nave enemiga se nos presentó el almirante Grau... Nuestra crítica situación de náufragos no le inspiró ninguna compasión. Todas sus manifestaciones se redujeron a meras palabras...

El monitor seguía siempre navegando pero detuvo su marcha cuando ménos lo pensamos. Se sintieron voces en cubierto de echar botes i poco despues embarcar botes. Se oyó tambien el habla de personas que se saludaban.

Nada de esto podíamos esplicar. Solo después hemos podido presumir que en ese momento todos estábamos en Punta Gruesa i que los botes que echaban al agua era para salvar a los rendidos i náufragos de la “Independencia”. El comandante Moore habia sido tomado ahí a bordo del “Huáscar”.

Después de esto el buque se ponia nuevamente en marcha con su mismo rumbo.
Segura, el ayudante de cirujano de la “Esmeralda”, estaba en el camarote de un oficial peruano el que lo había llevado ahí para proporcionarle alguna ropa. Se hallaba vistiendo cuando se le presentó otro oficial, i disimulando la comisión que llevaba, le preguntó cuánto andaba la “Covadonga”. Segura le contestó que no sabia a punto fijo, pero creía que en andar era de 10 a 11 millas por hora.

Después he visto una carta de un oficial de la marina peruana dirijida a un amigo en el Perú en que le habla de estas mismas preguntas hechas al ayudante Segura.

En ella se afirma que creyeron al “Covadonga” de mucho andar i desistieron de perseguirlo. Supusieron que entrada la noche tomaría rumbo norte i que iria a dar aviso a la escuadra chilena de lo ocurrido aquel dia. Con esta creencia, pasó el “Huáscar” toda la noche cruzando frente a Iquique para cortar a la “Covadonga” en su imajinario viaje.

Despues de este incidente, el “Huáscar” cambiaba de rumbo se dirijía hacia el norte.

Hacia mas de tres horas que nos habian sacado del agua i solo dos o tres estábamos medio cubiertos; los demas tiritábamos del frio completamente desnudos.
El espectáculo no les debía desagradar, porque todo se reducía a hablar; que trajeran ropa i la ropa no aparecía. Al fin llegaron con algunos trajes de marineros que nos repartieron i que nos pusimos en el acto....

La noche se acercaba, i estando ya con el burdo traje del marinero que nos debía acompañar hasta fines de junio, entró por segunda i última vez el contra- almirante Grau i nos dijo: “Siento no estar mas con ustedes, pero la clase de espedicion que tengo que hacer en el sur, me impide tenerlos por mas tiempo en mi compañía. Van a quedar bajo la custodia de las autoridades de tierra, aqui en el puerto de Iquique. Pueden ustedes salir”.

Al pararnos notó que todos estábamos descalzos i ordenó se nos trajese de los calamorros de la tripulacion. En unos cuantos segundos estábamos listos para marchar, pues al elejir el calzado solo nos fijamos que entrase el pié.
Subimos a cubierta, donde habia muchos jefes de tierra, i nos condujeron al costado de estribor donde debíamos embarcarnos en un bote que nos desembarcase.

El guardia marina entónces, Vicente Zegers R. al ver a su lado un cadáver sobre cubierta i al pocos pasos de donde pasábamos, se acercó a él i, le descubrió el rostro que le ocultaba la levita que vestía.

Reconoció inmediatamente a su querido comandante Prat.
Su frente mostraba la profunda i ancha herida que seis horas ántes el plomo peruano le hiciera traidora i cobardemente. Su rostro estaba bañado en su propia sangre coagulada ya. Aquel exámen fué rápido; no había tiempo para mas. Uno a uno empezamos a embarcarnos en el mismo bote que conducia en proa un cadáver más. Nosotros íbamos a popa.

Habíamos empezado aquel día entre muertos e íbamos a terminarlo de la misma manera. I como si la magnanimidad de nuestros enemigos nos hubiese permitido acompañar a su última morada los restos queridos de algunos de nuestros compañeros muertos aquel dia, el cadáver que llevábamos delante era el del simpático i esforzado Serrano...

Por lo que respecta al combate, creo, con lo expuesto, haber cumplido la promesa que hice a algunos amigos de escribir algo sobre aquel memorable acontecimiento que con su justa alegría celebramos hoi todos los chilenos.

Juan Ag. Cabrera Gacitúa
Santiago, mayo 21 de 1880
*************
Texto: párrafos del libro "El Combate Naval de Iquique por uno de los tripulantes de la Esmeralda" de Juan Agustín Cabrera

Saludos
Jonatan Saona

1 comentario :

Anónimo dijo...

En ninguna parte del relato aparece lo de "Viva el Perù heneroso"....., lo que demuestra que solo es un mito.

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