viernes, 23 de septiembre de 2011

José Morales A


José Antonio Morales Alpaca

- I -

Patriota esclarecido, apóstol de la ciencia, amigo leal: esa es la trinidad que halló hospedaje durante 48 años, en la vestidura humana que volvió al seno de la tierra el 9 de julio de 1889, después de haber sembrado el bien, y practicado acciones altamente patrióticas, bajo el nombre de José A. Morales Alpaca. 

Como todos los espíritus superiores tuvo para su encarnación el albergue de un hogar virtuoso formado por el matrimonio de don Antonio Morales y la señora María Alpaca, viendo la luz de la existencia del 17 de setiembre del año 1841, en la ciudad de Arequipa.

El niño que descollaba sumiso y obediente entre sus hermanos, pronto sacudió el rocío del vergel paterno, yendo a buscas el vivificante sol de la instrucción en el Colegio de San Francisco de la metrópoli morisca, como llama la ilustre Gorriti a la ciudad de la piedra blanca.

Ese Colegio por los años de 849 y 850 del siglo que corre, recibía calor y aliento del cerebro cultivado de un sacerdote, docto en ciencias y rico en virtudes, llamado el Padre Juan Calienes, a cuyos cuidados fue confiado el nuevo alumno. Reconcentrando mis observaciones, en la vida práctica siempre encuentro confirmada la idea que tengo de que, la educación religiosa de la niñez, ha dado al Perú sus mejores hijos y, entre otros, enumero a Manuel Pardo, Miguel Grau, Ladislao Espinar, Francisco Bolognesi, con su infancia nutrida por la doctrina cristiana, y cuya muerte, si bien cubrió de luto el corazón de la República, también proyectó sobre la Patria la eterna luz de la gloria en los espacios de la inmortalidad. Y de entre ellos, aunque en esfera distinta, veo desfilar también a José A. Morales Alpaca, cuya vida intelectual nació a la sombra de aquellas doctrinas que le dieron la conciencia del deber cumplido, ante todo, y sobre todo, la veneración del honor, el respeto de la palabra empeñada y la dignidad del ciudadano.

Tuve la satisfacción de haber conocido y tratado al doctor Morales Alpaca; y la energía de su carácter me hace pensar que no sería aventurado ni llevaría la tilde de la exageración el asegurar que, llegada la oportunidad, él habría hecho lo que hizo el ínclito Ugarte: asirse del pabellón bicolor, soltar la brida, aplicar las espuelas al corcel y lanzarse al abismo, lleno de fe en el porvenir de su patria.

Pero, no adelantemos los juicios que deben seguir la hilación de este trabajo.

Terminados los estudios preparatorios, debía elegir carrera, y, con la vaporosa intuición, hija del cielo, recorrió el campo de todas las profesiones, fijando su mirada en aquella que, pidiendo mayor caudal de sacrificios, también ofrece mayores ventajas para ejercitar el bien. El lecho del dolor de la humanidad, y el anfiteatro, atrajeron su voluntad para cursar Medicina; y fue esta la que despertó las aficiones del niño y obtuvo los desvelos del joven, hasta 1861, en que la Universidad del G. P. San Agustín le confirió el grado de Bachiller en Medicina y Ciencias, a los 20 años de su edad.

No he de detenerme en valorizar el cúmulo de sacrificios, austeridad y abnegación que el estudio de la ciencia de Galeno impone a los que, con verdadera vocación, se consagran a su aprendizaje, puesto que el respeto universalmente tributado a los médicos, abona la justicia de todo honor que pudiese recopilar aquí para esos abnegados soldados de la ciencia que luchando, día a día, en la escuela con los libros, en el hospital con las dolencias y en el anfiteatro con los despojos de la humanidad, llegan a la meta doctoral sólo para arreciar el combate peleando, brazo a brazo, con la muerte para arrebatarle sus presas. El médico caminando tras el dolor y la miseria material para curarlos, como el sacerdote del alma que enjuga las lágrimas, va también con la sien rodeada por esa aureola blanquecina que es el ideal del espíritu, aunque, no ofreciendo como este, en el altar, el incienso de la purificación, sino la columna del fósforo y la savia de la propia existencia desprendidos del cerebro y mantenidos por una voluntad inquebrantable.

Morales Alpaca abrazó la profesión con verdadero amor, y por esto, en su sed de saber, abandona las playas de la patria y se traslada a Europa, donde el adelanto de la ciencia, merced a los elementos de que allá se dispone y la consiguiente organización de los hospitales, ofrece anchuroso campo de aprendizaje práctico.

Hoy mismo, que la Facultad de Medicina de Lima poco tiene que envidiar a las del viejo continente y nada a las de América del Sur, por la buena enseñanza que da a sus matriculados, la fuente cristalina de la ciencia y la verdad se señala en Europa, y allá se lanzan con avidez todos los que quieren beber de sus caudales y pueden subvenir los crecidos gastos que el viaje impone.


- II -

Llegado a Francia, Morales Alpaca, en 1862, las Universidades de París y Bruselas le abrieron sus puertas y, una vez que tomó asiento, fue el primero por su contracción al estudio y la austeridad de sus costumbres. Encerrado en ese círculo que para el estudiante comprende las salas de los hospitales, las clínicas y los laboratorios de análisis, ajeno al bullicio tentador de las grandes capitales, no tuvo el joven otra compañía que la de sus enfermos, sus profesores y sus libros; así que la borla doctoral no tardó en ceñir su frente.

Se recibió de Médico y Cirujano en 1866, después de brillantísimas pruebas. Este resultado, empero, no dejó colmadas sus ambiciones de gloria.

El amor patrio agitaba su corazón de peruano; quiso buscar renombre y volver al Perú con algún distintivo especial. Con ese propósito se dedicó a la mecánica aplicada a la cirugía, modificando enseguida varios instrumentos de física, lo que le valió distinciones honoríficas de la Academia de Bruselas, el diploma de doctor en ciencias naturales de la célebre «Universidad Católica» de Lowaina (Bélgica) y el título de médico interino de los hospitales de Bruselas, de cuya Universidad era miembro condecorado, así como de la «Sociedad Latino-Americana».

En aquella época, presentó a la Real Academia de Medicina y Cirugía de Bruselas un MEMORIAL modificando el fórceps, que llevó a su mayor perfeccionamiento, obra que los entendidos en la materia conceptúan la más importante en su género, y que hoy figura con el nombre de «Fórceps de Morales Alpaca» en los tratados de Cirugía y Ginecología publicados en Europa.

Poco tiempo después, dio cuenta de la intervención de un nuevo porta-nudo para las operaciones de parto, presentando, respectivamente, dos memoriales sobre la teoría de la supuración y sobre la modificación del aparato de oclusión neumática de Mr. Jules Guerin.

Con tales precedentes, la «Real Sociedad de ciencias médicas» de Amberes, lo hizo con su miembro activo, y la de Bruselas, que he citado, ordenó la publicación de todos los estudios practicados por el doctor Morales Alpaca, celebrando con tal motivo un acuerdo donde las frases honrosas y justicieras enaltecían el nombre del médico peruano que me ocupa.La actividad de su cerebro, en aquel tiempo, es envidiable, pues, lejos de circunscribirse a su sola profesión facultativa, aspira al mayor realce del nombre americano, y funda la «Sociedad Americana» con el objeto de estudiar y publicar en el viejo hemisferio los progresos de este mundo de Colón mal conocido, y peor juzgado, al otro lado del Atlántico.

Difundía estos conocimientos el doctos Morales Alpaca en importante colaboración ofrecida a varios notables periódicos europeos, sin descansar un solo día en la proficua labor que se impuso, cuando la infausta nueva del terremoto ocurrido en el Perú, el 13 de agosto de 1868, conmovió hondamente su corazón filial, obligándole a volver a Arequipa, ciudad que encontró convertida en escombros.

Por una grata coincidencia, llega al hogar materno el 17 de setiembre de 1869, aniversario de su natalicio y, al cruzar los dinteles paternos el hombre que volvía cargado de ciencia y de glorias, tornó a ser el tierno niño que, bañado en lágrimas, estrechaba en sus brazos a la adorada madre y a las tres hermanas, a cuyo amor ha rendido el culto de su corazón, hasta el supremo instante de la muerte.

- III -

Una vez en el Perú, el doctos Morales Alpaca, precedido por los honrosos títulos que abonaron su permanencia en el extranjero, el porvenir era suyo. Pero, acatando como el que más las leyes y ordenanzas de su patria, su primer cuidado fue el de trasladarse a Lima, presentándose a la Facultad de Medicina, ante la cual rindió las pruebas exigidas por el reglamento para obtener la refrendación de sus diplomas; verificado esto, regresó a Arequipa lugar en el que ejerció su profesión y donde el acierto en sus curaciones muy pronto confirmó la fama de que venía acompañado el estudiante de París y de Bruselas.

- IV -

Como llevo dicho, la actividad intelectual del doctor Morales Alpaca, era superior a las aptitudes comunes de un hombre; y por esto, sin abandonar el ejercicio de su noble profesión, consagró también a su país sus servicios civiles.

Elegido Director de la Beneficencia de Arequipa, tomó el cargo con la vehemencia de labor propia de su carácter, manifestando especial interés y verdadera preocupación por la suerte de ese pueblo indigente, siempre explotado por los merodeadores políticos, y se declaró su personero y defensor.

Arequipa a su vez, no desatendió la actitud del joven facultativo y, apreciando sus dotes independientes y progresistas, le otorgó sus poderes para representarlo como Diputado en el Congreso de 1876.

Ingresado al seno de la Representación Nacional, abordó con entereza de carácter la defensa de los derechos del pueblo, sin limitarse a patrocinar los intereses de una localidad dada, sino los de la República en general; y esta actitud le granjeó aun mayores simpatías, ya no sólo en el departamento de Arequipa, sino en todo el territorio nacional, siendo elegido Senador, en 1877; y entonces su palabra defendió con ardor y buen éxito al departamento de la Libertad, con motivo de las gestiones del ferrocarril de Trujillo, defensa que le valió una medalla de oro, que el pueblo agradecido de Trujillo le envió por mano del Magistrado doctor don Pedro José Villaverde.

Más tarde, andando el año de 1886, abrazó con igual calor y sostuvo con brillante resultado la recuperación de los ferrocarriles del Sur -Mollendo, Puno y Cuzco- por el Gobierno nacional. Morales Alpaca ocupaba la curul parlamentaria del Senado, pues que desde el año 76 concurrió como diputado primero, y como senador posteriormente, a todos los congresos peruanos. Clasificó la nacionalidad, porque en el lapso de tiempo corrido desde aquel año, ha habido algunos Congresos cuyo origen dudoso tiene que depurar la historia con mejor derecho que una página de apuntaciones biográficas.

- V -

Corría el año 1879.

Los destinos del Perú señalaron su hora de expiación tremenda. El clarín de la guerra resonó por los ámbitos de la Patria, y esta, amenazada de muerte, llamaba a sus hijos.

Defenderla era un deber sagrado. El eco de la voz del patriotismo repercutió en el corazón de los peruanos y ¿quién ¡vive Dios!, rehuyó el puesto?

Acaso la lobreguez de la noche angustiosa podría señalar sombras en el cielo de la defensa nacional; pero, no escribo la historia de la guerra del Pacífico sino perfiles de la vida del doctor Morales Alpaca, que deja su asiento de Senador y va a buscar un puesto, sea en las ambulancias, sea en las filas del ejército, trasladándose con tal propósito al Sur, donde inicia sus servicios.

Elegido Alcalde Municipal de Arequipa, cargo concejil que acepta con entusiasmo, su labor se multiplica a medida de sus deseos.

Contribuye a la organización de las carpas de sanidad, para asistir a sus hermanos, heridos por la destructora bala y la mortífera metralla del enemigo, piensa en la defensa del hogar y acumula elementos. Y cuando Lima, la sultana del Pacífico, cautiva con las playas sembradas de los cadáveres de sus buenos hijos, gemía bajo el yugo vencedor, la paloma apacible tórnase el león sanguinario y aguerrido.

Calló el corazón magnánimo y habló el coraje del patriota; el brazo del cirujano dejó el bisturí y el escalpelo para tomar el compás del mecánico, y encerrado en las factorías de Arequipa y Mollendo fundió un cañón de bronce, a su costa, y otros de sistema Krup, que combatieron en Huamachuco, contra las fuerzas de Gorostiaga; y Morales Alpaca es el primero en depositar su óbolo de 500 soles para adquirir un blindado, óbolo que fue a la caja donde, en nombre del Almirante Grau, cae la ofrenda de la virgen y el ahorro del jornalero.

Poco tiempo trascurrido, perdidas las esperanzas de la defensa armada, ocupada militarmente la plaza de Arequipa, después de la poco honrosa capitulación de octubre del 83, el doctor Morales Alpaca cuyo corazón sufrió grandemente con la falta de pericia en los directores, emigra a la vecina República de Bolivia, donde su probada competencia facultativa salva a varias personas notables de La Paz.

Allí su entusiasmo no desmaya, pues su ocupación constante se reduce a mejorar la triste condición de su querido país y, aunado con el General don César Canevaro, conserva en la proscripción el fuego del patriotismo, hasta el momento en que el desarrollo de los acontecimientos le ofrece la coyuntura para volver, con el brazo armado en defensa de la causa legítima que servía.

El nombre del doctor Alpaca representa fuerza moral ante el pueblo arequipeño, y contribuyó en mucho al inesperado resultado de la resistencia sostenida por la autoridad, obteniéndose las franquicias de la entrada victoriosa del 20 de agosto del 84, restauradora de la ley, siendo Morales Alpaca investido por el Jefe Superior del Sur con el carácter de Prefecto, del departamento de Arequipa. En ese puesto, más que nunca delicado por los momentos de prueba en que se hallaba la causa constitucional, después del rechazo sufrido el 27 de agosto en las calles de Lima, se desempeñó con una pericia y tacto diplomáticos dignos de encomio; y a la verdad que también se entregó de lleno a la vida del vivac y la campaña, fabricando 14 cañones de a 6 y 12, para atacar a la resistencia encastillada en la capital. Estos cañones formaron el único cuerpo de artillería que, victorioso, ocupó Lima con el General don Andrés A. Cáceres el 2 de diciembre de 1885, fecha en que se restablecieron los fueros de la Carta Constitucional con la Junta de Gobierno presidida por el doctor don Antonio Arenas, siendo el país inmediatamente convocado a elecciones populares.

Morales Alpaca vuelve a ser elegido Senador por el departamento de Arequipa; y, como siempre, despliega su bandera leal a toda legítima causa, rechazando con entereza los proyectos que no llevaban el sello de su profunda convicción en pro del bien nacional.

Con esa lealtad de pensamiento, rechazó y atacó el contrato Grace, no por espíritu de oposición sino porque como peruano, lo conceptuaba oneroso al país.

La instrucción del pueblo y el fomento de las industrias ha sido el ideal de los últimos años del doctor Morales Alpaca, y por eso no debe extrañarnos encontrarlo en las clases nocturnas de la Escuela de Artesanos de Arequipa, dando lecciones; ni la solicitud con que se propuso elaborar Vino de Champagne de la uva de Vítor, pidiendo a Europa envases y útiles que llegaron en los días de su gravedad y muerte; menos el ardiente empeño que manifestó para la creación de un jardín botánico en su ciudad natal, ni la solicitud, sin segundo, que desplegó en favor de la clase pobre, cuando hubo allí amagos del cólera morbus. Entonces redactó y publicó una cartilla higienista que fue distribuida gratuitamente a la gente menesterosa; y presentó ante la Corporación Municipal acuerdos para proveerse de medicinas que llevasen el alivio en las horas de angustia que esperaba a la porción indigente, caso de llegar al Perú el fatídico viajero del Ganges.

Las luchas del periodismo diario tampoco fueron extrañas al doctor Morales Alpaca; pues las columnas de «La Bolsa» registraron extensas colaboraciones patrióticas, momentos antes y después de la clausura impuesta a aquel periódico, por el Jefe de la ocupación chilena.

Perseverante, en cuanto propósito abrigaba, el doctor Morales Alpaca, guiado siempre por miras levantadas del nivel de la vulgaridad, sin ese orgullo de los que mandan ni la vanidad de los que pueden, preparaba asuntos de alta importancia como la nueva ley de Municipalidades para llevarlos con su iniciativa al Senado, cuando la grave dolencia que de tiempo atrás minaba su salud, le obligó a dejar el banco parlamentario para regresar a Arequipa; pues él diagnosticó fatalmente su enfermedad, y quiso morir entre los suyos. 

- VI -

Una vez postrado en el lecho del dolor, la resignación y la fortaleza acompañan al que supo ser fuerte y resignado en la hora de la prueba magna.

Soporta con evangélica mansedumbre todas las penalidades de la dolencia que, como llevo dicho, él mismo la conceptuaba mortal desde sus primeros síntomas.

Creyente sincero, al pensar en el término de la jornada, dirige su mirada al cielo y llama al sacerdote del catolicismo en la tierra.

¡Cuando ve, junto a su lecho, desparramada la alfombra de flores por donde va a cruzar la Majestad de Aquel que es la vida de los muertos, y oye la campanilla que anuncia que es llegado el momento de doblar respetuosamente la rodilla, el cristiano se reconcentra en perdurable beatitud, el siervo adora y recibe a su Señor!...


- VII -

Ha rayado la aurora del 9 de julio de 1889, melancólica y triste para los que quedamos proscritos aún en este valle de lágrimas, y sonrosada y diáfana para quien se va en alas de la eterna esperanza.

El ángel de la muerte señala una fecha, allá en los inconmensurables espacios del infinito; aquí el reloj del tiempo marca las nueve y treinta minutos de la mañana.

El hombre debe pagar su tributo a la Naturaleza.

Los bronces sagrados del campanario de San Francisco vibran elevando una plegaria por el cristiano que agoniza. Por el rostro del moribundo ha resbalado ya la última blanquecina lágrima, y José A. Morales Alpaca se aduerme en la tierra con el sueño del justo, para despertar en el cielo.

Y cuando el doble de muerto anuncia que aquí todo ha concluido; ¡allá comienza todo! [...]

El doctor Morales Alpaca, entrado en los 48 años de su peregrinación mortal, era de estatura regular, de constitución robusta, vivo, franco y atrayente por su trato, como consecuencia de una educación esmerada.

Fue liberal de buena escuela, de la escuela cristiana que respeta los derechos y las creencias ajenas y no doblega la cerviz ante la indignidad plateada con el falso brillo de la hipocresía.

Sus creencias religiosas, cimentadas por propio razonamiento, no sufrieron jamás ese vaivén de los espíritus pobres, que establecen el flujo y reflujo según la mar en que navegan.

En familia, después que sufrió la pérdida de su madre, a quien sea dicho de paso, adoraba, su aspiración principal era la felicidad de sus tres hermanas y una joven sobrina, con quienes formó su nido donde se respira la atmósfera de las satisfacciones que engendra la virtud en consorcio del trabajo.

Juzgando por la pureza de los afectos que allí han vivido, pienso que ese hogar no tendrá consuelo porque sé lo mucho que vale el cariño nacido de la comunidad de sentimientos.

Tal vez servirá de lenitivo al dolor del alma el recuerdo de que la existencia del doctor José A. Morales Alpaca ha sido útil a la humanidad, tanto como fecunda en virtudes y glorias estimadas y reconocidas por el país.

- VIII -

Flores nacidas en el vergel de la justicia y ajenas al espíritu de adulación, ornan la Corona Fúnebre del doctor Morales Alpaca; siendo todas ellas siemprevivas que no se marchitan con el tiempo y que vivirán diciendo al porvenir: somos la expresión del eterno reconocimiento que la sociedad debe a la memoria de un honorable ciudadano, que no cruzó estérilmente, el valle del dolor.
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Texto por Clorinda Matto de Turner, Bocetos al lápiz de Americanos célebres

Saludos
Jonatan Saona

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