en la época de la guerra con los chilenos
I
No es el salvaje ni el forajido de que se habla: es el pobre indio, es el esclavo de una civilización que en nada ha cuidado de tenerle presente.
Necesario es, borrar de la mente de nuestros compatriotas la idea de desprecio, propia solo de los que han odiado á todos los que han sabido pelear por su bandera; idea de desprecio con que se pretende rebajar á los que, en esta segunda independencia, han representado el hermoso papel del llanero de Venezuela y del gaucho argentino, en la memorable guerra contra los españoles.
Aquellos infelices, que por miles han perecido luchando cuerpo á cuerpo, sin otras armas que su rejón; aquellos héroes oscuros de nuestras cordilleras, no son, lo repetimos, ni salvajes ni forajidos; son peruanos que han cumplido con su deber.
Vamos al tipo.
Cuando por primera vez se presentó en la Breña, escribimos estas palabras:
El Perú está de plácemes: ha vuelvo á aparecer el famoso guerrero, símbolo del espíritu indómito y personificador del amor patrio.
El Perú está de plácemes: en el Centro tiene un soldado y ese soldado es el hijo del pueblo, del pueblo que dormía, del pueblo que, aletargado por tantos años de fatigas políticas, que hastiado de luchas interiores "que se defiendan ellos" exclamaba, en la presente guerra, como vengándose del olvido injustificable en que se le tenía.
La Patria está de plácemes: palpita ya su corazón; el puñal enemigo, tocándole en el medio, amenazaba penetrar en él hasta el mango; pero he aquí que ese corazón se estremece y oprimido de cólera, se hace mas duro que el diamante.
La Patria está de plácemes: por la cima de sus montañas cruza veloz el Montonero, aquel rendiano del Perú, ese demonio de los Andes, inesperado como las tempestades, ligero como el viento, impetuoso como el torrente, fujitivo como el relámpago, terrible como el rayo.
No ha averiguado si habrá ó no probabilidades de triunfo, no ha entrado en disertaciones filosóficas, ni en meditaciones políticas, sabe por instinto que los cálculos en amor están demás, y él sabe amar la Patria con aquel amor desinteresado y sincero que es el amor de los amores.
No ha preguntado cuantos son, ni calculado las ventajas de las armas con las que le han de acometer; le importan poco el número y las armas.
Debe pelear y nada más.
Adoptada esta santa resolución, ha salido de caserío en caserío buscando compañeros, que no le ha sido difícil encontrar.
II
Juan Sin Miedo.
Es un cholo, alto de cuerpo, macizo como lloque y de fuerzas hercúleas.
Hasta la época en que dá principio á sus aventuras, ha sido peón, pastor, leñatero ó cultivador de su chacrita.
Un día sale al pueblo y averiguando las novedades, uno de sus amigos da lectura á una carta en la que le dicen lo siguiente:
"En el pueblo de Junín había una custodia célebre por su riqueza. No solo le daban un gran valor el oro y las pedrerías que se habían empleado profusamente en esa obra, con los donativos cuantiosos hechos por su rica comunidad, sino también el artificio primoroso con que fué trabajada.
Era fama, que ninguna custodia de este departamento podía compararse á la de Junín en riqueza.
Los Tenientes de Letelier, luego que ocuparon el Cerro de Pasco, supieron que existía aquella custodia,
lo que bastó para incitar su avidez, y resolver el saqueo del templo de Junín. Con este criminal designio, fué enviado á ese lugar un destacamento con órden terminante de apoderarse de la custodia.
El Gobernador Baldeón que tuvo noticia de la intención de los chilenos, hizo ocultar la custodia en uno de los canales del lago de los Reyes.
El comandante del destacamento luego que llegó á Junín puso preso á Baldeón, sometiéndolo á tortura para que declarase donde había ocultado la codiciada joya. El Gobernador se mantuvo firme y se negó á confesar, exaltando la saña de éstos nuevos vándalos á punto que lo mataron en el tormento, regresando al Cerro á dar cuenta de su comisión."
Juan Sin Miedo escucha tranquilo, manda que le sirvan una copa para tomar con los dos ó tres camaradas, sus vecinos, y después de remojar el paladar:
- Con que así!- exclama, y queda pensativo.
-En qué piensa usted cumpa?-le pregunta uno brindándole otra copa.
-¡Ay! compadre, me ha dado usted pena con la novedad: mejor no hubiera yo venido al pueblo: ¡que nos vengan á robar y matar esos chilenos!.
-Diga usted, pues, compadre.
Y qué se han hecho aquí los hombres?
-Ya lo vé usted.
-Eso no puede ser. Patrona, añade, sirva usted otra copa.
-Usted quiere puntearse, don Juan?...
-Sí, compadre, francamente, como que me está tentando una idea: si hubieran cuatro de mi opinión....
-Y para qué, compadre?
-Para pelear.
-¿Deveras lo dice usted, compadre?
-Nunca me ha conocido usted palangana.
-¿Y me quisiera usted llevar?
- Qué nos lleve á todos - exclaman los demás.
-Convenido, contesta Juan, y vengan esas cinco.
Desde aquel día se hace el jefe de la partida.
Al domingo siguiente tiene á su alrededor cuarenta compañeros, armados como cada cual ha podido y equipados de cualquier modo.
Monta caballo acostumbrado á trepar cerros; cubre su cabeza ancho sombrero de junco, cuyas alas agita el viento; lleva poncho de lana y en la cintura su cuchillo. Bajo la burda camisa oculta el escapulario de Nuestra Señora del Cármen, su devota, porque el montonero es creyente como caballero Cruzado.
Animado por su fé religiosa y su fé patriótica, vuelve al pueblo donde contrajo su promesa y se despide de sus caserías.
Desde aquel día Juan Sin Miedo es el judío errante de los Andes: almuerza en este villorrio, come en aquel pueblo y duerme donde nadie puede imaginarlo.
De loma en loma, de peñasco en peñasco, va como los guanacos de la puna, al frente de su partida, aguardando el momento de batirse.
Aparece silencioso en lo más encumbrado de una montaña, ó se pierde como una lagartija entre las rocas.
Puede decir lo que el Campeador:
"Mis arreos son las armas,
Mi descanso el pelear,
Mi cama las duras peñas,
Mi dormir siempre velar."
Una mañana, envuelto en la neblina, sube hasta lo más alto del monte y ojea los caminos: de pronto, su caballo para las orejas y levanta la cabeza como sorprendiendo algo á la distancia; Juan Sin Miedo dirige la mirada hácia donde la envía su caballo, y después de un momento vuelve bridas y se pierde como una exhalación, quebrada abajo.
-Ay vienen, grita á sus compañeros, que tranquilamente han permanecido chacchando en un barranco.
Los que vienen son los chilenos.
En un abrir y cerrar de ojos, todo el mundo se halla á caballo y formando círculo, aguardan las órdenes del jefe.
-Tú, Pancho, y tú Mañuco, como un rayo, á ponerse en aquella cunga; tú Antonio, con diez hombres sobre aquella piedra parada; tú, Pedro, al frente, en el cerro de Campanario, con otros diez; tú, Luis, arriba, sobre la quebrada prieta con otros ocho; tú, Rasguño, con cuatro, mas allá, en el recodo que hace la piedra colorada; y usted compadre, quédese aquí, dice á un indio avejentado parecido al patriarca de alguna tribu.
Bien, continúa, al primer silvo de la alliguanga, Pancho y Mañuco con su gente comienzan á desgalgar pedrones; al silbido del tordo, José y Rasguño cierran la entrada al callejón y nadie se mueva hasta que no silbe el yucyuc. ¡Ay! del que abandone su puesto.... Muchachos! ¡la Virgen del Carmen nos ampare! ¡Viva el Perú!!
-¡Viva!!-contestan todos entusiastas- y el eco de aquel grito sagrado, repercutiendo de quebrada en quebrada, va á perderse cerca del enemigo.
Los chilenos caminan lentamente, sus avanzadas han recorrido el terreno y no han descubierto sospechas de peligro.
Cruzan laderas y trepan cuestas, bajan por fin á la custodiada encrucijada, y cuando todos se hallan entre cerro y cerro, como en un inmenso atahud, óyese el silbido de la alliguanga y, semejante al trueno que se desata en los espacios, sigue á ese silbido un ronco retumbar: son las galgas, que dando saltos, se descuelgan desde lo alto y ruedan dando botes y empujan como granizada de piedras y rajando desmontes brincan, quiebran y matan, revientan y se estrellan aquí, allá, por todas partes.
- ¡Viva el Perú!! grita Juan Sin Miedo desde la mas alta montaña, y á su grito parece que tiemblan los cerros y que, sacudiéndose como leones enfurecidos arrojan barranco abajo moles inmensas, que, cual si fueran granos de maíz, arrastran en su empuje hileras enteras de soldados chilenos.
Los cañones no pueden vomitar su metralla: las mulas asustadas los arrastran haciéndolos pedazos; el fusil de aguja no puede dirijir sus lejanas y mortíferas punterías, porque nadie sabe donde se oculta el Montonero; el desórden cunde por todas partes; los caballos huyen despavoridos arrojando en profundos despeñaderos á sus jinetes, y la mortandad es terrible.
Juan Sin Miedo, con la gente que ha venido del pueblo se lanza como un galgo por la pendiente y rejonea sin compasión á los que huyen: retumban los montes con el ruido incesante de los pedrones precipitados en los abismos.
¡Viva el Perú! ¡muchachos! grita desde lo alto de la montaña la enfurecida montonera y la matanza sigue hasta que se deja escuchar el silbido de Juan Sin Miedo que indica reunión y alto al fuego.
¡Mas de cien chilenos han sucumbido bajo las galgas de cuarenta valientes!
III
¿Quién cantará las glorias de estos nuevos defensores de otras inmortales Termópilas?
¿Dónde estará el Lord Byron que eternice el recuerdo de esos nuevos corsarios de los Andes?
¡Ah! si en este Perú todos hubieran hecho que los guerrilleros del Centro!....
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Gamarra, Abelardo (El Tunante). "Rasgos de Pluma". Lima, 1899.
Saludos
Jonatan Saona

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