24 de marzo de 2026

Calama por E. Viscarra

Grabado de los defensores de Calama

El combate de Calama por Eufronio Viscarra

Calama, es un villorrio situado en la cordillera de los Andes y cuyos vecinos viven del comercio, que en pequeña escala se hace entre la costa y el sur de Bolivia, al través del desierto de Atacama.

El Loa, río que baja desde la región de las nieves perpetuas, divide el villorrio en dos partes iguales, y como con harta frecuencia sale de madre, sus aguas se esparcen por la llanura dando vida á la vegetación que embellece los alrededores y que sin ser exuberante, contrasta de una manera particular con la desnuda roca de las enhiestas cumbres y la arena movediza de la lejana costa.

El río, al cruzar la vega por un cauce tortuoso, ha formado barrancos y quiebras que dificultan el paso, y dan á sus riberas singular aspereza. Es por esto, que llegando á Calama por el camino de Caracoles, no se puede penetrar al pueblo sino por Topater ó la Huaita, cuyos puentes podían ser cortados con ventaja en un caso dado.

Existen también en los límites de la hondonada en que se encuentra situada la aldea, pequeños oteros que habrían facilitado la defensa si nuestros soldados hubiesen contado con más elementos de combate.

Habiendo llegado el Dr. Ladislao Cabrera, el 18 de febrero á Calama, quiso aprovechar de las ventajas que le ofrecía la topografía de esta localidad para sostener la soberanía de Bolivia en aquellas regiones.

Ya tenía bajo sus órdenes el Dr. Cabrera, la columna que abandonara Caracoles á la aproximación del enemigo. Con el fin de aumentar sus huestes, tomó con marcada premura medidas enérgicas y bien pronto hubo de convencerse de que sus esfuerzos no fueron estériles.

Mandó desde el primer día extraordinarios á muchos lugares de la Provincia pidiendo auxilios de guerra y pudo obtener 17 rifles de la casa Artola Hermanos, y consiguió además que los vecinos de Atacama acudiesen á su llamamiento, no sin dar muestras evidentes de su patriotismo.

Asi mismo, mandó comisionados á Iquique y á Tacna en busca de armas y de pólvora.

No pasó de esto mucho tiempo, cuando las guarniciones de Cobija y de Tocopilla se pusieron también en marcha con rumbo á Calama.

Por desgracia, el Comandante General de Cobija, Belisario Canseco, estando ya muy cerca de Calama, retrocedió por haber visto á los chilenos, y como si la suerte hubiese querido castigar su pusilanimidad, Sotomayor, se apoderó de él en Miscanti, un día después de la sangrienta refriega del 23.

A principios de marzo, había en Calama dos cuerpos mal organizados y cuyo número ascendía á 135 hombres y de los que solo 43 tenían rifles.

Hemos indicado en otra parte, que á la cabeza de ese grupo de valientes se encontraba el Dr. Cabrera quién desde el año 62 en que fuera nombrado Prefecto de Cobija, desempeñó como abogado y como periodista, un papel importante en el litoral de Bolivia.

Figuraba en segundo término, Eduardo Avaroa, natural de Atacama y uno de los vecinos principales de dicha localidad. Cuando Avaroa, tuvo conocimiento de la invasión de Antofagasta corrió presuroso al lugar del peligro. Fué nombrado al comenzar la guerra, miembro de la "Comisión salvadora de Bolivia" y llegando á ser inevitable la lucha, aceptó el comando del cuerpo de rifleros.

Estaban también en Calama dos militares muy conocidos en Bolivia por su reconocido prestigio, los coroneles Severino Zapata y Fidel Lara. El 1o, ejercía las funciones de Prefecto en Cobija, cuando sucedió la ocupación militar de Antofagasta y el 2o desempeñó la Sub-Prefectura de Caracoles hasta el día en que los chilenos se apoderaron de aquél asiento minero.

Podríamos citar, así mismo entre los combatientes á los distinguidos patriotas Gaspar Jurado, Emilio Delgadillo, Miguel Palalo, Juan Salinas, Pablo Sánchez, Ricardo Ugarte, Lizardo Taborga, Valentín Navarro, Manuel Cueto, Narciso Avilés, Pedro Caballero, Juan Patiño, José Días, Froilán Flores Francisco Zúñiga y otros más.

Convencido el comandante en jefe del ejército de Chile, de la actitud resuelta de los defensores de Calama, envió á este pueblo á Ramón Espech, subdelegado sustituto de Caracoles para proponer al Sr. Cabrera la rendición de la fuerza que tenía bajo sus órdenes y dar, en caso necesario, todas las garantías que le fueran pedidas.

El Dr. Cabrera contestó "que no estaba dispuesto a aceptar ni someterse á la intimación que se le hacía, y que cualquiera que sea la superioridad numérica de las fuerzas en cuyo nombre se le intimaba la rendición, defendería hasta el último trance, la integridad del territorio de Bolivia."

En ese mismo día, Cabrera, dirigía á sus soldados la ardorosa proclama que sigue:
"Conciudadanos: os debo una explicación del objeto que ha traído el parlamentario que acabáis de ver regresar al ejército enemigo que ocupa el mineral de Caracoles."

"Ha venido á intimarnos la rendición de la plaza, y la entrega de nuestras armas. Conociendo yo vuestro abnegado patriotismo y vuestro incontrastable valor, he contestado que defenderemos hasta el último trance la integridad del territorio de Bolivia."

"Bien sabéis que Chile, en la guerra que nos hace, no tiene otro recurso que la superioridad numérica de sus fuerzas. Con esa superioridad se apoderó de Antofagasta y Caracoles, y pretende ahora, que ante esa superioridad numérica, entreguemos las armas que hemos empuñado para defender la patria. Que sepa Chile, que los bolivianos no preguntan cuantos son sus enemigos, para aceptar el combate.

"Compañeros.--En cuanto a mí, no acostumbrado á la guerra, es posible que no esté á la altura de vuestra situación. Os conjuro á que me matéis si en los momentos del peligro me vieseis flaquear. Mas, si las balas enemigas caen sobre mí, tendréis una doble obligación: defender la patria y vengar la sangre de vuestro jefe y amigo.
Ladislao Cabrera."

Conocida en Antofagasta tan enérgica contestación, el coronel Sotomayor emprendió acelerada marcha á Caracoles para dirigirse de allí á Calama y pudo convencerse fácilmente de que la misma resolución tomada un mes antes, habría sido mucho más eficaz porque hubiera evitado la reunión de los bolivianos dispersos, á consecuencia de la toma de Antofagasta, haciendo por tanto imposible la resistencia. Dice á este propósito el historiador Vicuña Mackenna: “De todas suertes, había sido vituperable imprudencia no limpiar, desde la primera jornada de la ocupación, la línea del Loa y del Atacama, desde San Pedro á Tocopilla, ocupando todos aquellos puntos abundantes en forrages que eran el resguardo de nuestras improvisadas posiciones del despoblado. Y á la verdad que si Daza no hubiera sido un poltrón tan desidioso como fantástico, habría tenido el tiempo suficiente para desprender sobre aquellos parajes columnas ó simples grupos armados que hubieran hecho mucho más séria y dolorosa la jornada tardía de Calama."

Ochocientos hombres mandados por el comandante Eleuterio Ramírez y por los capitanes Juan José San Martín, Eulogio Villarreal y Pablo Urizar salieron de Caracoles, el 21 de marzo, con dirección á Calama. De esta población á Caracoles hay 27 leguas y el camino ofrece sérios inconvenientes, tanto por la arena que dificulta sobremanera el viaje, como por la configuración del terreno que en partes es irregular y accidentado. Por esta circunstancia, la marcha fue lenta y embarazosa.

El primer día llegó la división chilena à la Aguada de la Providencia; es decir a las 5 leguas del punto de partida.

El 22 atravesó la sierra del Limón Verde que está á la altura de mil metros sobre el nivel del mar; y nó sin sufrir bastante en sus desfiladeros, llegó á las diez de la noche del mismo día, á un lugar próximo á Calama donde descansó cuatro horas.

A las dos de la mañana del 23, dejó el campo ya los primeros vislumbres de la aurora, vió dibujarse, entre los arbustos que la circundan, la aldea de Calama y que la penumbra hacía apenas visible en aquella hora.

Como notaran los bolivianos la aproximación del enemigo, se prepararon para la lucha con indecible entusiasmo: "En homenaje á la justicia, decía el señor Cabrera en el oficio que con motivo de esta refriega dirigió al Ministro de la Guerra, declaro que en esos solemnes momentos, no ví palidecer á ninguno de los que se hallaban en el campamento. Más parecía que se preparaban á un festín que á un terrible combate en que iban á correr torrentes de sangre. Si alguien hubiera proferido la idea de la retirada á la vista de la superioridad numérica tan excesiva, habría sido despedazado. Los 135 defensores de la plaza, que muy luego talvez iban á convertirse en mártires de su patriotismo y de su abnegación, esperaban mis últimas órdenes con impaciencia febril."

A las 8 a. m. comenzó la acción.

Sotomayor, destacó dos cuerpos de caballería sobre el enemigo, y como quiera que el ataque se dirigiese al puente de Topater cortado por los bolivianos, Cabrera, dió al coronel Fidel Lara, la consigna de no abandonar el punto amenazado y le envió además un refuerzo de doce rifleros al mando de Eduardo Avaroa. En esto se notó que una columna enemiga intentaba apoderarse del puente Carbajal destruido también como el anterior. Cabrera, cuya actividad crecía con el peligro, corrió á Topater, y separando del destacamento de Lara algunos rifleros, acudió con presteza al lugar donde el enemigo se dirigía. El teniente coronel Emilio Delgadillo se encargó de defender esa posición y hubo de llenar su cometido con singular maestría. Colocó los 24 hombres que había llevado consigo, en un sitio rodeado de tapias y aprovechando del error que acababa de cometer el jefe chileno, de enviar columnas de caballería contra enemigos parapetados y dispuestos a obtener el provecho posible de las ventajas que ofrecía la localidad, consiguió matar à muchos chilenos que yá habían franqueado el río por esa parte, y se apoderó de diez rifles que aquellos dejaron en su precipitada retirada.

Mientras tanto, en el vado de Topater, tenían lugar escenas de mayor importancia.

Avaroa, oculto en la espesura, aguardó al alférez Quesada que con 30 cazadores de á caballo y una compañía del 2o de línea, intentó penetrar á la aldea por ese punto, y dirigió sobre él una andanada tan certera, que los chilenos hubieron de retroceder en completo desorden.

Aprovechó Avaroa del feliz éxito que alcanzara su valor en este primer encuentro para tomar la ofensiva. Sin pérdida de tiempo, hizo colocar una viga sobre el río y pasó por ella con los doce rifleros que lo acompañaban y quienes abundando como su jefe en serenidad y entusiasmo, obedecieron la consigna con marcada alegría. El atrevido movimiento de Avaroa fué imitado por el 3er jefe de rifleros, Juan Patiño, que atravesó también el río por un lugar que está al norte de Topater.

Ante la actitud heróica de los defensores de Calama, Sotomayor, creyó necesario obrar con más actividad y bajo este convencimiento mandó refuerzos al capitán Vargas, que con dificultad se sostenía en el vado de Carvajal, y destacó toda su infantería hacia Topater donde doce valientes habían rechazado más de una vez al enemigo. Desde ese momento, la lucha se hizo mucho más reñida. La artillería hacia estragos en las filas de los bolivianos y el humo envolvía la pequeña población.

A las diez y media seguía la lucha, y justo es hacer notar que en esos instantes, no se sabía que admirar más, si el inmenso aparato de guerra desplegado por el jefe chileno para combatir una fuerza de cien hombres, ó el imponderable valor de los bolivianos que en ese día de gloriosa derrota, supieron defender la patria y sus sagrados fueros.

Avaroa, firme en su puesto, peleó con asombroso heroísmo hasta el instante en que fué gravemente herido en la garganta. Es fama que aun después de este suceso, siguió todavía luchando, pero, como la sangre que arrojara por la herida había agotado sus fuerzas, se apoyó á una pared y tranquilo esperó allí á sus agresores sin poder ya defender el puesto que ocupaba. En esto, aparecieron los chilenos y adelantándose hacia el moribundo le exigieron que se rindiese. Entonces, Avaroa, venciendo á la muerte cuyas sombras flotaban yá ante sus ojos apagados, hizo mil esfuerzos sobrehumanos para levantarse, llevó la mano al rifle que tenía á su lado y no pudiendo hacer fuego, retó al aleve enemigo que jamás arrancaría de sus labios palabras de humillación. Oyóse en seguida una descarga de rifles y en ese mismo instante, Avaroa, ese espíritu generoso y fuerte, caía muerto entre el humo de la pólvora.

No en todos los países del mundo sé venera al indefenso cuando las pasiones que engendran la guerra llegan á su paroxismo; pero, el moribundo es respetado hasta en las tribus. Reservado estaba á los chilenos que tomaron parte en la jornada cuyas tristes escenas venimos rememorando, olvidar esta práctica que no es extraña ni á los habitantes de la Araucanía.

Muerto Avaroa, el comandante chileno Ramírez, se apoderó de Topater sin embargo de que el coronel Fidel Lara, siguió defendiéndolo con tenacidad.

El mismo comandante á quién nos hemos referido voló en auxilio del capitán Vargas cuya situación era por demás difícil en el vado de Carvajal ó La Huaita.

Con los refuerzos que recibiera, Vargas, avivó el fuego y consiguió también arrollar á los bolivianos.

En consecuencia, la división chilena, se apoderó del pueblo, retirándose el Dr. Cabrera por el camino que conduce à Chiuchiu con los pocos dispersos que pudo encontrar.

Murieron 16 bolivianos en este desigual combate y fueron hechos prisioneros treinta, entre los que podríamos nombrar al sargento mayor Juan Patiño, á los capitanes Francisco Zúñiga y José Días y á los tenientes Nicanor Aramayo y Horacio Lara.

Por lo que hace á las pérdidas que tuvo el enemigo, el Sr. Cabrera, en los oficios que de Canchas Blancas y de Potosí dirigió al Ministro de la Guerra, hace subir el número de muertos á ciento diez y ocho. Esta enorme cifra, revela por si sola que hubo exajeración en los informes que recogió el señor Cabrera para escribir la relación del combate del 23. Lo cierto es que en la aludida jornada, los chilenos no perdieron sinó 20 hombres entre muertos y heridos.

El mismo día de la victoria, el coronel Sotomayor, nombró Gobernador de Calama á Eleuterio Ramírez y destacó, aunque infructuosamente algunas columnas de su ejército en persecución de los vencidos.

En esos días, tuvo lugar también la ocupación de Cobija y de Tocopilla. De esta suerte, toda la costa boliviana quedó sometida al invasor.

El combate de Calama, produjo honda impresión donde quiera que llegó la noticia, y las hazañas de Avaroa y de sus compañeros de martirio, despertaron vivo interés en propios y extraños.

Refiriéndose al defensor de Topater, el corresponsal de "El Mercurio" de Valparaíso escribía a bordo del Blanco Encalada lo siguiente: «Eduardo Avaroa, segundo jefe de rifleros, murió como un héroe. Herido en siete partes, no quizo rendirse, y siguió haciendo fuego con su carabina. Era un jóven inteligente y valeroso, y su nombre debe ser saludado con respeto por todo hombre de honor. Murió aferrado á su arma y apuntando al enemigo. Había disparado más de cien tiros y no quizo retirarse de su puesto ni aun cuando los chilenos habían ya salvado las trincheras. Era todo un hombre."

En Bolivia, la impresión fue mayor. Se encomió con frenesi á todos los que tomaron parte en los sucesos de Calama y por mucho tiempo se recordó la defensa del puente de Topater, el valor con que Avaroa supo mantenerse en su puesto, las torturas del héroe, su agonía y su muerte.

Un escritor de Sucre, en un artículo que leyó en la sociedad literaria de aquella ciudad, decía parodiando las palabras que escribió Víctor Hugo para ensalzar á Cambrone: «El vencedor de Calama, no fué Sotomayor, que espectaba el combate desde su coche, aunque su caballo pareció herido en la anca atestiguando el valor del ginete; no fueron las tropas chilenas que solo acudieron á recoger botín como los cuervos hambrientos que se ceban en los cadáveres; el vencedor de Calama fué Avaroa.»

Muchas de esas alabanzas, pueden ser tachadas de hiperbólicas, porque es imposible escribir con ánimo tranquilo en momentos en que los hechos se consuman; pero la verdad neta y que se desprende de los mismos acontecimientos es que los defensores de Calama llenaron su deber sin arredrarse ante el sacrificio y que la función de armas del 23 de marzo de 1879, hizo comprender al enemigo que antes de sentar pacíficamente sus reales en el territorio que acababa de usurpar á Bolivia, tenía que hacer todavía grandes y dolorosos esfuerzos.


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Viscarra, Eufronio. "Estudio Histórico de la Guerra del Pacífico". Cochabamba, 1889.
Imagen: Grabado generado con IA basado en una fotografía.

Saludos
Jonatan Saona

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