[Histórico]
Para La Bolsa.
La división había acampado al caer la noche. Uno de los cuerpos, el batallón Piérola N° 9, ocupó una lomada inmediata al camino. Al principio, sorprendiéronse los soldados al tropezar con algunos maderos, que luego reconocieron ser cruces: iban á pernoctar en el campo santo de Yojo, caserío distante trescientos metros; pero como aquella pobre gente estaba abrumada de cansancio, salvo algún comentario humorista, nadie dió importancia á la casualidad desagradable de haber elegido un cementerio para pasar la noche.
Ocurría esto a mediados de Enero de 1881. La división que salió de Arequipa en Diciembre, con el propósito de ocupar Tacna si el éxito de la batalla que se aguardaba en Lima era favorable, había sido sorprendida en Carumas con la noticia del desastre y regresaba precipitadamente.
Aquellos pobres soldados llevaban, pues, varios días de marchas forzadas por un camino árido, lleno de pasos peligrosos, con cuestas casi inaccesibles y desfiladeros tan estrechos, que era preciso ir de uno en fondo, viendo siempre los precipicios de aquel país destrozado por las sacudidas volcánicas.
Al hacer alto aquella noche, la división estaba rendida. Uníanse a la fatiga de las marchas violentas, el tormento del hambre, la desolación del paisaje, el regreso sin lucha y la noticia abrumadora y terrible. Desvanecida la esperanza del triunfo, tenia la inútil campaña algo de la angustia difusa de un mal sueño.
___
La noche tranquila se extendía con soberana magestad en aquellas soledades. El viento de la costa había barrido las nubes y aparecía el cielo raso, deslumbrante de estrellas. En derredor, dilatábanse interminablemente las lomadas obscuras, destacándose a lo lejos sus perfiles intensamente negros sobre el fondo del cielo estrellado.
El campamento dormia. Los soldados, envueltos en sus mantas, yacían en el suelo, tendidos en hilera al pié de los pabellones. Las bayonetas de los rifles, entrecruzadas, brillaban a la claridad de las estrellas. Aquí y allá se dibujaban, como fantasmas sombríos, las siluetas de los centinelas que hacían la guardia. El oficial rebullíase de rato en rato dentro de su capote de campaña; daba la orden de pasar la voz, y el grito de los centinelas recorría el cuadro repercutido por el eco en el silencio nocturno.
El oficial, atento siempre a la consigna, notó de pronto q' el soldado q' llevaba el N°. 3, daba la voz dificultosamente y con timbre extraño; púsose á observar, y convencido de su sospecha, se levantó, fué hacia el centinela, encendió un fósforo y, al acercárselo a la cara, quedó súbitamente sorprendido. Tenía delante una mujer, una vieja de raza indígena, envuelta en una frazada y que apenas podía sostener el rifle.
Preguntóle vivamente: "¿Quién eres tú?" —La mujer no respondió de pronto; pero repetida la pregunta con imperio, toda atemorizada, balbuceó en quechua algunas palabras ininteligibles. El oficial no sabía la lengua indígena; llamó al cabo de guardia y lo interpeló severamente. El cabo dijo que no se había enterado y trató de excusarse; habló luego en quechua con la vieja y la explicación fué breve: la mujer aquella, era de un pueblo de la serranía; no tenía en el mundo á nadie más que á su nieto, un muchacho de 16 años; un día vino la recluta y se lo llevaron; ella salió con él y, desde entonces, seguía al ejército. Hablaba la vieja llorando, con frases entrecortadas, y dirigiéndose al oficial, gesticulaba rogándole algo que el oficial no entendía. El cabo tradujo que pedía que perdonaran á su nieto; que él, el muchacho, no tenía la culpa; que había caído rendido de cansancio y que ella lo reemplazaba y vigilaba mejor. Cesó de hablar, y trémula, con la cabeza agachada, seguía llorando silenciosamente.
Después de una breve pausa, el oficial mandó relevar al número 3. La vieja, toda medrosa, fué a acurrucarse al lado de su nieto sin hacer ruido, por temor de despertarle. El oficial se pasó la mano por los ojos y el cabo volvió á su puesto diciéndose para su capote: "Esto nos pasa por dormir en un panteón... Seguro que es bruja esa vieja".
J. M. POLAR.
**********
La Bolsa. Año L, N° 10928. Arequipa, domingo 8 de mayo de 1910.
Saludos
Jonatan Saona

No hay comentarios.:
Publicar un comentario