domingo, 20 de mayo de 2018

Prat según de la Barra

ARTURO PRAT.
(Biografía escrita para el Boletín de la Guerra).

I.
Hai hombres de grande alma que surjen repentinamente atrayendo sobre si las miradas i la admiración del mundo, i, al mismo tiempo que conquistan la inmortalidad para su nombre, honran a su patria, i enaltecen la causa que sustentan.

Uno de estos héroes de inmortal renombre es Arturo Prat, destinado a figurar en primera línea entre los mas famosos marinos de la tierra i entre los grandes mártires del deber que iluminan con sus acciones la historia de la humanidad.

Su vida entera viene a reconcentrarse en el día para siempre memorable cuando sucumbió combatiendo por su patria sobre la cubierta del buque enemigo, qué tan grande fué el resplandor que despidió al caer!


No obstante, su vida modesta i pura consagrada por completo al estudio i al cumplimiento severo del deber, es el antecedente preciso i como la preparación indispensable de su glorioso fin. Los que tuvimos la honra de estrechar la mano del héroe i poseer su afecto bien conocemos cuánto su noble i gallarda conducta en el combate fué la consecuencia lójica de su conducta durante el curso ordinario de su vida.

Prat en todos los momentos i situaciones de su existencia, es digno de la gloria que supo conquistarse.

Nadie calcula el caudal de aguas que arrastra el Niágara hasta no verlo desatarse de súbito en portentosa catarata que se hunde atronadora en el abismo, mientras el iris perpetuo corona su frente. Nadie adivina la rapidez con que el meteoro cruza el espacio, mientras no llega el momento cuando encendiéndose en viva llama, ilumina los cielos para anunciarse a la tierra asombrada.

Ese río de manso rodar, pero profundo i caudaloso; ese astro errante que avanza invisible i sin descanso, son el emblema de la vida del héroe, apenas perceptible para los que no pusieron la mano sobre su noble corazón, i llena de sublime grandeza i de súbita iluminación al hundirse en el Pacífico, alzando hasta los cielos el tricolor de la República.

II.
Arturo Prat nació el día 3 de abril de 1848 en la hacienda de Bellavista de la provincia de Concepción. Otros señalan esa misma localidad con el nombre de San Agustín de Puñual.

Su cuna se meció pues, a la sombra de los árboles seculares que crecen entre el Itata i el Biobio, donde en otro tiempo acamparon las tribus araucanas de indómito valor. Nació al mundo respirando el aire sano de los campos, al pié de los Andes jigantescos, i en brazos de una familia noble i honra da que supo inspirarle sentimientos tan puros como aquellos aires, tan elevados como aquellas montañas, tan patrióticos como los que impelían a aquellas tribus heroicas, admiración de los siglos. 

Su familia batida por la desgracia, crisol de las almas fuertes, abandonó las rejiones del sur para establecerse en Santiago. Quince meses tenia entonces el futuro marino cuando por vez primera lo mecieron cariñosas las aguas del Pacifico, don Agustín Prat, su padre, hombre austero, de vida pura i alma bien templada, se vio reducido a la inacción por un ataque de parálisis, esa muerte anticipada del cuerpo que concentra la vida i vigoriza el espíritu. Era digno de preparar al héroe para las luchas de la vida. Su madre completaba aquella primera educación, honda i decisiva, impregnando su corazón de amor, i enseñándole junto con las primeras letras sus primeros deberes. Ella misma, antes que Arturo cumpliera sus 9 años de edad, lo condujo de la mano hasta las puertas de la Escuela Superior de Santiago, rejentada por el hábil profesor don José Bernardo Suarez. Allí el niño, como lo cuenta su maestro en una pájina palpitante, pronto se abrió camino i descolló entre sus compañeros, distinguiéndose por su viveza, su intelijencia, su feliz memoria i su conducta sin tacha.

El 28 de agosto de 1858 se incorporaba a la Escuela Naval, junto con Luis Uribe, su segundo en la Esmeralda. Acabamos de ver un daguerreotipo de la época, que muestra a los dos cadetes unidos desde la escuela, Prat a la derecha, Uribe a la izquierda. Misteriosa coincidencia!..

III.
Tranquilos se deslizaron los primeros años del joven marino, dedicados al estudio. A fines de 1859 se le embarcó en el vapor Independencia, i comenzó a familiarizarse con el océano. El 21 de julio de 1864 era guardia-marina examinado. La captura de la Covadonga le valió el grado de teniente 2° que le fué concedido tres días después de aquel memorable hecho de armas, el 29 de noviembre de 1865.

De estos detalles dejaremos que hable con su acostumbrado laconismo la hoja de servicios del Comandante Prat, mientras llega el momento de ocuparnos de él en mas largo i meditado trabajo, que dé a conocer al hombre en toda su belleza moral. Por ahora nos limitaremos a lijeros, apuntes i a diseñar al héroe a grandes rasgos, presentándole en algunas circunstancias notables de su vida pública.

Mas tarde acaso nos atrevamos a alzar en parte el púdico velo de un hogar ayer feliz, bendecido por el amor, i hoi vestido de luto i cubierto de tanta gloria! Cuando se penetre en aquel santuario; cuando se vea a la digna compañera del héroe, brillante de juventud, ayer tan feliz i hoi con el corazón desgarrado; cuando se acaricie a los tiernos huérfanos que no comprenden por qué se llora, ah! entonces se palpará mejor la estensión del sacrificio del heroico joven que tuvo las previsiones terribles de la muerte, i apretándose el corazón, besó por última vez a sus hijos, i voló a entregar su vida por la patria.

Ah! apartemos la vista de eso que daña, como las grandes luces que deslumbran i ciegan, i, finjiéndolo aun vivo, sigámoslo a través de los estudios, viajes i comisiones que emplearon la actividad de su existencia.

IV.
Prat siempre mereció la estimación de sus jefes. Notable por su carácter i la solidez ¡de sus estudios, no tardó en llamársele al profesorado en la Escuela Naval establecida a bordo de la Esmeralda, de la que llegó a ser sub-director; desempeñó sucesivamente las clases de Ordenanza, Táctica, Maniobras marineras i Construcción naval.

Durante su primera estación en Magallanes concibió el proyecto de alcanzar el título de abogado. La cuestión no era sencilla en aquella época de severidad escolar. Tendría forzosamente que rendir desde el primer examen de humanidades hasta el último de derecho; habría de estudiar él solo todo el derecho, sin tener abordo ni con quien consultarse; tendría que atender a sus pesadas obligaciones, i que vencer mil dificultades para rendir a tiempo sus exámenes. Nada lo arredró: dio sus exámenes con lucimiento granjeándose el aprecio de sus examinadores. Sus últimas pruebas sobre todo, llamaron la atención i le valieron felicitaciones que en tales casos mui rara vez se obtienen. Comenzó sus estudios en 1870 i los terminó seis años mas tarde, siendo de notar que Prat es el único marino de la escuadra chilena que haya obtenido el título de abogado.

De él quedan algunos trabajos, entre los que recordaremos su brillante defensa del teniente Uribe; i las palabras que pronunció al cerrarse las tumbas de dos ilustres marinos de nuestra armada, Blanco i Simpson.

La Escuela Franklin de Valparaíso, asociación libre de jóvenes que se reúnen para instruir a los obreros, lo recuerda con orgullo entre sus profesores. El, allí iniciaba al pueblo en las verdades de la ciencia desplegando a sus ojos atónitos las maravillas de la creación. Siempre severo consigo mismo i bondadoso i afable con los demás, se granjeó las simpatías de cuantos lo conocieron. Leal, pundonoroso, modesto en estremo i reservado, sirvió a cuantos pudo, i jamas ofendió a nadie. Era tal el temple de su carácter i la limpieza de su alma, trasparentada en sus hermosos ojos profundos i de estraordinario brillo, que, a primera vista inspiraba respeto i cariño. Su trato era afable i suave, i aunque mui sensible a todo lo que era grande i jeneroso, no manifestaba entusiasmo; como no se inmutaba delante ningún peligro, ni de ninguna desgracia ocurrida en el servicio. Durante una salva un artillero cayó horriblemente mutilado a sus pies por un saquete de pólvora que reventó. Él ni se movió de su puesto, dio las órdenes convenientes, i la salva continuó sin ninguna interrupción. I sin embargo, ese mismo hombre se arrojaba vestido al agua sin saber nadar, para salvar a un grumete. En el combate siempre se le vio tan sereno e inmutable como en un ejercicio.

No se concibe ni la mas leve sombra siquiera en aquella vida clara i trasparente, ni la mas leve debilidad en aquel corazón nobilísimo formado para el amor i robustecido por el sentimiento del deber.

No ha sido el deseo de renombre lo que lo llevó al sublime sacrificio. Nó; ha cumplido fríamente con su deber, como él lo concebía, i, aunque hubiera peleado para permanecer en la oscuridad se habría portado de la misma manera.

Sereno, reservado, intelijente, ilustrado, sagaz i observador era el hombre llamado a desempeñar con acierto la comisión especial que le confió el Gobierno a mediados de 1878, cuando nubes de tormenta se amontonaban en el Plata.

Al estallar la guerra a que nos ha provocado la perfidia del Perú, se nombró a Prat secretario consultor del asesor de la Escuadra don R. Sotomayor. Pero, ese papel un tanto pasivo, no cuadraba a sus aspiraciones. Se sentía avergonzado de no estar en campaña en su puesto de combate, i dejó el uniforme, hasta que en abril se le confió el mando de la goleta Covadonga. El la alistó a toda prisa i la tripuló cuidadosamente con magnífica jente de mar, como lo han probado.

En las aguas de Iquique don Juan Williams le entregó la gloriosa Esmeralda. Allí se encontró rodeado de magnánimos corazones, i de hombres acostumbrados a amarlo i respetarlo desde la escuela, como el heroico Serrano, fiel hasta la muerte, que cayó a su lado al pié de la torre del Huáscar.

La fama contará a don Juan Williams como cumplió su encargo el comandante Prat.

V.
Sequemos una lágrima de admiración i de orgullo, i de tengámonos a narrar los episodios que ligan el nombre de Arturo Prat al de la vieja corbeta, hundida con el tricolor al tope. 

A mediados de 1861, recién nombrado guardia marina sin examen se embarcó Prat por primera vez en la Esmeralda, nodriza cariñosa que lo mecía al arrullo de las olas i testigo en tres solemnes ocasiones del arrojo i valentía de aquel niño sublime.

Chile vivía consagrado a las tareas de la paz, olvidando por completo que la guerra suele asolar al mundo. Para guardar su estensa costa no poseía mas buque de guerra que la corbeta Esmeralda, nombre glorioso en la historia de nuestra marina, pero nave de pobres condiciones, destinada a sustentar nuestro pabellón.

Un día la aparición de la escuadra española en son de guerra contra el Perú, conmovió a Chile. El país sin vacilar se puso de pié, i, aunque desarmado, abrazó la causa de la república hermana contra sus antiguos dominadores. Acto tan jeneroso debía costarle mui caro, no tanto por que provocara la saña de una fuerte potencia, no tanto por la sangre i el oro que derramaría en ancha vena, cuanto por el acto pérfido con que iba a pagársele su gallarda hidalguía.

Al primer grito de la guerra la corbeta se estremeció orgullosa como el caballo de batalla al eco del clarín. El 18 de setiembre de 1865, dejaba su fondeadero i al grito de ¡Viva Chile! cruzaba entre las naves de España, i se perdía en el horizonte como una blanca gaviota razando la superficie del océano. Se alejaba llevando las bendiciones i las esperanzas de Chile.

Nadie sabia el paradero de la Esmeralda hasta que el 26 de noviembre de aquel año, surjió de entre las aguas del Papudo, para arrojarse con increíble audacia sobre la goleta española Covadonga, i, a la vista casi de la escuadra enemiga, la rendía i la tomaba.

Allí recibió el guardia-marina Prat el bautismo del fuego, con la misma serenidad con que asistía a los ejercicios, i, aquella acción de guerra que desesperó al almirante Pareja hasta el suicidio, le valió el grado de teniente 2.°

Pasó a la Covadonga desde el momento de su rendición, a las órdenes del bizarro Thompson, i en esa graciosa golondrina española, destinada a rendir mas tarde a un poderoso blindado, se batió con denuedo en las aguas de Abtao, el 7 de febrero de 1866.

En Abtao mandó en jefe el comandante Villar de la marina peruana, por ausencia de don Juan Williams. La pequeña Covadonga fué el único buque que salió al encuentro de las fragatas españolas, consiguiendo dañar gravemente a la Blanca, la cual salió a remolque del teatro del combate. Ninguno de los buques peruanos se movió del seguro apostadero.

VI.
El día 22 de mayo de 1875 un furioso temporal azotaba las costas de Valparaíso, tan bravío como pocos iguales se recuerdan. No había buque en la bahía que no se viera en serio peligro. La Esmeralda, débil juguete de las olas, cortó sus amarras, i en lo mayor del conflicto su hélice se paralizó, enredada en la jarcia que el viento acababa de arrancarle.

La ansiedad en tierra era indescriptible. La población se agolpaba a la playa impotente para prestar ningún ausilio a aquel buque abandonado al furor de las olas, reliquia gloriosa i querida, que llevaba a su bordo los jóvenes cadetes de la Escuela Naval.

En medio de la jeneral angustia con que todas las miradas se clavan en el buque, un marino se abre paso i se arroja temerariamente mar adentro. Era Arturo Prat. Segundo comandante de la Esmeralda a la sazón, estaba en tierra con licencia, cuando supo el peligro que corría su buque. Sin perder tiempo corrió a la playa i se arrojó al mar, resuelto a salvarlo o a perecer.

Tras de esfuerzos sobrehumanos consiguió llegar al costado de la Esmeralda. Atracar el bote era imposible por el embate de las olas. Prat se arroja al agua i la aborda por un cable.

Allí se encontró con el comandante Lynch. Con igual asombroso arrojo, él también había conseguido llegar abordo, Lynch enfermo i estenuado desfallecía: su voz enronquecida ya no dominaba la tempestad. Su segundo llegaba a tiempo.

Prat de pié, atado sobre la toldilla que barrían furiosas las olas, siguió dirijiendo la maniobra para barar la corbeta en la playa arenosa del almendral.

El jentío inmenso de tierra, presenciaba anhelante aquella riesgosa operación, i a cada movimiento del buque, ya para evitar los escollos, ya para salvar las olas, lanzaba un grito de júbilo i de esperanza.

El momento supremo había llegado. La voz de Prat vibraba clara i distinta sobre el ronco hervor de la
tempestad: los corazones latían violentos, la ansiedad era mortal. De repente, un grito atronador, unánime, jigantesco anunció la salvación de la corbeta.

Por un cable lanzado a tierra se descolgó la tripulación;hombre por hombre. Solo los dos audaces jefes quedaban a bordo disputándose el último lugar. Lynch pasó adelante; Prat fué el último en dejar el buque. 

Gastado por el esfuerzo sobrehumano fué llevado a su casa, donde, presa de una fiebre violenta, pasó tres días perdido el conocimiento.

El i su buque estaban reservados para mas glorioso fin. 

VII
Llegamos al gran día. El 21 de mayo, la vieja Esmeralda, con la goleta Covadonga, mantenían el bloqueo de Iquique, en ausencia de nuestra escuadra.

Al amanecer se avistaron dos vapores: eran los poderosos acorazados peruanos, Huáscar e Independencia.

Contra los dos buques mas débiles de nuestra armada, avanzaban dos de los mas formidables máquinas de guerra entre cuantas surcan el pacífico. Contra naves de madera, pequeñas, de poco andar, naves blindadas, fuertes, ájiles, poderosamente artilladas con cañones Armstrong de a 300 libras, con torres de fierro i espolón acerado! Debieron creer fácil i segura su presa. Hoi ya saben que no hai barco pequeño para corazones grandes.

En el breve lenguaje de las señales marítimas, ¿qué hacemos? preguntó a su jefe el bizarro Condell, pidiéndole órdenes desde la Covadonga.

—Pelear, contestó la Esmeralda, i ambos buques tocaron zafarrancho i ocuparon sus posiciones de combate. 

El diálogo no había concluido. Terció el Huáscar, intimando rendición. —Sin cuartel! contestó el capitán Prat, dirijiéndose a la Covadonga.

El Huáscar avanzaba. A tiro de cañón iza su bandera i la afirma con el primer disparo. El cañón de Orella le contesta desde la Covadonga con certera puntería. Dada esta señal rompen fas baterías en vivísimo fuego al grito de ¡Viva Chile!

A una orden de Prat la Covadonga comienza a batirse en retirada seguida por la Independencia, Fué entonces, dice un «diario de Iquique, cuando se trabó un combate recio por nuestra parte i desesperado por la del enemigo, que ha demostrado un heroísmo espartano.»

Ambos se dirijian hacia el sur, donde iba a desarrollarse el interesantísimo drama marítimo, que concluyó con la rendición del formidable acorazado hundido en el mar i sin bandera por la pequeña Covadonga.

El Huáscar i la Esmeralda, quedaban frente a frente.

Nuestra corbeta se encontraba cerca de tierra. Parece que se hubiera querido amontonar sobre ella todas las dificultades posibles para aumentar su gloria. Mientras por un costado sus cañones de a 40 contestaban los fuegos de los cañones de a 300 de la torre jiratoria del Huáscar, por el otro hacia frente a los fusileros i a la artillería de tierra, i combatía contra el centenar de botes, que se destacaron de la orilla con jente de abordaje, sin atreverse a llegar hasta el león acosado.

Cuatro piezas Krupp, cuenta el periódico enemigo, «desde tierra empezaron a hacer un fuego pronto i certero, al cual contestó la corbeta con una andanada i con tiros de fusilería tan sostenidos que parecían los de dos ejércitos que se baten encarnizadamente.»

Las bombas del Huáscar comenzaron a incendiar la población; sus balas iban a rebotar en el cerro de Huantaca. 

«La Esmeralda entre tanto, sostenía el fuego con un tesón admirable, haciendo certeras punterías a flor de agua i por elevación.» (1)

El combate duraba ya mas de una hora. El Huáscar; cerrado por todas partes con cubierta de hierro, como una inmensa tortuga de concha impenetrable, sumerjido en el agua hasta el borde, sin presentar mas blanco a los ticos enemigos que su torreón doblemente forrado, se decidió al fin a lanzar se sobre la vieja corbeta estropeada por los años i la balas, para partirla con su espolón.

Hizo preceder el choque de «dos cañonazos que inutilizaron algunas piezas de la Esmeralda. La corbeta principió a hacer agua. Al habla ambos buques, Grau intimó rendición a la Esmeralda; pero el jefe de la corbeta chilena se negó a arriar su bandera.» Recibió el choque de soslayo en la popa al costado de estribor, sin dejar un momento de descargar sus cañones. 

Mas tarde sufría un segundo espolonazo en el centro, a babor, sobre la máquina, que quedó inutilizada. Sin gobierno, haciendo agua por todas partes, la gloriosa corbeta te mantenía a flote haciendo fuego sin cesar. El monitor apuntaba sus grandes cañones sobre un blanco inmóvil i seguro

Una de sus granadas barrió con 36 hombres, entre ellos los injenieros i maquinistas.

«Era preciso que se diera fin a un drama tan sangriento, i que no reconoce ejemplo en la historia del mundo.»

El combate duraba cuatro horas. Eran las 12 del día: el fuego no amainaba un momento. El Huáscar a presa segura, con toda la fuerza de su máquina, venía cortando las aguas contra la tablazón inmóvil donde flameaba nuestra bandera.

La escena mas grandiosa que han visto los mares iba a tener lugar.

Resueltos estaban todos a morir como chilenos. Prat impartió rápidamente sus últimas órdenes. Los artilleros en sus puestos para el último disparo; la mecha encendida para hacer saltar la Santa Bárbara en el momento del choque; i él, el héroe, de pié sobre cubierta, con su jente de abordaje lista a saltar al puente enemigo. Eran los tres medios de hundirse con el contrario: los tres iban a emplearse.

El choque fué poderoso. Crujió la corbeta abierta por la proa, se inclinó a babor, i comenzó a hundirse. Los cañones del Huáscar tronaron sobre aquel hundimiento. Era hacer niego sobre un cadáver que se tragaba el mar. Pero, he ahí que del costado hundido de la corbeta brota la llamarada del último cañonazo, i al grito sublime de ¡viva Chile! se sepulta con sus heroicos artilleros, cada cual firme en su puesto.

La población aterrada, estupefacta, ante aquel acto sublime, guarda profundo silencio, «El pabellón chileno fué el último que halló tumba en el mar.»

Parece que no pudiera exijirse mas al heroismo humano.

I entre tanto, cuan varonilmente hermoso aparecía el capitán Prat!...
—Al abordaje! muchachos!— Gritó a sus bravos, i hacha en mano saltó el primero como un león sobre la cubierta del Huáscar. Cuatro hombres lo siguieron: los demás, en el rápido retroceso del buque, cayeron a la mar.

Qué imponente aparición!

El comandante Grau desde su torre, aterrado ante aquel sublime arrojo, gritaba desesperado:
—«Ríndase, capitán! Queremos salvar la vida de un valiente, de un héroe como Ud.!»
—«¿RENDIRSE UN CHILENO! JAMÁS!... ANTES LA MUERTE!» Contestó Arturo Prat.

I allí, dando la muerte a pecho descubierto, cayó el heroico joven agobiado por el número, para alzarse mas grande a la vida de la inmortalidad.

El capitán de la Pensacola, de la marina de los Estados Unidos, testigo del combate, ha pronunciado la primera palabra del juicio universal. 
Desde que hai mar, dijo, i desde que hai marina, jamás se ha presenciado nada mas grande i heroico que la conducta de Prat i sus compañeros.

Valparaíso, mayo 30 de 1879.
E. de la Barra.
______________
(1) Todo lo que vá entre comillas es tomado de la descripción del combate que dio un testigo ocular en el Comercio de Iquique, al día siguiente de ocurrido. Se cita de preferencia la versión del enemigo.

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Texto e imagen publicados en el Boletín de la Guerra del Pacífico, 1° de junio de 1879

Saludos
Jonatan Saona

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