lunes, 7 de mayo de 2018

cuento El Arenal

El Arenal
escrito por Marcos C. Isla Burcez.


Los chilenos sufrían el arenal tanto como nosotros. Las caminatas los habían desgastado. Las botas se les llenaban de arena, fueron precavidos en no avanzar por la arena mojada de la playa por temor a nuestras minas de contacto, pese a que tenían el apoyo desde el mar de la flota fondeada frente a la costa. Les afectaba el clima caluroso y seco en el día y el frío de la noche, a pesar que muchos venían del norte de Chile, cuyo clima es parecido al de nuestra costa.

A las cinco de la madrugada del 15 de enero de 1881, Cáceres ordena  rancho, ron y calar bayonetas, recorriendo a caballo las líneas defensivas, compuestas por las compañías “Zepita” y “Guardia Chalaca” en la que yo, Antonio De la Haza, de 22 años, integraba desde hacía un mes, a las órdenes de los coroneles Pastor Dávila y Carlos Arrieta. A su paso, dábamos vivas a nuestro mejor comandante, el mariscal Cáceres(1). Sólo verlo nos llenaba de heroísmo. 

A las dos de la tarde, detrás de las dunas, relincharon caballos chilenos. Dos avanzadas se perfilaron en la cúspide a unos 200 metros, fueron repelidos a tiros, sabiendo que nuestros fusiles Chassepot no tenían tanto alcance, pero igual los espías regresaron tras los montes.

Alrededor de las tres y cuarenta, las compañías de Lynch, Sotomayor y Lagos coronaron las dunas del cerro Zigzag mientras sus cañones barrían el arenal, frente a nosotros. Detrás de ellos estaba el regimiento “Atacama”, cuyo capitán, Diego Dublée Almeyda(2), días más tarde sería asesinado por sus propios soldados, cuando trataba de poner orden en su tropa que, borracha, asesinaba civiles.

Los tambores tocaban a batalla, yo estaba excitado y temeroso, no lo voy a negar.  He visto también a muchos chilenos llorando por su vida y pedir clemencia, a pesar que nos triplicaban en número, mejor armamento y apoyo naval.

Dicen que la batalla empezó por accidente en medio de una tregua, cuando iban a dialogar el cobarde Piérola y el chacal Lynch, pero nunca lo sabremos. Sólo sé que la primera descarga de fusilería hizo que abriera fuego con un grito de rabia ¡Viva el Perú! Sabiendo que nunca volvería a ver a mi madre y hermanos. 

Las veteranas tropas chilenas se lanzaron a romper nuestras líneas. Sus cañones golpeaban cada vez más cerca hasta que estalló la trinchera de la izquierda con treinta valientes del “Zepita”. Una ráfaga de nuestros cañones barrió con las primeras líneas del “Atacama” pero venían más y detrás de ellos, los regimientos a caballo. Pero la “Guardia Chalaca” no iba a dar cuartel.

Fue el momento en que vi a Araya. Parecía tener mi edad, venía con la bayoneta directo hacia mí, en medio de una tormenta de arena, había sobrevivido a las andanadas de nuestros cañones. Y lloraba de terror.

Apunté y disparé mi fusil pero se trabó por la arena, le hubiera dado en el cuello. Me atravesó el pecho con su bayoneta. Antes que girara el fusil para abrirme en boquete, le di con la culata de mi rifle en la cara a Araya, lo que lo hizo retroceder y tambalearse.

Me desangraba, pero no sentí dolor. Levanté mi rifle por el cañón cuando el chileno volvía a cargar y, como si fuera un martillo, le asesté con fuerza en su brazo derecho, que se quebró con un sonido seco como si se rompiera una rama de algarrobo. Soltó su Comblain, cayó de rodillas y con la otra mano, sacó un cuchillo corvo que me lo asestó en el costado izquierdo. Con mi último esfuerzo, levanté nuevamente mi rifle por el cañón y le di con la culata en la cabeza con todas las fuerzas que me quedaban. Antes de mi muerte, vi un estallido de sangre y sus ojos llorosos, más sangre mía y la de él, sobre el arenal.
Pero no es el fin, todavía.

Ahora todo ha cambiado. Pasaron ya 136 años, pero hace mucho que el tiempo no significa nada para nosotros. Hoy hay sol, noches, atardeceres, el mar y su olor salino, hay casas, vehículos, gente viva. 
Y el arenal, que es eterno.

Mi cuerpo fue enterrado junto con el de otros acá debajo de donde estoy. Tres años después lo desenterraron y sepultaron en el cementerio de El Callao, con todos los homenajes militares. Pero yo quedé acá. A los chilenos los sepultaron un poco más al sur, hace poco encontraron unos restos y los devolvieron en un acto con los dos presidentes. 

A veces viene Araya a conversar, ya no llora ni hay odio en su mirada. Debe ser duro estar muerto fuera de tu patria. Se lo preguntaré la próxima vez que lo vea, si es que lo vuelvo a ver, porque cada vez está más deteriorado, pero tengo miedo que él mencione mi deterioro. Creo que ya pronto también los dos desapareceremos, no sé quién se irá primero, no importa. Debe ser el olvido lo que nos va desapareciendo, el olvido que es la muerte para los muertos.

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(1) Andrés Cáceres era Coronel.
(2) Debe referirse a su hermano Baldomero Dublé Almeyda, herido mortalmente en la batalla del 13 de enero de 1881.


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Saludos
Jonatan Saona

1 comentario :

Anónimo dijo...

Muy buen cuento Y bastante objetivo.
Viva Latinoamérica Unida!

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