viernes, 22 de noviembre de 2013

Ramón Dardignac

Dardignac o la vida de un militar

Una encuesta a cualquier nivel demostraría que casi nadie sabe por qué una calle de la barriada norte del Mapocho, antigua Chimba, lleva el nombre de «Dardignac». Este apellido es el de un desconocido, o mejor, de un olvidado, que vivió novelescas aventuras y tuvo un final de gloria electrizante y atroz en la guerra del Pacífico.

Ramón Dardignac nació en La Chimba en el invierno de 1848, hijo de un constructor civil de origen francés. Cuando contaba apenas tres meses, su padre se fue a California, contagiado de la fiebre del oro, y nunca volvió a saberse de él. La esposa o viuda, Concepción Sotomayor, crió y educó en la mayor pobreza al niño abandonado, que era para colmo de contextura frágil y enfermizo, hasta que obtuvo por caridad una beca en la Academia Militar.

Tenía once años al estrenar su uniforme de cadete, y ya a esa edad dejó entrever la pólvora que llevaba en la sangre. Ante el castigo brutal e injusto de un brigadier, reaccionó cogiendo una barra de fierro con que le persiguió dispuesto a romperle el cráneo. Por eso afirma un historiador: «Era hombre que desde niño no aguantaba pelos». Las primeras anotaciones de su hoja de servicios indican que al graduarse como subteniente ingresó al 9.º batallón de Infantería en vísperas de la guerra con España. Terminado este conflicto en que no participó el Ejército, fue transferido a un regimiento de artillería, y con este cuerpo intervino en la entonces eterna guerra de Arauco. En un combate singular, el joven de contextura frágil dio muerte a un fornido mocetón mapuche.

En 1873 el teniente Dardignac se hallaba sirviendo en un cuartel de artillería de Valparaíso. Cierta noche que se dirigía a casa de su novia, en los cerros, resbaló y cayó en el barro ensuciándose la guerrera. Con intención de limpiarse entró a un bar pidiendo agua y una toalla. El tabernero italiano se las negó con grosería, y en el agrio cambio de palabras que sobrevino detonó la dinamita del carácter del oficial, quien arrojó un objeto del mesón a la cara del egoísta. Dos guardianes que presenciaban el altercado se interpusieron; a los gritos llegaron otros, y la batahola que se siguió hizo acudir desde el cercano cuartel de artillería al capitán Guillermo Nieto con un grupo de soldados. No se supo quién disparó la primera bala; lo cierto es que en el tiroteo desatado cayó muerto un policía y resultaron heridos Nieto y Dardignac.

En el proceso seguido por la justicia castrense fueron estos dos oficiales sentenciados a muerte. Desde su calabozo el reo Dardignac ofreció a su prometida Elvira Castro, de dieciséis años, liberarla del compromiso matrimonial. Ella rehusó, y la triste boda tuvo lugar en los Doce Apóstoles bajo la vigilancia de fuerza armada. Si alguna esperanza quedaba a los recién casados, debieron abandonarla cuando la Corte Marcial confirmó la sentencia. Sólo al empeño de un poderoso logró a última hora que ésta fuera conmutada por un año de cárcel, expulsión del Ejército y seis meses de destierro.

Mientras el preso cumplía la condena en la Penitenciaría, su mujer dio a luz una niña. A raíz de la visita de Elvira al penal, para hacerle conocer a su hija, el duro Dardignac desahogó su emoción escribiendo en su libreta:
«Mi dulce hijita, sólo hoy, doce días después de tu nacimiento, he tenido la indescriptible dicha de verte, de besarte y prodigarte las caricias que tanto he anhelado».
Vencido el plazo detrás de las rejas, partió vía Magallanes para su exilio en Argentina. Como iba solo, a buscarse la vida, dejó una carta dirigida a Elvirita, que la joven madre debía leerle en la cuna:
«Se ha cumplido en ti lo que en mí he conocido: la ausencia de un padre cuando contaba de existencia sólo tres meses».
Llegó a Buenos Aires en lo mejor de una guerra civil, y aprovechó la ocasión providencial para enrolarse en no importaba cuál de los bandos. Cumpliendo su primera misión, la de conducir un mensaje al campamento del general Mitre, fue hecho prisionero por patrullas enemigas; y bajo la amenaza de ser fusilado tuvo que volverse contra sus parciales. Como a fin de cuentas le daba lo mismo, entregó su lealtad a sus captores; y tan bien se condujo en la batalla de La Verde que fue enviado a presencia del presidente Avellaneda como portador del parte oficial en donde su propio desempeño era recomendado. Pudo entonces asimilarse al ejército argentino, y a poco fue ascendido a teniente primero de artillería, equivalente a capitán en el arma chilena. Con este grado se encontraba sirviendo en Belgrano, adonde había ido a reunírsele su familia, cuando las querellas limítrofes de ambos países hicieron la vida imposible al militar desterrado. Estando ya la pena cumplida, regresó a la patria, de nuevo en condición de indigente y a buscar en qué ganarse el pan, y ahora con su mujer esperando otra criatura.

Dos años vivieron en Valparaíso capeando los embates de la miseria, hasta el día en que él obtuvo el puesto de ayudante de policía de San Felipe... ¡Cómo sería su necesidad, que no acababa de dar las gracias a su benefactor el intendente Guillermo Blest Gana! Contaba entonces treinta años y su retrato por Luis F. Rojas muestra a un joven moreno y de pelo negro, con perfil aguileño y bigote puntiagudo, de expresión inteligente y decidida. Desempeñaba ese obscuro cargo policial cuando se declaró la guerra contra Bolivia y Perú. Inmediatamente ofreció sus servicios como instructor gratuito de las compañías destinadas a reforzar el regimiento Lautaro. Este gesto le valió el perdón de la jefatura del Ejército y fue reincorporado como oficial de carrera en junio de 1879. Sin hacer caso de su mala salud (sufría de una afección renal), se despidió de su esposa y de sus hijitas y partió «lleno de gozo» a unirse a las fuerzas concentradas en Antofagasta. Llevaba al cinto una hermosa espada japonesa que le habían obsequiado sus amigos aconcagüinos.

Su retiro forzoso le había dejado rezagado en el escalafón, y esta desventaja no hacía más que acicatear su ardor guerrero y su anhelo de acreditarse con algún hecho resonante. A poco de tenerlo bajo su mando, el general Arteaga se quedó admirado al ver que dominaba la ciencia de las tres armas, caso raro, si no único; y esto le indujo a concederle el grado de capitán efectivo y a retenerle consigo como ayudante del Estado Mayor. Del muchacho disipado y violento no quedaba nada: los golpes de la adversidad habían hecho de él un hombre sereno y sólidamente asentado en la fe. En una de las cien cartas suyas que recopiló Vicuña Mackenna le cuenta a su esposa que no sale a divertirse, que vive esperando sus noticias, que el domingo oye las dos misas de campaña y sólo piensa en volver pronto «a ese hogar querido donde he dejado lo más preciado de mi vida».

Tuvo en Antofagasta un sueño de asombroso realismo: se veía herido de muerte en la batalla final mientras que a través del humo divisaba en lontananza las torres de Lima. Sin embargo, en víspera de embarcarse para Pisagua escribió a Elvira: «No temas por mí», añadiendo que si Dios quería preservarle la vida «ni una granada de trescientas libras que estalle sobre mi cabeza me daría la muerte». Y en esa carta como escrita para la posteridad, estampó esta frase reveladora de cómo entendía la dignidad y privilegio de llevar el uniforme militar:
«Haré por la Patria cuanto más pueda, tal como si en mi presencia te ofendieran a ti y me pidieras castigar al ofensor».
Con hombres así se ganó la guerra de mayores proporciones librada en América del Sur, la guerra que costó al país vencedor diez mil vidas peleando con todo en contra: hostilidad extranjera, clima aplastante y topografía casi insuperable. Hay que detenerse a pensar que en el desembarco en la caleta de Ite se trabajó una semana en echar los cañones a tierra, subiéndolos con pesadas roldanas colocadas en lo alto de un acantilado y cuyos cables eran tirados desde la playa por batallones enteros. Luego, en las marchas por los arenales, cada pieza de artillería tenía que ser arrastrada hasta por dieciséis caballos. Bajo el sol abrasador los soldados caminaban jornadas completas con el agua racionada, a veces sin ella, respirando polvillo salitroso y destilando sudor como esponjas vivientes, los pies sangrantes y llevando a la espalda la mochila abrumadora. Difícil precisar cuántos sucumbieron de sed, insolación o locura. Vencidos por la fatiga, los menos resistentes botaban por el camino la muda de ropa y las mantas; pero del calor infernal pasaban al frío cruel de la noche, y entonces tenían que dormir enterrados en la arena. Y en tales condiciones, exhaustos, sedientos, cojos y atacados de diarrea, solían entrar en batalla sin descanso previo.

A raíz del desembarco en Pisagua primera operación anfibia en el mundo tocó a Ramón Dardignac pelear en el médano de Germanía y luego en el pajonal de Sama. Lo que su espada de samurai llevó a cabo en estos combates le valió dos de las once cintas de distinción que prendería en su pecho; y es de fama que nadie en esa contienda obtuvo tantas.

Convertido en ayudante de campo del general Baquedano, fue el encargado de reconocer al enemigo en los inicios de la batalla de Tacna, penetrando tres veces bajo el fuego de las vanguardias bolivianas. Escribió después que había hecho «bien poca cosa», porque soportando los agudos dolores de sus riñones enfermos, tuvo que permanecer inmóvil junto al General en Jefe durante el encuentro de ocho horas en que el ejército chileno se batió sin agua y con los cañones atascados en la arena. Cuanto pudo hacer el ayudante de campo, después de la victoria, fue tratar de impedir la repasada de los enemigos heridos; bárbaro desahogo que la soldadesca enfurecida consumó antes de que él interviniera.

En el asalto del Morro de Arica, ejecutado por dos regimientos que se mandaron solos para no compartir con otros la loca hazaña, el casi inválido Dardignac contribuyó con lo que pudo, cortando la retirada de los fugitivos a la cabeza de cincuenta carabineros de Yungay.

En carta a Elvira había dicho: «Las presillas de sargento mayor yo las sabré conquistar». Y las conquistó después de Arica por su resolución de seguir en servicio cuando debía estar en el hospital.

Y obtuvo más. Al preparar Baquedano la embestida final contra Lima, con veintisiete mil hombres, el mayor Dardignac fue promovido a segundo jefe del batallón Caupolicán. A los treinta y un años había rehecho su carrera, alcanzando y hasta aventajando a oficiales de su antigüedad que le dejaron atrás a consecuencia de su expulsión.

Entonces el valiente escribió:
«En la última jornada quiero que todo el Ejército vea cómo se bate Dardignac adelante de sus soldados».
Y en la postrera carta a la esposa, escrita horas antes de ponerse en marcha, habla de «la aspiración innata del soldado chileno de buscar el peligro en vez de rehuirlo...».
Lo que sucedió a partir de entonces lo supo Elvira Castro a través de los telegramas de los diarios y por los partes oficiales del Comando en Jefe.

Tocó al batallón Caupolicán atacar la última trinchera invicta en la batalla decisiva de Miraflores. Era una posición armada de cañones y fuertemente protegida por fusileros. Para llegar hasta ella debían recorrer un kilómetro bajo el fuego de balas y granadas del fuerte. Extenuado por el dolor de su enfermedad, Dardignac se apeó del caballo y luego de arengar a su tropa caminó junto al comandante Canto, su jefe inmediato, a través de los potreros sembrados de alfalfa y plantíos de camotes. Tardaron dos horas en saltar, rodear o perforar las tapias, fosos, puertas, alambradas y tranqueras que obstaculizaban el paso. Las minas explosivas causaban espantosa mortandad. Una bala como de advertencia rompió una manga de la guerrera del segundo jefe, sin herirle. Estaba ya a veinte metros de la fortificación, encabezando a un puñado de sobrevivientes, cuando al dar la orden de rodear la trinchera fue alcanzado por el disparo de un fugitivo. Rodó por tierra con la pierna derecha destrozada. Gritó:
-¡Me han herido! ¡Adelante!...

Mientras que a través del humo divisaba en lontananza las torres de Lima, tal como lo viera en sueños...
Conducido al hospital de sangre de Chorrillos, el héroe fue dado de baja con diagnóstico grave, e inmediatamente embarcado en el transporte Itata con destino a Valparaíso.

El lento viaje dio tiempo a que la gangrena hiciera presa en su organismo. Le fue amputada la pierna en el hospital de la Providencia y sobrevivió ocho días en medio de horribles padecimientos. Su cuerpo deshecho por la fiebre apenas abultaba debajo de la sábana. En su libreta de notas encontró la viuda lo que escribiera cinco años atrás en prisión:
«Mi dulce hijita, sólo hoy, doce días después de tu nacimiento, he tenido la indescriptible dicha de verte...»

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Texto tomado del libro "Bala en Boca" de Enrique Bunster

Saludos
Jonatan Saona

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