martes, 19 de noviembre de 2013

M. Armaza sobre Dolores

Relación del Coronel M . Armaza

En las primeras horas del dia 19 de Noviembre el ejército aliado estuvo frente al cerro de San Francisco, concluyendo así la penosa y difícil marcha en la noche que pasó, pero sin haber conseguido el objeto principal de llegar a Sal de Obispo, conforme a lo que se había acordado el 18 en la junta de jefes, presidida por el señor General en Jefe. 

Así principió el dia sin haber tenido efecto aquel acuerdo, falta que pudo considerarse como el primer contraste inesperado y de trascendentales consecuencias para los que acompañaban en el buen éxito de esta marcha estratégica, de la que es muy probable dependía la victoria, puesto que se privó al ejército de ponerse entre Pisagua, sobre la línea férrea y el enemigo, cortada así su comunicación y obligado a abandonar sus posiciones, si quería batirse o dejarnos libre el paso, si convenía avanzar hacia Camarones para proteger la marcha del cuerpo del ejército que había salido de Tacna. 

Después de un pequeño descanso, se dio orden de formar el ejército, horas 9, poco mas o menos, para atacar al enemigo, sin embargo de sus posiciones inexpugnables. Nuestros soldados estaban entusiastas y era completamente la hora hasta para impedir que el enemigo recibiera sus refuerzos, el éxito habría sido favorable y sin dejar a los soldados en esos arenales en las peores horas del dia, sufriendo el hambre y la sed bajo un sol abrasador que los abrumaba hasta la irritación. 

A las 2 PM. se volvió a pensar en el ataque, y después de iguales vacilaciones, se dio contraorden, señalando para el día siguiente y previniéndose que el soldado buscase su rancho y agua. 

Ya los cuerpos estaban en descanso fuera de la línea, cuando con sorpresa se oyeron tiros y se vieron guerrillas desplegadas, avanzando a la cuchilla del cerro varias veces, y comprometiendo el combate sin favorable resultado, porque la fuerza que avanzaba era diminuta y todo el grueso quedaba atrás en desorden, de tal manera, que los que se hallaban avanzados eran ofendidos por los fuegos de los de retaguardia. Inexplicable desorden de la tropa e incomprensibles órdenes superiores, en un combate iniciado misteriosamente, conviniendo las de suspensión, que fue, por desgracia, aceptado ese escándalo para forzar el cerro fortificado e inexpugnable por sí mismo, sin plan militar conocido, ni un orden de batalla conveniente y en las horas mas incompetentes que, como se ve, solo sirvió para que entre los mismos soldados de la alianza se ofendiesen en confusión. Mientras tanto la artillería del enemigo no dejaba de hacer fuego. Las ametralladoras, horizontalmente colocadas, lanzaban sus proyectiles en dirección a la pampa, sin ofender a los que escalaban el cerro. 

En estos momentos, los soldados de mi mando que volvieron a su formación, pedían a voces y con inusitado ardor romper los fuegos sin ver al enemigo. Temiendo yo se repitiera lo que iba sucediendo en la falda del cerro de San Francisco, quise ganar tiempo, calmando a la tropa, mientras tuviera nuevas órdenes. Mandé que el entusiasta batallón Paucarpata desplegase en batalla al frente, arrimándose a la izquierda de un cuerpo peruano, que también se hallaba desplegado. 

En seguida me dirigí hacia el señor General en Jefe, que acababa de descender del cerro para pedirle órdenes. Lo encontré sentado en el campo junto a unas habitaciones, y me dirigió estas palabras terminantes:
 "Por lo visto, esto ha concluido y qué hacer." Entonces regresé a la línea donde estaba el bizarro batallón Dalence, a cuyo primer jefe, el doctor Donato Vasquez, le ordené que hiciera ganar terreno a su cuerpo por el flanco derecho, en su formación en columna, a lo que me respondió: mi coronel, somos vencedores.

Perdida la esperanza de salvar los cuerpos íntegros, que habría sido una gloria, con la facilidad de reorganizar en la marcha a los dispersos, me resigné a espectar la dispersión inevitable, una vez relajada la subordinación. Desde ese momento no volví a ver a los soldados de ese cuerpo. 

En Tarapacá tuve también ocasión de buscar al señor general Buendia, en compañía del señor General Villamil, cerca de las 4 PM. del siguiente dia 20, hora de mi llegada. Se manifestó que los dispersos peruanos y bolivianos necesitaban auxilios inmediatos en la pampa, y dispuse acuartelarlos. Me contestó que se les mandaría agua; pero que no era posible darles socorros diarios, porque no había un centavo. 

En seguida me preguntó a dónde me dirigia, y le respondí que a Tacna, y calló. Motivos de imposibilidad me impidieron realizar mi pensamiento. Mas bien pude incorporarme a Húsares y dirigir mi marcha a esta ciudad a presentarme al supremo Gobierno. 
Es cuanto tengo que exponer ligeramente, reservándome publicar mis diarios sobre la campaña i demás incidentes personales que tengan relación con ella. 

La Paz, Diciembre 15 de 1879. 

Miguel Armaza
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Imagen veterano boliviano, fotografía publicada en foro batallas.org por Daniel Castillo

Saludos
Jonatan Saona

1 comentario :

Raúl Olmedo D. dijo...

Tenemos aquí una nueva constancia, escrita por un oficial superior, actor y testigo presencial del choque en Dolores, que da cuenta del hecho de que la tropa empeñada en el ataque a las posiciones de la artillería chilena en el cerro San Francisco, recibió fuego por la espalda de sus propios soportes, en medio de un desorden fenomenal.
Esa tropa asaltante estuvo conformada por las compañías "cazadoras" de distintas unidades peruanas y bolivianas, y se distinguió allí, encabezando la acción en la áspera ladera del cerro, el bravo comandante Espinar. Dejó la vida en el empeño, y un recuerdo que los tres países honran.
Hace falta un monolito, un hito en esa ladera - por modesto que fuera - recordando el nombre de Ladislao Espinar.

R. Olmedo

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