sábado, 8 de junio de 2013

Antonio Lobato

Relato de Lobato sobre la toma de Arica

Les dejo el relato del capitán Antonio Lobato, sobreviviente de la defensa de Arica, oficial del batallón Tarapacá N° 23. Si bien Lobato escribió su relato 43 años después de los hechos, está bien detallado y lúcido.

7 DE JUNIO DE 1880 
REMINISCENCIAS -
Extracto (13)

“A las 5 y 30 de la mañana del memorable día 7, abandonamos la posición ocupada en la víspera y emprendimos la marcha de retroceso, ignorando que lugar se nos designaría en el combate

Habíamos avanzado unos 200 metros cuando se nos presenta el jefe de la división, coronel Alfonso Ugarte, y da orden a nuestro jefe de dirigirnos al Morro.


En este momento se oye el fuerte estampido de un tiro de cañón, disparado de la ciudadela de Chuño Alto; seguido inmediatamente de un vivísimo fuego de fusilería del mismo fuerte. Este fue el comienzo del asalto.

Alzamos la vista y contemplamos la linda perspectiva del Oriente. Un múltiple centelleo de chispas que parecían eléctricas, demostraba en la elíptica ciudadela vigorosa resistencia que oponían al invasor los heroicos soldados de ese fuerte.

En la línea del horizonte se veía la débil y plateada luz del alba, precursora del astro soberano, surgir lentamente sobre las cumbres de las montañas.

Entramos a la ciudad a paso de trote, cruzamos sus calles, llegamos a las faldas del Morro y jadeantes ya, hicimos su ascensión, hasta culminar la pendiente de Cerro Gordo, en los momentos fatales en que el enemigo rechazando al batalloncito Piérola, se apoderaba de este punto dominante.

La ventajosa posición del adversario y su número, 4 ó 5 veces superior, nos obligó a retroceder a la primera trinchera de sacos de arena; situada en la garganta que une la cima del morro con esa elevada posición. En nuestra retirada perdimos muchos soldados y un regular número abandonó las filas.

El heroico Zavala a pie, -por haberse encabritado su caballo, -a cuerpo libre y con admirable entereza, sostiene reñido combate con tres compañías solamente, tres de las pequeñas trincheras, que eran acribilladas por un mortífero fuego de frente y de flanco. Nuestro valeroso jefe, en medio de ardiente entusiasmo y sin cesar en sus voces de mando, cae muerto a un paso del que esto escribe, expirando sus labios su última y alentadora voz.

Este momento fue supremo; los soldados con sus cartucheras agotadas, abandonan sus puestos, descolgándose unos a la ciudad, y otros en mayor parte se repliegan al morro con dos de sus jefes, Benigno Cornejo y Jerónimo Salamanca, y sus oficiales sobrevivientes.

La artillería de la plaza fue enteramente inútil, pues los chilenos durante la noche avanzaron hasta llegar a corta distancia de nuestros fuertes del Este y emprendieron el asalto con actividad vertiginosa.

En menos de una hora, las ciudadelas de Chuño Alto y Bajo, estaban en poder del enemigo y sus fuerzas aniquiladas; especialmente la primera de la que quedaron muy pocos de sus defensores, pereciendo casi todos sus jefes y oficiales.

En la meseta del Morro, la tropa enemiga ejercitó bárbara y cobarde carnicería. Ahí fue muerto Bolognesi, Leónidas de la acción, y los distinguidos jefes More, Cornejo (Benigno), Blondel y otros más; muchos oficiales y gran número de soldados.

Las descargas de fusilería, sobre los pocos defensores que sobrevivían, terminaron con la presencia del capitán chileno Silva Arriagada, que impuso a sus soldados la suspensión del fuego, indicándose que los que quedaban con vida éramos prisioneros de guerra.

El comandante en jefe del ejército atacante, coronel Lagos, al constituirse en el Morro, apostrofó duramente a su tropa, reprochándola el acto de haber hecho prisioneros. Este araucano al voltear su caballo para emprender su regreso, repitió: “siento que hayan hecho prisioneros”.

Pocos momentos después se nos hizo salir de dos pequeños cuartos que ocupábamos como prisioneros, vigilados por el teniente o subteniente Larraín, y se nos condujo al lado sur del Morro, lugar denominado la Lisera. Allí se unió a nuestro grupo a los tenientes coroneles La Torre y Sáenz Peña; este último levemente herido en el brazo derecho.

El trayecto de la Lisera lo hicimos dirigidos por un capitán, quien dejó escapar estas palabras, en tono afectado: “Caballeros, váis a sufrir una corta molestia, pero el descanso vendrá pronto”.

Parece que esta frase encerraba nuestra sentencia de muerte; dictada por el Jefe Superior del ejército enemigo; pues, durante el tiempo de una hora que permanecimos en ese lugar, varios jefes con demostraciones de simpatía y consideración, se acercaban a Sáenz Peña y hablaban con éste en inglés, visiblemente interesados en algo (quizás en el perdón); y regresaban en seguida, para volver poco después, hasta que por fin llegó el teniente coronel Salvo; quien acercándose a nosotros, dijo: “Señores, estáis en libertad”.

En seguida fuimos conducidos por él a la Aduana del Puerto, todos los que caímos presos en el Morro. En la Aduana quedamos bajo la custodia del coronel chileno Valdivieso.

Una hora después, a Sáenz Peña y La Torre se les llevó al transporte “Limarí”, y nosotros continuamos en tierra hasta el 11 de junio, que se nos transportó a bordo del “Itata”, que nos condujo a Valparaíso y de allí pasamos a San Bernardo.

El único buque de guerra que durante el bloqueo resguardó la bahía de Arica, contestando siempre con brío los ataques de la escuadra chilena, fue el “Manco Cápac”; cuyo jefe al ver el Morro y nuestros pequeños fuertes en poder del enemigo, ordenó su hundimiento, salvándolo así de caer en manos del adversario.  
Hemos terminado este trabajo, fiados en nuestra memoria, que aún conserva indelebles los acontecimientos que presenciamos en la desgraciada guerra del 79”.

(13) La Crónica, jueves 7 de junio de 1923.
***************
Texto e imagen tomados del blog Variedades, de Ernesto Linares

Saludos
Jonatan Saona

1 comentario :

Wilmer Ortuño dijo...

Muy buen artículo... Lo tomé prestado (con las referencias necesarias) para publicarlo en mi blog.. abyayalalaotrahistoria.blogspot.com

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