viernes, 18 de enero de 2013

La Entrada a Lima


Testimonio de N. de la Sotta, (Alférez del Regimiento de Artillería Nº 1) tomado del folleto "La Entrada a Lima"

Era la tarde del 17 de Enero de 1881.

El ejército de Chile se encontraba acampado a las puertas de Lima, en la que horas antes era aún la aristocrática Miraflores, el Versálles de la capital. Una agitación desconocida se notaba en nuestro ejército, ocasionada por un cercano acontecimiento. Nuestras tropas  estaban  próximas  a  llegar  a  la  meta  merecida  por  sus proverbiales sacrificios.
Iban a entrar a Lima.

Serían las dos i media de la tarde, poco mas o ménos; el redoble del tambor i el toque de cornetas hacía correr presurosos a la fila a los soldados que les había cabido, en suerte, entrar ese día memorable a Lima.
Poco después, se encontraban formadas en el órden correspondiente los diversos cuerpos que debían marchar.  A la cabeza de esta pequeña división de poco más de 3,000 hombres, formaba una batería de campaña del rejimiento num. 1 de Artillería al mando del Capitán don Fidel Riquelme; seguía a éstas dos baterías de campaña del segundo regimiento mandadas por los Capitanes Nieto i Montanban; un escuadrón de cazadores a caballo, el rejimiento de Carabineros de Yungay, i los regimientos de infantería, Buin 1º. de línea, Zapadores, Bulnes i Lautaro. 
A la cabeza de esta columna, i, como jefe de ella, marchaba el señor Jeneral Saavedra, con "sus ayudantes i Estado Mayor, el Comandante del rejimiento num. 1 de Artillería don Carlos Wood i Mayor don Ramón Perales, del mismo.  Poco después esta columna se ponía en marcha.


Fácil es comprender cual sería nuestra emoción, cual nuestro deseoso anhelo por  llegar a  esa  capital  objeto  de  nuestros  sacrificios. Marchábamos por la carretera de Miraflores a Lima.  Nuestros soldados silenciosos  como  si  cada  cual  comprendiera  la  grandiosidad  de  este memorable hecho, comentaban interiormente nuestra próxima entrada.  Hora i media nos bastó para ponemos a las puertas de la capital.  Durante ese trayecto, no habíamos encontrado absolutamente a nadie.  Las cercanías i alrededores de Lima estaban completamente desiertos i silenciosos no se veía un ser humano, un animal siquiera: aún los gallinazas mismos, habían huido para ir a reunirse en gran número hácia nuestra derecha ya mui cerca de Lima. Dos cuadras nos faltarían para entrar en la población, i desde ahí podíamos divisar, dominados por la mas soberana impresión, los innumerables i tétricos campanarios de sus elevadas torres, semejando otros tantos brazos de la guillotina de Marat. 

Todo cuanto veíamos contribuía a darle al cuadro, que se nos ofrecía, el mas negro i doloroso sombraje.
A una ya mui poca distancia i un tanto a nuestra izquierda, divisamos un hombre que sombrero en mano i agitándole por el aire, quería ser el primero en darnos la bienvenida, quizás de verdadero placer o de temor. Por fin, llegó el momento supremo.

El corazón más sereno, el espíritu más estoico e indiferente, debió sufrir una reacción completa.
La cabeza de nuestra columna entraba a la capital por la portada de la Exposición. 
Hasta ese momento, habíamos marchado en silencio sin que un ruido extraño al de nuestras piezas de artillería le hubieran podido turbar.
La corneta de nuestro regimiento de Artillería a la cabeza era la primera en turbar el doloroso silencio que reinaba en la ciudad, i, haciendo repercutir a la distancia sus ecos victoriosos, anunciaba nuestra entrada a la aletargada capital de los antiguos virreyes.

¡Grandioso espectáculo, que hacia latir apresuradamente el corazón de todos aquellos que le presenciaban¡
Al entrar a la plaza de la Exposición, se hizo hacer alto nuestra columna, para impartir algunas órdenes: poco después seguíamos la marcha.  La banda del regimiento num. 1 de Artillería fue la primera en hacer oír en la ciudad, nuestros himnos de victoria.

Mas, ¿cuál seria nuestro asombro? Todos creíamos oír en el primer momento, las entusiastas i armónicas nota de nuestra gloriosa canción patria.  Ello era natural.

 Mas,  Chile,  en  sus  actos  desconocidas  de  ejemplo,  sin  ejemplo,  de respetuosidad por el sentimiento nacional de los pueblos, de acatamiento sublime i sin igual por el vencido, haciendo gala de una lección de hidalguía i generosidad no comprendida, respetaba el dolor de una ciudad vencida.



Como decía, no fue la canción nacional, como todos nos creíamos, la que se dejó oír a la entrada de Lima.  Fueron diversos pasos dobles que, mas que marchas triunfales, parecían fúnebres.  El sentimiento de la grandiosidad de untan desconocido acto, se había comunicado hasta a las notas escapadas por los instrumentos de nuestros músicos.

El desfile de nuestras tropas se hacía en el mayor silencio.
El silencio i monotonía que reinaba en la ciudad era aún mayor e imponente. 
Parecíase asistir a un gran acto funerario, seguido de un innumerable cortejo. 

En el recodo que hace la Esposicion nos esperaba un regular jentío, compuesto en su mayor parte por los hombres del bajo pueblo, estranjeros i uno que otro desvergonzado pijecito, que con el sombrero de pelo al ojo, el pantalón ajustado, el cuello cosido al chaquet, la corbata verde o amarilla con un resaltante  prendedor  azul  o  lacre  i  la  indispensable  varillita,  miraban impávidos i sin el menor rasgo de dignidad nacional nuestra entrada victoriosa en la capital de su país. 


Jamás todavía la América española había presenciado un espectáculo como el del 17 de enero de 1881.
La satisfacción del corazón chileno era la mas alta i cumplida.
Por avaro i miserable que hubiera sido un último de nuestros soldados, estoy seguro, habría despreciado desdeñosamente una fortuna habida a sus espaldas por la entrañable satisfacción de entrar a Lima...

Grande era la ansiedad de los curiosos que encontrábamos durante nuestro tránsito: cada cual, admiraba mas sorprendido, ya la robusta talla de nuestros valientes soldados, ya la corpulencia i brios de nuestros ájiles caballos, ya nuestros mortíferos, Krupp, la imponente columna de nuestros infantes, los aguerridos escuadrones de caballería, etc....

Habíamos pasado la plaza de la Exposición: la cabeza de nuestra columna entraba por la calle de la Unión.
Desde ahí se notaba la ciudad completamente embanderada.


Una persona ajena al acontecimiento que tenia lugar, habría creído encontrarse en alguna fiesta o en el 28 de Julio, aniversario de la República peruana.
Mas, considerando las banderas se notaba que todas absolutamente todas, representaban distintas nacionalidades.
Lo que por el momento nos llamaba mas la atención, era ver que rara era la casa que no pertenecía a distintas nacionalidades; en donde se leían los siguientes  letreros  pegados  a  las  puertas  o  ventanas:  Casa  Francesa, Nacionalidad Inglesa, Bajo la protección del Imperio Alemán, Familia Rosa bajo la protección del Imperio Ruso, etc.

El desfile de nuestras tropas seguía en el mayor orden i mejor compostura.Los cuerpos de infantería, marchando en columna, abarcaban todo el ancho delas calles.  El eco de las marchas triunfales, el redoble del tambor, el toque de corneta,  hacía  agitar  violentamente  nuestros  corazones. Un  temblor involuntario, escalofríos de emoción sentíamos al recorrer vencedores esas calles de la aletargada Lima.
¡Ah! es preciso haber presenciado ese espectáculo: grandioso,  arrebatador, sublime, nos inspiraba ideas desconocidas.  En esos momentos, legiones napoleónicas, legiones invencibles, habrían sido destruidas una a una por nuestra pequeña división.

El desfile de nuestras tropas seguía por las calles de Baquijano, Boza, Merced,etc., causando el estupor i admiración inmensa de los que encontrábamos a nuestro paso.
A las 5 i media de la tarde llegamos por la calle de Mercaderes a la Plaza, de Armas.  Recorrimos un costado de ésta por el lado del Portal de Judíos, i luego nuestra batería de Artillería tomaba la calle de Melchor Malo para dirigirse al fuerte de Santa Catalina, lugar que se nos había designado para nuestro alojamiento.

Así como los curiosos que presenciaban nuestra entrada se veían a cada momento mas i mas sorprendidos, así cambien nosotros participábamos de cierta admiración, aunque muy diferente de la de ellos.
La nuestra era ocasionada por el tristísimo aspecto de la ciudad.  La mayor parte de nosotros, conociéndola nada mas que por la historia o por el testimonio mas o menos cierto o apasionado de alguien, creíamos ir a conocer algo, si no superior a nuestra bella Santiago, por lo menos igual i comparable.
Ello era natural, puesto que yo mismo había oído algunas veces expresarse a limeños con marcado orgullo en esta frase: "De Lima a la gloria."
Es así que yo, como la mayor parte, creíamos ir a ver en Lima una maravilla sudamericana que nos sorprendiera con sus edificios, calles, paseos públicos,etc.
El desengaño de esta idea nos causó el despecho que nos ocasiona el despertar de un agradable sueño, en medio de la severa i triste realidad.

Lima, el asiento del segundo trono de la España i de la inquisición americana;la ciudad de los virreyes i comendadores; la antigua i populosa hija de los Pizarros, no se nos mostraba a nuestra desengañada vista, sino como una vana í fantasmagórica sombra, de nuestra artística, moderna i elegante Santiago.
Sus calles tortuosas, su pavimento del todo descuidado; sus casas edificadas sin gusto ni simetría en su mayor parte, luciendo en sus sobresalientes i antiquísimas ventanas, terrosos enrejados a manera de cárceles o conventos,contribuían a darle un aspecto por demás ruinoso i triste.
Nuestro desengaño subió de punto, cuando penetramos en la plaza principal.
A esa plaza testigo mudo de tantos i tan abominables hechos- campo de batallas intestinas, de crímenes i de vergüenza; lecho de la hoguera de los infortunados Gutierrez...!
El testimonio de esto se encuentra palpable aún: ahí se nota todavía, en una de las torres de la Catedral, la viga en que fue atada la soga que suspendiera uno


En la plaza de Armas los diversos cuerpos que formaban la división, principiaron a tomar el camino de sus respectivos cuarteles. Nuestra batería de Artillería del primer rejimiento tomó el camino de Santa Catalina.
En nuestro tránsito, basta el cuartel, nos llamó varias veces la atención la diversidad de nombres que tenían las calles; pues cada cuadra tiene uno diferente; de manera que casi sería preciso hacer un estudio profesional de algunos meses, para poder conocerlas por sus respectivos nombres.

Serían las 6½ de la tarde, cuando llegamos al cuartel de Santa Catalina, verdadera fortaleza construida bajo el virreinato de Abascal, i reedificada en tiempo de Piérola.  El mencionado cuartel era el que ocupaba la Artillería peruana, el parque general de guerra i maestranza. Ocupada una estación como de ciento veinte metros cuadrados, i su construcción hecha a la antigua española es muy sólida i segura.

**************

Saludos
Jonatan Saona

7 comentarios :

Anónimo dijo...

el grabado tiene dos errores históricos, la entrada a Lima no fue al toque de clarines de caballería (al antiguo estilo romano como bien dice pepe) sino a marcha regular de tambores, sin mayores aspavientos, ello por no ahondar la amargura del vencido y por seguridad para evitar incidentes, muchos de la reserva aun conservaban sus rifles ocultos en las casas, no había filas de mujeres y niños en las aceras, dicen que la ciudad estaba desierta pero seguramente habría varios civiles y extranjeros (que eran el 10% de la población total) viendo el espectáculo. A pesas de lo dicho, el grabado es más ilustrativo que la fotografía trucada que todos conocemos.

Raúl Olmedo D. dijo...

Otro error. El "Lautaro" no estuvo entre las unidades escogidas que entraron el 17 a Lima. Lo hizo el 18, con el grueso del Ejército.
Hay distintos relatos que así lo confirman, empezando con el del autor de "Seis años de vacaciones", Arturo Benavides Santos, entonces oficial subalterno de esa unidad.
Y las bandas interpretaron sus pasodobles (intercalando uno que otro acorde del Himno Nacional y la Canción de Yungay) solo el 18.
Las unidades que entraron el día anterior lo hicieron sin música ni fanfarrias, sólo con redoblar de tambores.
Ambos ingresos fueron momentos solemnes, inolvidables para los uniformados chilenos que formaban ese día en el Ejército Expedicionario.




R. Olmedo

Luis Morales dijo...

buen relato de alguien q estuvo presente al momento de este acontecimiento.... tambien es cierto q los habitantes no iban a esperarlos para darles apeteosica bienvenida a quienes humillaban con su presencia y muerto a sus seres queridos la decepcion de no encontrar una Lima resplandeciente tambien es justificable pues la gente habia dejado abandonada a su suerte la ciudad

Anónimo dijo...

Municipalidad y Alcaldía de Lima
Lima Enero 17 de 1881
Señor General

A mi llegada ayer a esta capital, encontré que gran parte de las tropas se habían disuelto, y que había un gran número de dispersos que conservaban sus armas, las que no había sido posible recoger. La guardia urbana no estaba organizada todavía y no se ha organizado ni armado hasta este momento; la consecuencia, pues, ha sido que en la noche los soldados, desmoralizados y armados, han atacado las propiedades y vidas de gran número de ciudadanos, causando pérdidas sensibles con motivo de los incendios y robos consumados.
En estas condiciones, creo de mi deber hacerlo presente a V. E. para que, apreciando la situación, se digne disponer lo que juzgue conveniente.
He tenido el honor de hacer presente al Honorable Cuerpo Diplomático, esto mismo, y ha sido de opinión que lo comunique a V. E. como lo verifico.
Con la expresión de la más alta consideración, me suscribo de V. E. su atento y seguro servidor.
R. Torrico

Al señor General en Jefe del Ejército chileno.- Miraflores

El Alcalde de Lima el día 16 junto al el cuerpo diplomatico la habían pedido a Baquedano entrase a la ciudad porque al hacerlo restablecería el orden y que no seria atacado. Baquedano puso como condición que los soldados que quedaban fuesen desarmados. Como el Alcalde no pudo cumplir la solicitud de Baquedano y ante los saqueos de la propia "soldadezca" Peruana esa misma noche sobre los barrios de la ciudad , le informa mediante una carta que no puede desarmarlos , pero que juzque conveniente entrar en la ciudad. Baquedano decide entrar a la Ciudad en la tarde , el ejercito Chileno lo hace , desfilando (y no saqueando) como algunos ignorantemente repiten. Se desfiló solo con tambores , sin marchas, ni algarabía, por respeto a los Limeños. Cuando la bandera Chilena se hizó en el palacio de Pizarro , solo acompañó un Clarin. No había necesidad de aumentar al dolor de los ciudadanos de Lima.

Aland Denny Chumpitazi Francia dijo...

INTEREZANTE COMO UN SOLDADO,CHILENO PUEDE DISTORCIONAR LA REALIDAD SEGADO POR UN TEATRAL ALO DE HONOR COMO PRETENDIENDO AUOTOELOGIARSE Y DIGNIFICARSE VANAMENTE PESE A LAS ATROCIDADES COMETIDAS POR SU SOLDADEZCA QUE DISTAN DE UN EJERCITO DIGNO. LA HISTORIA AUNQUE DEMORE DECADAS ACABA POR DESTRUIR CUALQUIER MASCARA O ESTAFA EN ESTE CASO AL COMPAR LIMA CON SANTIAGO. HOY EL VALOR HISTORICO Y ARQUITECTONICO DE LIMA VIRREYNAL NO TIENE PARANGON. ESTE SOLDADO CRERYO QUE CON SU COMENTARIO ESCRIBIRIA LA HISTORIA Y ESO NUNCA OCURRE. AL FINAL ES LA HISTORIA QUE DEJA EN RIDICULO A LOS QUE INTENTAN MOFARSE DE ELLA.

JOSE dijo...

La apreciación del soldado chileno está llena de fantasías, la mayoría de la población limeña había huido al norte (Ancón), porque pensaban que Lima tendría la mala suerte de Barranco y Chorrillos.

Nelson dijo...

El valor histórico y arquitectónico de esa Lima Virreinal, que aùn se conserva, en ese momento a la vista y espectativas de los soldados Chilenos les pareciò un tanto desordenada al compararla con Santiago (de esa època).Ahora en la actualidad esa misma arquitectura con los años mejorada permite ver y apreciar esa Lima Virreinal,conservada y cuidada,como nuestro Valparaiso , La Serena y otras ciudades chilenas que tambièn conservan ese encanto colonial, no asì Santiago que producto de los sismos que aquì son comunes se ha tenido que construir con sistemas modernos antisismicos renovando casi todo el casco històrico. Por lo tanto la apreciaciòn del soldado es vàlida`para aquel momento.

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