jueves, 12 de mayo de 2011

Relato de Molina sobre Iquique


La siguiente relación del combate de Iquique, aparece mutilada en la recopilación del primer tomo de Pascual Ahumada en los párrafos finales, con el siguiente texto "De esta narración está suprimida la última parte por ser de poco interés y hallarse escrita bajo la impresión que produjo en los peruanos la pérdida de la Independencia."

Pero la versión completa fue publicada originalmente en el diario El Comercio, y aparece en el Libro Las Dos Esmeraldas, de Benjamin Vicuña Mackenna.


"Relación del Combate de Iquique, publicada en "El Comercio" de esa ciudad, por su redactor don Modesto Molina, testigo presencial.


Con el objeto de que nuestros .lectores puedan comunicar al exterior algunos detalles sobre el combate de ayer, nos apresuramos a dar el presente boletin.
A las 7 y 15 de la mañana se avistaron dos buques que venían del norte, a los cuales todos suponían ser enemigos. Uno de ellos avanzó hacia el oeste del puerto, tomando poco después rumbo al fondeadero.

En el acto se pusieron en movimiento la Esmeralda, la Covadonga y el transporte Lamar que sostenían el bloqueo de este puerto.
Como los dos buques que asomaron despedían mucho humo, sospecharon, sin duda, los bloqueadores que eran de los suyos. Sin embargo, para cerciorarse más, se dirigieron hacia el que veían entrar por el oeste.

Reconocido que fue el Huáscar, que era el primero que hizo proa a nuestro puerto, la Covadonga se acercó al transporte Lamar y le dio orden de irse al sur a toda máquina. El Lamar con toda fuerza tomó el rumbo que se le había indicado.

Mientras esto tenía lugar, el Huáscar izando un hermoso pabellón peruano, disparaba el primer cañonazo sobre la Esmeralda, que a su regreso, después de reconocer nuestros buques, se entró al fondeadero para impedir que el Huáscar, por no dañar a la población, le hiciese fuego.

La Independencia avanzó hacia el sur, con el objeto de impedir que la Covadonga, que tiene muy buen andar, se le escapase. Fue entonces cuando se trabó un combate recio por nuestra parte y desesperado por la del enemigo, que ha demostrado un heroísmo espartano.

Jaqueada la Esmeralda por el Huáscar, que la perseguía en las ligeras evoluciones que ella hacía, entre nuestra rada y el Colorado, único trayecto que pudo recorrer, porque no tenía escape, ni al norte ni al sur, el monitor le hacía fuego por elevación, a fin de lograr que la corbeta se rindiese. Que desde el principio fue ese el objeto del valiente comandante señor Miguel Grau, lo prueban las bombas y balas rasas que reventaron en el cerro de Huantaca, y en el que está frente a la casa del señor Williamson.

La Esmeralda sostenía el fuego con un tesón admirable, haciendo certeras punterías a flor de agua y por elevación; pero el Huáscar le respondía de tarde en tarde a fin de no dañarla. En uno de los movimientos de la corbeta chilena, se puso frente y muy cerca de la estación del ferrocarril. Entonces el señor general Buendía que, para todo caso hizo colocar la artillería de campaña por ese punto, ordenó que rompiese ésta el fuego sobre el buque chileno, y que igual cosa hiciesen los soldados. En efecto, las cuatro piezas de a 9 empezaron a hacer un fuego pronto y certero, al cual contestó la corbeta con una andanada y con tiros de fusilería tan sostenidos, que parecían los de dos ejércitos numerosos que se baten encarnizadamente.

Después de sesenta cañonazos de tierra, más o menos, se consiguió desalojar a la Esmeralda, que buscaba, siempre haciendo fuego, la salvaguardia de la población para no perderse.
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Mientras tanto, la Covadonga huía y huía a toda máquina hacia el sur, recibiendo los constantes tiros que la Independencia le hacía y correspondiéndolos con denuedo y buen éxito. Hubo un momento en que se creyó perdida la Covadonga. Entonces hizo rumbo al interior de la caleta de Molle, siempre combatiendo.

Mal manejada la Independencia, no conocedor, sin duda, su comandante de esa bahía y sus malos bajos, y, por otra parte, deseando tomar el buque sin causarle grave daño, emprendió su persecución.

Pero sucedió que, en vez de tomar rectamente al sur para ganarle la vanguardia a la Covadonga, que, dentro de Molle, tenía que describir una semicircunferencia para verse fuera de la ensenada, el blindado peruano tomó la retaguardia y emprendió la persecución del buque enemigo, el cual, muy pegado a la costa, daba todo su andar a la máquina para lograr la fuga. Tanto se acercó a la playa, que la guarnición que está en Molle le hizo fuego de fusilería, al que la Covadonga contestó inmediatamente.
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El combate entre el Huáscar y la Esmeralda había tomado más calor, haciéndose ya insostenible por parte del buque chileno, cuyas averías principiaban a ser de consideración.

Fue entonces cuando el comandante Grau vio llegado el momento supremo.
Fuera de tiro de cañón la Covadonga, que huía sin que pudiera darle caza la Independencia, y viendo que se prolongaba el combate, decidió ponerle fin con un acto de heroísmo.

Cuando la Esmeralda estaba frente al Colorado, al norte de este puerto, le arremetió el Huáscar con su espolón, descargándole antes dos cañonazos que inutilizaron algunas piezas del enemigo. La corbeta principió a hacer agua. Al habla ambos buques, el comandante Grau intimó rendición a la Esmeralda; pero el jefe de la corbeta chilena se negó a arriar su bandera.

Viendo el señor Grau que era inútil toda consideración, arremetió por segunda vez con su buque a la Esmeralda, que entonces, como anteriormente, no había cesado de descargar sus cañones.

En este segundo choque se desconectó el eje de la maquinaria de la corbeta chilena y una bala del monitor le mató treinta y seis hombres.

Era preciso que se diese fin a un drama tan sangriento y que no reconoce ejemplo en la historia del mundo.
Así fue.

A una evolución de la Esmeralda, en que se presentó hacia el suroeste su costado de estribor, le acometió por tercera vez el Huáscar con su ariete, descargándole dos cañonazos. Uno de éstos le llevó por completo la proa, por la cual principió a hundirse.

Fue en este tercer choque cuando el comandante Prat de la Esmeralda, saltó, revólver en mano, sobre la cubierta del Huáscar gritando: ¡Al abordaje, muchachos! Lo siguieron un oficial Serrano, que llegó hasta el castillo, en donde murió, un sargento de artillería y un soldado. Todos estos quedaron en la cubierta muertos. Prat llegó hasta el torreón del comandante, junto al cual estaba el teniente S. Velarde, sobre el que hizo tres disparos, que le causaron la muerte.

Entonces un marinero acertó a Prat un tiro de Comblain en la frente, destapándole completamente el cráneo, cuyos sesos quedaron desparramados sobre cubierta.
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Mientras esas sangrientas escenas tenían lugar sobre la cubierta del Huáscar, la Esmeralda desaparecía. En efecto, se inclinó hacia estribor, que fue por donde el ariete la cortó, y algunos segundos después se hundió siempre de proa. El pabellón chileno fue el último que halló tumba en el mar.

La Esmeralda era una especie de almacén o depósito de la escuadra chilena en que se encontraba víveres, armamento, municiones y otros recursos de todo género. No es, pues, extraño que después de haberse hundido, se haya visto a flote cajones de distintas clases y tamaños.

Al hundirse la Esmeralda un cañón de popa, por el lado de estribor, hizo el último disparo, dando la tripulación vivas a Chile.

El combate concluyó a las 11.45 A.M.
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Después de la catástrofe, que apagó los gritos de entusiasmo con que desde el principio eran saludados los tiros del Huáscar por el pueblo y el ejército, siguió el estupor y el silencio en todos.

La impresión que en los habitantes de Iquique produjo el hundimiento del buque enemigo pudo más que la alegría, y la apagó.

¡Tremendo misterios del corazón humano!
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Mientras que al norte de Iquique el triunfo ponía fin a un espantoso drama, al sur tenía lugar otro inesperado.

Forzando su máquina la Independencia, pudo dar caza a la Covadonga, que iba completamente destrozada. Se puso al alcance de ella frente a Punta Grande, que dista como nueve millas y algo más de este puerto. A pesar de su mal estado, la Covadonga hacía fuego de cañón y de rifle. Entonces el comandante Moore resolvió pasarla por ojo, e hizo que su buque orzara para verificar la operación. Desgraciadamente cuando esta maniobra tenía lugar, el blindado chocó por el costado de babor en una roca, abriéndolo e inclinándolo de ese lado. En el acto se esparció el desaliento y la confusión. Se echaron botes para salvar la gente, y la que no tuvo embarcaciones, se arrojó a nado para ganar la playa.

Debemos hacer constar para la historia un hecho que habla muy en alto en favor de nuestra proverbial generosidad y que será un nuevo baldón para Chile. Mientras que en nuestra bahía el Huáscar arrió todas sus embarcaciones para socorrer a los náufragos de la Esmeralda que a gritos pedian auxilio, del Covadonga se hacia fuego de rifles y ametralladoras sobre los botes y la gente que nadando tomaban la playa, después de abandonar la Independencia.
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Luego que el Huáscar tomó a los prisioneros que, en número de cerca de cuarenta, pudieron salvarse, se dirigió al Sur en persecucion de la Covadonga y en auxilio del blindado. Cuando ésta vió a nuestro monitor, cesó en la infame tarea de asesinar náufragos y tomó la fuga.

Siendo imposible salvar a la Independencia se le puso fuego.
Hasta el momento mismo de entrar este numero en prensa, arde todavia el casco de ese buque, cuya gente vino por tierra anoche a este puerto.

El comandante Moore: el segundo y algunos otros oficiales y empleados del blindado, pasaron al Huáscar, el cual regresó a este puerto anoche a las siete, dejando poco después nuestro fondeadero sin rumbo conocido.
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Al fugar el trasporte Lamar Lintes que nuestros buques entrasen a la bahia e hiciesen el primer disparo, izó el pabellón americano. Por esta razon se dice que el comandante Grau no lo persiguió.

Al abordar los prisioneros chilenos las embarcaciones que fueron en su auxilio, dieron un ¡viva a1 Perú! y encomiaron el valor y generosidad de los peruannos para con los rendidos.
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El oficial don Guillermo Garcia y Garcia de la Independencia, murió después de encallada ésta, a consecuencia de dos tiros de comblain que se le hicieron de la Covadonga.

Han sido heridos el capitán de fragata don Ramón Freire y tres hombres de mar del Huáscar.
Entre los prisioneros sabemos que están el teniente 1° segundo comandante de la corbeta Luis Uribe.
Teniente Francisco Sánchez.
Guardias-marinas; Arturo Wilson, Arturo Fernaudez, Vicente Zegers.
Cirujano, Cornelio Guzman.
Practicante, Juan O. Goñi.
Subtenieutes, Antonio D. Hurtado, German Segarra.
Pasajero, Agustín Cabrera.

A estos individuos se les ha alojado en el cuartel de la Compañia “Salvadora”, y el resto de la tripulación está a cargo de la Columna de Gendarmes.

No es exacto que estén incomunicados; por el contrario, se les ha ofrecido la libertad, pero ellos no han aceptado por temor a sufrir desaires del pueblo.
Eso piensan, porque no conocen el carácter generoso y magnánimo de sus apresadores.
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Desde que asomaron los buques y principió el combate, el ejército se colocó en sus posiciones con una celeridad y entusiasmo que acusan moralidad, disciplina y el tradicional pundonor de nuestros soldados.

El señor general Buendia, general en jefe del ejército, recorrió la linea de la playa entusiasmando a los soldados y dictando medidas oportunas para prevenir las emergencias que tiene la guerra en casos dados.

Los comandantes generales de division estaban también en sus puestos
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Hemos procurado hacer esta narración lo mas exacta posible, recordando lo que con toda calma hemos visto, y tomando la palabra de varios oficiales de marina, actores en este primer hecho de armas en la guerra a que injustamente nos ha provocado Chile.

Por la redacción,
MODESTO MOLINA.
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Imagen óleo del pintor Thomas Somerscales.
Saludos
Jonatan Saona

1 comentario :

Anónimo dijo...

Que deshonra para Chile tener entre sus héroes a un sádico asesino, matar a náufragos indefensos y encima cobarde porque si fuera valiente se enfrentaba al Huascar

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