miércoles, 18 de mayo de 2011

Relato de Benito Neto


Relación del Combate de Iquique enviada a "La Patria de Lima", por su corresponsal don Benito Neto, Testigo presencial en la bahía

Iquique, mayo 23 de 1879
Señor director:

Con la misma ansiedad y vehemencia con que los griegos al sacar en suerte el nombre del héroe que debía luchar con Héctor, imploraban a Júpiter que hiciera que el elegido fuera el rey Miceno o el formidable Ayax; rogábamos nosotros a Dios, hace ya cinco días que apareciera por este puerto cualquiera de nuestras divisiones navales, pues la ocasión no podía ser mas propicia para vengar en dos buques enemigos las cobardes y aleves agresiones de su escuadra.


Por cierto que la división que más ansiábamos era la primera, compuesta del Huáscar y la Independencia.

Así pues, calculen ustedes, cual no sería el gozo y asombro que me produciría el tropel y vocerío de las gentes que, en la mañana del 21, corrían por las calles vivando al Perú y anunciando la llegada de nuestra escuadra.

¿Será verdad? ¿no estaré soñando? ¿no es alucinación de mis sentidos?. Todo esto me repetía yo, confundido, atolondrado, mientras salvaba el trayecto que media desde mi alojamiento al muelle.

¡Qué inesperada y grandiosa realidad la que descubrieron mis ojos al llegar allí! ¡Dentro de la bahía donde desde el 5 de abril se enseñoreaba insolente la enseña pirática de Chile, estaban ahora nuestros hermanos, nuestra bandera, la patria, en fin!

¡Y qué alegría, qué entusiasmo causaba al pueblo lo que tenía a la vista; aquello era delirio, frenesí!

Mientras tanto el Huáscar y la Independencia en cuyas popas flameaba un anchísimo paño bicolor, avanzaban lenta y majestuosamente hacia el centro de la bahía, por distintos puntos. Los buques chilenos voltejeaban de un lado a otro buscando escapatoria, sobre todo la Esmeralda, que era la mas acorralada.

La Covadonga enderezaba su proa hacia la isla como resuelta a encallarse.

El vapor transporte chileno Lamar, que había encontrado salida, huía con bandera norteamericana.
(Siempre la piratería¡)

Ninguno de nuestros buques le sigue, se ocupan sólo de los de guerra.

La Independencia toma a su cargo a la Covadonga y el Huáscar a la Esmeralda; el cañoneo se hace cada vez mas nutrido, particularmente de parte del enemigo. El primero de los buques de éste, pegándose muchísimo a tierra, logra salvar la isla y escapar con rumbo al sur. Pero ¿dónde irá que no le de caza nuestra fragata?.

Así acontece. A poco que anda, la Independencia la obliga a virar y buscar amparo en la caleta de Molle.

En estos momentos la lucha desesperada de la Esmeralda con nuestro monitor, absorbe la atención de todos los que presenciaron aquel duelo sangriento.

Otro incidente; la llegada al Huáscar de la lancha que conduce al capitán de puerto señor Salomé Porras, acompañado del patriota sargento mayor del batallón de GG.NN. Iquique número 1, señor Manuel A. Loayza, y de la otra que lleva a su bordo al inteligente práctico Mr Chekly. Ambas embarcaciones cruzan bajo los fuegos de cañón y fusilería del enemigo.

El peligro, los azares del combate tienen la misma poderosa atracción del abismo, la cual para algunos temperamentos suele ser irresistible.

La riesgosa expedición de las referidas lanchas, despierta en muchos el deseo de repetirla, entre los cuales se encuentra este servidor de ustedes. Por fortuna, igual deseo le asalta al comandante del resguardo, teniente coronel Mariano Tirado, y a mi colega el corresponsal de El Comercio señor Salvador Gómez Córdova. No quedó en proyecto la cosa.

Media hora después, estábamos en plena mar y en pleno combate, conquistando el derecho de poder decir: "hemos visto de cerca los hechos".

Confieso ingenuamente que una vez que me vi metido de bobilis bobilis en la safaboca, empecé como a sentir remordimiento, la lucha arreciaba de minuto en minuto; pero ¡qué diantres! ya era tarde para regresar a tierra. Con que así, no hubo mas que marchar adelante.

Próximos nos encontrábamos al Huáscar, y viendo la mejor manera de escapar el bulto a los fuegos de los nuestros y de la Esmeralda, cuando aquel se lanzó rápido sobre ésta, que le recibió presentándole la proa después de haber descargado todos sus cañones de babor.

El espolonazo fue recio pero no causó gran efecto.

La Esmeralda maniobró con dirección a la población, con el intento marcado de evitar que el Huáscar, ante el peligro de dañar a aquella, le hiciera fuego.

Pero no contaba con la huéspeda de los cañonazos certeros que descargó sobre ella nuestra artillería de tierra.

El buque chileno contestó con bombas y andanadas de metralla. Pero esto en vez de amilanar, avivó el entusiasmo de los soldados de las baterías, viéndose aquel en la necesidad de alejarse de la playa y afrontarse de nuevo con el monitor.

Después de cambiar algunos tiros, lanzóse otra vez impetuoso sobre el enemigo; la Esmeralda pretendió evitar el golpe del espolón, pero no anduvo tan feliz como en la primera, sin embargo, no fue grande el daño.

Trabóse entonces un terrible y encarnizado combate a boca de jarro de ametralladoras y fusilería, una densa nube de humo envolvía a los dos buques.

¡Qué momento de ansiedad y de angustia infinita para los que contemplábamos aquello!

De pronto de la torre del monitor salen dos fogonazos, al mismo tiempo que de la proa de la Esmeralda se levantan por los aires multitud de objetos que a primera vista parecen trozos de madera.

Inmediatamente de hacer estos dos disparos, sin retardo ni de un minuto, precipítase el Huáscar sobre el centro del costado de estribor del buque enemigo, cuyo caso cruje, su arboladura tiembla y bambolea...¡buques, cañones y tripulantes se hunden en el abismo!

Eran las doce y diez minutos pm. Lo último que desaparece en las aguas es el pabellón chileno. No se oye el más leve grito ni clamor alguno de socorro. Todo permanece mudo, tétrico, pavoroso; ni siquiera resuenan los vítores con que en los campos de batalla se saluda el triunfo, a todos nos tiene anonadados el horror de aquella tremenda escena.

¡Dios mío, maldita sea la guerra! ¡Cuántos sacrificios de vidas, cuántas lágrimas, cuántos infortunios en tan breve instante!

¡Qué transición! No ha mucho todo estrago me parecía poco para castigar las ofensas, las crueldades de nuestros injustos enemigos; y he aquí, que al ver la decisión, el heroísmo que han mostrado al sucumbir, siento opreso, dolorosamente angustiado el corazón.

 Pero qué extraño es que yo, simple espectador de la tragedia, experimente tal emoción, cuando los mismos que con admirable entereza y denuedo acaban de vengar los ultrajes inferidos al país, les veo haciendo los más nobles y heroicos esfuerzos por salvar a los náufragos, con grave riesgo de la vida que ha respetado la metralla arrojada por esos a quienes procuran salvar de una muerte segura.

Esta acción hidalga y caballeresca no requiere comentarios; con narrarla basta para que quede glorificada la conducta de nuestros bravos marinos.

Sí; glorifiquemos una y mil veces ese proceder humano, esa sublime abnegación de los vencedores.

¿Qué mayor triunfo y gloria podíamos ambicionar que obligar a nuestros enemigos con actos de generosidad e hidalguía hasta el punto de hacerlos prorumpir en vítores a los valientes, a los generosos peruanos, como aconteció con los náufragos de la Esmeralda al trepar sobre la cubierta del Huáscar?

¿Puede darse una victoria más completa?

¡Y qué lección tan tremenda la que recibían los bombardeadores de puertos indefensos!

En el instante mismo que en esta bahía admirábamos enorgullecidos tales hechos, léase lo que ocurría al sur de la caleta de Molle, en la punta denominada Grueso.

Acosada por la persecusión de la Independencia, la Covadonga se precipitó sobre dicha punta, en el momento que nuestro buque, marchando a toda fuerza, estaba próximo a darle el golpe de espolón.

La Covadonga salvó milagrosamente de los arrecifes, pero la Independencia encalló, destrozándose los fondos, a tal extremo, que el mar invadió sus compartimentos inutilizando por completo todos sus pertrechos de guerra.

Apercibida por el buque chileno la situación del nuestro; se detiene en su fuga, y en seguida retrocede.

¿Acaso qué? preguntarán ustedes. Por ventura a auxiliarlo?

Oh¡ no; todo lo contrario!! A cañonear, a ametrallar a la tripulación que se encontraba imposibilitada para toda defensa!!

Hubiera concluido con aquella sin la presencia oportuna del Huáscar, a la vista del cual emprendió de nuevo su fuga la Covadonga.

¡Qué horrible contraste!

Mientras que los náufragos de la Esmeralda recibían de parte de nuestros marinos todo género de socorros y consideraciones, los de la Independencia eran cobardemente asesinados por los chilenos.

He ahí, en dos episodios daguerrotipados el carácter, la índole de dos pueblos.
El uno altivo, caballeresco y humano: el otro alevoso, rastrero y cobarde.
¡Miserables!

La catástrofe de la pérdida de la Independencia, es un hecho, en mi humilde concepto, enteramente casual.

La roca contra la cual chocó no está señalada en el mapa, y además el hecho de haberse lanzado por allí la Covadonga alejó toda sospecha de la existencia de aquella.

Ah¡ si en vez de haber tenido en los tiempos de paz a nuestros buques pudriéndose en la bahía del Callao, los hubiera mandado el gobierno a estudiar nuestra costa, no tendríamos que lamentar tales desgracias!

Siempre la falta de previsión!

Nunca nos cansaremos de repetir a nuestros colegas, que tengan presente que los hechos de hoy serán la historia mañana, por consiguiente conviene cuidar de no ser adulterados ni forjar fantasías.

No es cierto lo afirma el citado boletín del colega, que el comandante Prat saltara sobre la cubierta del Huáscar, gritando ¡al abordaje, muchcachos! ni menos que fuera quien dió muerte al teniente Velarde.

Cuando nuestro monitor dio el último espolonazo a la Esmeralda, Prat que se encontraba en el puente saltó sobre la proa de aquel sin mas arma que su espada: allí fue muerto por una de tantas balas.
Su cuerpo cayó junto a la torre.
Contaba de edad 31 años, natural de Santiago, casado.

La muerte a pesar de que había sido terrible, pues la bala le vació el cráneo, no había cambiado los rasgos de su fisonomía, que debió haber sido simpática.

En el bolsillo de la levita se le encontró una carta, unos escapularios, los retratos de su esposa y dos niñitos.

Tenía a más una libreta de apuntes donde pude leer una larga lista de nombres de personas que me son conocidas en Montevideo y Buenos Aires, donde fue el año próximo pasado en comisión secreta del gobierno de Chile.

Sobrada razón tuvieron los diarios argentinos para denunciarlo como espía.
Así lo prueban los apuntes de su libreta.

He aquí la copia de un telegrama hecho desde Montevideo con fecha 12 de diciembre a don Domingo Gana en Santiago.
"Duelas compró aguardientes primera clase en Francia"

Ahora, vean ustedes, la traducción según la clave que se encuentra consignada en la misma libreta.
Duelas significa gobierno argentino.
Y aguardiente, remplazaba a buques.

¡Qué lealtad de gente! ¡Y esto pasaba en momentos en que el gobierno de Chile entonaba su pecavit delante de la cancillería argentina.

Dejo a mis antiguos colegas, los periodistas del Plata la tarea de comentar estas perfidias.

El combate de la Esmeralda con el Huáscar podría haber terminado pocos momentos después de la llegada de éste. Si duró éste tres horas y media, fue sólo por la imposibilidad en que se encontró para maniobrar en la bahía por temor de los torpedos.

La aseveración del capitán del puerto al respeto, no carecía de fundamento, pues no hacía muchos días que los buques chilenos habían estado ensayando algo que por la explosión parecía torpedos.

A bordo del pontón de Stanley, se ha hallado una gran cantidad de dinamita.

Luego, motivo suficiente había para creer que nos hubieran preparado alguna celada.
____

No es cierto tampoco aquello que asegura el boletín de El Comercio de Iquique, que los de la Esmeralda se hundieron haciendo fuego con los cañones de popa y dando vivas a Chile.

Fué tan instantánea la catástrofe, que apenas tuvieron tiempo algunos para arrojarse al mar.

A los que se quedaron sobre cubierta, les fue imposible salir a la superficie, pues el remolino que produjo el buque al hundirse, se los tragó a todos.

B. NETO
*******************
Saludos
Jonatan Saona

3 comentarios :

Juan Velásquez dijo...

Felicito grandemente el valioso aporte de su blog por esclarecer con documentación contundente los hechos que sucedieron en la guerra. Continúen con su obra. Juan Velásquez

Anónimo dijo...

No se que tan contundente es el relato de un corresponsal, que obviamente tiene una visión interesada.
Oculta a sus lectores la consecuencia de la pérdida de la Independencia para Perú. Como dice Encina en su historia, en Punta Gruesa se definió el resultado de la guerra. El resto fue solo un inútil derramamiento de sangre.

Anónimo dijo...

Estimado, aquello que se dice sobre el Combate Naval de Punta Gruesa, que la roca no estaba descrita, es falso.
Aquella descripción fue realizada por el mismo Jefe de la Segunda División Naval del Perú, Don Aurelio García y García.

Aquí la fuente:

http://books.google.es/books?id=R6RBAAAAYAAJ&pg=PA24&dq=Derrotero+de+la+Costa+%22punta+grueso%22&hl=es&ei=yogATYOxIcH_lgfT9fnWCA&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=1&ved=0CCYQ6AEwAA#v=onepage&q=punta%20grues&f=false

Saludos.-

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