sábado, 30 de abril de 2011

Francisco Machuca

Se incorpora el ejercito chileno en mayo de 1879 como subteniente del Batallón Coquimbo, en el que particpó en la guerra del Pacifico.

Años después escribiría la historia de esta guerra en varios tomos "Las Cuatro Campañas de la Guerra del Pacífico", la cual recibió buenos comentarios.


Juicios Críticos relativos a Las Cuatro Campañas de la Guerra del Pacífico. 
PATRIÓTICO Y EDUCADOR. 
Historia “Militar” de nuestra gran guerra por el Comandante Machuca. 
(Editorial de “La Unión” de Valparaíso). 
“Captain”, el conocido y reputado cronista militar, o sea don Francisco A. Machuca, teniente coronel en retiro, veterano de la guerra del 79, ha tenido una idea altamente patriótica y en sumo grado provechosa para la cultura cívica nacional: la de escribir la historia de la Guerra del Pacífico, con criterio y dentro de un ambiente exclusivamente militar, pero en forma de facilitar su lectura al profano y vulgarizar los hechos y episodios, de aquella heroica tragedia que, por desgracia desconocen casi todos los chilenos de las dos últimas generaciones, los que eran niños por aquel entonces y los jóvenes de hoy. 

Parecerá extraño que ahora, cuarenta y siete años después, se escriba y se hable de la gran guerra del Pacífico. 
Sin embargo, no debe serlo. 
Se ha escrito en verdad, historias y reseñas históricas de aquellas jornadas, pero ninguna de ellas cumple con el doble objeto que se ha impuesto el comandante Machuca. 

Hay una historia documental, -la de Ahumada Moreno- enorme y de difícil consulta y árida lectura. Hay otras historias o trabajos con pretensiones de tal, escritos a vuela pluma por paisanos (cucalones o simples oyentes) que nunca miraron los hechos por el punto de vista militar y que sólo se inspiraron en las fuentes civiles o políticas, mejor dicho, en el escenario civil o político en que actuaron, fuentes y escenarios en que se creía hacer “la guerra.... y no se hacían más que tonterías y política...” 

Entretanto, la historia que comienza a publicar Machuca es, sencillamente la historia de los que “hacían” la guerra en el escenario mismo de la guerra. 

Tenemos también una historia militar: la del coronel asimilado y profesor de la Academia de Guerra don Guillermo Ekdahl. Más, se trata de un trabajo exclusivamente técnico, como que es el resumen de los cursos hechos en la Academia y se resiente de los mismos errores capitales de los otros, y de errores naturales propios de la condición del autor. En efecto, el citado profesor fundó sus estudios, algo en los partes oficiales, que no decían ni podían decir mucho, y casi todos en las mismas historias a criterio cucalón y político, que desfiguraban considerablemente la realidad militar de los hechos. Por lo demás, careciendo el historiador, del ambiente en que se generó y realizó la guerra, no podía explicar ni explicarse muchos de los hechos que dentro del ambiente son perfectamente lógicos. 

Y si a ello se agregan las deficiencias y la impropiedad del material básico informativo, se comprenderán los yerros de una historia, por capaz y genial que sea su autor. 

El comandante Machuca se propuso, hace años, reaccionar sobre el prejuicio que cubría el desarrollo de aquella guerra y presentarla alguna vez tal como fué, por el punto de vista estrictamente militar, demostrando, netamente lo que los militares hicieron y lo que los civiles y políticos no les permitieron hacer. 

Importa pues, la obra del comandante Machuca, ante todo, una reivindicación militar, reivindicación justa, y necesaria. 
Recuérdese que no hace muchos años resonó en pleno Senado esta frase cruel y embustera, mientras se trataba de una ley de recompensa a los veteranos: 

“La guerra no la hicieron los soldados; la hicimos nosotros....” 
 Y, sin embargo, fueron los soldados los que pelearon y ganaron las batallas: no los políticos. 

Fueron otras las batallas que ganaron los políticos: las de la envidia de bandería, las de la intriga y las del charqui apolillado, e infecto.... 

El autor ha titulado su obra “LAS CUATRO CAMPAÑAS DE LA GUERRA DEL PACIFICO”, a cada una de las cuales corresponderá un volumen de más de 350 páginas. 

Esta denominación es lógica y corresponde a la realidad militar, porque es propiamente una campaña desde la ocupación de Antofagasta hasta la batalla de Tarapacá y dominio de la provincia. La segunda campaña termina con la ocupación de Tacna. La tercera comprende la expedición a Lima y culmina con el aniquilamiento militar y político del Perú. La cuarta se refiere a la acción sobre la “sierra”, cruento epílogo lleno de sacrificios y que encierra la jornada épica de la “Concepción”, sólo hermanable con el soberbio holocausto de Iquique. 

El primer tomo, ya en circulación, se inicia con un minucioso y documentado análisis de los orígenes del conflicto, y encierra muchas luminosas páginas que exhiben la perfidia y alevosía de nuestros enemigos y la diáfana claridad de los derechos chilenos. 

Brotan allí hechos concretos, macizos, que debieran saber de memoria todos los chilenos y casi todos ignoran. Pero, dejaremos el análisis para un próximo artículo. 

La obra está escrita con neta sencillez, con absoluta precisión, en estilo fácil y comprensivo, podemos decir, en estilo didáctico, destinado a enseñar, a nutrir la mente y formar plena conciencia. 

No fatigan al lector los grandes períodos, ni la profusión de citas, ni las personales divagaciones. 
Bien se ve que se trata de un maestro que ha cultivado las aulas más de treinta años. 
Se propone enseñar el origen y desarrollo de la guerra del Pacífico, y lo consigne, dejando en el espíritu una huella profunda imperecedera. 

El libro está dedicado “a los señores coroneles, don Carlos Ibáñez del Campo, Ministro, del Interior y don Ricardo Olea, comandante en jefe de la V División, a cuya patriótica benevolencia se debe la publicación de esta obra”. 

En conclusión y resumiendo, lo que hemos dicho, “Las Cuatro Campañas de la Guerra del Pacífico” como texto de historia militar, propiamente dicho como, agente eficaz de cultura cívica, al alcance de todas las capacidades, es un libro eminentemente patriótico y provechoso, destinado, a prestar útiles servicios en las instituciones armadas, en los establecimientos de enseñanzas y aun como eficaz elemento de propaganda en nuestras legaciones y agencias consulares. 

No abusamos del ditirambo si decimos que se trata de una obra de importancia nacional. 
Al menos tal es la impresión que ha dejado en nuestro ánimo. 
______________ 


Libro de Tesis, pero de gran interés. 

“Las Cuatro Campañas de la Guerra del Pacífico”, por Francisco A. Machuca (Captain), teniente coronel retirado. Tomo I, Valparaíso, Imprenta Victoria, 1926, 358 páginas de 21 por 12,5cm. 

Doblo, la última página de este libro, tomo I de la obra, y quedo, con la impresión de curiosidad que deja la novela cuya lectura se interrumpe en momentos de supremo interés, y no es esto pequeño elogio, al tratarse de una historia más de acontecimientos tan conocidos entre nosotros como la Guerra del Pacífico y acerca del cual tanto se ha escrito. Pero, es que en ella no se sigue ninguna de las trilladas sendas; se exponen los hechos con criterio propio, teniendo a la vista un objeto definido; se imprime a la narración esa seguridad viva y animada que sólo puede comunicarle el testigo ocular, que ha sabido ver y que posee el secreto de sucesos que otros solo han pretendido ilustrar con hipótesis más o menos antojadizas y que no satisfacen. 

Sin duda este libro de un serenense, salido de las aulas para empuñar las armas en defensa del suelo patrio, tiene un encanto particular para los de mi generación y, especialmente, para mis coterráneos: evoca nuestros más apartados y queridos recuerdos, resucita nombres que nos fueron familiares en la infancia, despierta sentimientos que no duermen sino con muy liviano sueño: los del Chile heroico, los de la nación en armas, vibrando, unida entre un solo culto: el de la patria. 

Nos trae a la memoria los voltejeos del “Huáscar”, frente a nuestra había, con los ocultos deseos, no satisfechos, de que se produjera el duelo que esperábamos entre los fuertes y su artillería; las lecciones interrumpidas de súbito por el ruido de un volador o por el primer toque de una campana, en que adivinábamos en el acto el triunfo esperado, los interminables desfiles de tropas, que llenaban nuestra ciudad nortina, en cada uno de cuyos soldados nuestra alma infantil no veía más que héroes aureolados por el nimbo de la gloria; luego la ternura que nos inspiraban los heridos, nuestros amigos, que por encima de nuestras salas de clases, poblaban los extensos dormitorios del colegio, convertido en hospital militar, y, todavía nuestro despecho de ser pequeños, cuando los mayores de nuestros compañeros, casi tan niños como nosotros, desertaban de nuestros bancos para enrolarse entre los que daban lustre y mayor brillo a la solitaria estrella, que es símbolo y que es augurio de nuestro destino nacional. 

Más no se crea que se trate de una historia de corte sentimental y de un lirismo declamatorio. Los hechos y la época por sí mismos, disfrutan de un carácter lleno de idealidades sanas y robustas, que Captain ha tenido el acierto de no ajar, empeñándose en limitarse a la historia del acto militar exponiendo el mecanismo técnico de la guerra, como, crítico de empresas bélicas de mérito reconocido que es, con reputación bien ganada en la ilustración periodística de las operaciones realizadas en la guerra anglo‑boer, en la guerra ruso‑japonesa y en la última gran guerra mundial. 

En este primer torno, se encuentran: los motivos determinantes de la contienda; la ocupación del litoral norteño; la lucha marítima, que puede darse por terminada con la captura del “Huáscar” en Angamos; la organización de la guerra, el desembarco de Pisagua; las acciones de Dolores y Tarapacá, con la ocupación definitiva de la provincia de este nombre. Pero, por encima de todo esto, se plantea aquí la tesis que es el fluido vital del libro; el proceso del mando en las operaciones. 

Ahumada Moreno, con paciente prolijidad, formó el archivo de la guerra; Barros Arana escribió su historia civil y contemporánea para dar a conocer ésta en el extranjero; Vicuña Mackenna tejió una que, es como, una guirnalda de flores depositada sobre los hombros gloriosos de nuestros guerreros; Bulnes da una interpretación que a trechos parece alegato en favor de determinadas figuras; Ekdahl ofrece otra con materiales de segunda mano desconociendo en absoluto al Chile de 1879, y dando por ciertas afirmaciones parciales que no estaba en condiciones de probar. Machuca principalmente rectifica a los dos últimos, sin librarse por su parte, una vez que otra, de incurrir en los mismos defectos que denuncia en aquellos autores. 

El ejército permanente de Chile al declararse las hostilidades, no era más de 2.810 hombres que defendían nuestras posiciones de Arauco, y guarnecían nuestras capitales; pero, en él había jefes de mérito con estudios en los ejércitos europeos y perfectamente capacitados para conducirnos a la victoria. Faltaban tropas y oficiales; pero los improvisó el civismo de nuestra juventud de entonces, capaz de vibrar con épico entusiasmo ante las necesidades de la República. Los profesionales más reposados, los estudian­tes y sus maestros, los artesanos, los mineros del norte, los agricultores, los horteras de las ciudades y hasta los más pacíficos vecinos, en breve tiempo, se habituaron a los arreos militares, y algunos de ellos, como nuestro autor, no los volvieron a abandonar jamás. 

Sin embargo, nuestros gobernantes, conscientes de los peligros que se cernían sobre nuestra nacionalidad, sufrieron zozobras horribles, padecieron justificadas desconfianzas, temieron las consecuencias de cualquier error y se sintieron, a menudo, agobiados por el peso de sus responsabilidades. Con­fiar enteramente la suerte de la nación en manos de los militares, alejados por razón de su oficio y de su patriotismo de buena ley, de los Cenáculos del Gobierno, les parecía desertar de su puesto de mando, abandonar sus deberes en momentos decisivos para el país y traicionar la alta investidura que les diera la confianza que en ellos habían depositado sus conciudadanos. Los jefes militares de aquella época se sometieron a las disposiciones de la ordenanza, aunque muchas veces creyeron que el Ejecutivo era ingrato e injusto con ellos, y obedecieron fielmente al Gobierno civil que presidió y ganó esa contienda, merced a los esfuerzos y a los sacrificios de la na­ción entera. 

Machuca, civil antes de 1879, pero militar desde entonces, toma partido a favor de los profesionales de ese tiempo, en que él era un mero movilizado. Retoca, al efecto, muchas figuras que el olvido o la incomprensión había obscurecido o desfigurado, y en verdad, que, con los certeros toques de su paleta, cobran vida y resultan más reales, tanto que no dudo sean los rasgos que él, los que más gocen de la fidelidad del retrato. 

No podríamos decir lo mismo ciertamente, de los esbozos civiles que traza. No es posible pensar con equidad, que todo fuera noble amor patrio en los unos y mero egoísmo y ambición de mando en los otros. Los argumentos de la pasión tienen el efecto del bumerang: se vuelven contra quien los lanza; pero, siempre es interesante un libro que toma la defensa y rebate, generalmente con buen éxito, acusaciones que se admitían sin recelo, porque nadie las había discutido, y que luego, al llamar la atención sobre ellas, aparecen reducidas a sus justos y precisos límites. 

Mil veces valen más libros en que campea una convicción y en que se transluce hasta la exageración del entusiasmo, por la justicia histórica, que no otros anodinos, en que por enaltecerse a sí mismo el autor, y por darla de discreto, se hace cómplice de las pasiones ajenas, sin desafiarlas en su comprometedora fiereza por un amor a la verdad, que no es capaz de sentir. 

Machuca, con pleno conocimiento de lo que narra, con estudio prolijo y bien inspirado de cuanto se ha dicho sobre ello, hace la defensa del viejo y glorioso ejército de 1879, de la nación armada que conquistó el triunfo en la guerra del Pacífico, y lo hace bien, en una forma que rectifica muchos errores que corren con el sello de una autoridad que no es sólida, aunque sea también de profesionales militares. La faz de la contienda que él quiere revelar, la presenta con exactitud, justeza y claridad excepcionales, comunicándole a los acontecimientos, con una sobriedad recomendable, todo el valor dramático, que les pertenece. 

Por eso al doblar la última página, se queda uno esperando la continuación y deseando que llegue pronto. 
Francisco Araya Bennett. 
Valparaíso, 16 de Mayo de 1927. 
___________________ 


Un libro interesante. 

“Las cuatro campañas de la Guerra del Pacífico”. 
(De “El Pacífico” de Tacna). 

Recientemente ha salido a luz una obra de gran interés para todos los chilenos, que se titula “Las cuatro campañas de la Guerra del Pacífico”, escrita por el comandante en retiro del ejército y veterano de la guerra del 79, don Francisco Machuca, con residencia actual en Viña del Mar. 

La obra del señor Machuca, al ser conocida, destacadas personalidades que conocen a fondo la materia, han emitido juicios muy encomiásticos por la forma original y nutrida de importantes documentos históricos que hablan al lector de que una materia no ha sido agotada, no obstante el gran número de autores que se han dedicado a su investigación. 

Esta nueva historia de la Guerra del Pacífico está llamada a obtener la mejor acogida entre todos los chilenos tan inclinados a conocer hasta los más pequeños detalles de esta contienda que costó tantos sacrificios a la patria. 

En esta obra no se encontrará esa enunciación sistemática y cronológica de los hechos que se desarrollaron durante la guerra con el Perú y Bolivia y que han usado la mayoría de los autores, sino que el señor Machuca nos presenta innumerables novedades y juicios que no habían sido conocidos hasta hoy; de lo que se desprende que ella tiene en realidad una importancia inmensa para el esclarecimiento de muchos hechos que no habían sido debidamente abordados hasta hoy por autores nacionales ni extranjeros. 

El libro de nuestra referencia está escrito en un estilo sencillo y ameno que mantiene al lector constantemente interesado. 
_________ 

La Serena, julio 17 de 1927. 
Señor 
Don Francisco A. Machuca. 
(Captain)          
Muy distinguido señor: 

Permita a un viejo periodista, que le envíe su más calurosa felicitación por su magistral narración de la Campaña de Tarapacá, cuya última página acabo de saborear en este momento. 

Conozco a Vicuña Mackenna, Ahumada Moreno, Barros Arana, Vergara, Ekdahl, Bulnes y en general cuanto histórico, anecdótico o novelesco se ha escrito sobre las campañas del 79 al 84, aparte de lo que en veladas íntimas inolvidables, oí referir a muchos de los propios protagonistas cuando recién volvían de realizar sus heroicas hazañas; y le digo que en verdad la narración suya se distingue, y sobresale a mi modesto juicio, por el sentimiento netamente chileno que envuelven sus bien escritas páginas. 

El criterio con que Ud. juzga los acontecimientos, debidamente documentados, bajo los puntos de vista patriótico, militar y religioso, interpreta fidelísimamente nuestra alma colectiva. Así pensamos todos cuantos conocemos los hechos históricos y sentimos bullir en nuestras venas la sangre que forma el núcleo de nuestra raza privilegiada. 

Ha interpretado Ud. el sentir del alma verdaderamente popular chilena. Así apreciaban los hechos, que se desarrollaron en el norte los veteranos de Arauco, la oficialidad improvisada al calor del patriotismo y así la apreciaban aquellos rotos heroicos que cambiaron la chaqueta por la blusa de campaña y las herramientas de labor por el rifle armado del yatagán, terror de nuestros adversarios. 

Cientos de veces he oído a los veteranos, relatos de la organización del ejército en Antofagasta, la toma de Calama, el embarque al norte, el asalto de Pisagua, el avance al interior, la batalla de Dolores y la tragedia de Tarapacá, exactamente como Ud. los hace y que discrepan en muchos pun­tos con lo escrito, anteriormente. 

Sin quitar a nadie un ápice de su justa gloria, hace Ud. justicia a Escala, a Arteaga, a Williams y a tantos otros viejos y abnegados servido­res hasta hoy mal juzgados por la historia, pero que siempre tuvieron un rincón sagrado en el alma de los que compartieron con ellos amarguras y sacrificios. 

Coloca Ud. también en su debido lugar el sentimiento religioso de la sociedad y del pueblo de Chile. Saca Ud. a luz por primera vez la abnegación de la mujer chilena de todas las clases sociales, punto importantísimo, enteramente olvidado, por otros historiadores; y por primera vez también, rinde Ud. merecido homenaje al clero de Chile, tan honrosamente representado en la campaña por aquellos beneméritos capellanes que fueron trasunto fidelísimo de aquel Obispo de Valencia, Don Jeromo, quien después de bendecir en nombre de Dios las mesnadas del Cid Campeador, solicitaba el honor de las primeras heridas. 

Y por sobre todo, coloca Ud. en el alto sitio que le corresponde la abnegación, la pericia, y el talento profesional de los viejos tercios de Arauco. Nada digo de su energía para resistir las penurias propias de toda campaña y de su valor temerario, porque esas son redundancias tratándose de soldados chilenos. 

Por todo eso lo felicito y le repito que he leído, con verdadera ansiedad y a trechos con emoción patriótica profundísima, su primer tomo, de las campañas del 79. 

Desde hace años lo admiro a Ud. como crítico militar y he leído siempre con gusto sus colaboraciones en “El Mercurio” y hoy me descubro con respeto ante el historiador chileno. 

Heraclio Fernández Ch. 
Corresponsal de “El Mercurio”.
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Saludos
Jonatan Saona

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