jueves, 14 de enero de 2016

Parte de Del Valle

Parte Oficial del Sub-Jefe de Estado Mayor General sobre la batalla de Miraflores

Lima, Febrero 5 de  1881.

Señor Secretario;
Como por el curso de los acontecimientos realizados en la desgraciada batalla de Miraflores hubo de quedar de hecho a mi cargo la dirección del Estado Mayor General, por haber sido herido el señor General don Pedro Silva, es de mi deber formular el presente parte, que me es honroso pasar a V.S. para manifestar los hechos realizados desde ese momento, hasta que por órden verbal de S.E., comunicada por el ayudante de campo teniente coronel don Nemesio Orbegoso, se hizo cargo del Estado Mayor General don Juan Buendía, lo cual se verificó momentos ántes de que el enemigo principiara a forzar nuestra línea y a ocupar nuestras  posiciones.

Pero he de principiar mi relato por lo acontecido des­de que me separé por última vez del señor General Silva para cumplir una comisión que me diera, pues fué en mi ausencia que quedó fuera de combate. Y antes de pasar adelante, haré presente a V, S. que habrán de guiarme en mi esposicion la franqueza del soldado leal que pospone toda consideración al cumplimiento del deber, la imparcialidad y rectitud que acostumbro, y además, tam­bién, el conocimiento que me asiste de que en documen­tos de esta clase, forzoso es presentar la verdad desnuda, por dura que ella sea, desde que están llamados a servir de fuente primordial para el juicio de la posteridad y de la historia.

Fué en los momentos en que se presentaba favorable para nosotros el éxito de la batalla, cuando me dió el General Silva la comisión a que he hecho referencia, cu­yo objeto era el de hacer venir un escuadrón para que apoyara un ataque de flanco que dicho General se propo­nía hacer con algunos batallones del cuerpo de ejército que comandaba el señor coronel don Justo Pastor Dávila.

Habiéndome dirijido personalmente al punto donde debía estar situada la caballería, porque no llegaba el escuadrón que por conducto de un ayudante se habia ya pedido, me encontré con que las brigadas de dicha arma no estaban en el sitio que se les designó.  Fui entónces en busca del escuadrón, escolta de S.E., que desde el dia 13 se le había incorporado a estas fuerzas y que se hallaba en el camino real que conduce a Limatambo.  Pero desgraciadamente, tampoco pude valerme de este cuerpo para llenar mi cometido, porque embriagados la mayor parte de sus soldados, no obedecían al teniente coronel don Eduardo del Risco, jefe agregado a él y único que se encontraba presente, y porque mis esfuerzos, además, fue­ron estériles para someter esa fuerza a mi obediencia.

Regresé, pues, para dar cuenta al General de tan graves hechos, cuando a ingresar de nuevo a la línea de batalla, el señor coronel Carrillo y otros me comunicaron que el señor General había sido herido y se le conducía a Lima, que dos ayudantes habían marchado a ponerlo en conocimiento de S.E., y que también dicho General había mandado orden al señor coronel Dávila para que viniera a reforzar la derecha por ser el punto de ataque general.

Habiendo asumido desde este momento la dirección del Estado Mayor General, que me correspondía por reglamento, y notando que algunos de los cuerpos que soste­nían el lado de la línea mencionada cedían en dispersión al impulso del enemigo, traté de contenerlos.  Como alegasen algunos que se retiraban por falta de municiones, hice romper inmediatamente varios cajones para proveer­los de ellas y hacerlos regresar, pero no pude conseguirlo, porque de los pocos que por mi intimación se acercaban a tomarlas, unos se escapaban cuando yo acudía a detener nuevos dispersos, y otros decían que no calzaban las municiones en sus rifles, lo cual sucedió efectivamen­te con algunos, y otros lo tomaban  por pretesto.  Por estas causas, de suyo graves, así como por ser muy pocos ya los jefes del Estado  Mayor que me ayudaban, y no poder con­seguir tampoco que me prestasen  ausilios los jefes de las fuerzas dispersas, entre los cuales hubo hasta jefes carac­terizados que desatendieron a mis requerimientos, no pudo conseguir mi empeño.

Encontrábame en estos afanes, cuando se presentó el teniente don Germán Echecopar, ayudante de V.S., en demanda del señor General Silva o de mí, para comuni­car en nombre de S.E., que se encontraba en la izquierda de la línea, que se cuidara con toda eficacia y bajo res­ponsabilidad de la provisión de municiones.  Hice saber al referido oficial que el señor General Silva se encontra­ba ya fuera de combate, pero que yo haría los esfuerzos posibles para el cumplimiento de la órden; pues habién­dose perdido gran parte del Parque en la batalla del día 13, no estaban convenientemente provistos los repuestos y se trataba de efectuarlo, aprovechando del armisticio en que nos encontrábamos, por lo que hasta se habla pedido a la capital la remisión de algunas municiones, que llegaron en los momentos mismos del combate.

En cumplimiento de la órden suprema, tomé mayor empeño en la remisión de municiones a la línea, y me dirigí al teniente coronel don Márcos H. Suarez. uno de los jefes del Parque, que en él se encontraba, donde pude in­formarme que no existía ya allí una sola de las mulas que quedaban de la administración, como tampoco los encar­gados de ellas, y que el servicio del Parque estaba casi abandonado.  Solicité entónces del capitán don Juan Sa­lazar, que con un piquete de la escolta se encontraba a inmediaciones de la Alameda, que me proporcionara sus soldados para ocuparlos en la conducción de municiones al valiente coronel Cáceres, que sostenía con denuedo la derecha, y remití así algunos cajones, haciendo dirigir a los soldados por el sargento mayor de administración don Manual Cavero, al de igual clase perteneciente al Estado Mayor General don Narciso Vidaurre, los oficiales de éste don Pedro Carrillo, teniente don Simón del Mar, y los subtenientes don José S. del Campo, don Lautaro Ovalle Arrieta y don Arístides Ovalle Arrieta, que se distinguieron por su entusiasmo, valor y actividad; pero tan nece­saria operación no pudo repetirse mucho, porque algu­nos soldados obedecían solamente hasta tomar el cajón y separarse del Parque, tirándolo después al suelo y siguiendo la dispersión de los infantes que mas pronunciada se hacía a cada momento.  En instantes tan supremos, tuve que la­mentar también que tres carretas llegadas con municiones de Limatambo no pudieron avanzar a la línea donde las enviaba con el coronel Carrillo y Arisa, porque los carre­teros abandonaban a éstas, al ver que algunos proyectiles caían a su lado e hirieron o mataron una de las mulas.

Tanto en los momentos de que me ocupo como en las demás batallas, sensible es decir que ha sido bien notable la ausencia de la mayor parte del numeroso personal del Estado Mayor General, que constaba de mas de 100 entre jefes y oficiales, al extremo de no haberse podido disponer de cuatro en un momento dado, pues parece que al dispararse los primeros tiros en San Juan, hubieran creído muchos terminados sus compromisos.  Otros desde ántes se encontraban ausentes, y otros pocos por estar mal montados o haber perdido en el combate sus cabalgaduras dejaron de prestar asimismo sus servicios.

Y ya que me permito consignar en  este parte la indica­ción procedente, habré de cumplir mi deber de justicia presentando también a V.S. la relación que adjunto, en la que están señalados los jefes y subalternos de Estado Mayor General que cumplieron su deber desempeñando diferentes comisiones, y con  mayor motivo recomendaré a V.S. el digno comportamiento de los que por mí mismo pudo observar en el tiempo en que corrió a mi cargo el Estado Mayor, como son: el  coronel don Enrique E. Car­rillo, los tenientes coroneles don Ricardo La-Hoz, don Manuel Merino, don Juan del C. Verástegui, el sargento mayor don Pedro Risco, el capitán don Buenaventura Palma y el subteniente don Carlos Pásara, que estuvieron a mi lado y cumplían con entusiasmo y acierto las órdenes que les daba; el coronel don Jesús del Valle, jefe de la sección de artillería que combatía en la derechura de la línea al pie de los cuerpos del arma, y el capitán don Fenelón Dawling, teniente don Manuel Cisneros y subte­niente don Adrián Arana, que se batían en la línea de infantería.

Me ocupaba precisamente en la remisión de municiones de que dejo hecha referencia, cuando se me presentó el señor General Buendía, acompañado del ayudante de campo del Jefe Supremo, teniente coronel don Nemecio Orbegoso, quien me comunicó la órden verbal de V. S. para que el espresado General se hiciera cargo del Estado Mayor General.

Impuesto el General de todo lo ocurrido y de que aun no llegaba de Lima la máquina del tren que, para salvar el Parque, en caso necesario, había yo pedido mucho tiem­po, por conducto del sargento mayor don Exequiel Llaque, por haberse inutilizado el telégrafo, y dispuso que la conductora de la batería rodante, no se retirase como iba a efectuarlo sin enganchar ántes los carros de municiones y llevárselos, pero los jefes de ésta alegaron no tener agua suficiente y que irían a tomarla en Limatambo para regresar a cumplir la comisión.

Encaminóse después de esto el señor General Jefe del Estado Mayor General, a quien acompañaban los jefes án­tes mencionados, a tratar de contener la dispersión casi general entónces.  Pero llegándonos en este momento la noticia de que la derecha de la línea había sido forzada, nos dirigimos allí para tomar las medidas del caso; mas, ántes de lograrlo, divisamos que por el fin de la Alameda y también por el camino real venían fuerzas enemigas haciendo fuego sobre la estación, y conociendo que la dis­persión era ya incontenible, me encargó el señor General Buendía que tratara de salvar el Parque, pues él iba a dar parte a S,E, de lo que ocurria.

No llegando la máquina que yo había solicitado ni la conductora de la batería rodante, como ordenó el General, pensé, por lo tanto, únicamente en incendiar el Parque, cuya operación me proponía practicar con el teniente coronel don Juan de la C. Verástegui, con quien me encaminaba a la estación, cuando una bala enemiga cayó a éste derribándolo de la bestia, al mismo tiempo que otra, hiriendo el caballo que yo montaba, lo hacía caer sobre mí dándome un fuerte golpe; pero auxiliado por el capi­tán don Buenaventura Palma y mi ordenanza Santos Cuba, fui conducido a la capital, y salvé así de caer en poder del enemigo que estaba ya sobre nosotros.

Es cuanto me cumple poner en conocimiento de V.S. en la parte que me respecta, lamentando penosamente a la vez la inesperada y triste suerte que ha cabido a nues­tras armas, y confiando en que el esclarecimiento de los hechos y el severo castigo de los culpables, hará brillar para el porvenir mejores y mas venturosos dias.

Dios guarde a  V.S., señor Secretario.

G, Ambrosio J. del Valle.

Al señor Capitán de navío, Secretario General de S.E. el Jefe Supremo de la República.
**************************
Fotografía, militar peruano no identificado, tomado en el estudio Courret -Lima

Saludos
Jonatan Saona

1 comentario :

Jorge M. Liendo Seminario dijo...

----DESOCUPACION PACIFICA DE ARICA Y TARAPACA 2013 - 2033
CONVENCION DE GINEBRA PRESCRIBE LA NULIDAD DE LOS TRATADOS IMPUESTOS CRIMINALMENTE POR ASALTO ' CRIMENS DE LESA HUMANIDAD TERROR Y HOLOCAUSTOS CONTRA POBLACIONES CIVILES .EN PROCESO INTERNACIONAL LA DECLARACION MUNDIAL DE LA COMUNIDAD JURIDICA ELITE DEL DERECHO INTERNACIONAL TERRITORIAL . UNION INTERNACIONAL DE ABOGADOS UIA DE PARIS ' ABA DE LOS EEUU DE NORTEMARICA ARCHIVOS DESCLASIFICADOS INOFRME BLAIN AL PRESIDENTE DE USA EN LA CASA BLANCA 1879 - CAL DE LIMA -INSTITUTO PORRAS BARRENECHEA UNMSM - UCP CENTRO DE ESTUDIOS HISTORICOS DIRECTORA DRA MARGARITA GUERRA' TOMA DE LIMA' COLEGIO SSCC BELEN ARCHIVOS 1879 DESCLASIFICADOS . AD PROBATIONEM CONVOCATORIA FUNDACION SIMON WIESENTAL . INSTITUTO IBERAMARICANO DE ESTUDIOS HISTORICOS HAMBURGO ALEMANIA .

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