martes, 8 de septiembre de 2015

Fusiles al hombro

Fusiles al hombro
(Texto publicado en el libro "Bala en Boca" de Enrique Bunster)

«Voy al encuentro de las balas enemigas, ¿pero por qué pensar que alguna ellas puede alcanzarme a mí?»...

Así podemos interpretar el sentir de Arturo Benavides Santos, el estudiante de quince años que en los comienzos de la Guerra del Pacífico abandonó la Escuela Superior de Valparaíso para enrolarse como voluntario en el regimiento Lautaro. Cuando más tarde escribió sus recuerdos de combatiente, desde el título del libro expresó la genial despreocupación con que fue a jugarse la vida: Seis años de vacaciones. Para él no era otra cosa, que desde que ingresó al cuartel con un centenar de muchachitos que iban a cambiar el bolsón escolar por la mochila.


¡Qué emocionante el abrazo de la aventura! ¡Qué ejemplos de resolución y entusiasmo daba la juventud al llamado de los clarines! Un pariente suyo, Guillermo Gordon Valdés, dejó a su esposa en plena luna de miel para engrosar las filas espontáneas del Lautaro. Las damas de Quillota trabajaban día y noche confeccionando los escapularios de la Virgen del Carmen que luego obsequiarían al regimiento. Para que su experiencia fuese perfectamente romántica, Arturo Benavides flechó el corazón de una liceana de trece años «preciosa cual botón de rosas al comenzar a abrirse»; le declaró su amor paseando de uniforme por la plaza del pueblo, y al preguntarle si se acordaría de él en su ausencia, la niña contestó sin aliento:
-A toda hora, Arturo.

Quillota y enseguida Valparaíso, se volcaron a las calles para despedir a los guerreros que desfilaban bajo lluvias de flores y cantando la marcha Nos vamos al Perú. Seguía a la tropa un perro vago que se había aquerenciado en el cuartel y al que adoptaron como mascota del cuerpo. Acababa de ser capturado el Huáscar y reinaba en el puerto un loco júbilo patriótico. Mujeres disfrazadas de varones se introducían a bordo de los transportes. El soldado Benavides quedó apretujado entre sus compañeros en la toldilla del Toltén, vaporcito de ruedas característico de la confusión de buques de madera, blindados de último modelo, corbetas a vapor, veleros o pontones a remolque formaban los convoyes del 79. El hacinamiento humano era tal, en cubiertas, entrepuentes y bodegas, que en caso de incendio o naufragio en alta mar, ni la décima parte de los hombres podría ponerse en salvo. Haciendo de tripas corazón, el señor Benavides tartamudeó ante su hijo:
-Espero que cumplas siempre con tu deber..., aunque te cueste la vida.

La madre, con entereza estoica, entregó a Arturo un canasto con ropa, frutas y golosinas; luego se sentó a su lado en silencio, tomándole las manos y acariciándole los cabellos. Al despedirse, sin una lágrima, le dio este solo consejo:
-Tenle mucho miedo a las mujeres.

Los soldados de infantería cargaban un equipo de campaña cuyo peso era de veintiséis kilos. Llevaban un fusil Comblain y cien tiros en el cinturón-cartuchera. A la espalda portaban la manta y la frazada de dormir y un maletín cuyo contenido usual consistía en una muda de ropa interior, una servilleta, un peine, un cepillo, jabón, cigarrillos y fósforos. Del cuello sujeta con una correa, pendía la caramayola o cantimplora de aluminio para dos litros de agua, que por una de sus caras llevaba ajustado un plato y por debajo un vaso en forma de barquilla. Al quepis se agregaba un cubre-nuca de tela semejante al de la Legión Extranjera. Este equipo pesaba tres kilos más que el del Ejército inglés; quizá por eso, el paso de marcha era de 61 centímetros, contra 75 del de la infantería francesa. El rancho era tan abundante y variado como podría recomendarlo un dietista militar moderno. En el morral no podían faltar el charqui, las tortillas, las cebollas, la harina tostada y el ají como ración básica. El costo de alimentar cada hombre, comprendidas la carne, los porotos, las conservas, el café con aguardiente y las frutas, era de cincuenta centavos diarios. Los soldados recibían un sueldo de once pesos mensuales; los capitanes, 95, los generales 900; lo que no era poco en tiempos en que el peso tenía un valor equivalente a cinco francos franceses... (M. Le León: Recuerdos de una misión en el Ejército chileno).

Teniendo por litera un bote salvavidas trincado sobre la borda, Arturo Benavides navegó hasta Antofagasta en placentero viaje. Las tropas tenían su campo de adiestramiento en el desierto mortal, donde los únicos vestigios de vida son los moluscos petrificados y donde el agua potable se vendía entonces a igual precio que el vino. Allí el soldado raso ascendió a cabo, y llegaría a Iquique promovido a sargento; un sargento tostado por el sol y endurecido en las caminatas de leguas envuelto en nubes de polvo sofocante. Imposible resumir sus vacaciones, porque el Lautaro fue el regimiento de más nutrida campaña, como que alcanzó hasta el lago Titicaca, y se contó entre los últimos que volvieron a la patria. Se hace necesario escoger una etapa de sus correrías, y ésta será la de Tarapacá, que se redujo a marchas y a ejercicios, porque las experiencias que el narrador recogió son de tal valor que no ceden en interés al relato mismo de las batallas.

Rara vez la historia oficial se detiene a referir cómo vivía y se acomodaba el soldado chileno en ese medio desconocido. Para eso están los memoralistas, los actores y testigos presenciales, y entre éstos el más fino cazador de menudencias fue el niño-sargento (y luego subteniente) Arturo Benavides Santos. Por él sabemos que en sus primeras noches en la pampa del Tamarugal, a raíz del desembarco en Iquique, los regimientos de la División pernoctaron en rucas formadas por costras de caliche que amontonaban a guisa de adobes; y anota que dentro de esos ásperos y fríos reparos «todos se manifestaban contentos». En Pacocha el alojamiento fue de lujo, toda vez que se hicieron uso de las casitas de calamina de los pescadores y de algunas tiendas de campaña; pero aquél era el cuartel general de las moscas y zancudos. A tal punto abundaban que para comer tenían que ir separándolos de la comida con los cubiertos; y pese a todo «ni la tropa ni los oficiales murmuraban, y todos procuraban mantener el buen humor».

Bajo el mando del bizarro coronel Orozimbo Barbosa, los hombres del Lautaro afrontaban con paciencia los rigores del desierto, cuyo paisaje de estrella apagada «oprimía el ánimo e infundía pavor» y cuyo suelo arenoso «no se podía tocar: quemaba». En ese ambiente aplastante los soldados cumplían faenas de esclavos egipcios cuando la artillería se atascaba en las faldas de los cerros con sus caballos blancos metidos en el polvo hasta la panza. No había otra manera de mover los cañones que arrastrándolos a pulso entre cuadrilla de individuos, sobre senderos de sacos vacíos colocados a modo de rieles para que pudiesen rodar cuesta arriba.

Era durante esos forcejeos heroicos, o en las marchas con el equipo de veintiséis kilos sobre el cuerpo, cuando el tormento de la sed ponía a prueba la resistencia y la disciplina de la hueste. Para refrescar la boca reseca algunos se introducían una bala de fusil bajo la lengua; otros, al borde de la locura, se bebían su propia orina. Cuenta el autor:
«Yo intenté también hacerlo, agregándole un trozo de chancaca que pacientemente disolví; pero no pude beber, pues al intentarlo me dieron náuseas. Un soldado me la pidió, y como si hubiera sido cristalina y fresca agua, con ansias se la bebió».
Al final de la jornada el descanso consistía en dormir a cielo raso, tiritando, abrazados al rifle y a los recuerdos del hogar.

Estas penalidades, podemos presumirlo, han debido ser más crueles que las de los combates, donde el furor de la pelea ahoga cualquier otro sentimiento y donde al menos espejea la quimera de la gloria... Pero en lo más duro de aquellos padecimientos brillaban de pronto los gestos de generosidad y compañerismo, virtudes cristianas capaces de levantar la moral y rehacer las fuerzas de un guiñapo humano. Tal el caso del capitán José Miguel Vargas, que en la travesía de Ite a Yaras cedió su caballo, quedándose a pie, para transportar en él los fusiles y mochilas de unos soldados rendidos de fatiga. Viendo que Benavides no podía dar un paso más, este oficial le dijo:
-Te vamos a hacer una ramadita para que no te dé el sol y puedas dormir, y en cuanto lleguemos al valle te mandaré un caballo para que sigas la marcha.
«Con dos rifles y el mío -refiere el memoralista- hicieron un pabellón, le colocaron una frazada para hacer sombra, y con ternezas de madre me acomodaron en el improvisado refugio, y se alejaron».
Al encontrarse solo en la inmensidad de la pampa, el chiquillo de dieciséis años creyó morir de terror y lloró y rezó en alta voz por la salvación de su vida. Logró dormirse al fin «pensando en mi amada madre y en mi padre, hermanos y amigos»...

Al amanecer, despertado por el frío insoportable, divisó en lontananza dos jinetes que venían en su dirección. Temiendo fueran enemigos, cogió su arma y esperó con la bayoneta calada y la bala pasada... Cuando vio que eran compatriotas brincó de alegría y trató de caminar a su encuentro al reconocer a Barbosa y su asistente, a los que una casualidad les había hecho descubrirle. El coronel se apeó del caballo y le dio a beber unos sorbos de agua de su cantimplora; y observando su extremo estado de agotamiento le ayudó a montar al anca para llevárselo al campamento de Baquedano. En el trayecto pernoctaron a la intemperie y Barbosa compartió con él su frazada, su tortilla al rescoldo y los últimos tragos de agua. Con jefes como éste, ¿podría perderse esa guerra?

Al reanudar la marcha, la claridad del alba les dejó ver un reguero de fusiles abandonados en el páramo. Mientras el asistente colocaba una banderola para que pudiesen ser encontrados y recogidos, don Orozimbo exclamó en un arranque de varonil ternura:
-¡Pobrecitos! ¡Cómo sería la sed que tenían cuando botaron hasta los rifles!

Al llegar al campamento de Yaras supieron que dos de aquellos infelices se habían suicidado. Pero todas las penurias ajenas y propias las olvidó Benavides durmiendo a pierna suelta a la sombra de los árboles del oasis, retozando en los remansos del río Sama y hartándose en la mesa del capitán Vargas, que lo invitó a una merienda de cazuela de cerdo, carne asada, camotes y verduras. Viniera lo que viniera después, ésas eran las más dichosas vacaciones que podían concebirse. Sólo faltaba el tabaco, y por eso, cuando el coronel Castro apareció fumando cigarros puros, los hombres del 3.º de línea le escoltaban en sus paseos para disfrutar del aroma del habano y rifar después la colilla.

En las horas libres Yaras cobraba la animación de un campo de excursionistas, y a la vez de una feria, cuando los mercaderes que seguían al Ejército montaban su teatro de títeres o desplegaban sus mostradores portátiles repletos de baratijas, comestibles y juegos de azar. En vísperas de partir al asalto de Tacna, el general Baquedano y el ministro Sotomayor fomentaban las expansiones ingenuas de la tropa como un sedante de sus nervios. A orillas del río, los ordenanzas y las cantineras libraban batalla con la plaga de piojos que habían proliferado en las ropas, y batallones enteros se paseaban entretanto en paños menores o desnudos. Debajo de un algodonero, el capellán Eduardo Fabres confesaba de la mañana a la noche. Utilizando un tambor como escritorio el sargento Benavides se hacía dictar la correspondencia de los soldados analfabetos. Uno de ellos le mandaba a decir a su madre:
«Si en la batalla que vamos a tener a lo largo, sepa mamita que pa'usté será mi último pensamiento y que al dar la última boquiá tendré bien agarrao el capulario de la Virgen del Carme como me lo ha recomendado, pa de un salto treparme al cielo».
Otra carta fue dictada en estos términos:
«Juanita: Si muero le encargo que quiera y cuide a mi mamita; y si libro en cuanto llegue al sure me caso con usted como se lo ai prometío».
Sólo él, el escribiente Benavides, no tenía una prenda a quien escribir en vísperas de ir a enfrentar la metralla. La colegiala de Quillota «preciosa cual botón de rosa al comenzar a abrirse», había fallecido mientras su amado cruzaba el desierto recordándola.
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Texto publicado en el libro "Bala en Boca" de Enrique Bunster

Saludos
Jonatan Saona

5 comentarios :

Anónimo dijo...

"Seis años de vacaciones" es uno de los relatos mas entretenidos sobre la experiencia vivida en la Guerra del Pacifico.Lo pueden bajar del siguiente sitio

http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-10072.html

El perro que adoptó el regimiento, lo llamaron Lautaro y los acompañó en casi toda la campaña. En las marchas y batallas estaba presente.

Que los disfruten.

Anónimo dijo...

Tanta matanza para que los recursos se lleven los Ingleses y que queda para Chile nada. Tan al igual como es actualmente un país sureño sin recursos que sobrevive de lo que los robaron a Bolivia y Peru. El cobre bajo de precio, a llorar chilenitos, porque la mamadera esta secando...

Anónimo dijo...

Tanta ignorancia en un comentario tan breve. Dudé si valía la pena responder.
¡Nada quedó para Chile! ¿Y todo el desarrollo que tuvo el país después de la Guerra? Ferrocarriles para Chile y Bolivia, para dar un ejemplo. Compare entre los tres países, dos de los cuales tienen tantos recursos.
Qué contradicción al decir que no quedó nada y por otro lado afirma que Chile sobrevive con lo que obtuvo.
Qué falta de visión al decir que el desarrollo depende solo de los recursos. Dígale eso a los japoneses , que tienen tan pocos recursos y son potencia económica. El desarrollo depende fundamentalmente del nivel cultural de sus pueblos. ¿Cómo estamos por casa?

Anónimo dijo...

claro claro nivel cultural? al menos en los terremotos no nos robamos entre nosotros, verdad? al saqueo al saqueo.

Anónimo dijo...

Si hemos tenido saqueos, pero no a los niveles de que un alcalde haya tenido que pedir al ejército enemigo que ingrese pronto a la capital, para detener a la chusma que mataba y saqueaba.

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