miércoles, 3 de julio de 2013

combate de La Oroya


EL “INFORTUNADO CONTRATIEMPO DE TAFUR”
Escribe: Luis Guzmán Palomino* 

1. EL COMBATE DE LA OROYA
En julio de 1882 el Ejército de la Breña, compuesto por fuerzas regulares y contingentes guerrilleros de Ayacucho, Junín y Huancavelica, logró la expulsión del ejército invasor que desde febrero de ese año había ocupado todo el valle del Mantaro.
Pese a la superioridad bélica del enemigo para ejercer su dominio, en ningún momento pudo sentirse seguro, pues durante el tiempo que medió entre su entrada y expulsión, fue constantemente hostilizado por las fuerzas irregulares que se organizaron siguiendo las orientaciones impartidas desde Ayacucho, donde se había establecido entonces el comando patriota. 
Así, mediante una prolongada guerra de desgaste fue minándose la fuerza efectiva y moral del enemigo, al punto que para fines de junio su comando supremo en Lima hubo de ordenar el repliegue de la división Del Canto de Huancayo a Tarma y la concentración de mayores fuerzas en La Oroya, no por motivo del insalubre clima, enfermedades o escasez de víveres, como luego argüirían los chilenos en el afán de amenguar su derrota, sino porque se sintieron impotentes para contener por más tiempo la hostilidad de las guerrillas patriotas y porque entendieron inminente la contraofensiva del ejército regular peruano desde Ayacucho.
Poco faltó para que el enemigo fuese completamente aniquilado. De haberse cumplido en todos sus detalles el plan táctico genial que Cáceres concibiera en Izcuchaca, nada hubiera salvado a la división Del Canto. Pero por inesperadas circunstancias no se logró el éxito total, duro revés para la causa patriota si se efectúa una visión global de la guerra.

Los personajes establecidos en la ciudad de Cajamarca, principal centro de la reacción derrotista, entendieron, haciendo coro a los chilenos, que la contraofensiva patriota había sido un nuevo fracaso; proclamaron entonces sin tapujos que el Perú estaba definitivamente derrotado y que la lucha de Cáceres sólo servía para continuar ensangrentando los campos del país. Evidentemente actuaron con felonía, tergiversando los hechos para tratar de "justificar" el porqué de su oposición a la resistencia de La Breña y se mostraron dispuestos a negociar la paz que proponía el enemigo, sin condiciones. 
Al análisis documentado de estos hechos, cuyo punto culminante fue el pronunciamiento de Iglesias en Montán, habremos de dedicar especial capítulo.

Ahora bien, si el plan de contraofensiva general de julio de 1882 se frustró en lo que tocaba al aniquilamiento total de la división Del Canto, se debió princi-palmente a que, cómo dijimos, concurrieron circunstancias inesperadas, de tal gravedad que hasta puede decirse que hubo traición, según sospechó el propio Cáceres. Documentos chilenos son testimonios irrefutables al respecto: Del Canto supo en su cuartel de Huancayo la inminencia de la contraofensiva patriota, pero no a tiempo de emprender en orden la retirada, lo que lo llevó a las derrotas del 9 y 10 de julio; Virgilio Méndez, jefe chileno en Chicla, fue a su vez informado de que los guerrilleros proyectaban destruir la línea férrea, de modo que pudo tomar precauciones para evitarlo; Francisco Meyer, jefe chileno en La Oroya, tuvo noticia del movimiento de la columna Tafur con bastante anticipación, lo que le permitió desbaratar la sorpresa y reforzarse con auxilios que solicitó de Tarma y Cerro de Pasco; y Manuel R. Barahona, comando chileno en Tarma, conoció asimismo la aproximación de Tafur, a tiempo de destacar fuerzas para sorprenderlo en Chacapalca con un ataque coordinado por dos frentes.

¿Qué gente proporcionó tan precisos informes al enemigo? Existen en varios documentos, principalmente chilenos, menciones de esos delatores. Tenían afinidad y obedecían órdenes de los derrotistas de Cajamarca, siendo su cabecilla el famoso Luis Milón Duarte, autoproclamado "primer pacifista", como que fue el primero en solicitar a los chilenos que considerasen zona neutral el departamento de Junín, a efecto de hacer más viable su propaganda en contra de la resistencia patriota. Vinculado familiarmente al hacendado Valladares, que también sirvió al enemigo, fue huésped habitual de los cuarteles chilenos, y por ello estuvo a un paso de morir ajusticiado por los guerrilleros patriotas. Pudo huir a Lima, desde donde continuó su labor de zapa, proclamándose jefe superior del Centro a favor de Miguel Iglesias, autotitulado "presidente regenerador".
Lamentablemente para el Perú, y fundamentalmente para los que pretenden historiar este complicado período de la Campaña de La Breña, no se conocen los partes peruanos sobre las acciones de julio de 1882, salvo los que firmó Cáceres, sin ofrecer los detalles necesarios para la comprensión certera de los que entonces ocurrió. Es muy posible que jefes como Tafur y Gastó elevaran los partes oficiales respectivos, pero no han sido aún hallados. Existen, de otro lado, un par de crónicas de la prensa peruana, pero con escasas referencias a las varias acciones que se dieron durante la contraofensiva. Ante esa carencia, la reconstrucción histórica se basa casi exclusivamente en la revisión exhaustiva -desde el punto de vista peruano- de los numerosos documentos chilenos.
Sin la minuciosa consulta de fuentes, y sin los reparos de rigor, Tafur ha sido blanco de severas críticas, algunas de ellas injustificadamente implacables. Pero Cáceres, con mayor conocimiento que nadie, no llegó a tal extremo, calificando el revés de La Oroya sencillamente como el “infortunado contratiempo de Tafur” (Andrés A. Cáceres. “Memorias”, Lima, 1980, t. I, p. 237). En el afán de procurar una explicación sobre lo que pudo ser este infortunado contratiempo, se anotan las líneas que siguen.

La misión Tafur
El propósito de Cáceres, como es ampliamente conocido, fue el de encajonar a la división Del Canto en el valle del Mantaro mediante un doble envolvimiento -desbordamiento de rodeo- cortándole la retirada a Lima para aniquilarla en detalle.
La misión principal recayó en el coronel Máximo Tafur, joven oficial limeño que frisaba entonces los 33 años de edad, quien recibió nombramiento de coman-dante general de guerrillas con encargo de movilizar los contingentes irregulares de Chupaca, Sincos y Huaripampa para caer sobre la guarnición chilena acanto-nada en La Oroya y destruir el puente, cortando así a los chilenos la vía de repliegue a Lima. 
Al mismo tiempo, Cáceres transmitió a los jefes guerrilleros del Rímac órdenes de atacar al enemigo establecido en Chicla y obstaculizar la línea férrea, anulando de esa manera el auxilio que desde Lima pudiera enviarse a las fuerzas que encerraría en el Mantaro. 
Bien apuntó por ello el corresponsal chileno que de haberse efectuado en todos sus términos ese plan, Del Canto hubiese sufrido una verdadera catástrofe: 
Cáceres “emprendió una serie de operaciones destinadas a embarazar este movimiento (repliegue de la división Del Canto a Tarma y reforzamiento de la guarnición de La Oroya) y procurar de algún modo cortar la línea de retirada de nuestras tropas, interponiéndose entre ellas y nuestra base de operaciones en el ferrocarril de La Oroya. De este modo, a la vez que se proponía realizar una excelente operación militar, debida sin duda a la inspiración e instrucciones de Cáceres, se lograba levantar el espíritu de aquellas poblaciones... Si el enemigo lograba concluir con felicidad la operación preliminar e indispensable de cortar el puente de La Oroya, el estado de la división Del Canto no podía ser más comprometido. Encerrada entre numerosas poblaciones enemigas, cortada su única línea de segura retirada y, más que todo, sumamente escasa de víveres en un país agotado por toda clase de exacciones, los batallones chilenos tendrían, sin duda, que soportar los más terribles sufrimientos antes de poder abrirse camino hasta Lima por los desfiladeros, quebradas y cuchillas de la sierra cubierta de envalentonados peruanos” (Correspondencia para el editor de "El Mercurio", julio, 1882).
Tafur marcharía por las alturas oeste del Mantaro, por Chongos y Chupaca, y describiendo un extenso arco por encima de Llocllapampa y Chacapalca caería finalmente sobre La Oroya. La propia versión chilena reconocería que para cubrir esa ruta, “aquellos 300 hombres debieron, sin duda, hacer una penosa travesía por quebradas y serranías, sostenidos por la esperanza de sorprender a la guarnición enemiga” (“El Mercurio”, citado).
Ningún documento señala que el ataque a La Oroya tuviera fecha prefijada, pero no se descarta que se le proyectase coincidente con los que se darían a las posiciones enemigas en Marcavalle, Pucará y Concepción, a efecto de causar sorpresa y evitar que las guarniciones chilenas se reforzaran una a otra o plantearan defensa en puntos de mayor concentración. Igualmente, tendría que haber coincidido el asalto a la guarnición de Chicla.
Todo ese plan trabajosamente concebido se frustraría finalmente, porque en La Oroya y Chicla se precipitaron los combates; no por descoordinación en las órdenes o indisciplina en las guerrillas, sino porque la delación permitió al enemigo tomar la iniciativa. Evidentemente, Tafur no se cuidó de los traidores, y, así, su marcha no tardó en ser conocida por los comandos chilenos de Tarma, La Oroya, Cerro de Pasco y Chicla.

Los sucesos de La Oroya
En los primeros días de julio el grueso de la columna Tafur llegó hasta la localidad de Chacapalca, escogida como posición de ataque. Allí se concentró la pequeña tropa regular y los contingentes guerrilleros de Chupaca, Sincos y Huaripampa, cuyos jefes eran, respectivamente, los comandantes Arauco, Mesa y Toledo. En total, según la versión chilena, sumaban no más de 300 efectivos (Parte de Severo Amengual al jefe de las fuerzas de Tarma, La Oroya, julio 6 de 1883).
La marcha de los patriotas, como se dijo, no pasó inadvertida para el enemigo, de manera que el teniente coronel Barahona, jefe chileno en Tarma, estuvo informado día por día. Fue en ese conocimiento que el 2 de julio dispuso un ataque coordinado sobre Chacapalca, por dos frentes y con fuerzas de infantería y caballerías.
Ignorando ello, Tafur ordenó el avance de un grupo guerrillero, a las órdenes de Toledo, hasta las alturas cercanas a La Oroya, en misión de reconocimiento. Por desgracia, los delatores actuaron con oportunidad insuperable, llevando preciso informe del movimiento al teniente Meyer, jefe de la guarnición chilena allí acantonada, quien en su parte del 3 de julio mencionaría: 
"Como a las 11 horas del día de ayer tuve noticia por un paisano de existir una montonera. Tres horas más tarde dicho dato me fue confirmado por el señor inspector de este pueblo, quien me dijo que la montonera estaba en Huari, distante de aquí cuatro leguas. Poco después supe que llegaba al vecino pueblo de Huanacancha, y que sus intenciones eran de sorprender a la guarnición de mi accidental mando” (Parte de Meyer a Barahona, La Oroya, julio 3 de 1882).
Meyer movilizó de inmediato a todos sus efectivos, sesenta soldados del batallón “Pisagua 3° de Línea” y un pelotón del “Carabineros de Yungay”, número posiblemente similar o superior al contingente guerrillero de Toledo. Situó avanzadas en las distintas direcciones por las que podría sobrevenir el ataque; el grueso de su fuerza parapetada en un corral; otro grupo en retaguardia, protegiendo el puente, y la caballería aún más atrás, en el camino de Chicla, entendiendo que de ella dependería la escapatoria en caso de presentarse la situación adversa.

Todos esos aprestos se efectuaron en la tarde del 2 de julio y fueron observados con sorpresa por los vigías patriotas. Toledo comprendió que había sido descubierto; y pese a tener conciencia de su notoria inferioridad de equipo bélico, pues sólo algunos de sus hombres portaban armas de fuego, y aunque eran escasas las posibilidades de éxito, visto que el enemigo formaba en adecuadas posiciones de defensa, esa misma noche se vio obligado a ordenar el ataque, considerando que la guarnición chilena no tardaría en recibir refuerzos. 
Era imprescindible atacar, no cabía otra alternativa; Toledo confiaba en la valentía e impetuosidad de sus hombres, y poco faltó para que se hicieran del triunfo.
A medianoche, los patriotas avanzaron desde Huanacancha divididos en tres grupos; uno por el camino de Sacaraojo y los otros dos descolgándose de las alturas de Huanchán y Campán. 
A la 01:30 del día 3 se inició el ataque, con fuego de fusilería en toda la línea. Los guerrilleros se adelantaron audazmente en el frente de Sacaraojo, para hacer efectivas sus armas de piedra y madera, presentándose la situación tan difícil para el enemigo que Meyer tuvo que llamar en su auxilio a la caballería, cuya carga obligó el repliegue de los patriotas por Huanacancha, y Meyer, creyendo consumada la victoria, autorizó la persecución, descuidando los otros frentes donde la lucha proseguía.

Los patriotas descolgados por los cerros de Huanchán y Campán habían logrado doblegar la defensa enemiga, ocupando en incontenible arremetida el cuartel y comandancia chilenos, a los que se prendió fuego.
Se trabó a continuación el combate por la posesión del puente, con el enemigo siempre retrocediendo. Pero los humos del incendio fueron advertidos por los jinetes de Meyer, que entonces volvieron grupas apresuradamente. Lo hicieron a tiempo de evitar la destrucción del puente, pues los infantes que lo habían defendido, viéndose superados, tomaban ya el camino de Chicla: 
"Al llegar con mi tropa -relataría el jefe chileno- pude batir con ventaja al enemigo, desalojándolo de las posiciones que había tomado, y pude salvar el puente, que estuvo seriamente comprometido" (Parte de Meyer a Barahona, La Oroya, julio 3 de 1882).
Reconocieron los chilenos haber sufrido varias bajas, y que quedaron muertos en el campo 16 guerrilleros. Obtuvieron como botín seis armas de fuego y numerosas lanzas, capturando además varios prisioneros. Por confesión arrancada a uno de ellos confirmaron que Tafur se hallaba en Chacapalca.
Imposibilitado de oponer mayor resistencia y en la necesidad imperiosa de alertar a su comandante, Toledo retornó a su base, dejando en el trayecto algunas partidas con la misión de hostilizar un probable avance enemigo.

2. ACCIONES CERCA A CHACAPALCA
Al mismo tiempo que Meyer en La Oroya, Barahona en Tarma obtuvo informe de la concentración patriota en Chacapalca (Parte de Barahona a J. Antonio Gutiérrez, jefe de la guarnición chilena de Cerro de Pasco, Tarma, julio 8 de 1882). Ordenó de inmediato el reforzamiento de La Oroya, "hasta con 140 hombres", y un ataque combinado sobre la posición patriota desde los caminos de Tarma y Jauja, tarea que encomendó, respectivamente, al sargento mayor Severo Amengual, jefe de 60 infantes del batallón “Pisagua 3° de Línea”, y al teniente Tristan Stephan, que comandaría un pelotón del “Carabineros de Yungay”.
Advirtieron los patriotas ese movimiento, y las guerrillas de la zona se prepararon para combatir. Tafur, por su parte, tras recibir relación detallada del inesperado revés de La Oroya, juzgó necesario evacuar Chacapalca y situarse en las alturas cercanas, para no exponer a su gente en un combate franco que, dada la disparidad de fuerzas, podía resultar adverso. 

La caballería chilena al mando de Stephan salió de Tarma en las últimas horas del 2 de julio, llegando al punto denominado "Pocas Casas" a las 04.00 horas del día 3, sin ser hostilizada en el trayecto. Continuó luego por Quishuarcancha, Cancallo y Chiobamba. En este último lugar la guerrilla patriota presentó breve combate, pero debió replegarse a Yuclapampa al no poder contrarrestar el fuego de fusilería enemigo; cruzaron los peruanos el Mantaro y destruyeron el puente que daba acceso al citado caserío, plantando campamento en la confianza de que los chilenos no se atreverían a vadear el río. 

Desgraciadamente Stephan no se detuvo sino hasta dar con un vado, por el cual pasó su pelotón ordenadamente. Así, el campamento de Yuclapampa fue sorpresivamente asaltado, sin que se concediera cuartel a sus defensores. Muchos cayeron muertos y 48 fueron tomados prisioneros, pero sólo con el propósito de ultimarlos a su debido tiempo.
Stephan continuó luego su avance a Chacapalca, mortificado siempre por los guerrilleros que lanzaban galgas desde las alturas. En uno de esos ataques poco faltó para que fugaran sus prisioneros y en represalia, el bárbaro jefe chileno ordenó el fusilamiento de todos ellos. Consumada la matanza y ya cercana la medianoche, tomó posiciones cerca de Chacapalca, a la espera de que la infantería que Amengual condujera por otro camino desatase un ataque sobre la base patriota, ignorando que a la sazón ésta había sido ya evacuada.
Amengual, por su parte, había llegado a La Oroya a las 18:00 horas del día 3, informándose por Meyer de los pormenores del combate librado allí pocas horas antes. Temió la repetición del ataque patriota y se abstuvo entonces de continuar a Chacapalca, a la espera de los refuerzos que se había solicitado de las guarniciones establecidas al otro lado del Mantaro. Pero a medianoche, considerando delicada la situación de Stephan, tomó el camino de Chacapalca a la cabeza de sus infantes, reforzado por un pelotón de caballería que condujo Meyer. En resguardo del puente quedó una pequeña tropa, en la certeza de que se aproximaban refuerzos procedentes de Chicla.

Desconocedor de lo sucedido, Stephan pasó horas de zozobra. En la madrugada del 4, sin haber conseguido tranquilizar a su gente, se atrevió a explorar los alrededores de Chacapalca, en procura de noticias. Tuvo la suerte de sorprender a unos paisanos, por los cuales pudo enterarse de que Tafur ya no se encontraba en ese pueblo sino en las alturas de los cerros que lo dominaban (Parte de Stephan a Barahona, Tarma, julio 8 de 1882). 
El informe aumento su temor, y dudó entre replegarse a su base o continuar esperando a Amengual. Efectuaba un rodeo por Chacapalca, ya próximo el amanecer, cuando se vio repentinamente atacado por un pequeño grupo de guerrilleros. Sólo atinó entonces a fugar, camino de Huari, salvándose del aniquilamiento merced a su buena caballería, ya que en todo el trayecto fue hostilizado por los patriotas.
Amengual, entretanto, alcanzó Huari a las 08:00 horas del 4, deteniéndose breve tiempo para conceder descanso a su tropa. Al reanudar la marcha vio asomar varias formaciones guerrilleras, y renunciando al combate optó por el repliegue a Huari, donde permanecería a la defensiva toda esa mañana. 
En esas circunstancias, fue verdaderamente prodigioso que se salvara la tropa de Stephan, que abandonada a su suerte, perseguida por los patriotas y en las más deplorables condiciones pudo llegar a Huari a las 14.00 horas, precisamente en los momentos en que Amengual decidía la retirada a La Oroya, aduciendo hallarse escaso de municiones.

En la madrugada del 5 los chilenos llegaron finalmente a La Oroya, reforzando así su guarnición en número considerable, aún sin tomar en cuenta a los 140 hombres que no tardarían en concurrir procedentes de Cerro de Pasco.
Así, pues, la misión de Tafur podía darse por fracasada.

De cualquier forma, Tafur nunca perdió la confianza de Cáceres, quien le encargó luego puestos de mayor importancia, descartándose así la posibilidad de que hubiese tenido responsabilidad en el revés de La Oroya. Ante él seguramente explicó las circunstancias inesperadas que imposibilitaron el cumplimiento de la misión. Y lo que es más, Tafur, abnegado combatiente de toda la campaña, sabría probar su amor a la causa patriota ofrendando gloriosamente su vida en los campos de Huamachuco, exactamente un año después del “infortunado contratiempo” de La Oroya.
*(Capítulo de un trabajo publicado hace treinta años).
********************

Saludos
Jonatan Saona

3 comentarios :

orlando garcia dijo...

si no era por iglesias q se subordino a los chilenos otra hubiera sido la historia ,porq el mariscal caceres nunca acepto la rendicion ,ya que las guerrillas empezaron a poner en jaque a los chilenos

orlando garcia dijo...

si no era por iglesias q se subordino a los chilenos otra hubiera sido la historia ,porq el mariscal caceres nunca acepto la rendicion ,ya que las guerrillas empezaron a poner en jaque a los chilenos

Anónimo dijo...

Haciendo una remembranza a los acontecimientos de la guerra con Chile aquí en La Oroya las autoridades no le dan importancia a tal acontecimiento, tampoco realizan tributo a la memoria de los caidos en ésta batalla, será porque la mayoría de autoridades son foráneos que vienen a llevarse el dinero que les dan las empresas mineras y lo invierten en sus lugares de origen sin importarles lo que suceda con La Oroya. Tampoco los candidatos a las alcaldías distritales y provincial le dan la importancia debida, espero que lo acontecido les haga reflexionar a e estos candidatos que solo quieren llenarse los bolsillos sin importarles la cultura, el arte y la historia de la población que les da cobijo.

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