lunes, 28 de noviembre de 2011

parte de Velásquez sobre Tarapacá

REGIMIENTO NÚM. 2 DE ARTILLERÍA

Campamento, diciembre 2 de 1879.

Con fecha 30 del mes próximo pasado, el sargento mayor don Exequiel Fuentes me dice lo que sigue:

"Doy cuenta a Ud. del resultado de la expedición a Tarapacá, emprendida el 25 del actual, a las 4 P.M., a las órdenes del señor coronel don Luis Arteaga, fuerte de 1.500 hombres de infantería y artillería, incluso las 4 piezas de montaña Krupp a las órdenes del que suscribe.

El 27, a las 2 A.M., después de un trayecto de 80 kilómetros, de los cuales los 50 últimos fueron sin agua y por terrenos arenosos, acampamos a 15 kilómetros del lugar de nuestro destino, reuniéndonos ahí con una sección de artillería a las órdenes del alférez Ortúzar, una compañía de granaderos a caballo y 250 infantes de Zapadores, que esperaban desde 24 horas antes faltos de agua.

Antes del amanecer del mismo día 27, supe indirectamente que la división iba a subdividirse en tres para rodear al enemigo por tres puntos, tomándolo prisionero, si, como se creía probable, fugaba a nuestra vista.

Según datos que oí comunicados extraoficialmente en el campamento, se creía que el enemigo no contaba sino con 3.000 hombres a lo más, mal armados y en completa desmoralización.

Por orden superior, me pidió el secretario señor Vergara, pusiera a disposición del comandante Santa Cruz, de Zapadores, 4 piezas, dejando las otras 2 para destinarlas a una de las subdivisiones, que no se me dijo cuál era.

Traté de obtener se me dejara completa y unido a la batería para obrar con ella convenientemente; pero se me objetó que así estaba dispuesto para cortar la retirada al enemigo. No quedaba, pues, sino cumplir la orden.

En consecuencia, me reuní con las 4 piezas a la subdivisión Santa Cruz y me puse a sus órdenes.

Dispuse marchara a vanguardia la caballería, siguieran 2 piezas Krupp, luego Zapadores, los otros 2 cañones y por fin una compañía del 2º de línea.

En esta disposición marchamos a las 4 A.M. inclinándonos a la izquierda.

Después he sabido que hora y media más tarde marcharía otra subdivisión por el frente, y no sé a qué hora otra por la derecha.

Nuestro derrotero fue interrumpido 2 horas por extravío del guía.

Como a 6 kilómetros de nuestro punto objetivo, dispuso el comandante avanzar a la caballería a paso ligero y siguiera a ésta una sección de artillería marchando con la velocidad posible.

Ordené a ésta (y con ella marché yo) dar cumplimiento, y dispuse que mi ayudante pusiera en conocimiento del jefe que la artillería de montaña no podía seguir a la caballería, pues su marcha es uniforme con la infantería, como que es conducida por hombres de a pie.

Respondió se esforzara la marcha en cuanto fuera posible, consiguiendo así separarla unos 300 metros de la vanguardia de la infantería, perdiendo a la vez de vista por vanguardia a la caballería.

Entre tanto la tropa de a pie, muy cansada y sedienta, iba quedando rezagada en un buen número.

El enemigo había sido divisado al fondo de la quebrada de Tarapacá, en el pueblo de este nombre, y el alférez señor Ortúzar que marchaba con la artillería de retaguardia (2 piezas) me da cuenta de haber visto en disposición de subir con dirección a la altura donde nosotros marchábamos, la infantería peruana y pidió permiso al jefe de la subdivisión para repelerlo a cañonazos, lo que no obtuvo, pues nuestro conato debía ser alcanzar pronto el objetivo adonde nos dirigíamos.

El que suscribe y su ayudante se habían adelantado antes a reconocer una meseta que domina el pueblo y la quebrada, por derecha e izquierda, y encontrándola apropiada para la colocación de la artillería, solicité fuera ese el punto que ocupáramos, petición que no tuvo aceptación, porque el lugar debería ocuparlo la subdivisión que seguía después de la nuestra.

Marchamos, pues, algunos minutos más y repentinamente se da la voz de alto y el enemigo aparece a nuestra espalda, a 100 metros, cortándonos la retirada y los rezagados y cansados de la subdivisión.

En el acto se rompe el fuego por los dos enemigos, teniendo de nuestra parte unos 150 Zapadores, como 70 del 2º de línea y la artillería.

El fuego, una vez roto por las tropas chilenas, lo es con carabina por la artillería, pues la proximidad del enemigo no permite utilizar acto continuo los cañones.

En los primeros 15 minutos se consigue rechazar algunos metros a los asaltantes y entonces hacemos fuego de artillería logrando disparar unos 20 tiros; pero prontamente vienen otra vez sobre nosotros numerosos refuerzos, saliendo de varios puntos de la quebrada, y la infantería cede lentamente abrumada por la inmensa superioridad de los contrarios; trato de retirarme en el mismo orden con mis piezas por un terreno compuesto de lomajes suaves y sucesivos llevando los cañones a brazo; pero nuestra marcha es lenta y una parte de los soldados pronto no puede, de cansancio y sed, arrastrar el menor peso y se ve obligada a abandonar un cañón al emprender la repechada de la inmediata loma, con el enemigo sobre ellos. De este modo nos arrebata el ejército peruano los 4 cañones, con intervalo de minutos, y los sirvientes de las piezas agotan sus tiros de carabina.

La lucha dura poco menos de hora y media, al fin de la cual, con muchos muertos y heridos, y principalmente con tropa tan fatigada que desfallece, se declara la dispersión.

A los cañones, al ser abandonados, se les extrajo la cuña por los oficiales que formaban en esta batería, alférez señor Sanhueza (que me servía de ayudante), alféreces comandantes de sección, señores Ortúzar y Puelma.

Diez minutos después, y a punto de caer prisioneros, llega la subdivisión que seguía a hora y media, y rompe sus fuegos por la espalda del enemigo, el que, dando frente a retaguardia, traba sostenido combate, librándonos así de la suerte que nos esperaba. Eran las 11.30 A.M.

El que suscribe y su ayudante, por haber quedado a pie, no pudimos, como lo deseábamos, reunir los dispersos a alguna distancia para incorporarnos a a los que se batían, o ver modo de atacar por el flanco tan luego como nos encontráramos en esa situación.

Nos resignamos, pues, a emprender la jornada a pie, describiendo un largo círculo que nos permitiera salvar las líneas enemigas, lo que al fin logramos a los 13 o 14 kilómetros.

Entre tanto, el combate se sostenía con éxito vario, ya siendo rechazadoras, ya rechazadas nuestras tropas, hasta que por fin el campo quedó de nuestra parte.

A las 3 P.M. conseguimos, el ayudante y yo, llegar a una aguada, ya en nuestro poder, y nos dirigimos a recoger los cañones; pero muy luego el nutrido fuego que sale del campo contrario nos anuncia nuevo combate con refuerzos llegados a los peruanos.

Tomo el mando de las 2 piezas que aquí nos quedan y que tenía bajo las órdenes del teniente señor Besoain, a quien no encuentro por haber salido herido de dos balas, y del alférez señor Faz, que está en su puesto y con sirvientes sólo para una pieza. De los 2 cañones había uno sin alza. 

Nuestra infantería principia a ser rechazada, y ya con el enemigo sobre nosotros, es necesario batirse en retirada. En la imposibilidad de mover el cañón que no tiene sirvientes, lo inutiliza por mi orden el alférez Faz, y seguimos batiéndonos, retrocediendo hasta unos 2 kilómetros, donde el jefe ordena cesar el fuego y emprender la vuelta a Dibujo, donde llegamos la misma noche.

El enemigo también se detiene y suspende el ataque sin atreverse a perseguirnos.

La misma noche del combate, supimos después, emprendió su retirada precipitadamente el ejército peruano con dirección al norte, y hasta hoy hemos podido recoger una pieza y todas las cureñas, teniendo fundados motivos para creer que los 4 cañones sin montaje deben haberlos ocultado solamente. 

Nuestra pérdida consiste solamente en los 4 cañones desmontados e inutilizados por el enemigo. 

La tropa que servía la batería son 66 individuos, al mando de 6 oficiales, incluso el jefe, y sus bajas consisten en 
1 teniente herido.
4 muertos conocidos.
7 heridos id., y
16 cuya suerte se ignora.
28 total de bajas. 

También tomo en consideración unos 20 soldados inutilizados en el combate por el cansancio y la sed.

El alférez señor Puelma y el de igual clase señor Sanhueza se incorporaron oportunamente después de la dispersión de la subdivisión Santa Cruz. 

Finalmente, digo a Ud. que se ha justificado que el enemigo era, al entrar en combate, fuerte de 4.000 hombres, y que el refuerzo llegado a última hora era de 2.500, todos bien armados y con bastantes municiones.
El combate terminó a las 5 P.M."

Lo que tengo el sentimiento de comunicar a V.S., advirtiéndole que inmediatamente después de la llegada del señor Fuentes, llamé a este jefe para tomarle cuenta de lo sucedido, como era de mi deber. Le pregunté por qué la artillería no había desempeñado el importante papel que le corresponde, y por qué las piezas habían caído en poder del enemigo, y la contestación fue esta:

1º. Porque a la reunión de jefes que acordó la manera de llevar a cabo el ataque no fui llamado, a pesar de ir al mando de la artillería;

2º. Porque la batería se dividió, en contra de mi voluntad, en fracciones de a 2 piezas, que marcharon por diversos caminos a distancia considerable unas de otras;

3º. Porque se la hizo continuar adelante por la vereda de las quebradas en donde estaba el enemigo, que nos envolvió en el momento que consideró oportuno y a distancia de tiro de revólver;

4º. Porque a pesar de avistarse al enemigo, tenerlo a tiro de cañón y de pedir al señor Santa Cruz permiso para hacerle fuego y deshacerlo, éste se negó a ello, excusándose con que de esa manera se desconcertarían los planes; y 

5º. Porque algunas piezas marcharon a vanguardia solas y sin la orden de hacer fuego en tiempo oportuno, contra toda táctica militar.

Cuando se trató, señor, de enviar a Tarapacá una división que persiguiera y atacara a los aliados, me acerqué al señor Santa Cruz para decirle que no convenía, como estaba por él acordado, llevar sólo una sección de artillería sino una batería completa al mando de un jefe inteligente, como el mayor señor Fuentes. Y esto por dos razones: porque la artillería dividida pierde toda su fuerza y cohesión, y se ve expuesta a cualquiera eventualidad, aún cuando las operaciones que se va a ejecutar sean dirigidas con todo el celo e inteligencia posibles; y porque, siendo los oficiales de este cuerpo jóvenes nuevos en la carrera, convenía que marcharan bajo la vigilancia inmediata de un jefe experimentado y conocedor del arma.

Al mismo tiempo quise conocer la opinión del señor Santa Cruz respecto del número de enemigos que había en Tarapacá, y la respuesta fue vacilante. Se me dijo que había pocos, pero que era probable que se hubieran reunido ya en buen número. Fue entonces que resolví a enviar la batería que ha perdido sus cañones.

El señor general comprenderá cuán doloroso es para el que suscribe hablar este lenguaje, que es el de la verdad. Pero mi deber de militar, después del revés sufrido, me obliga a ello. Réstame solamente decir a V.S. que los oficiales que combatieron en Tarapacá se manifestaron tan serenos como es posible en circunstancias dolorosas y difíciles, como en las que se vieron envueltos en el combate del 27. Rodeados de enemigos, estrechados por todas partes, hicieron lo que era posible hacer.

El alférez don Santiago Faz, a pesar de los peligros del momento, salvó una pieza, lo que es para mí un acto que le honra, aún cuando no marchaba a la vanguardia y sí en la última división, que también a su vez sufrió un rechazo por fuerzas muy superiores.

Últimamente, y con la autorización correspondiente, he mandado a Tarapacá en busca de los cañones y demás útiles, y sólo se ha encontrado hasta hoy 1 cañón Krupp a más del salvado, todas las cureñas, casi todas las cajas y albardones y municiones de dicha batería.

No terminaré esta nota sin recomendar a la atención de V.S. los sargentos 2ºs. José Antonio 2º Ferreira y Guillermo Vandorse, muerto el primero y herido el segundo. Estos dos jóvenes prometían, por su conducta, instrucción y honorables antecedentes, ser más tarde muy buenos oficiales de artillería.

Dios guarde a V.S.
J. VELÁSQUEZ.

Al General en Jefe del ejército.
********************
Saludos
Jonatan Saona

4 comentarios :

Raúl Olmedo D. dijo...

Creo que, a estas alturas, ya nadie duda del global del contingente chileno involucrado en la acción de Tarapacá. La formaban el 2° de Línea, el Chacabuco, la brigada de Zapadores presente en el norte, el batallón de Artillería de marina, la artillería que el mismo Fuentes detalla mas arriba y la compañía de granaderos al mando de Villagrán. Unos 2.300 hombres en total.
Actuaron pésimamente mandados y carentes de logística, agotados por una marcha larga y sin recursos. Dispersando, además, en forma previa sus fuerzas, en la decisión táctica mas aberrante de toda la guerra.
Las fuerzas aliadas, por su parte, no sumaban mas de 4.500 hombres, de los cuales unos 250 eran bolivianos de la Columna Loa.
Carecían de artillería y caballería, y una parte de esa infantería (quizás 1.500 h.) se encontraba a alguna distancia, avanzada hacia Pachica.
Aún así, el resto reaccionó bastante bien, aprovechando la facilidad que le otorgaba el enemigo de presentar sus fuerzas en tres agrupaciones, muy separadas entre si por distancia y tiempo. Ello les permitió a los aliados, en la mañana, combatirlas y casi destruirlas por separado. Y en la tarde (con el refuerzo de las tropas que retrocedieron desde Pachica) batir al conjunto hasta hacerlo retirarse del campo. Sin poder perseguirlos hasta la aniquilación por falta de tropas montadas.
Le hacía falta a Chile, con urgencia, un cambio en la comandancia en jefe, lo que se produjo recién en abril siguiente.

La acción previa de Dolores, pésimamente aprovechada por Chile, que no persiguió ni mantuvo contacto con el enemigo en retirada, llevó a un error a los mandos chilenos : Confundieron malas tropas con buenas tropas mal mandadas.
Cuando las unidades aliadas reaccionaron con toda presteza al mando de sus comandantes en la mañana del 27.11.79 (Bolognesi, Cáceres, Ríos) su accionar fue letal y efectivo, en todo diferente a lo actuado el 19.11.79

EDGAR FERNANDO COSIO JARA dijo...

La llegada de refuerzos fue decisiva...si Leyva llegaba a Tacna o peleaba el ala izquierda en Miraflores hubieramos tenido mas victorias en esa infausta guerra

EDGAR FERNANDO COSIO JARA dijo...

La llegada de refuerzos fue decisiva...si Leyva llegaba a Tacna o peleaba el ala izquierda en Miraflores hubieramos tenido mas victorias en esa infausta guerra

ws2falcon dijo...

Sr. Olmedo, Su comentario es excelente. Me hizo pensar cuando menciona lo de "Buenas Tropas Mal Mandadas". El ejército Boliviano que en su totalidad se dispersó en San Francisco demostró ser inutil en su totalidad. Definitivamente el ejército Peruano demostró gran valor en todos los choques armados de esa guerra. Referente a Tarapacá, ciertamente las tropas de Chile recibieron una sorpresa cuando las tropas del Perú se lanzaron en masa a combatirlos con un plan propio que arruinó la ofensiva del ejército de Chile. Quizás está en lo correcto, y hubo exceso de confianza, lo que es comprensible luego de Angamos, Pisagua, Pampa Germania, y pero aún, San Francisco. Chile aprendió la lección en Tarapacá. Nunca más presentó combate en inferioridad numérica, dividiendo sus fuerzas. El Perú apostó al caudillismo. Los resultados ya se conocen.

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