viernes, 25 de noviembre de 2011

parte de Arteaga sobre Tarapacá

DIVISIÓN DE OPERACIONES SOBRE TARAPACÁ

Campamento de Santa Catalina, noviembre 29 de 1879.
Señor General en Jefe:

En cumplimiento a las órdenes de V.S., el martes 25 del corriente salí del campamento de Santa Catalina, dirigiéndome al pueblo de Tarapacá, con una división de 2.000 hombres, compuesta del regimiento 2º de línea, una brigada de Artillería de Marina, el batallón Chacabuco y dos secciones de artillería de montaña. Nuestra primera jornada se hizo hasta Dibujo, punto donde debía incorporárseme una pequeña fuerza que, a las órdenes del teniente coronel de guardias nacionales don José Francisco Vergara, se había destinado a practicar un reconocimiento por aquel lugar; pero habiendo ya partido a su destino, sólo se reunió con la de mi mando como a tres leguas de distancia de Tarapacá, donde se mantenía en observación.

De acuerdo con el Jefe que mandaba aquella división, organicé tres secciones de toda la fuerza para operar conjuntamente por tres puntos distintos.

La primera sección, que llamaremos de la derecha, formada por el regimiento 2º de línea, dos piezas de bronce de montaña de la Artillería de Marina y 25 hombres de caballería, y puesta a las órdenes del teniente coronel don Eleuterio Ramírez, debía apoderarse de un lugar llamado Huaraciña, donde se encuentra agua en abundancia, y dirigirse al pueblo de Tarapacá, batiendo a los enemigos que se habían visto en la víspera ocupando el fondo de la quebrada.

El punto por donde debía principiar sus operaciones esta fuerza, dista como kilómetro y medio del mencionado pueblo.

La segunda sección, a las inmediatas órdenes del que suscribe, compuesta de la brigada de Artillería de Marina, del batallón de guardias nacionales movilizado Chacabuco y dos piezas Krupp de montaña, debía atacar de frente al enemigo por las alturas que dominan la población.

La tercera, bajo el mando del teniente coronel don Ricardo Santa Cruz, se formó con 260 hombres de Zapadores, una compañía del 2º de línea, dos secciones de artillería Krupp de montaña y 116 hombres de Granaderos a caballo, y tenía que situarse cerca del paso de Quillaguasa para cortar la retirada a los enemigos por el camino de Arica y batir la quebrada desde las alturas, procurando antes hacer beber a la tropa y a los caballos en ese punto, desde donde el agua quedaba de fácil acceso según los prácticos.

Dispuestas así las operaciones, a las 3.30 A.M. del día 27, se puso en movimiento la sección de que vengo hablando, y poco después de las 4 A.M. las otras dos. La marcha fue lenta y penosa, tanto por lo muy fatigadas que estaban las tropas con la jornada de la víspera y la escasez de agua, como por lo pesado, pendiente y pedregoso del camino. La columna del comandante Santa Cruz, a causa de una de esas nieblas frecuentes en esas comarcas y conocidas con el nombre de camanchacas, se extravió del sendero que debía llevar y perdió más de 2 horas vagando por la pampa, a pesar de tener como guías dos hombres muy conocedores de la localidad, resultando de esto, que al aclarar, esta división había avanzado muy poco, encontrándose muy inmediata a la sección del comandante Ramírez, con la cual hubo de marchar casi unida.

A las 10 A.M. nos hallamos con la primera división en la parte posterior de la quebrada de Tarapacá, un poco al norte de Huaraciña, habiendo marchado el comandante Santa Cruz a ocupar la posición que se le había indicado. Pocos momentos después, el 2º de línea descendía al valle para ocupar la posición que se le había designado, desde donde sus fuegos pudieran ofender al enemigo que se encontraba en el pueblo de Tarapacá. En estas circunstancias se oyeron detonaciones de artillería y luego un fuego vivo de fusilería, indicando que la sección Santa Cruz se empeñaba en el combate. Efectivamente, al pasar por las alturas que ocultan el pueblo a la vista, fue asaltado por numerosas fuerzas enemigas que procedían de los barrancos y sinuosidades del terreno. El ataque fue tan brusco e inesperado, que la artillería apenas tuvo tiempo para armar sus piezas y a los pocos disparos se vio de tal modo comprometida que, a pesar de más de media hora de esfuerzos desesperados hechos para conservarla, hubo de inutilizársele, ocultando algunas de sus partes y abandonarla así al enemigo que acudía con más y más tropas a atacarla.

Este funesto acontecimiento cambió mucho la faz de las cosas, y nos privó de los medios necesarios para equilibrar la desproporción numérica en que nos encontrábamos respecto del enemigo. Así es que una hora más tarde, cuando entró en combate una parte sola de la sección del centro, que venía atrasada en su marcha por el excesivo cansancio de la tropa, debido a lo violento de la jornada, al enorme peso que conducía ésta y a los desfallecimientos de la sed, ya la infantería de Santa Cruz había sido destrozada a pesar de los prodigiosos actos de tenacidad y de coraje con que se sostuvo, habiéndose en este tiempo aumentado el número de los enemigos.

Sin embargo, los intrépidos comandantes don J. R. Vidaurre y don Domingo de Toro Herrera, animando sus tropas, entraron al combate y por larga distancia fueron rechazando a los adversarios.

El fuego era mortífero en extremo, y por más de una ocasión hubo que cargar a la bayoneta.

Pero, a pesar de tanto denuedo, no fue posible decidir el triunfo por lo fatigada que se hallaba la tropa, la cual caía rendida por el cansancio y la sed.

La sección primera había también empeñado la lucha contra fuerzas muy superiores, situadas en las faldas de los encumbrados cerros que se levantan a la izquierda de la quebrada de Tarapacá; y aunque con el fuego de una sola de sus compañías consiguió en poco tiempo desorganizar aquellas, no continuó sus ventajas por atacar el pueblo.

A la 1 P.M. nuestra situación era muy crítica porque ya las municiones se hallaban casi agotadas y los refuerzos al enemigo aumentaban considerablemente por momentos. Haciendo un esfuerzo supremo, reuniendo los dispersos y rezagados, se formó una nueva línea de batalla y se avanzó con ella al mismo tiempo que se daba una impetuosa carga con la compañía de Granaderos que mandaba el capitán don Rodolfo Villagrán, cuya carga dirigió el sargento mayor don Jorge Wood, que me servía de ayudante. Con este nuevo empuje se produjo la dispersión del enemigo, y a las 3 P.M. contábamos con una nueva victoria para nuestras armas, porque sólo contestaban a nuestros fuegos los de algunos enemigos en retirada.

En tal situación, se dispuso que la tropa y caballada bajaran al agua, a fin de que se refrescaran y pudiera emprenderse la persecución del enemigo, quedando en la pampa los que mantenían el fuego contra los dispersos de aquel. Poco después de llevarse a efecto esta medida, se me anunció que el enemigo se presentaba nuevamente con considerables refuerzos, haciéndose preciso renovar la lucha. Con gran trabajo pudo reunirse de 300 a 400 hombres, que hicieron frente al enemigo, manteniéndolo a respetable distancia, con un nutrido fuego. Por fin, después de más de 7 horas de combate y no teniendo más reserva de qué disponer, decidí retirarme, lo que se efectuó con toda calma y orden sosteniéndose el fuego hasta el último momento.

A las 6 P.M. cesó del todo el combate, deteniéndose el enemigo en su avance. La retirada, como era natural, fue fatigosa para la tropa, y muy especialmente para los heridos; pero se efectuó en orden y se facilitó a éstos todas las comodidades que fue posible.

Nuestras pérdidas han sido considerables, como es natural tratándose de un combate que ha durado como 8 horas contra triples fuerzas, puesto que el ejército peruano que se había reunido en Tarapacá constaba de más de 6.000 hombres, de los que 3.000 se hallaban estacionados en el pueblo de este nombre y 4.000 en Pachica, lugar que dista 3 leguas más arriba, de donde llegaron fuerzas de refresco al campo de batalla. La división de mi mando sólo constaba de 2.300 hombres.

No encontrándose bastante seguro el enemigo, abandonó también el campo, y según los últimos informes recibidos, emprendió su retirada hacia Tacna en el mismo día del combate.

No conozco aún las bajas que hemos experimentado; pero por muy considerables que ellas sean, creo que siempre esta acción será considerada como un lustre para nuestro ejército. Ningún soldado abandonó su arma ni dejó de disparar mientras tuvo a su alcance al enemigo, que ha sufrido pérdidas muy considerables.

Entre las pérdidas más dolorosas debo contar la del comandante del 2º de línea, don Eleuterio Ramírez, cuyo paradero aún se ignora; la del segundo comandante, don Bartolomé Vivar, muerto durante la primera parte de la jornada; la del sargento mayor del batallón Chacabuco, don Polidoro Valdivieso, y la de muchos valientes y distinguidos oficiales que han rendido su vida en la flor de la edad sosteniendo la gloriosa enseña de nuestra patria. 

Cuando tenga a la mano los partes de los comandantes de cuerpos, comunicaré a V.S. los nombres de todos estos nobles hijos de Chile, así como también los de aquellos que más se han distinguido en esta desigual contienda.

Recomiendo a la consideración de V.S., muy especialmente, al teniente coronel de guardias nacionales, don José Francisco Vergara; al sargento mayor, don Jorge Wood, y al capitán del regimiento 2º de línea, don Pablo Nemoroso Ramírez, por los muy importantes servicios que prestaron en este día.

Debo, en conclusión, dar cuenta a V.S. de que hemos tomado a 8 oficiales prisioneros, de teniente coronel abajo, y unos cuantos individuos de tropa, cuyo número aún ignoro por haberlos dejado en el campamento de Dibujo.

Dios guarde a V.S.
LUIS ARTEAGA.

Al señor General en Jefe del ejército del Norte.
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Saludos
Jonatan Saona

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