viernes, 23 de septiembre de 2011

Manuel Suárez

Manuel Suárez

- I -

Manuel Suárez fue el nombre que llevó el modesto Coronel del batallón «2 de Mayo».

Habríalo escrito yo con lágrimas si la gloria con la que ha bajado al sepulcro, no fuese un motivo de consuelo para su familia, y de orgullo patrio para la tierra que meció su cuna.

Nacido en el Cuzco el 18 de octubre de 1839, del matrimonio del General don Manuel Suárez y la señora Paula del Mar, exhaló el alma en aras de la patria, dejando su cadáver envuelto en el sudario de los mártires de la autonomía nacional, en las escarpadas rocas de Tarapacá, el 27 de noviembre de 1879. 

Recorramos su foja de servicios, tal como he podido adquirirla.

La carrera de su padre había sido para Manuel Suárez, hijo, el sueño dorado de su niñez, y la aspiración vehemente de sus primeros albores juveniles; hasta que en 1859 sentó plaza como Alférez de caballería en el 4º Regimiento provisional, mandado por el Coronel don Aniceto Robles, con el cual hizo la campaña al Ecuador.

Ascendido a Teniente en 1860, pasó al escuadrón de artillería volante que entonces mandaba don Francisco Bolognesi, el gigante de la defensa de Arica que murió quemando el último cartucho.

Separado del servicio, en la época del General Pezet, se dio de alta en las filas del ejército restaurador, en la ciudad de Huancavelica, entrando a Lima el recordado 5 de noviembre, bajo las órdenes del 2º Vice-Presidente don Pedro Díez Canseco.

Nombrado Jefe de la batería de Santa Rosa, en el Callao, fue vencedor en el glorioso «2 de Mayo» del 66, valiéndole su serenidad y pericia militar en aquella jornada, el ascenso a la clase de Sargento Mayor.

Hizo la campaña del 67 con el General don Mariano Ignacio Prado, en el sitio de Arequipa que terminó con el triunfo del General Canseco; época en la que se retiró a la vida privada volviendo al Cuzco, donde permaneció durante el Gobierno Balta.

Llamado en 1872 por el ilustre Manuel Pardo, fue destinado como tercer Jefe del batallón «2 de Mayo» con el que hizo las dos campañas a Moquegua, a órdenes de los Generales Buendía primero, y La-Cotera después, siendo ascendido a Teniente Coronel, pasado el combate de Yacango.

Elevado a primer Jefe del mismo batallón, «2 de Mayo», marchó a la ciudad de Ayacucho, donde permaneció acantonado durante un año, hasta que el grito de guerra lanzado por Chile hizo que fuese de los primeros en presentarse al litoral amenazado, tomando cuartel en Iquique, hasta el 22 de noviembre, siendo él uno de los que soportaron el desastre de San Francisco con la amarga resignación del soldado subalterno que lamenta la imprevisión de sus Generales y viendo morir a sus mejores amigos. Esto bien lo probó en la inmediata jornada de Tarapacá, donde se le vio como al Cid, montado en su veloz Babieca, dando ejemplo de valor, introduciendo el aliento en sus filas, desafiando el plomo destructor que cruzaba por el campo produciendo aterrador chirrido en los aires, y levantando el polvo de los caminos. ¡¡En las carpas mismas de la ambulancia a la que fue llevado, se oyó que el hijo de la Patria mezclaba la voz de «¡adelante! ¡No hay que rendirse!» con los ayes del herido, y el desfallecimiento del moribundo!!

- II -

Trabóse el combate del 27. 

Siempre desventajoso por parte del Perú, atendida la superioridad del número y de las armas enemigas.

Tres veces rechazaron los nuestros el pelotón de mapochanos, sin reparar en la lluvia de metralla y fusilería. Tres veces comenzó una lucha cada vez reforzada por el amor patrio.

¡Por cada peruano que caía sin vida, diez redoblaban su ardor bélico para luchar contra veinte!

¡Faltaban ya los proyectiles para nuestras armas; pero este grave incidente lo salvaron los nuestros, pidiendo a los muertos la munición necesaria a los vivos, y los cadáveres chilenos surtían nuestro ejército cuyo valor se había trocado en heroísmo!

¡Una vez más!

Era preciso echarse sobre los krupps y tomarlos a la bayoneta. Indispensable era aumentar las víctimas; pero en cambio, sonreía la victoria.

Los enemigos no lo creían.

Asaltados en sus propias trincheras, trocaron su desesperación por el pavor, y el campo fue del peruano.

El ángel de la victoria había tomado en sus brazos nuestro pabellón para entonarle el himno de gloria. Pero, al desplegar sus alas para volver al cielo, había arrebatado consigo el espíritu de muchos valientes, entre los que iba también el de un joven cuyo gallardo cuerpo yacía herido de muerte al pie de un animal salpicado con sangre. Era el de Manuel Suárez que, cruzando el espacio de lo visible, penetraba en la mansión de los Grau, Velarde, Heros, Zubiaga, Rueda y tantos otros mártires del deber.

Al entrar en el reino de la inmortalidad, contaba Suárez 40 años, veinte de los cuales había pasado en el cuartel sobrellevando las fatigas del soldado, y asegurándose un porvenir envidiable; pues, sin la traidora cooperación de la Muerte, él habría regido alguna vez los destinos del Perú con suficientes títulos para tan elevado puesto.

- III -

Recordémoslo algo más.

Manuel Suárez no tenía talla elevada. Su color, tostado por el ardiente sol de los collados, era más moreno que blanco. Simpático para cuantos le conocían, se distinguía por su fina educación, la dulzura de su voz, y la modestia que se revelaba en todas sus acciones: era buen mozo sin afectación.

Cuando se le hablaba de su valor, sonreía disculpándose con la fortuna: y alguna vez que no podía negar sus disposiciones militares, exaltaba las buenas dotes de sus subalternos, como pretendiendo rebajar las propias. Una de sus aficiones más ardientes era la cría de caballos, como que la equitación formaba el mejor recreo de su vida.

Modelo como hijo, no sabría qué calificativo darle como a hermano, yo que, en familia, seguía de cerca sus pasos.

Fue tan bueno como cumplido.

¡Sin duda que por eso vivió poco en el valle de la prueba!

Su existencia ha pasado con la rapidez con que desaparecen los dorados celajes de verano, dejándonos el vivo recuerdo de su esplendente luz.

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Texto e imagen tomados del libro "Bocetos al lápiz de Americanos célebres" por Clorinda Matto de Turner,

Saludos
Jonatan Saona

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