martes, 10 de mayo de 2011

Julio O. Reyes

(Del corresponsal de La Opinión Nacional de Lima).

Señor Director de la Opinión Nacional:
A bordo del Huáscar navegando de Arica a Pisagua.- Lima.

Señor Director:
A las once y cuarto de la noche del martes 20 zarpamos de Arica en convoy con la Independencia, en dirección a Pisagua, donde llegamos a las tres y media de la mañana del miércoles 21.

Sin embargo de que se nos dijo en Arica que cinco de los buques enemigos habían pasado al norte, no teníamos completa seguridad, porque otros aseguraban que se habían dirigido al sur, sin que faltara alguien que afirmara que los citados buques se encontraban a las inmediaciones de Iquique.
Nuestra navegación se hizo, pues, con las precauciones del caso, listos para empeñar combate con los enemigos, tan pronto como los encontrásemos.

El contento más grande reinaba a bordo y todos se encontraban en sus puestos aguardando con impaciencia y patriótico entusiasmo la hora del combate.

Como conviniera saberse de un modo definitivo los buques que existían en Iquique, se creyó conveniente llegar a Pisagua y preguntarle a ese respecto al Prefecto de Iquique y así se hizo.

De a bordo de este buque se destacó una falúa al mando del capitán de fragata graduado señor Melitón Carvajal y bajo sus órdenes, al teniente segundo don Fermín Diez Canseco, quienes llegaron a tierra sin ningún obstáculo.

Parece, y aunque nos sea doloroso confesarlo, que no es muy severa la vigilancia que reina hoy en Pisagua, pues los oficiales que fueron a desempeñar la comisión desembarcaron tranquilamente; y lejos de que se les diera la voz, tuvieron ellos que hacerlo con el único centinela que allí encontraron y el que no sabía lo que pasaba.

Algunos minutos después que los señores Carvajal y Diez Canseco vagaban entre los escombros de la incendiada ciudad en busca del telegrafista y del capitán del puerto, señor Becerra, se presentó este último.

Dijo que no sabía con exactitud los buques que habían en Iquique, pero que había recibido el telegrama que publicamos en seguida:

Dávila a capitán del puerto de Pisagua.
Aquí Esmeralda, Covadonga y transporte Limarí.
¿Sabe algo de la escuadra?
Iquique, mayo 17 de 1879.
(Recibido 11 h. 10 A.M.)

Como el comandante Grau comprendiera la necesidad de salir cuanto antes con rumbo a Iquique, lo hizo así, saliendo quince minutos después de nuestra llegada y sin aguardar la contestación del telegrama que envió a Iquique y que decía así:

Pisagua, mayo 21, a las 4 h. 30 m.
Al Prefecto de Tarapacá.
Urge que me conteste inmediatamente.
¿Cuántos buques enemigos hay en Iquique?
¿Cómo se llaman?
¿Cuándo, cómo y en qué dirección salieron los demás?
Grau.

En los cerros de Pisagua distínguense algunas luces de nuestros diversos campamentos.

ANTES DEL COMBATE

Son las 6 de la mañana menos 25 minutos, señor Director, y reina a bordo grande excitación.
El comandante sobre la cubierta dirige la palabra con enérgico entusiasmo a la dotación formada en dos filas.
Sus sencillos pensamientos, impregnados de verdadero patriotismo, conmueven y entusiasman a sus subordinados.
Un solo sentimiento, una sola idea los domina: la defensa de la patria.

Los recuerdos de los actos vandálicos practicados en nuestros indefensos puertos por los enemigos, retemplan los espíritus y algo de majestuoso y solemne se nota en los que escuchan con atención la corta, pero valiente proclama del comandante.

“¡Tripulantes del Huáscar! Les dijo al concluir: ha llegado la hora de castigar al enemigo de la patria y espero que lo sabréis hacer, cosechando nuevos laureles y nuevas glorias dignas de brillar al lado de Junín, Ayacucho, Abtao y 2 de Mayo ¡Viva el Perú!”.

Los jefes, oficiales, tripulantes y guarnición repitieron las últimas palabras con febril entusiasmo, agregando:
¡Viva el comandante del Huáscar!

La banda de guerra toca por un instante diana y en seguida se deja oír el terrible toque de zafarrancho de combate, volando todos a sus respectivos puestos.

Impotente es nuestra pluma, señor Director, para poder describir el cuadro que ofrecía en este momento el Huáscar.

Los oficiales, marineros, grumetes, soldados, todos en fin, hasta los guardiamarinas de 15 a 16 años, casi niños, se abrazaban llenos de entusiasmo y corrían a sus puestos con una entereza espartana.

FRENTE A IQUIQUE

Son las ocho del día.
La población se presenta a nuestra vista, envuelta aun en las brumas de la mañana, que los tibios rayos del sol principian a disipar paulatinamente.

Los muelles, balcones, azoteas y colinas inmediatas se encuentran cubiertos de multitud de personas que ansían contemplar el combate. Sus corazones laten de entusiasmo al ver las naves de la patria que vienen a hundir o poner en fuga a los que cobardemente se han ensañado sobre su indefensa población. Con su mirada, con su aliento, parece que quisieran animarnos, y se creerían muy felices ocupando un puesto a nuestro lado.

La bandera que por más de un mes ha proyectado su fatídica sombra en sus playas, ha retemplado sus patrióticos sentimientos, y tienen razón.

Fijémonos en los enemigos.
La corbeta Esmeralda, fuerte de 10 cañones de Armstrong rayados, dos colisas de 150 y una ametralladora en cada una de las cofas de los dos primeros palos, muy pegada a la playa y hacia el lado norte permanece sobre su máquina, arrojando por su chimenea una inmensa columna de humo, mientras que la Covadonga, con su casco pintado de plomo, trata de escapar hacia el sur, y el transporte Lamar enarbola la bandera americana.

La Independencia que hasta media noche viajaba a nuestra cuadra, aun no llega, y tardará lo menos un cuarto de hora. Su demora causa profunda impaciencia, y los minutos pasan sin que venga a ocupar su puesto.

El comandante Grau, desde su puente, sigue con los anteojos los menores movimientos del enemigo, dirige con ansiedad sus miradas hacia Iquique, que pronto presenciará indudablemente, terribles escenas.

A su derecha está el capitán de fragata señor Melitón Carvajal, secretario de la división naval, y a su izquierda el ayudante del comandante, teniente 1º Diego Ferré; sobre la cubierta de popa los capitanes de navío Exequiel Otoya, 2º comandante del buque, y Enrique Carreño, mayor de órdenes de la división; el oficial de señales y derrota, teniente 2º Jorge Velarde y su ayudante el guardiamarina Grimaldo Villavicencio.

Bajo de esta misma cubierta se encuentra el capitán de la guarnición Mariano Bustamante, con sus subordinados, mientras que los señores Antonio Cucalón y Francisco Retes, son colocados por el teniente Ferré al lado de la ametralladora, para que la manejasen.

Bajo de la cubierta pasa algo parecido.
El teniente 1º Pedro Rodríguez Salazar tiene a su cargo el timón de combate, y por ayudante al guardiamarina Carlos B. Tizón; el teniente 2º Carlos Héros con los guardiamarinas Federico Sotomayor y Manuel Elías Bonmaison, las cigüeñas de la torre de combate; el teniente 2º José Melitón Rodríguez con las cigüeñas, para elevar los proyectiles, en unión de Juan Alfaro, contador del buque, y los guardiamarinas Daniel S. Rivera y Bruno Bueno, respectivamente a cargo del callejón de combate y ayudante del 2º comandante.

En la cámara de oficiales, los médicos doctores Santiago Távara y Felipe Rotalde, y el practicante de último año de medicina José Ignacio Canales, el farmacéutico José Flores, ayudante del detall Alberto Huertas, los mayordomos, maestros de víveres y mozos de cámara.

Sobre la mesa están acopiadas hilas, vendas, medicinas, instrumentos y luces, parecía aquello un anfiteatro de hospital.

Su aspecto es imponente.
La torre es mandada por el capitán de fragata Ramón Freire, el cañón de la derecha por el teniente 2º Gervasio Santillana, y el de la izquierda por el de igual clase Fermín Diez Canseco.

Como el corresponsal, servidor de ustedes, tenía también que prestar sus servicios a la Patria y al diario, en los ratos que no permanecía en la cubierta estaba en la torre o en cualquiera de las otras secciones del buque.

COMBATE DEL HUÁSCAR

Eran las 8 h. 20 a.m.
A dos mil y tantos metros estábamos de los buques enemigos, cuando afirmamos nuestro pabellón con un cañonazo de la torre.

La Esmeralda nos presentaba entonces su lado de babor y el proyectil pasó por alto, cayendo al norte de la ciudad en la pampa.

Demoró mucho para contestarnos y se pegaba demasiado a la playa, defendiéndose con la población, pues calculaba que el Huáscar por temor de producir allí grandes daños, se abstendría de hacer fuego y así pasaba efectivamente; comprendiendo esto los de tierra, les hicieron 72 tiros de cañón, del calibre de 9, de la batería que comanda el capitán graduado Francisco Pastrana y les hicieron 3 muertos, obligándolos así al combate con nosotros.

Poco después llegó la Independencia, a la que veinte minutos antes le habíamos puesto las señales de: prepárense para el combate, y después: rompan sus fuegos; y así lo hizo en efecto, dirigiendo sus fuegos al Covadonga, que huyó después hacia el sur.

Como el Huáscar no tiene sino dos cañones y de muy grueso calibre, por cada uno de los disparos que hacíamos, nos contestaba la Esmeralda con todo su costado, enfilándose en seguida o viraba para descargarnos su costado contrario o ya se precipitaba hacia la playa.

Viéndose preparado para el combate, el Lamar aprovechó la oportunidad y huyó con rumbo al sur.

Los tiros del Huáscar por estar en la boca del puerto y con la mar un poco gruesa, no eran al principio muy certeros, pues nos llevaba ventaja en su posición, por estar muy adentro de la bahía.

Una vez empeñada la lucha, preciso es confesar, que los enemigos se portaron con valor y con pericia.

Sus primeros tiros pasaban por nuestra popa y muy elevadamente, pero poco a poco fueron rectificando sus punterías, de tal modo, que al último hacían fuegos muy certeros, pero siempre allegándonos hacia la playa con intenciones tal vez de que nos varásemos.

El comandante Grau, con un valor y una serenidad admirable, dirigía su nave con singular pericia, sin que las descargas que hacía el enemigo por baterías lo hiciera abandonar el puente.

Cada uno de los tiros de nuestra torre era saludado con entusiastas vivas al Perú, al Huáscar, a su comandante, y salían casi todos los oficiales a ver de cubierta las peripecias del combate, pues los cubichetes de las escalas estaban a medio cerrar.

Desde el comandante al último grumete se han portado con singular denuedo; sólo quien haya estado a bordo puede apreciar los rasgos de valor de nuestros esforzados marinos.

En el Huáscar han cumplido todos con su deber; es lo que podemos decir en honor a la verdad.

El número de proyectiles que nos han arrojado los enemigos es crecidísimo, de tal modo que no pudimos llevar cuenta. Fuera de sus cañones de batería, colisas y ametralladoras de cofas, la guarnición y marinería, en los instantes en que estábamos completamente unidos por los costados, nos hacían nutrido fuego de fusilería y hasta de revólver. Los tiros eran a boca de jarro, de tal manera que en la torre se ven las huellas de los fogonazos.

Además nos lanzaban bombas de mano.

En una palabra, han peleado con desesperación, y han estado convenientemente preparados, pues no faltaba en el buque enemigo ninguno de los últimos inventos de la guerra.

Las averías que nos han hecho son casi insignificantes.
La obra muerta (de madera) ha sacado tres o cuatro tiros de balas de cañón y de rifles muchos.

Nuestra torre hizo sólo 15 tiros.
Sin embargo de que el Huáscar hubiera podido dar cuenta desde el principio de la corbeta, el comandante Grau se abstuvo muy a su pesar de hacerlo, porque se le hizo creer que los chilenos tenían tendida en la bahía una red de torpedos, y que el buque enemigo nos obligaba al combate hacia ese lado para hacerlo volar, y era exponer el monitor.

El capitán del puerto de Iquique, capitán de corbeta señor Salomé Porras, que recién el combate se vino de tierra en un bote, fue quien comunicó al señor comandante Grau la alarmante noticia de los torpedos.

Como viera el comandante Grau que era conveniente terminar el combate, resolvió hacer uso del espolón y ordenó entonces que los de cubierta bajasen y se cerraran las escotillas.

Los señores capitanes de navío Enrique Carreño, Exequiel Otoya, 2º del buque, el capitán de la guarnición, señor Mariano Bustamante y Retes y Cucalón que manejaban la ametralladora, como asimismo varios otros oficiales que salían a presenciar el combate en la cubierta y el aspirante Grimaldo Villavicencio, bajaron, no así el oficial de señales y derrota, señor Jorge Velarde, que con un valor y serenidad digna de un valiente, permaneció en su puesto, sin embargo de las reiteradas órdenes que le comunicó el señor comandante.

Mientras que el Huáscar se mantenía fuera de la línea de torpedos hizo los diez primeros tiros, y los cinco restantes en el intervalo de los tres espolonazos.

Los dos primeros fueron sólo con la velocidad de ocho millas, y el último de diez. De estos, el primero fue en la parte de popa, que se la hundió; el 2º lo defendió la Esmeralda con su proa, pues la presentó, y el tercero en el centro de su costado de estribor, junto con dos cañonazos de a 300.

Este fue el golpe decisivo.
El buque se abrió en dos partes, levantó excesivamente su popa, y se hundió instantáneamente.
El cuadro que se presentó entonces a nuestra vista fue terrible, desgarrador, casi parecía un sueño.

Desapareció súbitamente el buque y sólo vimos en las aguas a sus tripulantes asidos a los fragmentos de madera.
Aquello, a pesar de ser un triunfo para nosotros, nos causó una impresión profundísima.

Casi a la par del hundimiento de la nave, corrimos a popa, soltando los salvavidas y arriamos las embarcaciones menores, que muchas de ellas estaban averiadas.

Todos fueron salvados por la precipitación de enviar de a bordo las embarcaciones, y los que no vinieron a bordo fue porque habían muerto, pues nadie llegó a tierra ni a las otras embarcaciones. A tierra no pudo ir ninguno por la distancia.

Al llegar los soldados a nuestro costado gritaron: ¡Bravo comandante Grau! ¡Vivan los valientes e hidalgos peruanos! A los que les contestaron la oficialidad y tripulantes: ¡Bravos valientes chilenos de la Esmeralda: no hacemos sino cumplir con nuestro deber!

Una vez a bordo se les dio a jefes, oficiales, y en general a todos, vestidos de marineros que eran los únicos que habían en el buque, y se les atendió lo mejor posible.

No se les pudo dar alimentos porque hacía 10 horas no los tomábamos por motivo del combate.

PORMENORES E INCIDENTES

Entre los varios tiros que recibió la Esmeralda, le entró uno en la primera cámara, otro en la segunda y otro en el sollado, que ocasionó incendio y los obligó a paralizar sus fuegos por largo tiempo.

Los estragos que hiciera fueron extraordinarios.
Una de las bombas, que penetró en su máquina, mató a todos los maquinistas e ingenieros.

Era tan crecido a bordo de la corbeta el número de heridos, que según nos dijeron los mismos médicos del buque, les daban cloral para adormecerlos, pues no podían atender a todos.

Varios fragmentos de bomba hirieron la pierna derecha del comandante de la torre, capitán de fragata señor Ramón Freire, pero no de gravedad. Los cascos entraron por una de las portas de la torre.

El capitán de fragata señor Melitón Carvajal, secretario de la comandancia de la división, ocupó el puesto del señor Freire.

Durante las primeras horas de combate, había permanecido con gran serenidad en el puente, al lado del comandante.

El oficial de señales, teniente 2º don Jorge Velarde, que estaba cerca de la torre del comandante, recibió tres balazos al tiempo de dar el monitor el segundo espolonazo a la Esmeralda. Uno tenía en la pierna derecha, otro en el brazo y el tercero en los pulmones.

Se le condujo en brazos de sus compañeros, quienes lo estimaban en alto grado, al hospital de sangre, que estaba en la segunda cámara, donde los médicos agotaron los recursos de la ciencia para salvarlo, pero todo fue inútil.
Duró más de dos horas.

Hubo un instante que después de curársele la heridas exclamó: “¿Se han hundido ya esos miserables?” y al contestársele que faltaba poco, agregó: “Déjenme ir a mi puesto, al lado del comandante; ¡ya estoy bueno para combatir a esos cobardes!”.

Velarde era un marino joven, inteligente, laborioso y digno; era la esperanza de nuestra escuadra y murió como un héroe.
Paz en su tumba, y derramemos una lágrima a su memoria.
El comandante Grau lo estimaba tanto, que no se le comunicó nada sino mucho después que había muerto.

El comandante de la Esmeralda, señor Prat, fue al que la prensa de Buenos Aires, ignoramos si justa o injustamente, acusó de espía cuando el conflicto chileno-argentino.
Varios papeles se le han encontrado en su bolsillo respecto a ese conflicto.

Se cree que las balas de las ametralladoras de las cofas del enemigo, fueron las que hirieron a Velarde, o bien la guarnición, porque la herida de la pierna era de bala de Comblain.

El combate principió a las ocho y media del día y concluyó a las 12.10, esto es, 3 horas y 40 minutos.

Después de pegar los golpes de espolón se unían los buques por sus costados, y la Esmeralda nos descargaba sus baterías a boca de jarro.

Esto, unido a las bombas de mano, ametralladora y tiros de rifle, asimilaba a un castillo de fuegos artificiales al incendiarse.

Al tercer espolonazo cayeron de la Esmeralda sobre la cubierta del Huáscar, por la cara de popa de la torre, el comandante de la Esmeralda señor Prat, el teniente 1º Serrano, un sargento 1º de la guarnición, un soldado y uno o dos marineros, con el objeto de abordarlo.

El comandante recibió un balazo en la frente y un hachazo y murió casi instantáneamente, lo mismo que el soldado y marinero, quedando herido en el estómago el teniente Serrano, un marinero y el sargento de la guarnición.

Este oficial Serrano, a pesar de los esfuerzos de los médicos, no se le pudo salvar.

“Sálveme usted por Dios que tengo hijos”- le decía al Dr. Távara; pero todo fue inútil; las heridas que recibió en el estómago eran mortales.

Según lo que nos refirió el segundo comandante de la Esmeralda, señor Uribe, su buque tenía 203 tripulantes, inclusive la guarnición.
De estos han salvado 47, luego han perecido 156.

El Huáscar no tiene que lamentar sino la irreparable pérdida del teniente Velarde.
Los heridos son pocos; ninguno de ellos es de gravedad.

Recién el combate, encontrábamos con el teniente 1º don Pedro Rodríguez Salazar, por el lado de estribor y por el de babor al pie de la ametralladora el capitán de la guarnición don Mariano Bustamante y los señores Retes y Cucalón, cuando dando una bomba un rebote por babor y pasando por alto, nos bañó completamente de agua, atravesando al mismo tiempo muy cerca de los capitanes de navío Exequiel Otoya y Enrique Carreño y del teniente 2º Velarde y guardiamarina Villavicencio que estaban en la cubierta de popa formando un grupo. Al sentirse bañado el teniente Rodríguez Salazar, desenvainó súbitamente la espada dando un ¡viva el Perú!

Al dar los espolonazos se cayó al agua, hecho pedazos, el busto que de Huáscar tenía en su proa el buque.

Durante los primeros tiros permanecían en el puente el comandante Grau, su ayudante el teniente Diego Ferré y capitán de fragata señor Melitón Carvajal.

El comandante Freire y los tenientes segundos Canseco y Santillana, después de hacer sus tiros, asomábanse por los cubichetes o portas de la torre por la parte superior y sólo cuando una bomba rompió una de las de la izquierda, las cerraron.

En la base de la torre el teniente don Carlos Héros con los guardiamarinas y el otro teniente señor Melitón Rodríguez, trabajaban con empeño y entusiasmo en hacer conducir los proyectiles.

No contentos con esto, personalmente y en carretillas los llevaban en medio de gran entusiasmo.

Los ayudaba con grande animación el señor Alfaro, contador del buque, y que casi es víctima a consecuencia de un casco de bomba que estalló en el castillo de proa.

Una de las balas de cañón pasó tan cerca de la cabeza del 2º comandante del buque, que la corriente de aire le llevó la gorra.

Un casco de la bomba que penetró en la torre le hirió en el ojo izquierdo al artillero de preferencia Álvaro Trelles.

La Esmeralda, en el mismo instante en que se hundía, nos hizo fuego con uno de sus cañones de popa.
La confusión que reinaba en los últimos instantes a bordo de esa corbeta era grande.

Tenían grupos de guarnición en su proa y popa, y una de las veces que pasamos muy cerca de ella vimos a muchos de sus soldados con el rifle en mano, pero que contemplaban asombrados las troneras de la torre.

Los oficiales de la Esmeralda al hundirse su buque estaban ya desnudos, pues habían comprendido que el hundimiento era inevitable.

Una vez, después del primer espolonazo, intentaron los enemigos abordar el Huáscar, pero les fue imposible, a pesar de su mucha dotación.

Unos pocos soldados cayeron muertos a nuestra cubierta y otros al mar, a causa del fuego que les hizo nuestra guarnición y marinería por las portas de los cañones y cubichetes.

Los rifles de la guarnición chilena eran Comblain y el resto de su armamento como sus vestidos, lo mismo que los de los marineros, era de magnífica calidad.

De varios de los extranjeros marineros que tripulaban la Esmeralda, casi en su mayoría eran griegos.

Una de las bombas enemigas rompió la driza de la bandera y cayó sobre cubierta, pero inmediatamente se la enarboló con otra nueva, sacando más de cinco balazos.

Durante lo más fuerte del combate, el señor Manuel Loayza, antiguo y respetable vecino de Iquique y jefe de uno de sus cuerpos de la guardia nacional, vino a bordo con otros valientes, entre ellos un caballero inglés, y entraron a prestar sus servicios en la torre. A bordo se aplaudió a estos caballeros.

En el primer bote que arribó de tierra, instantes después de terminado el combate, vinieron los corresponsales de La Patria y El Comercio que habían presenciado el combate de a bordo de un bote.

El capitán de la columna Constitución, de guarnición a bordo, señor Manuel Arellano, se portó muy bien durante el combate.

DESPUÉS DEL COMBATE

Terminado el combate, salimos en persecución del Covadonga, pero se encontraba ya a mucha distancia y tuvimos que regresar a prestar los auxilios a los náufragos de la blindada Independencia, que como saben ya nuestros lectores, estaba varada en Punta Gruesa y cuyos datos damos al ocuparnos del combate de dicha nave.

Muy tarde zarpamos del lugar del siniestro, trayéndonos parte de los náufragos y dejando en Iquique a los prisioneros, heridos y muertos chilenos y zarpamos en la noche con rumbo afuera.

Jueves mayo 22.- En la mañana de hoy estuvimos en Pisagua y después de permanecer ahí una media hora, zarpamos con destino a Iquique con el Chalaco, que había llegado momentos antes de Arica.

Tres horas después llegamos a dicha rada y permanecimos hasta por la noche, recogiendo varios oficiales que por lo rápido del viaje y por no estar a bordo en el instante preciso de la partida los dejamos ahí.

Dos lanchas que tenían los chilenos con carbón, han sido llevadas a tierra y después de sacar el combustible las han echado a pique.

Con bastante solemnidad fueron llevados hoy al cementerio de Iquique los restos mortales del señor Jorge Velarde. Se le enterró con todos los honores del caso y asistieron varios de los oficiales del buque.

La blindada Independencia no llegó a quemarse del todo y aún existen cuatro de sus cañones pequeños y el Vavasseur sobre su cubierta.

Un italiano pescador pide que le den 500 soles y los lleva a Iquique.

Iquique, mayo 23.
JULIO O. REYES.
****************
Saludos
Jonatan Saona

2 comentarios :

Raúl Olmedo D. dijo...

Es curioso como, al igual que en el parte del comandante M. Grau, el corresponsal señor Julio Reyes habla de ametralladoras en dos de las cofas de la "Esmeralda".
Como se ha señalado en otras páginas de este blog, no hubo tales ametralladoras. La única arma automática disponible a esas fechas estaba a bordo del "Blanco Encalada". Conque ni el otro blindado, el "Cochrane", disponía de ametralladoras en mayo de 1879. Menos aún las corbetas de madera como la "Esmeralda". El fuego de fusilería desde la corbeta, en consecuencia, fue nutrido y coordinado, lo que habla bien de su guarnición militar y marinería, conocedores de que no sobrevivirían.
Las ametralladoras importadas por Chile llegaron en julio y agosto siguientes, y entonces si tuvieron gran actuación en Angamos, en el desembarco en Pisagua y en la rendición de la "Pilcomayo" en noviembre.
Lo que si hubo el 21 de mayo fueron bombas de mano, y en profusión. Eran granadas que necesitaban ser activadas mediante una mecha, y se arrojaban a la cubierta enemiga luego de bornearlas mediante una corta soga para alcanzar más distancia. Se lanzaron esas granadas o "bombas" hacia la cubierta del Huáscar con ocasión - al menos - de los dos primeros espolonazos.

Deben haber sido los dichos o escritos del corresponsal Reyes los que inspiraron a los periodistas que se embarcaron en el "Huáscar" en Iquique, una vez terminado el combate, en el sentido de atribuir gritos de gratitud hacia el Perú a la tripulación chilena recogida de las aguas.
No es verosímil. No es de la naturaleza del marino chileno, y creo que tampoco del peruano, esas expresiones tropicales que implican sumisión.
Seguramente Uribe, como mas antiguo de los sobrevivientes, habrá expresado mas tarde parcamente a Grau - y en privado - su agradecimiento por las atenciones y el vestuario recibidos. En ningún caso por recogerlos en su calidad de náufragos, algo en lo que ambas marinas actuaron siempre con acuerdo a las normas internacionales vigentes.
Tampoco los vencidos en Angamos, a su turno, dieron gritos de agradecimiento ni nada que cuestionara el honor de su bandera. Actuaron con la sobriedad que se espera de un marino, y los relatos del médico Távara y otros, en sus cartas desde San Bernardo, dan cuenta de las atenciones y cortesías de que fueron objeto por parte de sus pares chilenos. Sin necesidad de adulación ni gritos de ninguna especie.

R. Olmedo

Miguel Huerta dijo...

DICHO POR LOS PERUANOS, y por los diarios de Lima " El Comercio", "La Opinión Nacional" y La Patria": "La Esmeralda " se hundió , con sus banderas al tope, haciendo fuego , hasta el final,de fusilería , pistola y bombas de mano,por su tripulación,que los chilenos abordaron dos veces al Huáscar, y en ambos murieron todos los chilenos. El primero de Prat, el capitán , con cinco marineros y el segundo , con Uribe , Vicecomandante del buque, y doce marineros.Al final , el último cañonazo , a ras del agua, del castillo de proa. Y lo dice el enemigo peruano. No es mito...FUE VERDAD.

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