miércoles, 30 de marzo de 2011

Leoncio Señoret

Parte de Leoncio Señoret sobre el hundimiento del Loa

A bordo del Blanco Encalada, rada del Callao, julio 4 de 1880.
Señor Comandante en Jefe:
Tengo el honor de poner en conocimiento de V.S. los hechos acaecidos ayer en la tarde, que trajeron por resultado la pérdida del crucero Loa.

A las 4 P.M. se puso señales desde el Loa al buque insignia, anunciando una lancha al noreste, e inmediatamente nos dirigimos sobre ella con intentos de reconocerla. Después de 45 minutos de marcha y estando el Loa sobre 14 brazas de agua, ordenó el comandante que la segunda canoa al mando del teniente Martínez fuese a reconocer la embarcación avistada, trayéndola a remolque al costado del Loa.

De regreso a bordo, el teniente Martínez expresó al comandante sus sospechas respecto de esa embarcación, pues creía posible que su descarga ofreciera algún peligro al buque. Ya el oficial de guardia, piloto 2º señor Pedro E. Stabell, había hecho iguales observaciones; y otro tanto hizo el que suscribe, pues, como he tenido el honor de decirlo a V.S. verbalmente, las circunstancias bajo las cuales la embarcación fue reconocida, me inducían a temer fuese plan de un ataque sobre el buque que la apresase; aparejada de balandra y conteniendo un cargamento compuesto de frutos del país, algunas aves de corral y varios sacos de arroz; nadie la tripulaba, y al ser apresada se encontraba fondeada como a milla y media de tierra y con sus velas de viento, circunstancias difíciles de recibir una explicación satisfactoria. Tuvimos, sin embargo, la desgracia de no llevar nuestro convencimiento al ánimo del señor comandante Peña, quien ordenó se recibiese a bordo y bajo inventario el cargamento de la lancha, para ser puesto a disposición de V.S.

La descarga se hizo por el portalón de estribor a popa y se verificó sin novedad, hasta que, quedando sólo un saco en el fondo de la lancha, y en el momento de ser izado a bordo, se produjo una explosión con horroroso estrépito, abriendo parte del costado de estribor y maltratando toda la construcción del buque. De los hombres ocupados en la descarga de la balandra y de unos cuarenta marineros que se habían agrupado alrededor de la escotilla, varios fueron destrozados en el acto, quedando otros heridos, salvando milagrosamente el contador señor Ricardo Bordalí y el aspirante señor Florencio Guzmán C., que ahí se encontraban tomando inventario del cargamento apresado, lo mismo que el piloto señor Stabell, que inspeccionaba la operación de la descarga. El comandante Peña, tomado de lleno por la explosión del brulote, quedó privado de parte de sus ropas, quemado en un costado y malherido en la cara, lo que no le impidió dirigirse al puente a dictar algunas medidas propias del momento. Me encontraba en ese instante en el salón del buque, junto con casi todos los oficiales, terminando nuestra comida; y aunque algunos fueron heridos por las astillas de las mamparas, pedazos de espigas, vigas, vidrios, etc., pudimos salir a cubierta, donde adquirí inmediatamente el convencimiento de que el buque se hundía, pues se llenaba de agua la bodega de popa.

Al dar las órdenes convenientes para arriar y tripular los botes, pude constatar que sólo la segunda falúa se encontraba en buen estado, habiendo sido completamente destruidas las demás embarcaciones. Ese bote fue ocupado por un número excesivo de marineros, en quienes el pánico pudo más que la razón, y concluyó por darse vuelta, ahogándose la mayoría de ellos. La segunda canoa, que por fortuna no había sido izada, fue ocupada por los ingenieros 2º y 3º señores Juan Craig y Andrés Duncan, y otros 13 individuos; todos los cuales se salvaron sin mayor peligro, habiendo sido recogidos por el crucero Amazonas. Debo también decir a V.S. que en ese momento se encontraba en comisión, fuera del buque, el tercer bote y en él el aspirante señor Enrique Guimper, ayudante de contador señor Carlos Prieto Z., maestre de víveres señor José 2º Cortés y cinco hombres de tripulación, todos los cuales se encontraban a bordo del transporte Lamar.

Perdida toda esperanza de salvar la tripulación en botes, concreté mis esfuerzos a repartir salvavidas a aquellos que más lo necesitaban, ordenándoles arrojarse al agua; y cuando vi que ya sólo quedaba en el puente el comandante Peña, fui a su lado y le insté a abandonar el buque antes que se sumergiera. Se negó a ello terminantemente, y viendo la inutilidad de mis esfuerzos, abandoné también el buque, segundos antes que éste se perdiera por completo.

La sumersión se verificó, más o menos, a las 5.30 P.M.; y el tiempo transcurrido desde la explosión del brulote al sumergimiento del buque, no puede haber sido más de cinco minutos, datos en que concuerdan todos aquellos con quienes he hablado al respecto. La gran prontitud con que el Loa se fue a pique se explica, porque el boquete abierto por la explosión permitió la entrada del agua, no sólo a la bodega de popa sino también a un pañol de la máquina, que en esa parte del buque alcanzaba hasta el costado mismo, lo cual no permitió surtiera sus breves efectos el mamparo divisorio de ambos compartimentos.

El Loa se sumergió en 17 brazas de agua, como a dos millas de tierra y las extremidades de sus palos son aún visibles fuera de la superficie.

Permanecimos en el agua más de hora y media, en cuyo tiempo perecieron muchos de los que salvaron de la explosión; entre éstos debo mencionar al señor comandante don Guillermo Peña, quien, debilitado sin duda por la pérdida de sangre, murió a pesar de estar asido a uno de los muchos maderos que ahí flotaban.

Tomados por los botes enviados a recoger náufragos por los comandantes de los buques de guerra neutrales y más tarde por la portatorpedos Fresia y otros botes de la escuadra, que desde el primer momento se dirigieron al lugar del siniestro y al cual no pudieron llegar antes por la gran distancia que tenían que recorrer, me tocó en suerte ser recogido con cuatro individuos de la tripulación por los botes de la corbeta italiana Garibaldi, y me hago un deber de estampar aquí la expresión de mi más vivo reconocimiento por las atenciones de que fui objeto de parte del señor comandante y oficiales de ese buque y por las que los demás náufragos debieron a los oficiales de los buques de S.M.B. Thetis y Penguin, y del buque francés Decrés, enviados en botes a prestar los auxilios del caso.

Si es triste, señor Almirante, tener que dar cuenta de acontecimientos de esta especie, es satisfactorio poder establecer que en las horas de angustia pasadas sobre las aguas, la conducta de aquellos marineros a quienes su estado permitía prestar auxilios a sus vecinos, fue siempre generosa y desinteresada. Llamo particularmente la atención de V.S. al noble comportamiento del guardián 2º Valentín Valdés y marinero 1º Donato Castillo, a quienes deben su salvación varios oficiales y tripulantes del Loa.

Acompaño a V.S. la lista nominal de los oficiales y tripulantes del Loa que hoy están a salvo en los buques de la escuadra. No me es posible, por falta de datos, hacer una lista igual de los muertos; pero creo poder establecer con certeza que el número total de faltos entre oficiales y tripulantes sube a 118.

Los oficiales perdidos son los siguientes:
Comandante, capitán de corbeta señor don J. Guillermo Peña.
Guardiamarinas: señor don Luis V. Oportus, don Juan E. Fierro y don Manuel Huidobro.
Ingeniero 1º señor Emilio Cuevas, que se encontraba a bordo en calidad de depósito.
Ingeniero 4º señor Samuel Shearer.

Dios guarde a V.S.

LEONCIO SEÑORET.
Conforme.- LUIS A. CASTILLO.
Al señor Ministro de Marina
*******************
Fotografía, Leoncio Señoret Astaburuaga, tomada en el estudio de Eugenio Courret en Lima

saludos
Jonatan Saona

3 comentarios :

Anónimo dijo...

Eso pasó por el afán de apoderarse de lo ajeno...jeje

Mich dijo...

Leoncio Señoret Astaburuaga pudo servir junto a su padre y hermano en la década de los sesenta, y de los setenta en la Marina de Chile. El padre de apellidos Señoret Montagne, francés de nacimiento sirvió en la Marina del Perú como muchos otros extranjeros en los primeros años de la República. Eventualmente el padre emigra Chile por razones políticas después del fusilamiento de Felipe Santiago Salaverry del Solar. Leoncio Señoret Astaburuaga fue encargado de traer de Francia el vapor de ruedas Toltén, junto a su padre que era Capitán de Navío, y de su hermano que era Teniente Segundo. El vapor Toltén llega a Valparaíso, Chile el día 8 de diciembre de 1873. Toltén transportaría tropas a Cobija, Pisagua y Pacocha durante la Guerra del Pacífico, siendo frecuentemente utilizado en los dos primeros años de la guerra.

Anónimo dijo...

Así es rotito, duele fuerte. Demuestra que la gente de la armada peruana y patriotas no se rendían.

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