miércoles, 23 de julio de 2014

Relato de Lautrup

Relación que el capitán Lautrup hace de su viaje de Valparaíso a Antofagasta en el vapor “Rímac”, cuyo mando le estaba confiado por la compañía Sud Americana de Vapores.

El domingo 20 del corriente, a las 12.20 P.M., zarpó el Rimac de Valparaíso con rumbo al punto de su destino, esto es, a Antofagasta.

El andar durante el primer día fue de 9 millas por hora y a 30 millas de tierra; los restantes mucho menos rápidos, por lo que, en vez de entrar el martes por la noche a Antofagasta, creí más conveniente hacerlo el miércoles a primera hora.

El temor de encontrar un buque enemigo a la boca del puerto a esa hora y lo que era bastante peligroso, me obligó a tal medida.

El miércoles 23, a las 6.10 A.M., y estando a 18 millas al sudoeste de Antofagasta, distinguí por la amura de estribor y a ocho millas de distancia un buque que tomé al principio por uno de los blindados que venía a franquearnos la entrada.

A pesar de esto hice darle mayor andar al buque, y muy luego cuando estábamos a cuatro millas reconocí que era un buque enemigo, la Pilcomayo al parecer, lo que no me preocupó, porque dicha nave tiene un andar inferior al nuestro.

Inmediatamente me dirigí a donde el capitán de fragata, señor Ignacio L. Gana, y la manifesté que, según mi respectivo contrato, desde el instante en que se avistaba un buque enemigo, debía entregarle el mando del buque  a él, que era designado para su mando, pero sin embargo de esto, continuamos dirigiendo ambos el buque y de común acuerdo.

Al principio hicimos rumbo al noroeste, después al oeste y finalmente al sur.
El mayor andar del Rimac, por lo muy cargado que se encontraba, no pasó jamás de diez y media y once millas.

El buque enemigo, que reconocimos después ser la Unión, avanzaba rápidamente sobre nosotros, a pesar de los redoblados esfuerzos que hacíamos para alejarnos y escapar.

Para fatalidad nuestra, y las ocho distinguimos por el noroeste un buque que venía rápidamente a cortarnos el camino, y que reconocido resultó ser el Huáscar.

Casi desde el principio de la fuga,  la Unión nos hizo descargas de artillería.
Los disparos pasaron de cuarenta y tantos, y todos ellos de muy buena dirección.

Veníamos ya tan cerca, que las balas pasaron por delante de la proa y algunas cayeron en el buque, causando algunos daños y sacando de combate cinco soldados del escuadrón “Carabineros de Yungay”, de los que uno murió y cuatro quedaron heridos.

Viendo la situación tan difícil porque atravesaba el buque, el teniente coronel señor don Manuel Búlnes, jefe del cuerpo ya citado, llamó a su camarote al comandante Ignacio L. Gana y al que suscribe, y nos dijo que resolución pensábamos tomar.  A la vez nos manifestó que su deber era sucumbir defendiendo el honor y pabellón de su patria y que pedía se colocara el Rimac al costado de la Unión para abordarla con su gente  que ardía en iguales sentimientos, lo mismo que los demás jefes y oficiales subalternos.

Como le dijésemos que aquello era imposible, porque antes de que llegara el Rimac al costado lo echaría la corbeta a pique, el teniente coronel Búlnes y sus subordinados tuvieron que resignarse con una situación expectante y de mortificación, para ellos que a todo trance querían combatir.  Exigió el comandante Búlnes se abrieran dos válvulas de la máquina para echar el vapor a pique; pero se le dijo que los oficiales del buque se encargarían de ello a última hora cuando no hubiera escape.

El mismo señor Búlnes pidió se arrojara al mar la caballada, tanto para aligerar el buque cuanto para que no la aprovechasen los enemigos; pero se le dijo que respecto a lo primero no podía influir su peso, y respecto a lo último era expuesto, porque podría enredarse alguno de ellos en la hélice y aun podíamos todavía salvar.  Esto, agregado al compromiso que el comandante militar había contraído de hacer echar el vapor a pique a última hora, lo hizo desistir por este momento.

Esto fue imposible, porque a las diez del día, el Huáscar nos hizo un tiro de a 300 y se nos atravesó por la proa, lo que obligó al comandante Gana, representante a bordo del gobierno y de la marina, a enarbolar la bandera blanca de parlamento, e hicimos rumbo en seguida a dicha nave.  En este momento el comandante Búlnes, viendo que él y su tropa no tenían papel que desempeñar y que su rol era ya el de simples pasajeros, hizo que sus soldados tirasen sus armas al mar, negándose a rendirlas.

Momentos después el comandante Grau nos hizo llevar a bordo de su buque a varios de los jefes y oficiales; mandó a sus oficiales que tomasen el mando del Rimac, y varios de nuestros compañeros fueron llevados a bordo de la Unión, de la que también vinieron botes a bordo.

Creo de mi deber manifestar que los jefes y oficiales, lo mismo que los soldados del escuadrón Carabineros de Yungay, que comanda el teniente coronel señor Manuel Búlnes, observaron una conducta patriótica, digna y elevada en los momentos del conflicto.  Asimismo no puedo menos que recomendar la noble y generosa conducta observada por el estimable y digno comandante Grau y su oficialidad.

Esto es cuanto puedo comunicar sobre el desgraciado incidente a que me refiero.

P. Lautrup,
capitán del Rimac.
****************
Grabado de "La Ilustración Española y Americana" de 22 de setiembre de 1879, graficando la captura del Rímac

Saludos
Jonatan Saona

3 comentarios :

EDGAR FERNANDO COSIO JARA dijo...

Nosotros honramos los sacrificios de Grau y Bolognesi pero nos olvidamos de esta fecha, fue la mas grande victoria peruana en 1879 cerca de 500 prisioneros y uno de los mejores transportes chilenos capturado, sin ninguna baja...

Pbragg dijo...

Me gustaría una foto del Capitán del Vapor Rimac Pedro Federico Lautrup

Raúl Olmedo D. dijo...

La captura del Rímac fue exactamente eso : la captura de un transporte cargado de tropas. No de un buque de guerra.
La mas grande victoria de Perú en 1879 fue, ciertamente, Tarapacá, donde una brigada chilena de 2.300 h. resultó destrozada, con un crecido número de bajas.
La carencia total de logística impidió a Perú capitalizar ese triunfo, y sus fuerzas debieron abandonar seguidamente el territorio.

R. Olmedo

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